Juicio

Rafael Mir Jordano · Córdoba 

Me gusta hablar el primero, como demandante o como apelante. Esto me permite decir lo que he preparado y ausentarme luego mentalmente, cuando el oponente despliega sus argumentos. Como diga lo que diga ya nada puedo hacer, en vez de empaparme como una esponja, de escuchar al letrado, me ocupo en observar al juez o tribunal. Fruto de esta observación es una previsión, normalmente acertada, de la sentencia. En este caso el letrado del adversario es una venerable abogado, titular de bufete conocido, que, según lo poco que le he escuchado, expone ordenadamente un conjunto de razones, pero con morosidad. Cuando se ha dilatado en una larga cita en latín y he visto como la mirada del juez se ha tornado en mirada de cristal, en ausencia, como de funcionario que espera en la ventanilla, he sabido inmediatamente que voy a ganar el asunto.

 

 

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