Triste final

Ana María Viñals · Barcelona 

Papá nunca fue uno más en el bufete. Juicio tras juicio se hizo con victorias a priori imposibles y jamás se jactó de ello. Cada noche mamá escuchaba sus batallitas legales embelesada mientras cenábamos y yo les interrumpía con mis travesuras. Veinte años más tarde, contemplo una estampa que en su conjunto dista mucho a la de mi infancia. Papá no recuerda nuestros nombres y apenas si le quedan fuerzas para peinarse o pasar la esponja por su anciano cuerpo. Desde la ventanilla del coche le saludo pero no obtengo respuesta. Ni siquiera sabe que hoy es día de visita. Las puertas de la residencia se cierran y mi único consuelo es pensar que papá jamás sabrá que ha sido abandonado por la mujer a la que tanto ha amado. Ironías de la vida. Mamá ya está planeando un nuevo futuro y él no se encuentra en sus planes.

 

 

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