Obsesión

Antonio José Florit · Cartagena 

Vestía un conjunto rojo bermellón. Estaba espléndida. El eco de sus tacones reverberaba por el pasillo cuando se dirigía a la sala de lo penal y jugaba con nuestras miradas sabiéndose observada. No fue ni la primera ni la última vez que la vi. De soslayo, a veces la adiviné a través de la ventanilla del coche que conducía cuando disparada, salía del aparcamiento del bufete donde trabajaba. La tentación de seguirla me estrujaba el corazón y apenas una gota de sangre alcanzaba el cerebro que quedaba seco como una esponja. Por momentos perdía el juicio… ¿Cómo evitar la extraña sensación de su cotidiano despecho y al mismo tiempo aparentar un comportamiento normal frente al resto de los mortales? Imposible, me era del todo imposible. Más teniendo en cuenta que al llegar a casa me la encontraría haciendo la cena de los niños…

 

 

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