Seda roja

María Begoña Castilla Cartiel · Zaragoza 

Cuando el coche negro paró, de su ventanilla salían nubes de humo. Ella sacó una mano enguantada y con un gesto apenas perceptible, me obligó a acercarme. Sus ojos, grandes, negros, crueles, perfectamente maquillados, no parpadearon mientras me hablaba “No quiero ir a tu bufete; mientras dure el juicio voy a permanecer recluida. Ya sabes lo que tienes que hacer” Así terminó nuestra conversación. Su presencia permanecía en forma de olor a roble. Era incapaz de pensar en otra cosa que no fuera la imagen de su cuerpo perfecto enmarcado en un conjunto de seda roja; su voz fría, sin emoción diciendo: “Abogado, mi marido está en el baño, más bien lo que queda de mi marido, no olvides deshacerte de él. No quiero que quede ningún rastro, tira todo, hasta la última esponja”. Sangre roja, seda roja y mi corazón atenazado por su recuerdo. Estoy perdido.

 

 

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