Juicio al tiempo

José Vicente Pérez Bris · Bilbao 

Estaba todo programado. Los socios del bufete votaron mayoritariamente mi candidatura para ser la primera abogada transportada al siglo treinta. Mientras recorría el pasillo hasta la sala donde se ubicaba la máquina gravitacional, sentí el calor de los compañeros. Hasta la señora de la limpieza enjugaba sus lágrimas con la esponja del baño. Les lancé un beso tras la ventanilla hermética de la cápsula y partí hacia lo ignoto. Llegué con tiempo de sobra antes de que empezara el juicio. El plan era colarme en la sala y lograr una visión de conjunto, describiendo el progreso en materia procesal. Al penetrar en el tribunal me extrañó ver tanta gorguera y capa corta, pero lo atribuí a los caprichos de la moda. La gente empezaba a mirarme asombrada y temí lo peor. Lo constaté cuando al preguntar a un bedel por el encausado, dijo: el señor Galileo es aquel de allí.

 

 

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