Patricia Collazo González

Microrrelatos publicados

  • El futuro siempre llega

    Que lo llamasen con el eufemismo “renovación de plantilla” no hacía más fácil aceptar que el despido era cuestión de días. Llevaba trabajando en aquel despacho desde que, recién terminada la carrera, era una joven abogada cargada de un entusiasmo infinito, que había conquistado a Don Eduardo, el socio fundador. Primero en lo profesional, más tarde en lo personal.

    Pero él había muerto, y eran sus hijos los que tenían en las manos sentenciar su futuro. Esos mismos que de pequeños habían sido la excusa para aplazar el momento de dejarlo todo por ella. Ese momento que nunca había llegado.

    Ella era ahora una mujer que gastaba fortunas en crema para las arrugas, y llegaba cada día a trabajar pensando que sería el último. Como cuando él le juraba que ese sería el último verano que pasarían separados. Solo que esta vez, el futuro se haría verdad.

    | Mayo 2018
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 2

  • Huída

    Guardó en el neceser el cepillo de dientes, las pastillas de hierro y el bicarbonato. Eso era todo lo que necesitaba para huir del calor de la capital.
    Deslizó también las palabras del abogado entre los pliegues del escueto equipaje: “Es temporal, Alicia. En septiembre recurriremos y entonces…”
    Sabía que el asunto no estaba encausado. Que no estaba huyendo del calor sino de la posibilidad de cruzárselo en plena calle. El monstruo estaba libre, y aunque ella había cambiado de domicilio y de aspecto, no se sentía segura.
    Taxi a la estación, gafas oscuras, temblor en cada semáforo, al aperase del coche, al mostrar su billete en el control de accesos.
    Cuando el tren se puso en marcha respiró aliviada. Hasta que su compañero de asiento ocupó el lugar que había permanecido libre.
    - Hola, Alicia. Cuánto tiempo, ¿no? – escuchó justo antes de entrar en el túnel.

    | Agosto 2017
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 6

  • La testigo

    Como si aún no se hubiera inventado el diagnóstico mediante ultrasonidos, a Rosario la abrieron en canal para comprobar si se había tragado la caja de música con las joyas de la señora. De la caja, ni rastro. Pero seguían acusándola aunque su abogado pedía la inadmisión de las pruebas inventadas por la Doña. Esa y otras palabrejas pronunció cuando vino a pedirme que fuera a testificar. Yo quería ayudar a la Charo. Pero también quería conservar mi trabajo. No podía permitirme el menor fallo. Pero el hombre insistía y terminé accediendo. No diré nada malo, y listo, me prometí.
    Cuánta razón tenía mi madre. La mala conciencia pesa demasiado. Lo comprobé poco antes de entrar a declarar. Un repentino ataque de hipo me puso contra la pared. Decir, no pude decir nada. Porque cada vez que abría la boca para hablar, sonaban dos o tres compases de Para Elisa.

    | Octubre 2016
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 12

  • Tenemos que hablar

    El abogado me invita a pasar. Es un hombrecillo gris, cuyo aliento huele a especias. Me lo han recomendado en el pueblo. Buen tipo, tarifa razonable.
    Le cuento que quiero divorciarme. Que no voy a poder pagarle por adelantado. Eso no parece preocuparle.
    Le muestro los correos electrónicos que mi mujer se cruza con un desconocido ¿Lo ha hablado usted con ella? Niego. No puedo decirle que lo sé. Acceder a la correspondencia ajena es delito. No lo hago, le aseguro. Todo empezó como un juego. Le envié los primeros para probarla. Una cosa fue llevando a la otra, y ahora ella confía más en él que en mí, y yo, me he vuelto a enamorar de ella pero no se lo puedo decir.
    No podré ayudarlo, dice. Usted no quiere divorciarse.
    Regreso a casa. Ella cierra el ordenador al verme entrar. Tenemos que hablar, pronuncia con una misteriosa sonrisa.

    | Septiembre 2016
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 8

  • Acusado

    Ha llegado el día del juicio. Sé de memoria lo que debo decir y lo que debo callar. Mi abogado me ha aconsejado. Conozco con certeza la actitud a adoptar, y cómo comportarme para que mi imagen inocente eclipse la gravedad de las acusaciones.
    Lo que no sabe mi abogado es que cuando veo una de sus fotos, otra vez se apodera de mí el temblor aquel. Mis dedos rígidos vuelven a palpar la piel suave de su cuello.
    El fiscal muestra una panorámica de la zona en que creen que está enterrada y presenta un gráfico detallado de los alrededores. Me pide que diga si he estado allí. Niego con la cabeza. Responda en voz alta, reclama el juez.
    El verde del bosque aquel me inunda la mirada. Vuelvo a oler a tomillo, el sudor baja imparable por mi espalda. Las repuestas aprendidas se disuelven en mi mente.

    | Julio 2016
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 2