Imagen de perfilEL REFUGIADO

FRANCISCO MARÍN · ILLES BALEARS 

Samir era un refugiado como tantos otros, con barba de dos semanas, cuerpo cansado y mirada triste. Había navegado en una patera minúscula durante dos días de mar brava, con un destino incierto, y ahora se hallaba en aquel campo de refugiados que más parecía un campo de concentración, rodeado con una alambrada llena de púas y puestos de vigilancia con policías armados. No le gustaba estar allí, a merced de la caridad de aquella gente extraña y desconfiada, pero no había tenido otra opción. En su país, las acciones represivas de las tropas golpistas se multiplicaban por doquier contra los que se habían significado como defensores de los derechos civiles y cuatro de sus colegas habían desaparecido recientemente. Él había podido escapar en el último momento, pero aún recordaba la voz de los militares preguntando a los vecinos con voz amenazante dónde se escondía el maldito abogado.

 

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