INRI

David Villar · Castro Urdiales (Cantabria) 

El juicio había sido sumarísimo. No hubo abogados, ni bufete, ni prácticamente alegato de defensa. Qué caray defensa, ¡pero si ni siquiera sabía aún de qué se le acusaba! ¿Cuál había sido su delito? ¿Cuál? ¿Qué había hecho él para tener a todo el conjunto de la población en su contra? Ahora las lágrimas se confundían con la sangre que le caía por la frente, incapaz de aprehender todo ese odio injustificado. Ah, se lamentaba, ojalá tuviera una ventanilla en el pecho por la que pudieran ver su alma, para que se aterraran al admirar la magnitud de su error. Pero ya era tarde para dar marcha atrás. Cuando aquel romano le acercó hasta la cruz esa esponja bañada en vinagre para calmar su sed, supo a ciencia cierta cuán inminente era su final. ¡Vaya con los jurados populares!, se conjuraba. ¿Cómo se podía ser tan fariseo?

 

 

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