II Concurso de Microrrelatos sobre Abogados

Ganador del Mes

Ilustración: Juan Hervás

Terremoto

Manuel Molina · Palma de Mallorca 

Frente al espejo del camerino se secó con una esponja el sudor provocado por los nervios. Esa noche debutaba ante el público del cabaret al frente de “La Terremoto y sus Panteras”, el grupo de revista que le permitiría desarrollar todo su talento artístico. Algo que su profesión habitual le negaba día tras día, pero que por fin, aunque fuese anónimamente, podría exteriorizar. Se atusó el pelucón, apretó los labios fijándose el carmín, y se alisó el conjunto años sesenta -igualito que el de Massiel- que le estilizaba ese tipazo que la naturaleza le había regalado. Oteó la rebosante platea a través de la disimulada ventanilla. Y seguidamente salió al escenario marcándose alegremente la ensayada coreografía. De pronto, la parálisis: en primera fila, a un metro de distancia, todo el personal de aquel odiado bufete celebrando el resultado de un juicio. -¡SEÑOR JUEZ!- aullaron todos al unísono, quedando boquiabiertos.

 

Relatos seleccionados

  • Contra mi cordura

    Elisa García · Burgos 

    Tú y tu eterna manía de demandarme por todo. Primero, alegaste malos tratos y que bebía como una esponja, para obtener la custodia del niño. La obtuviste y seguiste denunciándome porque se quedaba una hora más en mi casa. Después me sometiste a valoración psicológica por aquel psiquiatra que resultó ser el tuyo. Cuando en el conjunto de gananciales, pediste la empresa de mis padres, esperaba que en tu bufete se dieran cuenta de tu locura, pero continuaron con las querellas. Al final no sabia donde vivía, y confundía las puertas y las ventanillas de mi casa con las de los juzgados. ¡Con lo fácil que hubiera resultado llegar a un acuerdo! Solo en el último litigio comprendí que atentabas contra mi cordura y lo que querías no era que yo perdiera el juicio, sino la razón.

     
  • Abogado del Diablo

    Iñaki Olabarría · Pasaia (Guipúzcoa) 

    La decisión estuvo rodeada en sus orígenes de secretas confabulaciones, e inesperadas traiciones entre los propios Dioses encargados de designar un abogado, que asistiera al Diablo en el juicio instado contra él por la Diosa de la Justicia. Todos querían defender al mismísimo Señor del Mal, cuya capacidad económica atraía a los bufetes de abogados más prestigiosos, deseosos de representar a un cliente tan distinguido como solvente. Pero la trampa ya estaba tendida. A medida que entregaban los letrados sus solicitudes en la ventanilla correspondiente del Templo de la Justicia, como si de una maléfica esponja se tratara, el Diablo absorbía instantáneamente las capacidades, conocimientos y experiencias de los candidatos, que quedaban abandonados a un incierto y desesperado futuro, cargado de culpa y arrepentimiento. Y después de muchos sobornos y traiciones, el Diablo consiguió convencer al conjunto de los Dioses para que le permitieran defenderse a si mismo.

     
  • Juicio al tiempo

    José Vicente Pérez Bris · Bilbao 

    Estaba todo programado. Los socios del bufete votaron mayoritariamente mi candidatura para ser la primera abogada transportada al siglo treinta. Mientras recorría el pasillo hasta la sala donde se ubicaba la máquina gravitacional, sentí el calor de los compañeros. Hasta la señora de la limpieza enjugaba sus lágrimas con la esponja del baño. Les lancé un beso tras la ventanilla hermética de la cápsula y partí hacia lo ignoto. Llegué con tiempo de sobra antes de que empezara el juicio. El plan era colarme en la sala y lograr una visión de conjunto, describiendo el progreso en materia procesal. Al penetrar en el tribunal me extrañó ver tanta gorguera y capa corta, pero lo atribuí a los caprichos de la moda. La gente empezaba a mirarme asombrada y temí lo peor. Lo constaté cuando al preguntar a un bedel por el encausado, dijo: el señor Galileo es aquel de allí.

     
  • ¿Sin libertad?

    Alfredo Casquero · Madrid 

    El juicio comenzó más tarde, a las 13 horas. Vestida con un conjunto fucsia, fumaba semioculta en la ventanilla que fue un día de cristal, y que ahora, tras años de cigarros escondidos, parecía más un muestrario de fauna y flora que un simple pedazo de vidrio. Apartada y absorta en el dolor de tantos años de silencio y ocultamiento, meditaba sobre sus últimos meses de vida en común. Antonio D. había muerto tras absorber como una esponja más güisqui en dos horas que el que ella bebió en toda su infeliz vida. En el bufete nunca la creyeron. Pero no lo mató, aunque hubiera muerto para ella desde el primer puñetazo. La condenaron. Algo más de diez años de prisión. Pero se sentía dichosa. En la cárcel, con su vestido fucsia y el cigarro de su independencia, se maravilló de que una minúscula celda pudiera darle tanta libertad.

     
  • Seda roja

    María Begoña Castilla Cartiel · Zaragoza 

    Cuando el coche negro paró, de su ventanilla salían nubes de humo. Ella sacó una mano enguantada y con un gesto apenas perceptible, me obligó a acercarme. Sus ojos, grandes, negros, crueles, perfectamente maquillados, no parpadearon mientras me hablaba “No quiero ir a tu bufete; mientras dure el juicio voy a permanecer recluida. Ya sabes lo que tienes que hacer” Así terminó nuestra conversación. Su presencia permanecía en forma de olor a roble. Era incapaz de pensar en otra cosa que no fuera la imagen de su cuerpo perfecto enmarcado en un conjunto de seda roja; su voz fría, sin emoción diciendo: “Abogado, mi marido está en el baño, más bien lo que queda de mi marido, no olvides deshacerte de él. No quiero que quede ningún rastro, tira todo, hasta la última esponja”. Sangre roja, seda roja y mi corazón atenazado por su recuerdo. Estoy perdido.

     
  • El fajador incansable

    Juan Luis González · Córdoba 

    La mulata con su conjunto amarillo limón paseaba su palmito por el ring, mientras portaba un cartel con el número tres, y enseñaba hasta el alma. A pesar de ello, pude verle en un rincón del cuadrilátero, mientras su entrenador, un gordo oriental, le quitaba el sudor o las babas, o ambas cosas, con una esponja chorreando de agua. Así que era verdad, me dije, que Balbuena, en otro tiempo brillante abogado, compañero de bufete, había perdido el juicio, y encontrado su nueva vocación: darse mamporros en combates de segunda categoría. No sé si me guiñó, o es que tenía el ojo así, un poco a la virulé, pero cuando aprecié aquella mirada que yo sólo conocía, mientras se iba para el otro prenda a tantearse los guantes, supe que debía haber ido a la ventanilla de apuestas, y apostar por él, “El Potro de los Estrados”, el fajador incansable.

     
  • Amigo Bob

    Vicente Küster Santa-Cruz · Valencia 

    Mi mujer lanzó un beso de despedida desde la ventanilla del coche y me dejó al cargo de los niños. Eran las ocho de la tarde y tenía que preparar un juicio importante para el día siguiente. Mientras meditaba la estrategia de defensa que más convenía a mi cliente, gestor de un conjunto de sociedades, Diego y Alex veían la televisión. Decidí hacer un alto y ver con ellos Bob Esponja, su serie preferida. Estuvimos un buen rato, hasta que los acosté y retomé el trabajo. Era mi primer semestre en el bufete y esa noche apenas dormí. Al día siguiente, en Sala, el juez me espetó una pregunta embarazosa. En un acto reflejo, respondí: “Sí, señor Cangrejo”. Una estruendosa carcajada resonó en la sala, mientras el juez fruncía el ceño y lanzaba su dardo venenoso: “Un poco de orden Calamardo, o lo envío al fondo de Bikini”.

     
  • Obsesión

    Antonio José Florit · Cartagena 

    Vestía un conjunto rojo bermellón. Estaba espléndida. El eco de sus tacones reverberaba por el pasillo cuando se dirigía a la sala de lo penal y jugaba con nuestras miradas sabiéndose observada. No fue ni la primera ni la última vez que la vi. De soslayo, a veces la adiviné a través de la ventanilla del coche que conducía cuando disparada, salía del aparcamiento del bufete donde trabajaba. La tentación de seguirla me estrujaba el corazón y apenas una gota de sangre alcanzaba el cerebro que quedaba seco como una esponja. Por momentos perdía el juicio… ¿Cómo evitar la extraña sensación de su cotidiano despecho y al mismo tiempo aparentar un comportamiento normal frente al resto de los mortales? Imposible, me era del todo imposible. Más teniendo en cuenta que al llegar a casa me la encontraría haciendo la cena de los niños…

     
  • Cara a cara

    María Teresa Cabrera · Valencia 

    Normalmente, cuando tenía un juicio en otra ciudad iba con mi coche, pero nevaba y preferí utilizar el tren. Me habían asignado un caso imposible de perder, estaba contento. Por la ventanilla vi a un hombre correr que intentaba subir; demasiado tarde, estábamos en marcha. Sofocado, se detuvo y le pude ver con detenimiento mientras nos alejábamos con lentitud. Lo reconocí, era Armando, un compañero de facultad que después de terminar primero desapareció, seguramente por el conjunto de putadas que le gastamos. Hijo de un abogado dueño de un prestigioso bufete, Armando era brillante, una esponja de conocimientos, todo matrículas. Nosotros éramos jóvenes y alocados, admito que lo envidiábamos, quizá por eso nos pasamos con las novatadas. Nunca más supimos de él. Ya en el Juzgado, me informaron de que había un retraso, el Sr. Juez había perdido el tren.

     
  • El señor Alzheimer

    Margarita Agueras Moreno 

    Una esponja empapada en jabón recorre la espalda de Julia. Uno de los pocos placeres que disfruta cada día. Desde hace unos años un conjunto de cosas se han confabulado en su contra .Primero la muerte de su marido y después la visita de un extraño que poco a poco le está haciendo perder la memoria. Ya no recuerda casi nada, a veces ni su nombre, tampoco que trabajó durante veinticinco años en un bufete como secretaría, era muy eficiente mecanografiando cientos de legajos necesarios para algunos juicios. Hoy cumple 75 años y además de Alzheimer, ya solo recibe visitas de su sobrina Andrea. Cada domingo llega con una rosa y unos bombones, come con ella en la residencia de ancianos, después la monta en el coche, le pone música de Mozart, baja la ventanilla para que entre el aire fresco y solo entonces Julia sonríe.

     
  • Jornada agridulce

    María Celia Martínez Parra · El Escorial (Madrid) 

    Mi jornada laboral de hoy ha sido realmente dura. Sentada en el tren de cercanías de vuelta casa, miro ausente por la ventanilla con un sabor agridulce recorriéndome el interior. El conjunto de mis compañeros de bufete sabían lo trascendental que era ese importante juicio para mí y todos me desearon suerte esta mañana antes de salir hacia los juzgados. Era la primera vez que mi padre y yo coincidíamos como abogados enfrentados en una causa. Mi móvil sonó: - Oye Marta, le he comentado a mamá que pasamos a recogerte y nos vamos a cenar para celebrar nuestra primera contienda. - Vale, papá. Aquella cena fue como la esponja inflada de agua que todas las mañanas estrujo sobre mi cabeza. Se llevó el sabor agrio del día, dejándome únicamente el dulce sabor del triunfo

     
  • ¿Torticera o querulante?

    María Socorro Marmol Bris · Madrid 

    El Bufete del Abogado de Oficio turnado para defender mi importantísimo juicio me desmoralizó. Su conjunto trajo a mi memoria la repugnante ventanilla de telégrafos del pueblo, detrás de la que un telegrafista, con visera de cartón y manguitos zurcidos, mojaba su asqueroso dedil de caucho verde en una pegajosa esponja encajada en un recipiente también de caucho verde. Hasta la nuez del Abogado, apareciendo y desapareciendo tras su corbata me recordaba al siniestro telegrafista; aquel que revisaba telegramas de pésame y gacetillas de velatorios con una maña propia de sus canijas hechuras gracias al asqueroso chapoteo del dedil. -¡Dios nos asista! –Gimió al leer el nombre de la denunciada. -¡Pero, oiga! Que me llamó tortillera a gritos, por la ventana del patio. ¡Y eso no se lo consiento a mi vecina por muy jueza que sea…! Abrió un diccionario mugriento por la “T” deletreando desconsideradamente: -“Tor-ti-CE-ro” “injusto”. -¡Vaya…!

     
  • Me inquieta

    Miguel Angel Gayo Sánchez · Sevilla 

    Mis clientes llegan en coche oficial arrastrando un séquito de secretarias y escoltas. Llegan perfumados, relimpios y con la pose del triunfador. Mis clientes gustan de ser peloteados por las gentes subalternas. En ocasiones, disfrutan mostrándose cercanos y accesibles. Pero mis clientes, políticos imputados en casos de corrupción, son unos auténticos sinvergüenzas. Pasan por ventanilla, pagan al bufete, y la esponja legal limpia el conjunto de sus canalladas. Por eso me inquieta la carrera meteórica de mi esposa. Empezó siendo elegida presidenta del AMPA en el colegio de los niños. Luego alguien le calzó un puesto en la agrupación local del Partido. De ahí, al Ayuntamiento. Su primera concejalía, la de Urbanismo. ¡Qué casualidad! Ahora su nombre suena para alcaldesa. ¿Me veré en la tesitura de tener que defenderla en juicio? Aún recuerdo sus palabras cuando estudiábamos en la Facultad: “Churri, tú serás la lima que sierre mis barrotes”.

     
  • Aunque somos distintas

    Mercedes Martín · Benalmádena (Málaga) 

    Aunque somos distintas, lo llevamos bien. Conocimos a un chico; alguien que nos mira sin repugnancia. Es abogado, trabaja en un bufete y gana todos los juicios. Nos invitó a dar un paseo, pero ella prefería quedarse en casa, cuidando de sus esponjas de mar; en conjunto, posee una buena colección. Al final, la convencí; aunque se dedicó a mirar por la ventanilla del coche, sin hablar. En cambio yo no paré: conversé con él sobre la vida, los clásicos, mis proyectos frustrados, la calidez del otoño… Pero, sobre todo, disfruté de la compañía de un ser humano especial. Cuando volvimos a casa, ella se había dormido, menos mal, porque es una tímida. Y fue cuando ocurrió: era la primera vez que un chico me besaba. Desde entonces, ya no me importa que nos llamen monstruo, ni compartir con ella un extraño cuerpo con dos cabezas.

     
  • Últimos preparativos

    Gloria Matamala Torner · Barcelona 

    El agua cae reconfortante sobre mi cabeza. Cojo la esponja mientras pienso en el juicio de hoy. Estoy satisfecha, ayer estuve horas encerrada en el bufete pero valió la pena. Primero, toda la mañana con los testigos. Tranquila, saldrá bien. Del contable no estoy tan segura. Es del tipo que da detalles que nadie le ha pedido y acaban por comprometerte. Después de breve pausa para comer, revisé toda la documentación. ¡Suerte del dictamen! Luego un café rápido y sigo con las alegaciones finales. Bien. Después un último vistazo y dejo para el contable sólo tres preguntas. Cierro el grifo, salgo del baño. Me pongo el precioso conjunto azul. Perfecto, ¡lástima que con la toga...! Voy a la estación. Pago el billete. La espera y más dudas. Sentada junto a la ventanilla veo pasar el mar en calma, el sol, la luz... ¿Contable? ¿Qué contable?

     
  • Genoma

    Manuel de la Peña · Madrid 

    De todas las galerías del Museo Humano, su favorita es la sala Abogados. Pasa horas ante las ventanillas de los dioramas y hologramas de antiguos letrados. Gustosamente cambiaría su traje espacial por una toga. Con su mente de esponja, absorbe datos sobre aquellos especímenes. Desde su dominio de las “leyes” (manuales de instrucciones de la humanidad) a sus rituales o “juicios”. Le cautivan las explicaciones sobre los “bufetes”, conjuntos de abogados donde, como en los hormigueros, junto a miembros operativos también había zánganos. De camino al asteroide, se topa con un guardián sideral golpeando rutinariamente a un desvalido antropomorfo. Indignada, decide interponerse. “¡Es injusto! Tiene derechos”. El funcionario no entiende una palabra. La toma por una extravagante superviviente de un agujero negro. “Tengo genes jurídicos; algún antepasado se permitió mezclarse con abogados”, se dice, sintiéndose orgullosa de tal hibridación

     
  • Turno de oficio

    María de Gracia Peralta Martín · Toledo 

    Estaba en mi bufete absorbiendo como una esponja el conjunto de hechos que formaban la causa. No podía obviar ningún detalle, prometía ser un juicio con bastante repercusión mediática. Me sentía segura, optimista. Anoche dije a mi pareja que aceptaba nuestro compromiso. Como abogada de oficio me habían asignado la defensa de un individuo que había asesinado presuntamente a su esposa. Una historia escabrosa. Mi futuro defendido conquistó a una acaudalada señora y se casaron. Habían encontrado el cuerpo de la mujer, mutilado y enterrado en su jardín. Me dispuse a conocer a mi cliente. Salí a la calle y entré en mi coche. Un agente de policía tocó el cristal de mi ventanilla. Estaba detenida por ser cómplice de asesinato. En la billetera del acusado habían encontrado una fotografía mía. Nunca supe a que se dedicaba mi prometido. Miré mi dedo anular y observé el diamante del engaño.

     
  • No preguntes

    María José Velasco · Figueres 

    La última vez que le vi estaba en la facultad, absorbiendo como una esponja leyes, decretos y demás normativa que caía en sus manos; escondido en el lugar más solitario y silencioso de la biblioteca devorando sus libros. Todos le imaginábamos a la cabeza de un prestigioso bufete, dirigiendo un conjunto de excepcionales colaboradores, ganando juicio tras juicio, merendándose a cuanto contrario osara presentarle batalla. Desde luego se lo había ganado con creces. De eso hace ya diez años, diez largos años de sacrificios, luchas, triunfos y seguramente alguna que otra derrota... Las 13,30 horas y todavía quedan tres personas delante de mi. El hombrecillo gris que se adivina a través del cristal no parece estar por la labor. A este paso no podré coger el próximo autobús. No aguanto otra hora más en esta estación... Por fin la ansiada ventanilla: un billete a ........¡¨MARIO?

     
  • El pelotazo inmobiliario

    Avelino Sáez · Jerez de la Frontera (Cádiz) 

    El aguacero restallaba contra la ventanilla de mi coche como si se hubiera declarado el juicio final y los cielos se precipitaran para anegar a justos y pecadores unidos en un último y democrático abrazo. Aparqué como pude, y para cruzar la calle hube de exigir de mis piernas un cómico conjunto de saltos acuáticos al que no estaban acostumbradas; mis zapatos y calcetines, hinchados como una esponja, encharcaron el suelo del ascensor; pero, en definitiva, arribé a puerto sin novedad. Y justo a tiempo. Apenas arrojados los expedientes del Ayuntamiento a la bañera y rociados con alcohol del botiquín sonaron desde la entrada imperativos timbrazos y voces. Arrojé entonces una cerilla y, al calor del papel flambeado, me atusé el pelo, arreglé el nudo de mi corbata y ensayé mi mejor sonrisa para abrir la puerta del bufete a la policía.

     
  • Juicio

    Rafael Mir Jordano · Córdoba 

    Me gusta hablar el primero, como demandante o como apelante. Esto me permite decir lo que he preparado y ausentarme luego mentalmente, cuando el oponente despliega sus argumentos. Como diga lo que diga ya nada puedo hacer, en vez de empaparme como una esponja, de escuchar al letrado, me ocupo en observar al juez o tribunal. Fruto de esta observación es una previsión, normalmente acertada, de la sentencia. En este caso el letrado del adversario es una venerable abogado, titular de bufete conocido, que, según lo poco que le he escuchado, expone ordenadamente un conjunto de razones, pero con morosidad. Cuando se ha dilatado en una larga cita en latín y he visto como la mirada del juez se ha tornado en mirada de cristal, en ausencia, como de funcionario que espera en la ventanilla, he sabido inmediatamente que voy a ganar el asunto.

     
  • Remordimientos

    Remedios Atencia · Málaga 

    Después del juicio, que tras tres sesiones concluyó por la tarde, regresaba a casa. A través de la ventanilla de mi coche vi que la Luna colgaba inmensa, teñida de rojo, caliente como un colegio mayor. No hay pruebas, no hay nada contra ellos. Los culpables están en la calle y mis clientes han pasado dos años en prisión provisional. Ya en casa, repasé un conjunto de notas que había tomado. Alejada de la frialdad del bufete, pensando como una ciudadana y no como una abogada, decidí no engañarme más a mí misma. Había ejecutado mi trabajo, sencillamente, y lo había hecho bien, muy bien. Yo no dicto las reglas de este juego. No puedo sentirme mal. Bajo la ducha, al pasar la esponja por mi cuello, ésta me susurró lo que yo ya sabía y me negaba a reconocer: “Fueron ellos, lo sabes. Los culpables estarán en la calle”.

     
  • La silla

    Carlos Moro Valero · Boadilla del Monte (Madrid) 

    Como cada mañana, abres la ventanilla, alzas la mirada, e iluminas mi mundo con tu sonrisa cómplice. Yo, desde mi silla, esbozo una tímida mueca y observo como tu coche se sumerge en el garaje del bufete. No son pocos los años que llevo redactando las sentencias desde el despacho de casa, ¿necesidad? Es posible, ¿comodidad? Es probable. Mi coquetería me lleva a anudar diariamente una corbata minuciosamente seleccionada, y ha sido con ese aspecto con el que tú, desde tu ventanilla, has conocido al hombre que contempla el devenir de la vida desde la silla de su despacho, absorbiendo, como si de una esponja se tratare, el conjunto de detalles que componen su juicio de la realidad. Te preguntarás que me ha impedido bajar a conocerte, ¿mi edad? ¿la tuya? No es descartable, ¿el miedo? Sería razonable. Giro las ruedas de la silla y suspiro.

     
  • Microrrelato imposible

    Pedro Fernández · Getxo (Vizcaya) 

    Mis vencimientos me acosaban, mis clientes requerían mi atención, mi mujer amenazaba con irse, dejándome a los niños; pero yo no era capaz de pensar en otra cosa. - Juicio, Bufete, Ventanilla, Conjunto, Esponja… Eran las palabras del mes de febrero para el concurso de microrelatos, y no conseguía iniciar ninguna combinación siquiera medianamente aceptable. Incluso en las vistas, ante Su Señoría, aprovechaba la exposición de la parte contraria para intentar hilar el texto ideal; algo correcto a la vez que llamativo, divertido pero elegante, acertado, interesante… Aquellas palabras me perseguían. Su sonoridad me hería entre otras miles al escuchar las noticias de televisión y sus contornos se me iluminaban con una claridad inquietante entre los textos del periódico, en las demandas, incluso en los nombres de las calles. Ya pasó febrero…, y no lo consigo. Los médicos dicen que me pondré bien. Yo disimulo, les sonrío, pero sigo intentándolo.

     
  • Buscarse la vida

    Pedro Jesús López Delgado · Málaga 

    La chica de la limpieza estrujaba la esponja en el cubo. Era su primer día de trabajo. Yo la observaba desde mi despacho, a través de una ventanilla. Su cara me resultaba familiar, pero no lograba recordar de qué la conocía. Se me hacía tarde, así que me esforcé en preparar el juicio que tenía al día siguiente. Pero estaba tan desconcentrado que solo veía ante mí un conjunto de datos y enunciados sin sentido. Finalmente, me acerqué a ella y le pregunté si nos conocíamos de algo. “Sí, de la facultad de Derecho. Éramos de la misma promoción”, me dijo. “Ah, entonces, ¿no acabaste la carrera?”, le pregunté. Me dijo que sí la había terminado. “Y ¿qué haces limpiando?”. Clavó sus ojos en los míos y me respondió “A veces, no hay más remedio que empezar desde abajo. De momento, ya he conseguido entrar en este bufete”.

     
  • Mérito y carrera

    Daniel Saralegui · Pamplona 

    Salgo del juicio y me voy para el bufete. En el paso de cebra me encuentro al fiscal con la ventanilla bajada. El coche no le arranca. ¿Empujamos? Una auxiliar que viene de hacer la compra se suma al esfuerzo. No podemos. Surgen un policía nacional y un cabo de la guardia civil que escoltan al “esponja”. Volvemos a intentarlo en conjunto. Nada, imposible. Llega el secretario y nos organiza. Se baja el fiscal y se monta la auxiliar que pesa menos. Damos la vuelta. Su señoría sale del parking. Se apea con sus escoltas y ya no hay sitio para empujar. Venga, cogemos velocidad. Tropiezo y me caigo. Se me rompe el traje de los juicios y me hago sangre. Los demás continúan la carrera gritando; - ¡Dale, dale! - El “esponja” me mira y me dice: - ¿No serás tú mi abogado?- ¡Huye!- le respondo.

     
  • Tímido

    Francisco Vila Guillén · Valencia 

    Estaba decidido, y aunque para reunir el valor había estado bebiendo toda la noche como una esponja, ninguna resaca iba a impedirme entrar al bufete con una sonrisa preparada para decírselo. Me dirigí a la ventanilla de recepción. Allí estaba, vestida con su conjunto de secretaría, le di los buenos días y al tiempo que contestaba a mi saludo noté como se sonrojaba. Me resultó extraña su reacción; aunque todos me vean como un cosmopolita abogado que nunca ha perdido un juicio, cuando me acerco a ella me convierto en un torpe adolescente y el tímido soy yo. Achaqué su gesto a que probablemente mi aspecto delataba los Gin-tonic de la noche anterior y entré en el despacho para recomponerme. Un repentino frescor en las piernas al sentarme me hizo darme cuenta de la razón de su sonrojo, ¡había olvidado los pantalones! Maldita resaca, mejor me declaro otro día.

     
  • Caballero sin espada

    Marta Trutxuelo · Andoain (Guipúzcoa) 

    Llegó el gran día. Me ajusté la corbata, unas pelusillas de inseguridad adheridas a mi traje fueron desterradas, miré y allí estaba él: un impecable abogado con un maletín que me observaba, audaz, desde el espejo... un conjunto perfecto. En el autobús, rumbo a la conquista de un contrato en aquel bufete, mi cabeza reposaba en la ventanilla mientras mi mente navegaba hacia un mar de juicios de gran calado mediático, querellas resueltas de forma brillante... ¡Tribunales, temblad! ¡Llega el paladín de la justicia! Conseguí el trabajo. Me ajusté los guantes, esponja en mano me acerqué a la puerta acristalada de la sala de juntas, miré y allí estaba él: un impecable miembro del personal de limpieza que me observaba, audaz, desde el improvisado espejo. ¡Tribunales, temblad! Ha llegado el paladín de la justicia, enarbolando su estandarte, poco importa si es el código civil o una fregona.

     
  • Cóctel Omnibus

    Teresa Arjona · Benidorm (Alicante) 

    Sigo en mi pequeño bufete terminando de enviar un conjunto de documentos a la "ventanilla única" telemática del Juzgado ("¡Juicio de Desahucio.../ mañana último día!", grita el pósit amarillo pegado en mi pantalla).Cansado, observo que el letrero luminoso parpadeante del edificio de enfrente - PRESTADORES DE SERVICIOS LEGALES S.A - insiste en recordarme,jactancioso,que el pez grande acabará comiéndose al pequeño. Es medianoche y me siento un renacuajo.Para animarme decido preparar mi privado cóctel: cerveza (muy negra), ginebra (como caiga), gotita de angostura (amarga), vino tinto (peleón)y medio limón (estrujado). Agito la coctelera canturreando el final de la novena de Beethoven y unto de sal (cicatrizante) el borde del vaso. Bebo con fruición, cual esponja sedienta, ese "totum revolutum". Ya en la calle, con mi viejo paraguas, bailo desinhibido bajo la torrencial lluvia.

     
  • Mi funeral

    Miriam García Herraiz · Ciudad Real 

    Era el día de mi funeral pero Carlos fue al bufete a ver qué tenía pendiente; había tenido que suspender un juicio el día anterior y no quería más favores. Creo que como compañero sintió mi muerte, pero .... todo continuaba; ni una lágrima, no había empezado a notar mi ausencia. Mis cenizas las trasladó un coche fúnebre que tanto odio, sin una ventanilla abierta para que entrase el aire. Momentos antes el empleado de la funeraria había limpiado con una esponja la urna. En los primeros bancos estaba mi mujer, llevaba el conjunto con falda negra que se había puesto en el funeral de su padre, pensaba que no merecía la pena comprarse otro para esta ocasión, eran sólo unas horas. La puerta abierta de la iglesia me permitió oír todas las voces de mis compañeros en la calle, seguían hablando de trabajo, ¡¨nadie se acordaba de mí?.

     
  • Sugerente pregunta

    Benedicto Torres Caballer · Valencia 

    Apretujé la esponja para sentir el agua jabonosa, sedosa, caliente; esa sensación me deleitaba. Mi cliente me sugirió que estuviese en el bufete sobre el mediodía, así que tenía tiempo de sobra. Me vestí con un conjunto muy sexy, luego me maquillé con esmero. Hacerme pasar por la esposa de mis clientes para engañar a cerdos mujeriegos me producía una especial satisfacción, era como un reto que debía superar. Salí y paré un taxi. Abrí la ventanilla y fumé. El conductor, mirándome descaradamente, no dijo nada aunque estaba prohibido; me sentí halagada. Cuando llegué al rascacielos fui al bufete, allí pregunté por el gerente; me dijeron que estaba en un juicio. Tomé asiento y crucé las piernas con descaro. Los pasantes me miraban alelados. Al rato llegó el jefazo. Noté su lasciva mirada mientras me hacía pasar al despacho. –Traigo el curriculum de mi marido, ¿cree que podría contratarle...?

     
  • INRI

    David Villar · Castro Urdiales (Cantabria) 

    El juicio había sido sumarísimo. No hubo abogados, ni bufete, ni prácticamente alegato de defensa. Qué caray defensa, ¡pero si ni siquiera sabía aún de qué se le acusaba! ¿Cuál había sido su delito? ¿Cuál? ¿Qué había hecho él para tener a todo el conjunto de la población en su contra? Ahora las lágrimas se confundían con la sangre que le caía por la frente, incapaz de aprehender todo ese odio injustificado. Ah, se lamentaba, ojalá tuviera una ventanilla en el pecho por la que pudieran ver su alma, para que se aterraran al admirar la magnitud de su error. Pero ya era tarde para dar marcha atrás. Cuando aquel romano le acercó hasta la cruz esa esponja bañada en vinagre para calmar su sed, supo a ciencia cierta cuán inminente era su final. ¡Vaya con los jurados populares!, se conjuraba. ¿Cómo se podía ser tan fariseo?

     
  • Día de cordura

    Gloria Prádanos Díaz · Rodalquilar (Almería) 

    Ha venido a mi celda un abogado y me ha dejado una tarjeta con el nombre impreso de su bufete. No se que busca, preguntó sobre aquel día. Dicen que he perdido el juicio pero eso es porque no entienden nada. Recuerdo muy bien ese día… volviendo a casa en mi coche, arrojé por la ventanilla el conjunto de cosas que ya no quería en mi vida. Qué fácil fue. Ya en casa, bajo la ducha, me sentía tan ligera como la esponja con la que enjabonaba mi cuerpo. Esa voz que gritaba y golpeaba con sus puñitos la puerta del baño ya no existía en mi vida. ¿Por qué entonces oía su llanto? Tenía que hacerla callar y eso hice. Salí del baño y silencié para siempre su voz. Dicen que perdí el juicio... que piensen lo que quieran porque yo hasta entonces nunca me sentí tan cuerda.

     
  • El alumno obediente

    Eva María Cardona · Ibiza 

    Me crié en el bufete familiar pero sin vocación de esponja que todo lo absorbe. Hijo y nieto de abogados, me matriculé en Derecho para no contradecir al todopoderoso destino. Fui alumno participativo; lo cuestionaba todo. El segundo año, en clase de Penal, a mi reflexión de cómo alguien puede defender en juicio a un violador, el profesor Lorenzo me contestó con desdén: “Si no es capaz de argumentar jurídicamente cualquier postura... ¡dedíquese a freír espárragos!” Tomé nota... casi literalmente. Lorenzo abrió la ventanilla del marco jurídico en que vivía; divisé otra vida, conjunto y miscelánea de caminos y oportunidades. Me dio el espaldarazo para aventurarme a alcanzar designios antes insospechados. Abandoné. Hoy soy propietario y chef del mejor restaurante de la ciudad. Al conseguir la primera estrella Michelín, el profesor Lorenzo fue el primero en felicitarme. Para entonces ya era mi mejor cliente. Yo, su alumno más obediente.

     
  • En sintonía

    Mª Carmen Serrano · Murcia 

    Estás callado, relajado…. Te dejas querer. ¿Qué estarás pensando? Paso la esponja por tu espalda con suavidad. A lo mejor tus recuerdos no distan tanto de los míos… Recuerdo el conjunto que estrené para el juicio, debía sentarme de maravilla, ya que más de uno sacó la cabeza por la ventanilla del coche para piropearme. Es verdad, pese a todo, soy demasiado coqueta para salir fea de casa. Sí, me sentía muy guapa, tú me comías con los ojos, mirándome desde el estrado, aunque a la vez, sé que me habrías matado de haber podido. El abogado que me asignó el bufete no hizo muy bien su trabajo. Por eso he tenido que hacerlo yo. ¿Verdad que estás de acuerdo conmigo? Es lo que tienen los muertos. Que nunca te contradicen.

     
  • Desistimiento conjunto

    María del Carmen Ricote · Madrid 

    Es cierto, Señoría, le juro por lo que más quiero, que perdí el juicio. En mi descargo, puedo alegar que ese tarde bebí como una esponja. Por eso, cuando aquel abogado me propuso un desistimiento conjunto (que no sé, qué es),no pude aguantarme. Lo intenté, créame, pero llevaba ya mucho dinero gastado en aquel pleito. Le seguí con mi vehículo. Llovía intensamente. Una cortina de agua (posiblemente, también de alcohol) me enturbiaba la vista y en varias ocasiones estuve a punto de perderle. Anochecía. Estacionó su imponente automóvil justo delante de su bufete, mientras yo aparcaba el mío en la acera de enfrente. Bajé la ventanilla del coche y le llamé. ¡l se acercó tranquilo, confiado y, sin mediar palabra alguna, le descerrajé los tres disparos que acabaron con su vida. Sí, Señoría, sé que eso no estuvo bien, pero a esas alturas, ¡¨no tenía ya, perdido el Juicio?.

     
  • El tatuaje

    Lita Rivas Folgar · A Coruña 

    Cuando llegué a aquella fiesta privada, me encontré con un conjunto de babeantes borrachos, que rodeaban a un tipo vestido con unas mallas, tacones, y pintarrajeado como una vieja vampiresa; mediana edad y empapado de alcohol como una esponja. Lucía un corazón rosa en la parte interna de la muñeca. Me lo llevé de recuerdo en mi cámara. Yo también bebí lo mío, así que en el trayecto a casa, saqué la cabeza por la ventanilla, para que me diera el aire y para dejar parte del alcohol por el camino. Al día siguiente tenía un juicio por fraude y malversación de fondos. Me fijé en el juez, un individuo de gesto agrio y mirada taciturna y en su muñeca, que apareció un segundo bajo su manga. Mi bufete todavía se pregunta a qué clase de triquiñuela legal echó mano aquel juez, para dar el caso por sobreseído.

     
  • Amado Profesor

    Cristina López Rodríguez · Las Palmas de Gran Canaria 

    Es mi profesor de matemáticas quien me contempla a través de la especie de ventanilla que hay en la puerta de mi habitación en el centro psiquiátrico; el mismo que me enseñó que el cerebro de los niños es como una esponja capaz de empaparse de nueva información a cada instante; y fue él quien me sugirió que estudiase una carrera de letras cuando le pregunté repetidamente por el significado del símbolo¡€™conjunto vacío?. Gracias a su consejo llegué a ser una abogada de reconocido prestigio, de esas que trabaja en un bufete de renombre; hasta el día en que perdí completamente el juicio con motivo de una sentencia en la que el juez falló condenando a mi cliente en lo que fue el litigio más determinante de mi carrera profesional, ese pleito que me mantiene encerrada en esta cárcel para enfermos mentales hasta que consiga recobrar la cordura.

     
  • Premonición

    Mónica Vielba Serrano · Valladolid 

    Mi hijo es vidente. Aún no ha nacido, pero predice el resultado de mis juicios. Absorbe como una esponja todos mis conocimientos por el cordón umbilical y me revela el resultado del proceso. Me envía señales. Durante la noche analiza las pruebas en su conjunto y si el día de la vista me levanto sintiendo patadas en mi vientre, la sentencia será estimatoria, pero si me despierto con vómitos, el caso está perdido. Siempre acierta. Nadie me cree. Hoy tengo el procedimiento más importante de toda mi carrera, debo ganar, tanto mi prestigio, como mi permanencia en el bufete dependen de ello. Me desperté impaciente para ver su reacción. Pero es extraño, por primera vez, no he tenido ninguna señal. En medio del atasco de camino al Juzgado sentí que me ahogaba, baje la ventanilla del coche para respirar aire y en ese preciso momento rompí aguas. ¡¨Premonición?

     
  • Perdido el Juicio

    María José Romero Bañolas · Las Palmas de Gran Canaria 

    '- Puede informar el letrado de la defensa. La jueza Palacios me miró inquisitiva. Acostumbrada a mis flamígeras intervenciones, me notaba ausente. -Es nuestro décimo juicio, Señoría, digo…. Isabel. Hace tiempo que he caído rendido ante tu intelige

     
  • Red social

    Francisco Rengel · Málaga 

    '-¿Por qué quieres ser mi amigo? -He leído en tu perfil que eres abogada. Preparo una web sobre el ‘juicio Malaya’ y me interesa aumentar los contactos. -¡Vale! Un conjunto de coincidencias que dieron lugar a más conversaciones por el chat de una

     
  • Adrenalina

    José Agustín Navarro Martínez · Alicante 

    Septiembre de 1988. Un estudiante de Derecho me sacude varios mamporros. Cuando consigo zafarme, me refugio en el bufete. Allí me espera una letrada. Lleva puesto un sugerente conjunto de ropa interior. Me giro y … Maldición. El fiscal con el ojo de vidrio me persigue. Corro. Salto. Me alcanza. Una bocanada de su aliento me desfigura la cara. Mi corazón se esponja y pienso: definitivamente, mi vida no es un picnic. Por fin, reacciono y llamo a los criminalistas mercenarios. Sólo ellos pueden conducirme por el pasadizo secreto hasta el vertedero de expedientes. Por aquí, me dicen, pero la única ventanilla está cerrada. Aporreo el cristal. Demasiado tarde. El fiscal me clava por la espalda un abrecartas y muero desangrado. Miro el reloj. A las once comienza el juicio. Todavía tengo tiempo. Suelto el joystick, me rasco el bolsillo y echo otra moneda.

     
  • Mi vida

    María Serrano · Arganda del Rey (Madrid) 

    Nos conocimos en la ventanilla de un cine y nos hicimos novios en la Facultad de Derecho. Tenía unos ojos increíblemente azules. Compartimos piso tres años. Qué cosas…el recuerdo más nítido que tengo de entonces son las peleas por la esponja del baño. Y se fue, el mismo día que me había comprado un conjunto de lencería para sorprenderle. ¡Qué macabro fue el descubrimiento de su marcha! Sólo había una cosa buena, la esponja sería sólo para mí. El picardías, eso sí, fue para otro. Comencé a trabajar en un bufete, me casé y me divorcié. Hice todo esto sin dejar de pensar un solo día en él. Y hoy, veinte años después de su huída, encuentro durante el juicio unos ojos increíblemente azules que me miran con fijeza. Sobre mi mesa ha aparecido una flamante esponja envuelta con un lazo. Pero no puede ser él… ¿o sí?

     
  • Alegaciones finales

    Ángel Tormes · San Sebastián (Guipúzcoa) 

    Deslizaba con desdén una pequeña esponja sobre una máquina instalada hacía unas semanas, en la que coincidían miríadas de togados esperando su juicio. En cuanto terminó su faena el limpiador, varios abogados se acercaron y repitieron un ritual que parecían conocer bien. Introducían un billete, pulsaban un conjunto de botones y recogían unos papeles, más cuanto más gordo era el billete, abriendo una especie de ventanilla corredera. Decidí probar, y pude leer en un pequeño rótulo de la parte superior izquieda: MAQUINA EXPENDEDORA DE ALEGACIONES, SOLO ABOGADOS. Identificación, colegio, número de colegiado, bufete, jurisdicción, asunto… ¡Qué completa parece! Utilicé cinco euros, retiré casi con avidez el medio folio que me ofreció y lo tiré tras estudiarlo brevemente. Las alegaciones de la máquina me persiguen desde entonces: “Eres mal abogado. Primero, porque me necesitas, y segundo y sobre todo, porque no sabes lo que cuesta una buena alegación”.

     
  • Mi primera vez

    María Jesús Díez-Astrain · Valladolid 

    Me levanté temprano, llena de excitación. Lucía un sol espléndido. Me puse mi mejor conjunto negro, maquillaje discreto, perfume; me peiné con esmero. La cita era a las diez. No pasé por el bufete, ya había preparado todo lo necesario. Haciendo un exceso sobre mi exiguo presupuesto, para no estropear mi imagen, llamé un taxi. En el trayecto se oscureció la ventanilla y una tromba de agua comenzó a caer como si se desplomara el cielo sobre nuestras cabezas. Cuando el taxi se detuvo parecía que había llegado el diluvio universal. El taxista no tenía cambio y me envió a un Banco cercano a cambiar mi billete. Terminé empapada. Se arruinó mi pelo, mi cara, mi ropa, mis zapatos, hasta mi flamante maletín nuevo. Y así, como una esponja chorreante, conteniendo a duras penas las lágrimas, entré en la Sala de Vistas para celebrar mi primer juicio.

     
  • Parecidos

    Antonio Anasagasti Valderrama · Cádiz 

    Entre juicio y juicio, Jaime se encerraba con llave en su buhardilla y sólo se comunicaba con el exterior por una ventanilla parecida a la de las monjas de clausura, por donde su mujer le depositaba la comida. Restauraba un conjunto de muebles de estilo mudéjar, herencia de su tío Lucas, el juez, que le había criado desde que se quedó huérfano. Sólo le faltaba pulir con esponja de lija y añadirle cera a una mesa bufete de nogal, cuando observó un doble fondo debajo de uno de sus cajones. Lo abrió y de su interior pudo rescatar una carta doblada en cuatro mitades, en la que su madre declaraba su amor por Lucas. Desde ese día, Jaime pudo explicarse por qué él y su tío se parecían dos gotas de agua, como aseguraban sus propios compañeros del colegio de abogados.

     
  • Triste final

    Ana María Viñals · Barcelona 

    Papá nunca fue uno más en el bufete. Juicio tras juicio se hizo con victorias a priori imposibles y jamás se jactó de ello. Cada noche mamá escuchaba sus batallitas legales embelesada mientras cenábamos y yo les interrumpía con mis travesuras. Veinte años más tarde, contemplo una estampa que en su conjunto dista mucho a la de mi infancia. Papá no recuerda nuestros nombres y apenas si le quedan fuerzas para peinarse o pasar la esponja por su anciano cuerpo. Desde la ventanilla del coche le saludo pero no obtengo respuesta. Ni siquiera sabe que hoy es día de visita. Las puertas de la residencia se cierran y mi único consuelo es pensar que papá jamás sabrá que ha sido abandonado por la mujer a la que tanto ha amado. Ironías de la vida. Mamá ya está planeando un nuevo futuro y él no se encuentra en sus planes.

     
  • Secretos de familia

    Javier de Pedro Peinado · La Alberca (Murcia) 

    Recuerdo a mi padre en la sala de juicios. Su inconfundible voz, profunda y cadenciosa, llenaba la estancia, consiguiendo que todos los presentes se inclinaran inconscientemente hacia él, como si un hilo invisible tirara de ellos. La poblada barba gris y sus intensos ojos castaños completaban un conjunto casi hipnótico. Yo me acababa de incorporar al bufete y absorbía como una esponja las emanaciones de su talento, que derrochaba con temeraria generosidad. Cuando mató a mamá le defendí ante el tribunal y conseguí su absolución. Ahora vivimos juntos, pero yo no le he perdonado. Desde hace catorce años le mantengo encerrado en el sótano. Para evitar ver su rostro, introduzco la comida por la misma ventanilla por la que él me devuelve sus restos. Aún así, por las noches me despierto con frecuencia y puedo sentir sus ojos castaños mirándome, expectantes, a través de los muros de su celda.

     
  • Único testigo

    Esperanza Temprano Posada · Madrid 

    “Estaré de vuelta para el juicio” me dijiste bajando la ventanilla al partir y yo te creí, con la fe ciega del que le va la vida en ello. Mis compañeros del bufete, me han dado la espalda, se han dejado llevar por el delirio colectivo, empapándose como si fueran esponjas del conjunto de mentiras vertidas por la prensa canallesca. La oscura sombra de la culpa respira en mi nuca y hasta confunde mi inocencia. Tu eras la única que podía destruir el maleficio de estar en el lugar y hora equivocada, tu eras la única oportunidad de probar que yo no mate a esa niña. Protegiendo mi rostro de las iras del pueblo, llego a la Sala como el condenado se acerca al patíbulo. Qué distinto es el banquillo cuando te sientas en él. Qué devastadora la sed de justicia. Qué desoladora tu ausencia.

     
  • Cool Hand Luke

    Gabriel Biurrun · Barañain (Navarra) 

    Damián era un respetable hombre de letras. Dueño de su propio bufete, siempre actuó de forma cabal, demostrando, en conjunto, buen juicio y saber hacer. Sus amigos, sin embargo, sabíamos que tenía en la cabeza un pequeño interruptor con forma de Óscar, una palanca escondida que sonaba con un ruido como de claqueta. Algo capaz de hacer que se quedara mirando al cielo y dijera: “Me encanta el olor del Napalm por la mañana”, o “Yo tenía una granja en África”. El día que lo encerraron, todos pudimos imaginar la mirada indomable en sus pardos ojos de Paul Newman mediterráneo. Defendía a su propio hijo por pisarle la cabeza a un hombre con bigote, cuando, sobre un andamio, una joven comenzó a limpiar con su esponja la ventanilla abatible de la cristalera de la sala número tres. Damián sonrió, miró al juez y gritó: “Puedo comer cincuenta huevos”.

     
  • Espadas en alto

    Víctor Salgado · Rivas Vacíamadrid (Madrid) 

    Espadas en alto Mientras me abalanzo sobre ella, descubro a ese cretino de aprendiz de abogado intentando tomarme la delantera. Ha pasado la cena adulando a los socios del bufete. ¡Por favor, que alguien traiga una esponja para recoger sus babas de la mesa! Ahora, osa disputarme la presa. Evidentemente, también se ha fijado en ella. No hay vuelta atrás. Las espadas están en alto. Nos miramos desafiantes y... “¡Maldito muerto de hambre, es mía!” –grito enardecido y fuera de juicio. Su palillo y el mío chocan violentamente contra el plato astillándose entre los dedos. La última aceituna, que nadaba voluptuosamente en el aliño de la ensalada, salta por encima del conjunto de sabrosas viandas encontrando refugio en el generoso escote de la hija de nuestro presidente. Al amanecer, tendremos la oportunidad de solucionar nuestras diferencias, sin jueces ni juristas, frente a la ventanilla del paro.

     
  • Manos sin caras

    Carlos Enrique Rodrigo · Toledo 

    El conjunto de la población está consternado- dijo el ampuloso comentarista. Alberto oía distraídamente las noticias de la sempiterna crisis por la radio mientras esperaba que se cambiara el disco del semáforo. Sabía que quedaban tres segundos para que la esponja amarilla y rebosante de jabón llegara puntual a la cita mañanera con la luna de su flamante deportivo. Ahí estaba, arriba y abajo, la mano poderosa y crispada, enjabonando, limpiando y secando, tan veloz como precisa. “Como nueva, como si no hubiera cristal”- se dijo a sí mismo. Bajó la ventanilla y cumplió con el ritual autómata de dar un euro a la mano sin cara, prosiguiendo camino hacia la Audiencia. Ya en el juicio, repasó el alegato con su compañero de bufete. Estuvo conciso y brillante. Al finalizar una mano se le acercó para felicitarle. No pudo evitar darle un euro. Mañana empieza el juicio por soborno.

     
  • Carrera Meteórica

    Pablo Cid · Madrid 

    “Trabaja usted en el mejor bufete, no lo olvide”, dijo un socio dándome la bienvenida. Abrumado por la responsabilidad, me esforcé por aprender de mis compañeros veteranos como si fuera una esponja. Mi empeño dio sus frutos: empecé a ganar un juicio tras otro y me confiaron clientes de postín. A los pocos meses, te paseaba, orgulloso, por toda la ciudad, sentada en mi Mercedes descapotable. El viernes pasado, sin embargo, me presenté en la sala, delante del Juez, despeinado y medio borracho, cantando "Amor se llama el juego" con la voz rota de Sabina. La noche anterior te había visto abrazada a Guille, tu amigo de la facultad, bajista en un conjunto de rock psicodélico. "Abogado, triunfador... eres demasiado convencional para Virginia", me habían advertido tus amigas. Hoy lo recuerdo apoyado en la ventanilla del INEM.”

     
  • Huyendo del baño

    José Miguel Perlado · Madrid 

    Andreas enterró la cara entre las manos, desesperado. Ni el mejor bufete de abogados había sido capaz de defenderle en el juicio y la sentencia era ya definitiva. Casi dos años antes, delante de una oscura ventanilla en el subsotano de un oscuro ministerio, defendía convencido la inscripción de Bob Esponja, el dibujo animado de la televisión, y su conjunto de amigos, en el registro de vagos y maleantes, o lo que fuera que permitiera cancelar sus emisiones, secuestrar de las tiendas sus productos y proscribir cualquier recuerdo de semejante absurdo. Y desde entonces una lucha constante para conseguir que su pequeño aceptase de buen grado bañarse y restregarse la piel con la esponja empapada en agua jabonosa, sin echarse a llorar desconsolada e interminablemente.

     
  • Su último juicio

    Alberto Artaza · La Coruña 

    Al salir a la calle abrió la ventanilla del coche para fumar un cigarrillo y reflexionar unos minutos. Acababa de cerrar el bufete tras rematar el último pleito hacía pocos días. Entre bocanadas de humo, le resultaba difícil hacer una valoración de conjunto. Cuarenta años dan para mucho, sobre todo para él, que había absorbido el trabajo como una esponja. Muchos éxitos, algunos fracasos y una cierta dosis de prestigio bien ganado. Tiraba la toalla porque, sin hijos, no tenía sentido mantener el despacho. Lo había abierto solo hace cuarenta años y lo cerraría solo. Lo que ahora le seducía era disfrutar de una jubilación planificada al milímetro. Cambiaria todo el prestigio y el dinero acumulado por estos años venideros, tantas veces ensoñados como de placer, descanso y armonía. Abstraído en este juicio interior, ignoró por completo el camión que, descontrolado, le alcanzó de lleno por su lateral.

     
  • Jacuzzi jurídico

    Adela Ramos · Sevilla 

    Desde que en mi Bufete implantaron por recomendación del equipo de psicólogos un conjunto de medidas encaminadas a incrementar la relajación y el bienestar de los Letrados (vales para ducha escocesa a canjear en ventanilla por autos y sentencias favorables, música de Enya en el hilo musical, repertorios Aranzadi con aromaterapia de pinos y eucalipto, posibilidad de audición de las videoconferencias en piscina climatizada, servicio de guardería infantil en horas de Despacho e incentivos por el ingenio y ser seleccionada en el Concurso de Microrrelatos sobre Abogados) las estadísticas de asuntos ganados y la cuenta de resultados han subido como la espuma y algunas firmas europeas llaman interesándose por nuestros métodos. Doy fe ahora de ello en el jacuzzi mientras mis hijos se divierten viendo un capítulo de Bob Esponja en el módulo infantil y yo repaso mentalmente mi intervención en el juicio de desahucio de mañana.

     
  • Piel de abogado

    Emiliano Fernández Sans · Tarragona 

    Descanso en un armario. Acompañada por un conjunto de hermanas. Siempre esperando. Todos pueden utilizarme. Siento los latidos del corazón de quienes sucesivamente me dan vida. A veces es alguien jóven que suda en mi interior necesitando una esponja. Otras alguien mayor que gesticula con mis brazos. - Con la venia Señoría... - No es más cierto que ... Otorgo respeto. Uniformo y concedo potestad. Mis orígenes provienen nada menos del ritual del juicio, con mayúsculas, de la Roma imperial. Justiniano. En las duras batallas de mis años de ejercicio he realizado un verdadero master en Derecho. Glorificando los rumores de la Sala. Defendiendo o acusando pero sin dejar de insuflar responsabilidad al abogado que de cualquier bufete necesitó mis servicios. Mis primas, con puñetas en las mangas, me envidian porque represento al letrado en estado puro. Hoy estoy contenta, toca ducha, me deslizo venturosa por la ventanilla de la lavandería. Resplandezco.

     
  • La prueba

    Miguel Pasquau Liaño · Granada 

    El siguiente bufete al que acudí resultó ser un despacho con fundamento, con olor a jurisprudencia, mesas de nogal retorcido, crucifijos, legajos y máximas de Justiniano. Deposité mi verdad frente al viejo abogado, que callaba como desde detrás de una invisible ventanilla de funcionario acostumbrado a desconfiar. “No me cree”, le dije al terminar, y él contestó, con rutina: “Poco importa lo que yo crea, señorita, mi trabajo consiste en hacer que le crea el tribunal; pero ya imagina que los juicios dependen de un conjunto de factores que...” Tendría que seguir buscando. Sólo cuando encontrase un abogado capaz de mirarme a los ojos con compasión le daría el caso. Sólo al que se pusiera de mi parte sin pruebas le daría la prueba. Sólo a quien se lo mereciera le hablaría de la esponja que contiene los restos seguros de la verdad y la sangre de mis lágrimas.

     
  • Este mundo enfermo

    José Iglesias · Madrid 

    Hastiado de mirar por la ventanilla enrejada del autobús, dirijo mis ojos al resto de pasajeros que me acompañan en este siniestro viaje. Componemos un extraño conjunto de seres tristes, asustados, desorientados. Como una esponja trato de absorber la información que me proporcionan sus expresiones y en silencio me pregunto que les estará diciendo la mía. El sofocante calor, la atmósfera opresiva, los rostros deformados por el miedo y el desconcierto. Mi mente viaja al día en que el abogado enviado por aquel prestigioso bufete especializado en extranjería entró en mi celda y me comunicó que sería repatriado. “Hemos perdido el juicio”, me dijo. Hoy vuelvo a mi país, arrasado por la guerra, asolado por el hambre, devastado por las enfermedades. No, me digo a mi mismo, nosotros no hemos perdido el juicio, es el mundo el que lo ha perdido.

     
  • Deseo cumplido

    María Augusta Cardoso Baptista · Sevilla 

    Me acerqué al mostrador con mi mejor sonrisa. Cada vez que tenía que asistir a juicio, insistía en el bufete en ser yo misma la que presentase, en la ventanilla del Registro de los Juzgados, la documentación. Lo hacía con la única intención de verlo. ¡Es tan guapo! Hoy estaba especialmente atractivo. Desde mi posición tenía una visión de conjunto que me fascinaba. Mis labios acertaron a pronunciar un tímido ¡Buenos días! Él alzó la vista extendiendo su mano para recoger la instancia. Entonces sentí su leve caricia. Era suave como una esponja, que sumergida en el agua, se desliza por todo tu cuerpo atrapándote en un mar de espuma. Cerré los ojos e imploré que ese momento durase una eternidad. Cuando los abrí me quedé atrapada en su mirada. En ese instante supe que mi deseo se había cumplido.

     
  • Ritual

    Eva Requejo · Mieres (Asturias) 

    Repaso el conjunto de escritos, documentos y apuntes que resumen la postura del juicio de mañana y me despido del Bufete. Antes de llegar a casa, hago una parada obligada en la Administración de Lotería. Javier, al otro lado de la ventanilla celebra cada pleito. “¿Una de cada sorteo para esta semana?” me pregunta, como en cada ocasión. “Es por darle opciones a la suerte para que elija: o me hace millonaria, o me ayuda a ganar el pleito”, contesto. Quizás mañana tenga una nueva vida, millonaria; y el cliente, un nuevo abogado. Ya en casa, me siento junto a mi hija a ver “Bob Esponja”. Al día siguiente, antes de llegar al Juzgado, compruebo si por fin la suerte ha elegido traerme dinero, más que fortuna. Como siempre, me enfundo la toga y espero que al menos me traiga, otro expediente.

     
  • Lunes mágicos

    Isabel Fraile · Arucas (Las Palmas) 

    La semana transcurría monótona y aburrida. Solo los lunes eran distintos. Los lunes salía antes del trabajo, compraba comida preparada y corría a su casa. Cada lunes, a la misma hora, se asomaba a aquella ventanilla, sumergiéndose en un mundo de ensueño y de aventuras. Admiraba a aquellos abogados jóvenes y guapos: ellos perfectos con sus trajes de marca, ellas luciendo maravillosos conjuntos de falda y chaqueta, con tacones increíbles repicando sobre la madera noble del elegante bufete. Como una esponja absorbía excitada cada caso, y aún sabiendo de antemano que ganarían el juicio, no perdía detalle de los argumentos de la defensa. Odiaba al fiscal, implacable, feo, gordo y con malas intenciones hacia el procesado. Aquel lunes la pantalla se llenó de blanco. Ajustó el canal, sacudió al aparato primero con suavidad, luego enérgicamente. Entre el chisporroteo, incrédula y desesperada, pudo leer: Canal analógico, sintonice su TDT.

     
  • En serie

    Rubén Gozalo · Salamanca 

    Subí la ventanilla, salí del coche y me personé con mi impecable conjunto de Armani en los juzgados. Acababa de entrar en el bufete de abogados McKenzie con la intención de comerme el mundo; defendería causas perdidas, llevaría a juicio a delincuentes, redactaría documentos y contratos, velaría por los intereses de huérfanos, menores y mujeres maltratadas. Apenas duré en aquel trabajo dos meses. Los guionistas suprimieron mi papel por la baja audiencia de la serie. Ahora estoy en paro, esperando a que me citen para la audición de Bob Esponja.

     
  • Empatía

    Laura Betancort Carrasco · Madrid 

    13 de febrero Hoy me he levantado con un nudo en el estómago... No todos los días se estrena una como intérprete. Y menos en estas condiciones. Un compañero del bufete me recogió en coche y, después de que me regalara un gesto de complicidad (o compasión), bajé la ventanilla mientras absorbía como una esponja todos los datos del juicio. Pronto llegamos al juzgado donde tuve que interpretar (fatídica ascendencia húngara la mía) a una chica que presuntamente había asesinado a sangre fría a su compañero sentimental. Poco a poco me fui introduciendo en su piel. Logré emular a la perfección sus inflexiones, sus ademanes e incluso su desesperación. Finalmente, no sé cómo, acabé prendada de su conjunto. Tanto que, de regreso a casa, me detuve ante un expositor que exhibía un conjunto parecido. 14 de febrero Hoy me he levantado con olor a sangre en las manos.

     
  • La crisis

    Eloy Serrano Barroso · Madrid 

    Nunca se ha encontrado explicación, ni creo que se la encuentre. Unos aportaron extravagantes teorías astronómicas, confluencias de los astros y cosas así. Otros lo atribuyeron a un conjunto de productos tóxicos que inundaron la atmósfera. El hecho es que, por increíble que pueda parecer, durante aquel año no se cometió delito alguno en Metrópolis. Así que los bufetes especializados en juicios penales tuvieron que cerrar sus puertas. Fue entonces cuando legiones de abogados en paro empezaron a recorrer como espectros la ciudad. Permanecían apostados con sus togas negras en los semáforos. Hasta que se encendía la luz roja. Entonces se acercaban a los coches con una esponja empapada en agua y lavaban sus cristales parabrisas. Y cuando los conductores se dignaban a bajar las ventanillas para darles unas monedas, ellos ofrecían una mano medio abierta y suplicante, como la de un reo condenado a perpetuidad.

     
  • Mi vida se acaba de convertir en nada

    Sandra Díaz Suárez · Las Palmas de Gran Canaria 

    Mi vida se acaba de convertir en nada. Un conjunto vacío. Lo he hecho otra vez. Abro la ventanilla para que entre un poco de aire. El furgón huele a una mezcla entre pescado podrido, tabaco rancio, sudor antiguo y colonia barata. Miro a la Educadora sin verla, y le pregunto con voz casi inaudible: -¿A dónde vamos? -Al Centro a comunicar lo que ha ocurrido y luego al Bufete del Abogado. Las gotas de sudor corrieron desbocadas por mi frente sin freno. En un intervalo de dos años, el Señor Martínez ha llevado doce causas a mi familia. No creo que acepte llevar otro juicio, pensó con frustración. Tras aparcar el vehículo entran en la Acogida de Proyecto Hombre. Ella delante, él detrás. Ella taconea ruidosamente. Él, arrastra los pies. En la Sala de Terapeutas informó: - Traía droga en la esponja de baño. Lo ha hecho otra vez.

     
  • Ruptura

    Julio García · Madrid 

    En teoría el bufete que compartíamos Jaime y yo tenía todas las papeletas para perdurar, como esos conjuntos incombustibles tipo Dúo Dinámico. Él alto y bien parecido; yo canijo y pusilánime. Él un formidable relaciones públicas, capaz de convencer al cliente de que vaya a juicio, aún con todas las de perder, y cargar al despacho cuentas exorbitantes de comidas y viajes. Yo pésimo orador, pero dispuesto a trabajar concienzudamente catorce horas al día, bebiendo un horrible café de recuelo para no dormirme. Quizás los celos me han consumido, pero sólo hay una vida y es ésta. Por la mañana me he acercado a la ventanilla del banco y limpiado la cuenta corriente del despacho, en billetes de quinientos. Lástima no ver su cara cuando haya leído mi nota: “Jaime. No te soporto más y tiro la esponja. Me largo a reflexionar a los mares del sur”.

     
  • Tía Enriqueta

    Manuela Rico · Puebla de Sancho Pérez 

    Después de pasar toda la noche absorbiendo datos como una esponja, salí del Bufete camino del Juicio. El conjunto de pruebas preparadas era digno de una tesis, valoraciones, jurisprudencia, doctrina;todo para acreditar que la tía Enriqueta debía ser incapacitada, antes de dilapidar la fortuna que sus sobrinos esperaban. Camino del Juzgado , una llamada de teléfono, la Tia Enriqueta no va a acudir al Juicio, ¿ Por qué pregunté? ... No se la puede incapacitar acaba de fallecer. Paré el vehículo y arrojé por la ventanilla toda la documentación recopilada. La lectura del testamento fue " letal " para mis clientes, todo a obras de caridad.Tía Enriqueta ganó el Juicio , y quizás su inmortalidad. Bravo por ella.

     
  • El pirómano enamorado

    Ana Pilar Cortés · Madrid 

    Son las 10 y continúo en el bufete, admirando desde mi atalaya tus largas piernas. Te imagino desnuda y sueño con enjabonarte con una esponja y envolver tu fragante cuerpo en mi albornoz mientras te beso con pasión. Tú tecleas con furia el gastado ordenador, ajena por completo a mis miradas anhelantes y mis pensamientos subidos de tono. Sin duda estas preparando un juicio, uno de esos difíciles que hacen salir el rubor a tus mejillas. Me pregunto cómo será el conjunto de lencería que llevas puesto. Seguramente nunca lo sabré. Es la tercera vez que vengo a reparar la ventanilla de tu despacho y nunca te has fijado en mí. Quizás si… ¿por qué no? Lentamente bajo de la escalera y con un rápido movimiento prendo fuego al mobiliario del despacho. Miro tu cara descompuesta e incrédula y te hablo por primera vez: he delinquido, necesito que me defiendas.