Cara a cara

María Teresa Cabrera · Valencia 

Normalmente, cuando tenía un juicio en otra ciudad iba con mi coche, pero nevaba y preferí utilizar el tren. Me habían asignado un caso imposible de perder, estaba contento. Por la ventanilla vi a un hombre correr que intentaba subir; demasiado tarde, estábamos en marcha. Sofocado, se detuvo y le pude ver con detenimiento mientras nos alejábamos con lentitud. Lo reconocí, era Armando, un compañero de facultad que después de terminar primero desapareció, seguramente por el conjunto de putadas que le gastamos. Hijo de un abogado dueño de un prestigioso bufete, Armando era brillante, una esponja de conocimientos, todo matrículas. Nosotros éramos jóvenes y alocados, admito que lo envidiábamos, quizá por eso nos pasamos con las novatadas. Nunca más supimos de él. Ya en el Juzgado, me informaron de que había un retraso, el Sr. Juez había perdido el tren.

 

 

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