¿Torticera o querulante?

María Socorro Marmol Bris · Madrid 

El Bufete del Abogado de Oficio turnado para defender mi importantísimo juicio me desmoralizó. Su conjunto trajo a mi memoria la repugnante ventanilla de telégrafos del pueblo, detrás de la que un telegrafista, con visera de cartón y manguitos zurcidos, mojaba su asqueroso dedil de caucho verde en una pegajosa esponja encajada en un recipiente también de caucho verde. Hasta la nuez del Abogado, apareciendo y desapareciendo tras su corbata me recordaba al siniestro telegrafista; aquel que revisaba telegramas de pésame y gacetillas de velatorios con una maña propia de sus canijas hechuras gracias al asqueroso chapoteo del dedil. -¡Dios nos asista! –Gimió al leer el nombre de la denunciada. -¡Pero, oiga! Que me llamó tortillera a gritos, por la ventana del patio. ¡Y eso no se lo consiento a mi vecina por muy jueza que sea…! Abrió un diccionario mugriento por la “T” deletreando desconsideradamente: -“Tor-ti-CE-ro” “injusto”. -¡Vaya…!

 

 

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