IV Concurso de Microrrelatos sobre Abogados

Ganador del Mes

Ilustración: Juan Hervás

Al viejo profesor

Luis Angel Calvo Villalaín · Parla (Madrid) 

Al viejo profesor le dio un soponcio en medio de la clase. Su último suspiro, apenas audible, fue para decir ‘listo para sentencia’. Era su forma de ser: entreveraba irónicamente el derecho y sus expresiones en todos los resquicios de su vida, y hasta de su muerte. Era inteligente e imprevisible. Nunca sabías qué iba a deparar una de sus clases; tan posible era que pasara una hora hablando de la última tecnología de dispositivos táctiles, como de la explotación sexual de mujeres en Sudamérica. Analizaba cualquier tema bajo el prisma del derecho y conseguía que aprendiéramos más y mejor que en cualquier otra clase. Para honrar su memoria, hemos inundado la facultad de carteles donde aparece su foto con un pie que reza: ‘Se busca vivo o muerto. Delito: Dejar huérfanos a cientos de aprendices de abogado que lo adoraban’. Seguro que le habría gustado.

 

Relatos seleccionados

  • Desasosiego

    M¡¦ José Barberá Estellés · Massalfassar (Valencia) 

    La ciudad estaba repleta de carteles del nuevo partido, Unión y Democracia, con la imagen sonriente de su candidato para la presidencia, el viejo profesor, como era conocido en su círculo más próximo. Borja de Arizu, abogado de reconocido prestigio, contemplaba atónito aquella foto, mientras jugueteaba con la pantalla táctil del móvil de su hija. ¡l estuvo a su lado, hacía ya varios años, trabajaron codo con codo en aquel turbio caso de tráfico y explotación sexual de menores. Recordaba la insultante alegría de su profesor cuando se dictó sentencia, y la promesa realizada, a la puerta de los juzgados, de retirarse de la vida pública. - Borja, mi querido alumno, sabía que no me defraudarías, te estaré eternamente agradecido. No volverás a verme, te lo prometo, le dijo sonriente mientras le palmeaba en el hombro. El eslogan rezaba: Por tu futuro y el de tus hijos. Vota UD.

     
  • La visita

    José Ignacio Carnero Sobrado · Madrid 

    Los carteles de conciertos arrancados aún habitaban su viejo dormitorio de estudiante de Derecho. No había vuelto al piso desde hacía más de cuarenta años. Desde los años universitarios. El profesor de Derecho Procesal en que se había convertido se miró al espejo, y vio viejo, cansado, fruto de la explotación. Fue entonces cuando decidió dejarlo todo. Había llegado el momento. A continuación vibró su móvil. Tocó la pantalla táctil. Malaspina Procuradores notifica. Sentencia: Demanda íntegramente desestimada con expresa condena costas. Sonrió, cerró la puerta, cruzó el pasillo, y narcotizado por esa extraña droga del éxito, llamó a su socio: Alfredo, hay que ampliar el despacho.

     
  • Las desventuras de una abogada en su tiempo de ocio

    Susana García Ruiz · Jerez (Cádiz) 

    Leía la sentencia en la pantalla táctil del móvil. La adicción al trabajo se estaba volviendo preocupante. Si no hubiera sido su propia jefa, se habría quejado de explotación. El mes que viene cumplía 32 años y en los últimos 20 meses no había tenido ninguna relación. Vio el cartel y decidió inscribirse a bailes de salón. Tímida se presentó en el aula dispuesta a alejarse del frenesí de su vida diaria y a mecerse en los musculosos brazos de un profesor latino. No puede ser, exclamó. Había previsto la posibilidad de que su profesor fuera homosexual dando al traste con su fantasía, pero lo que realmente no pudo prever es que el especialista en tango fuera el juez de Instrucción n¡§1. Calculó las posibilidades de una fuga sigilosa, hasta que apreció las turgentes nalgas del Juez siempre ocultas con la toga, y vociferó me ofrezco voluntaria, señoría.

     
  • Reset

    Tamara Peralta · Gualba (Barcelona) 

    Cuanta más jurisprudencia consulto más crece mi desesperación, si sigo así la pantalla táctil de mi tablet se declarará en huelga. La voy a gastar. No doy con ella. No consigo recordar la que nos mencionó el profesor. Será que han pasado mil años desde aquella clase magistral en la que fui consciente que lo mío con el Derecho iba a ser una historia de amor, a pesar de la explotación a la que me somete mi mentor, al que adoraba, ya no. Recuerdo casi todo: nada más entrar en el aula vi el cartel que anunciaba la fiesta de primavera a la que no asistí, los comentarios de los compañeros, los nervios ante los últimos exámenes. Lo recuerdo todo, puras banalidades, menos esa maldita sentencia que ahora busco y que se esconde para mi desesperación: está claro, necesito un reset, un descanso en clave humana.

     
  • Caso resuelto

    María Antonia Lucas · Madrid 

    El cartel descolorido de mi oficina me dio la pista para aclararlo todo. Hasta ese momento sabía que algo no cuadraba en esa historia pero no conseguía averiguar el qué. Nerviosa, por fin me decidí a escribir en mi teléfono táctil, el mensaje que había imaginado: “Profesor, lo sé todo y puedo demostrarlo, nos vemos a las 18:00 en su despacho para darle la oportunidad de darme una explicación”. Dudé un par de minutos antes de pulsar la tecla enviar, consciente de que si las cosas no salían bien habría firmado mi sentencia de muerte pero la imagen de mi foto en los periódicos me impulsó a hacerlo. Ya podía ver los titulares: “Abogado resuelve el caso del año”, después escribiría un libro y Spielberg me compraría los derechos de explotación. Ensimismada con mi triunfo inminente no escuché el chasquido al arrancar el coche y después...mis sueños volaron en pedazos.

     
  • Preso de su pasado

    Ángela M-Aranda S-García · Fuenlabrada (Madrid) 

    Los viejos móviles "tamaño ladrillo", habían dado paso a miniaparatitos táctiles con música supersónica; los tradicionales carteles de publicidad, habían pasado a convertirse en pantallas gigantes que tapaban fachadas enteras de viviendas, los profesores ya no utilizaban la regla para adoctrinar a sus alumnos...-¿Tanto tiempo había transcurrido?- Llegué a la dirección que me facilitaron, con ayuda de un mapa emitido por un tal don Google Maps. -¿Explotación agraria”?- Mis hijos habían transformado mi casa en un productivo negocio. Inmediatamente, llamé a mi Letrado y le pregunté qué tenía que hacer para conseguir otra sentencia condenatoria y volver a mi verdadero hogar.

     

     
  • Horas extra

    Carlos Candela Ochotorena · Alicante 

    Paco, me gusta verte estudiar, pero a estas horas… Comprendo que puedes tener mucho trabajo y que debes esforzarte para alcanzar un buen cartel. Hazme caso, por favor, deja ya de devanarte los sesos como un aspirante a profesor. Mira, me he comprado un camisón nuevo y muy táctil, unas zapatillas de seda y…, bueno, mejor que lo veas tu mismo. Anda, ven conmigo. Esta mañana has estado en los Juzgados, por la tarde en el despacho y ahora haciendo horas extraordinarias, parece que practicas la explotación de ti mismo… Déjame, déjame, que tal vez sea este el momento más productivo. Los pleitos de la mañana demoran las sentencias, las visitas de las tardes apenas me las pagan (con la crisis…), de los turnos de oficio nunca más se supo (la Generalitat está en quiebra). Así que déjame acabar este micro-relato a ver si gano el premio mensual.

     

     
  • Causas Perdidas

    Alejandra Rodríguez Rodríguez · Madrid 

    Marcos tiene un don. Posee las manos más habilidosas que jamás había visto. Una lástima que la explotación de su talento se hubiera quedado en una afición nada recomendable. Tiene dieciséis años, aunque aparenta más. Camina encorvado, pues soporta el peso de un enorme cartel que dice: “nadie da un duro por mi". No estaba muy desencaminado. Su profesor, su madre y la sociedad le consideraban un caso perdido. En cuanto me descuido, aprovecha para birlarme el teléfono táctil. Lo devuelve rápidamente, excusándose en que no quiere perder la práctica. Y me guiña un ojo. Al tropezarme con su mirada envejecida me cuestiono: ¿qué estaremos haciendo mal? Sus lamentos mudos dictaminan sentencia. Me despido y escucho un silbido a mis espaldas que me retiene. Arrepentido, Marcos me entrega las llaves del coche.

     

     
  • Abogado freak

    Carlos Lázaro Martínez · Meliana (Valencia) 

    El nostálgico sonido del martillo tras dictar sentencia, personalizado como tono de aviso para mensajes en su móvil táctil de última generación, lo sacó de sus enmarañados pensamientos: Sonia le deseaba suerte en la primera vista. Por fin un caso de entidad, explotación animal en un criadero de hurones. Los mustélidos le importaban un comino, pero el propietario de los terrenos de la granja era hermano de un conocido político local del partido ecologista. Aquello emponzañaba el asunto y atraía a los medios como la carroña a los buitres, sonrió recordando al profesor de la facultad. Se ajustó la pajarita, y antes de salir chasqueó la lengua mientras con el dedo índice apuntaba al cuadro de la pared en un empático gesto. Robert De Niro le devolvía su inquietante mirada enmarcado en el cartel de “El cabo del miedo”.

     

     
  • El Plan B

    Teresa Hernández Díaz · Madrid 

    Aquella pantalla táctil era demasiado para el viejo profesor. Todo avanzaba demasiado rápido y su incapacidad para digerir correctamente los avances tecnológicos provocaba con frecuencia la risa de su alumnado. ¡l era un abogado antiguo y aburrido que le gustaba hablar de sí mismo, un abuelo batallas que ya no ejercía. Pero también era experto en temas de explotación infantil y podía recordar más de una sentencia al respecto no recogida en los libros. Rozó con dedos temblorosos la pantalla y no funcionó. No se extrañó; tampoco con los comentarios jocosos procedentes de los pupitres que le tachaban de carcamal. Se giró hacia los chicos, apagó el dispositivo, y lentamente desplegó un cartel que traía consigo. Mostraba una niña india con una mano amputada. Un silencio sepulcral se apoderó del aula. - Dejemos la clase. Hoy hablaremos del caso de Seema. Trabajaba asfaltando una vía rural próxima a Bikaner?

     
  • Hábitos

    Enrique Bermejo Morate · Valladolid 

    En mi cuarto dispongo de una pared libre, totalmente blanca. No hay cuadro, ni cartel que altere su pureza, solo así consigo evitar cualquier explotación sobre ella. La llamo el rincón inocente. Cada día le poso las manos, acerco mi rostro, aplico mi oreja y su superficie táctil me transmite soluciones con la misma seguridad que me daba mi profesor. Entonces puedo sentarme ya y elaboro las sentencias. Más tarde vendrán a administrarme pastillas para dormir.

     
  • Academia exprés

    Angel Silvelo Gabriel · Madrid 

    Era mi última oportunidad para convertirme en abogado. Mi nuevo teléfono táctil me indicó el sitio acordado. En el portal, había un cartel que decía: academia exprés para abogados. Subí por una destartalada escalera al primer piso, donde me topé con un letrero que ponía: Abogados de oficio = sacrificio sin recompensa. Seguí subiendo, y en la segunda planta leí la siguiente proclama: libertad, la mejor sentencia para un criminalista. Intrigado, empecé a correr escaleras arriba, pero una enorme pancarta detuvo mi marcha: Abogadomía, la insatisfacción del litigador convulso. Vacilé antes de subir a la última planta, pero una voz me dijo: suba, suba sin miedo. Al llegar, vi a mi viejo profesor, que satisfecho al verme, exclamó: ¡aleluya!, por fin un alumno que no tiene miedo a asumir los retos de la profesión, mientras que con su mano extendida, me mostraba la última lección: Abogado = explotación segura.

     
  • La infracción grave

    Zuriñe Urrutia Gajate · Bilbao 

    El profesor Martín espera ansioso la respuesta de su abogada. Observa cómo consulta alguna base de datos jurídica en su smartphone táctil, con la habilidad de un adolescente de la era digital. Angustiado, no puede soportar más el silencio.¡€™Qué puede pasarme¡€™Cuánto me va a costar??. La abogada sonríe para sus adentros pero le mira gravemente.¡€™No es como si tuviera una explotación de marihuana. Seguramente se libre con un apercibimiento de Decanato pero, si no quiere tener problemas, lo mejor es que no vuelva a hacerlo?, sentencia. El Profesor suspira aliviado, y sobre la mesa deja olvidado el cartel encontrado en la puerta de su clase de Procesal:¡€™Sr. Martín, al amparo de lo establecido en la Ley 28/2005, de 26 de diciembre, le exigimos de nuevo que no fume en el aula y le comunicamos que hemos puesto esta irregularidad en conocimiento de Dirección. Atentamente, sus alumnos?.

     
  • Un enano en el bufete

    Ángeles Sánchez Portero · Zaragoza 

    Sigo de pasante en el despacho de abogados más prestigioso de la ciudad. Me recomendó un profesor diciéndoles que, pese a mi escasa talla, era el alumno más brillante de mi promoción. Sin embargo, me siento en la sombra, eclipsado y sometido a explotación laboral por parte de los ocho socios del bufete “Abogados Planetarios”. Cada mañana, recorro con mi mano las letras del cartel que cuelga de mi puerta “Despacho Plutón” sintiendo, otra vez, esa sensación táctil que me lleva a pensar en mi injusta situación. Tras interponer una demanda, el juez Emilio Sol sentenció “Plutón, el planeta enano, ha dejado de formar parte del sistema solar”. No sé cómo interpretar esta sentencia, yo, por si acaso, seguiré luchando por hacerme un hueco en este universo de leyes. Al fin y al cabo, siempre se ha dicho que el tamaño no importa.

     
  • Mi primer caso

    Javier Martín Ninet 

    ¡Menuda encerrona! - No te preocupes, esto será un caso fácil, para que un novato como tú, se vaya fogueando, haciéndose un nombre. Tener un buen cartel siempre atrae clientes. ¡Y una leche! Tenía que ser un sencillo proceso defendiendo al dueño de una imprenta acusado “injustamente” de explotación laboral, pero acabo resultando, que el pájaro que estaba sentado a mi derecha, jugueteando con su teléfono táctil, se dedicaba a imprimir billetes falsos de 500 euros. Y yo sin saber nada, me presento delante del juez. Por si fuera poco, el “Profesor”, como llamaban al fiscal que ejercía la acusación, presentó una lista intachable de testigos, todos policías con impresionantes hojas de servicio, y por mi parte sólo testificaría un tipo que encima estaba en busca y captura. Señoría casi mejor que dicte sentencia y mándelo a la cárcel, y acabemos con este primer fracaso de mi carrera judicial.

     

     
  • Tildes

    Manuel de la Peña Garrido · Madrid 

    Mis profesores nunca consiguieron meter en vereda mi anárquica ortografía. Me justificaba alegando que en latín no hay tildes. Tampoco en inglés. Las tabletas táctiles y agendas electrónicas han desterrado esas rayitas. Apenas sirven ya para restar en Selectividad. Pero pueden jugarnos malas pasadas.Pili, siempre tan dispuesta, acentúa correctamente mis sentencias. Transcribe “él adulteró” o “la pérdida de nacionalidad española” por “el adúltero” o “la perdida”.Ahora sé que mi torpeza es común. Solicitaron mi intervención en el asunto del cártel colombiano.Movilicé cien policías.Me parecieron pocos contra capos dedicados a la explotación de mil negocios ilegales, escoltados por sicarios armados con bazucas.Craso error: otro exceso de Tráfico. No bastó la multa por el cartel de Tom Hanks-Julia Roberts. Querían esposar, ante las cámaras, a quien osó publicitar a Shakira montando, sin casco, otra moto.

     

     
  • Curro Garrido

    Almudena Domínguez Martín · Valladolid 

    Camarero, por favor, otra caipirinha, y si es tan amable, tráigame también un periódico, que con tanto toquetear este móvil táctil me he quedado sin batería y no puedo conectarme a internet. Oiga ¿podría buscarme una tumbona a la sombra? Perdone, antes de irse ¿sería tan amable de ponerme crema en la espalda? El sol caribeño es tan traicionero... Tenga, tenga una propina, que no quiero que me acuse de explotación. — Profesor Garrido ¿está usted bien? Que ya he terminado de cantarle el tema de la Sentencia. Profesor... profesor. ¡Ayuda, por favor! Pero ¿dónde se ha metido el bedel? Menos mal que le encuentro. Venga rápido que al profesor Garrido le ha dado una apoplejía durante el examen de procesal. — Tranquilo chaval, no es nada. A ver si cambian de una vez la publicidad del cartel de ahí enfrente y en vez del Euromillones anuncian Aspirinas.

     

     
  • Abogator Terminator

    Jesús Luque Manzano · Estepa (Sevilla) 

    Año 3000. Madrid, Distrito 3. Hora: 7:58. Sentí una ligera presión táctil en la mano, y un cartel holográfico apareció súbitamente en el aire. "Acuda al edificio UN-44 enseguida". Tenía un dilema: si iba a esa extraña cita, me despedirían por llegar tarde al trabajo; si no acudía, me sentiría culpable por lo que pudiera pasar. —¡Al carajo mi jefe! ¡Estoy harto de tanta explotación! Minutos después entré en el edificio. Dos gorilas me acompañaron hasta la planta 701. Una puerta deslizante se abrió. Al fondo de la estancia vi a un antiguo profesor, maniatado sobre una silla flotante. —Abogado, dígame la pena por alta traición —dijo un hombre rechoncho. —Pena capital… —contesté. —¡Ejecútese la sentencia! —ordenó el gordo. Un láser fulminó al maestro. Sin tiempo a reaccionar, el rechoncho me espetó: —Ahora sabe demasiado… elija cómo morir. —Elijo… ¡la policía se acerca, idiota! ¡Soy un holograma!

     

     
  • Fin de carrera

    Andreu Navas Amenos · Els Pallaresos (Tarragona) 

    A finales del curso pasado, los compañeros de Derecho nos fuimos de viaje de fin de carrera a Colombia. La noche del 5 de junio de 2011, mientras unos cuántos estaban tranquilamente en sus habitaciones con sus pantallas táctiles, enganchados al facebook, y otros, acompañados por algunos profesores, nos encontrábamos de fiesta en la Disco Mango?s, unos individuos, que a la postre resultaron ser del cartel de Medellín, irrumpieron con extrema violencia en el local. Ahora, después de varios meses, (he perdido la cuenta), me encuentro secuestrado en medio de la Selva, junto con otros jóvenes de distintas nacionalidades. Tengo miedo, no sé lo que quieren de nosotros, el tiempo parece haberse detenido, y uno sólo espera la sentencia de sus captores, con el deseo de no ser una efímera noticia en un telediario, junto con otras tantas de sucesos, de asesinatos, de víctimas de explotación.

     
  • El profesor torcido

    William Teixeira Correa · Montevideo 

    Jamás olvidaré a mi profesor de Derecho Laboral. ¡Qué personaje controversial! Solía decir, entre otras cosas, que el mundo jurídico no es para escrupulosos, que ética y moral son cuestiones discutibles, relativas y circunstanciales y que verdad, honestidad y justicia no siempre van de la mano. Recuerdo el revuelo que se armó cuando lo echaron de la Universidad. No pasó mucho tiempo para que le retiraran también la licencia para ejercer la abogacía. Sintiéndose perdido y sin opciones, pronto se involucró con ex clientes pertenecientes a un cartel de narcos. Por fortuna al final logró desvincularse de ellos y abrir una fábrica de dispositivos electrónicos táctiles en Madrid. Eso al menos es lo que declara. Hoy espera sentencia acusado de explotación laboral y maltrato a inmigrantes ilegales. Sea cual sea ésta, de seguro él tampoco me olvidará jamás, pero no por ser su ex alumno sino su actual abogado.

     
  • Hasta que dieron las seis

    María Teresa Nevado García de la Cruz · Madrid 

    Dicen que la muerte es negra. No lo es. Negra es la pena, la explotación infantil, la trata de blancas. Yo aprendí, tú me lo enseñaste, que la muerte es blanca y lleva las alas desplegadas. Acaricio la pantalla, como si fuera táctil, como si con ese estúpido movimiento que no ve nadie, que no sabe nadie, yo pudiera hacerte sentir. A ti, que ya no sientes -no quisiste-. La pantalla se apaga, sentencia. Siempre son otros los labios que la dictan, nunca los propios. Así debería ser siempre. Así debería haber sido. En el cartel, el espectáculo se anunciaba sin rejones ni estoques. Sólo un pequeño pájaro de acero. Cansado de juzgar y ser juzgado, acariciaste con su pico tu paladar hasta que dieron las seis. Y no hubo luz. Veo tu imagen, y sigues siendo, más que un juez, un profesor. Mi maestro. Hasta muerto lo estás siendo.

     
  • El señuelo

    Juan Manuel Rodríguez Gayán · Gijón 

    Poco antes de que comenzara el juicio, la gente se agolpaba frente a las pantallas gigantes de televisión instaladas en cada rincón de la ciudad. No se oyó allí ningún grito, ni se vio pancarta ni cartel alguno a favor de mi cliente. Recordé las clases de mi profesor de Derecho, su amargura, sus teorías sobre la explotación de las pasiones del pueblo. Las voces de libertad del disidente, distorsionadas por el Régimen, sonaban como ecos de odio. Cada ciudadano, votando desde su casa, el Gran Jurado, dictaría sentencia. Pero nunca hubo oportunidad para él en la Sociedad Fraternal del año 2067. Yo aún estaba en la sala de vistas, frente al monitor táctil, cuando comenzó la retransmisión. No había nadie más. En ese momento, en la noche, en algún lugar oculto en las afueras de la ciudad, un hombre bueno era ejecutado y borrado de la Historia

     
  • La Quinta Avenida

    Silvia Vicedo Ramón · Alcoy (Alicante) 

    Mi despacho está situado en la quinta avenida de la gran ciudad. La situación es inmejorable; centrado en un conjunto residencial y dotado de zona de spa y ocio, todo ello entre espacios ajardinados. Llevo quince años aquí y aunque mi gabinete jurídico sea modesto; sólo cuento con un cartel en la puerta, un portátil y un móvil de pantalla táctil; lo cierto es que mi clientela, eso si, totalmente masculina, acude en tropel a solicitar mis servicios. Estudié en la universidad a distancia, con profesores on-line y me especialicé en Derecho tributario. Actualmente, me dedico a recurrir sentencias y prestar asesoramiento legal. Pero mis ínfulas de gran jurisprudente se dan de bruces cuando superviso mis balances con gastos de explotación nulos y derechos de cobro pendientes. Me quedan seis meses para salir de prisión y ser abogado de verdad. No será empeño difícil, cuando algunos ya lo han conseguido?

     
  • Legalpoly

    Amaia Maialen Serrano Uria · Leioa (Bizkaia) 

    Cinco. – La pantalla táctil de tu móvil no funciona, no pudiendo responder a los correos de tus clientes. Pierdes turno. – Dos.- El profesor de civil de la carrera te llama para comentar contigo las últimas novedades legislativas. Avanza hasta la casilla de la sala de reuniones. – Tres. – De Sentencia favorable a Sentencia favorable, y tiras por un juicio memorable. – Ocho.- Sufres un infarto debido al estrés y decides dedicarte a la explotación agrícola. Pierdes la partida. – “García, ¿te marchas ya? ¡Si sólo son las once de la noche!” – “Lo siento, es el cumpleaños de mi mujer”. – “Pues hasta mañana entonces. No te olvides de colocar el cartel”. – Silencio, por favor. Abogados en ejercicio -.

     
  • Un castigo

    Inés González Soria · Madrid 

    El juicio no duró más de veinte minutos. Sentencia absolutoria. No hubo pruebas que pudieran incriminarme porque el profesor de Martina mintió en su declaración a cambio de los quince mil euros que le dí. Me pareció ver a Martina junto al cartel de las tarifas en la entrada del aparcamiento de la Audiencia, pero esa niña está muerta, asumí que la tensión me estaba jugando una mala pasada. Subimos al coche y, al pasar por la explotación ganadera donde enterramos su cuerpecito, oí la voz infantil decir:“Para aquí, aquí estoy yo". Agarré el volante con fuerza e intenté calmarme. Miré al profesor de reojo y parecía tranquilo, ensimismado con la pantalla táctil de su móvil, así que encendí la radio y subí el volumen. Una hora después llegamos a su casa y, mientras se bajaba del coche, me preguntó: “¿has oído antes lo mismo que yo?”

     

     
  • El último mensaje

    Francisco José Rubio Consuegra · Tavernes de la Valldigna (Valencia) 

    El mensaje se repetía por tercera vez: “Quiero cambiar de abogado, papá. Mándame dinero, lo necesito”. Cerró el despacho y arrastró sus pies de viejo profesor por el infinito pasillo del departamento. Junto a la escalera todavía colgaba el cartel anunciador de la conferencia que diera ayer en el Salón de Actos: “La explotación del hombre por el hombre. Condicionantes biológicos, condicionantes culturales”. Mi última conferencia, dijo, sabedor de que nadie le escuchaba. Sacó el sobre con la sentencia del bolsillo interior de su chaqueta y lo arrojó a la papelera del hall. Como experto jurista sabía que nada se podía hacer, los hechos no dejaban lugar a dudas; como padre, le había costado aceptarlo… hasta ahora. Deslizó el índice por la pantalla táctil sobre el icono de Enviar y dio salida al mensaje que había escrito: “No necesitas otro abogado, hijo. Necesitas otro padre”.

     

     
  • El gran juicio

    Estela Antin Bernárdez · Guadalajara 

    Ser táctil, otra vez ser táctil. ¿No puedo pedir ese deseo? ¿Por qué no? ¿No va a ser este un juicio justo? En el cartel de fuera ponía Bienvenidos, pero si empezamos así, voy a dudar de las buenas intenciones de este Señor y de lo ecuánime que podrá ser su sentencia. ¿Cómo que que me calle? ¿Os da igual que durante toda mi vida haya sido un reputado profesor? ¿Que haya formado y forjado espíritus críticos? Que espere mi turno en silencio, me dice un tal Ángel. ¿Pero cuánta gente hay aquí haciendo esta fila? Parece una explotación de almas. Sí, lo sé, es el juicio final, ¿y qué? Por eso mismo: más que nunca quiero justicia y pido lo que pido: volver a ser táctil, recuperar mi cuerpo, otra oportunidad para rozar el mundo nuevamente.

     

     
  • ¿Futuro?

    Montse Aguilera Vives · Barcelona 

    La pantalla táctil amplía las imágenes a un tamaño escandaloso antes de reproducirlas. Es primordial asegurarse de que todos los miembros del jurado se impregnan de la sordidez que rodea este caso. Explotación infantil. La secuencia que muestra el rostro del profesor, su mano alzada en una postura inconfundible y el pequeño libro, cuyo título delata su contenido, son el detonador que activa otra oleada de insultos. No importa. Serán eliminados de la versión oficial del juicio. El regidor alza un cartel y lo muestra al jurado. El silencio extiende su manto en la sala. La sentencia se adivina dura. Hacer apología de la literatura está muy mal visto en todos los sectores, pero cuando se trata de narrativa infantil, con el riesgo de aumento de la imaginación que esto comporta, el castigo suele ser una de las penas más largas, acompañada de una sanción económica y la publicidad adecuada.

     
  • Espirales de escarcha

    Antonio Muñoz Vico 

    En las noches frías de Trieste, la lluvia adquiere una cualidad táctil, como de escarcha, y salpica de aguanieve el rostro juvenil de las muchachas. De aquella época, el profesor recordaba las caminatas junto a Nadia por los bosques de la Universidad, adonde acudían a refugiarse cuando la lluvia arreciaba. Nadia era esa joven de pelo cobrizo y mirada intensa, de ojos azules y pestañas espesas y rizadas, que lo esperaba siempre al terminar la clase junto al cartel de salida, indiscreta, sin parecer importarle demasiado si el profesor disertaba sobre la explotación de los censos o sobre los efectos de la sentencia; atenta a cada gesto suyo, a cada mirada, a la ilusión contenida y esperada del primer beso. En las noches frías de Trieste, el profesor recuerda y mira por la ventana cómo la lluvia se arremolina en el exterior y se deshace, ingrávida, en espirales de escarcha.

     
  • Carta a Pomponio

    Amaya Uña Orejón 

    Amigo Pomponio, añoro mis tiempos en Sicilia, dónde fui amado y la política aún no corría por mis venas, quizás nunca hube de abandonar mi carrera como jurista, profesor, defensor convencido de la sufridora plebe. Un cartel de desafío pesa ahora sobre mí. Mañana denunciaré ante el Senado a Catilina, este ambicioso deshecho del patriciado amenaza mi existencia. Piensan matarme, amigo mío, al anochecer y bajo esa trémula luz que nubla la Vía Sacra, desean acuchillar la razón y el entendimiento romano, cubrir de sangre mi toga y enterrar con ella la pluma a la que tanto temen. Han dictado mi sentencia, fruto de burda explotación de insidia y de táctil odio a la justicia, a la ley. Poseo los datos de la estratagema homicida y he de trascenderlos para que la verg¡enza y el estigma de la sedición les cubran como un manto pétreo de escarnio. Marco Tulio Cicerón

     
  • Otoño

    María de León Hernández 

    El otoño siempre le había transmitido esa paz que no encontraba en el resto de estaciones. El dulce caer de las hojas, los ocres y marrones, los tranquilos atardeceres. El otoño ejercía sobre ella ese poder sedante del chocolate caliente, de los instantes previos al sueño. La pantalla de su teléfono táctil parpadeaba; era él, suponía que nervioso porque al día siguiente les notificaban esa sentencia que condicionaría la vida de su viejo profesor de Historia del Derecho para siempre. Aun recordaba la primera vez que visitó su despacho, ese cartel dorado sobre la mesa indicando su ilustre nombre y ese rostro sereno que no dejaba entrever, en absoluto, la explotación intelectual a la que después sometería a sus alumnos. La había elegido a ella para defender su causa, y por mucho que miraba a través de su ventana, no era capaz de encontrar el otoño por ningún lado.

     
  • Amigos para siempre

    Marta Franco Alejos · Villamiel de Toledo 

    Emilio disfrutaba de una bucólica jubilación, en el pueblecito de su niñez, a cargo de la explotación agrícola de su familia. Había sido un respetado juez, implacable a la hora de dictar sentencia y un profesor de universidad querido. Desayunaba tranquilamente, cuando sonó el timbre. Emilio abrió la puerta, pero no había nadie. En el felpudo de la entrada encontró el cartel de "Cuidado con el perro" hecho añicos, al lado, el móvil táctil, regalo de su hijo, no paraba de sonar. Emilio lo cogió, pero solo oyó una respiración entrecortada. Cuando volvió a la cocina, allí estaba Juan, amigo de la infancia, muerto hacía 50 años." Lo siento?, dijo Emilio aterrado, pero Juan avanzaba hacía él cubierto de algas y con los ojos llenos de odio, acumulado durante años en el fondo del mar.

     
  • Tequila reposado

    Sara Bento 

    Lupe tecleó el nombre en la pantalla táctil. Andrés Madero, natural de Sinaloa, Jefe del cartel de los Jotas, apodado “el Profesor”, dedicado a la explotación de negocios de tráfico de drogas y armas. Un angelito obeso, con bigote y patillas. Un par de clicks más y sus datos ya circulaban en la red. ¿Eres consciente de que acabas de firmar tu sentencia de muerte? Lupe me miro con ojos húmedos. Llevo muerta muchos años, cariño, respondió. Ustedes no lo entienden, ¿verdad? Así es la vida aquí. Salimos de la Procuraduría general con los informes bajo el brazo. Te gustan las enchiladas, ¿verdad? Ándate a casa que hoy cocino. Nos dejamos de pendejadas legales y nos tomamos unos tragos. No todos los días platica una con todo un jurisconsulto de la madre patria. Lupe se acercó y me besó con fuerza. Sabía a tabaco y tequila. Acepto, Señoría.

     
  • Rumiante

    José Agustín Navarro Martínez · Alicante 

    Los payasos de la tele. El arroz negro de mi madre. El arroz negro. Mi madre. La cantina de la Facultad. Aquel examen sobre la explotación laboral según Marx. El acento del Decano. Por fin, licenciado en Derecho. La lluvia sobre mi cuerpo desnudo. Ven. Potente erección. La cadencia táctil de mi esposa. Comprando ropita. Frío madrileño. La cara de mi hija recién bañada cuando la seco con el albornoz. ¡Taxi! Un café largo esperando en el motel. El sudor de mi amante. Haced las maletas: nos marchamos a América. Titular a toda página: “Golpe al cartel de Sinaloa”. Ilegal; parecido razonable; piel cetrina; hispano. Escuchen: se trata de un error, soy abogado. Las gestiones desde España. Sentencia firme. Huntsville (Texas). El rostro del verdugo. Esta inyección letal. Las enseñanzas del viejo profesor de Física:”La energía no se crea, ni se destruye, únicamente se transf”.

     
  • La Ingrata Labor Del Abogado

    Angel Tormes Alberdi · Donostia - San Sebastián 

    Era como si llevara pegado en la frente un cartel rotulado con la palabra profesor: cabello desordenado y prematuramente canoso, cejas pobladas, gafas desfasadas cuyas gruesas lentes resaltaban más si cabe unos ojos de mirada inquisitiva ya de por sí saltones, rostro enjuto avejentado, y hablar conciso pero preciso. Buscaba asesoramiento para legalizar y proceder después a la explotación de una patente. El invento de su vida, treinta años de privaciones y plena dedicación para ofrecer al mundo un avance abismal. Esperaba ilusionado mi sentencia estimatoria y me pidió consejo sobre los pasos a dar cuando terminé de revisar la documentación. Debería usted trabajar algo menos, le dije, ya sabe, trabajar para vivir y no vivir para trabajar… ¿Qué quiere decir, abogado? Lo siento mucho, concluí sacando mi teléfono y manipulando su pantalla para sorpresa, asombro y decepción de mi cliente, la tecnología táctil no es ninguna novedad.

     

     
  • El cartelito

    Ángel Luis López Santiago · Badajoz 

    El cartel lo dice muy clarito. Se necesita juez de buen ver para dictar sentencias. Abstenerse picapleitos con cara procesal y aspecto concursal. Lo hemos fijado con cola por toda la ciudad. En letra grande. En negrita. En el Ilustre Colegio de Abogados. En el juzgado. Bien claro. Juez poco prevaricador con decidido carácter educativo. Que vista chaquetas de pana y utilice gafas de carey negras. Como un profesor de escuela de antaño. No, no pasa nada, lo sentimos, cierto, un error lo tiene cualquiera, eso es, un trabajo remunerado para erradicar la explotación en países tercermundistas. No, no, países europeos no, pseudos-naciones con conflictos bananeros. ¿Pero dónde ha visto usted el cartel? Ah, entiendo, en la trena, que está usted cumpliendo condena. ¿Que es táctil y manejable? Querrá decir… dúctil y maleable. Ah, que le llaman Smartphone, especialista en estafas telefónicas. Uhm, déjeme pensar, puede que nos sirva.

     

     
  • De puercos y niños

    Enrique Osca · Valencia 

    Marcelino Buendía, hijo de José Marcelo Buendía, reconocido más allá de la provincia por la cría y explotación de puercos; decidió continuar con el negocio familiar, aunque dedicándose a otro tipo de ganado. Sentía verdadera devoción por su trabajo, tal y como declararía tras ser detenido: «Amo ser profesor. Comencé a enseñar a leer con simples carteles y hoy utilizo la pizarra electrónica y pantallas táctiles. Merece la pena. Sin duda, la carne culta gana en sabor y propiedades». Sus vecinos, hoy vegetarianos todos, se reúnen en el bar del pueblo, frente al televisor, expectantes; es el día de la sentencia. Horrorizados recuerdan las últimas palabras que Marcelino les dirigió: «¡Hipócritas! Hoy me gritáis asesino, pero lleváis más de veinte años felicitándome por ofreceros los mejores embutidos del país».

     

     
  • ¿Conflicto de intereses?

    Arturo Otegui Malo · Madrid 

    '-¡Señoría, protesto! La jueza enarcó una ceja, mitad inquisitiva, mitad divertida. -¿En base a qué, letrado? -Es una muestra de explotación. -Ándese con ojo. Explíquese. -No se puede juzgar a un padre por no ver un cartel sujeto a la nevera con i

     
  • El valor de la experiencia

    Mar González Mena · Burgos 

    Al final de la sala, un viejo toma notas con sus gruesos dedos sobre la pantalla táctil que le regaló su nieto. Con la paciencia de un profesor, se empeñó en explicarle sus múltiples funciones, pero él lo utiliza como una libreta cualquiera. Cuando dejó la explotación ganadera en la que trabajaba, su mujer se empeñó en que se buscara un hobby. Hace meses que acude cada mañana a los juzgados, elije un juicio, lo sigue con atención e intenta adivinar la sentencia. Tiene un alto índice de aciertos. Al último acusado le ha colgado el cartel de culpable nada más verlo. - Lo lleva escrito en la cara - comenta con su vecino de banco mientras piensa que, entre hombres y animales, no hay tantas diferencias.

     
  • La ley de la magia

    Javier Arturo Michel Serrano · Rivas Vaciamadrid (Madrid) 

    El increíble Profesor Soler (o así rezaba el cartel de sus actuaciones) se puso súbitamente en pie esperando la sentencia. Su ridícula chistera se agitó peligrosamente ante el rápido movimiento y resbaló lentamente por su engominado pelo hasta la mesa. Aparté mi vista del móvil táctil y atendí al veredicto. En mis quince años de carrera como abogado había visto muchos casos, pero ninguno como éste. Soler había demandado hacía años a un compañero suyo por la explotación inautorizada de un truco de magia patentado por él, pero perdió el juicio y acabó en la ruina. Y hace un mes tuvo la feliz idea de escarmentarlo trucando la falsa dinamita de uno de sus trucos. Ciento veinte muertos. Yo soy su abogado. Y ahora viene la magia. Declarado inocente. Ese psicópata histriónico se había librado, aunque las pruebas eran claras. Sonreí interiormente y, simplemente pensé: Poderoso hechicero es, Don Dinero.

     
  • Porca Miseria

    Víctor Manuel Fragoso Ayuso · Villanueva de la Serena ( Badajoz) 

    La venganza, de ser, siempre táctil. Agarrar al viejo profesor de administrativo por el cuello y hacerle tragar su cartel de hueso suspenso tras suspenso. Tengo cuarenta años, curso segundo de carrera, muchas resacas y más de una noche en blanco. ¡Insostenible!
    La sentencia llegará en forma de corbata muy apretada al cuello. No hago más que darle vueltas. Al plan, no a la corbata, por supuesto.
    Cada día disfruto organizándolo, siguiendo su itinerario por los pasillos, tomando nota de hábitos y horarios.
    Hoy lo hago. No puedo más. Su becario empezó derecho conmigo y saludó con cachondeo. ¡Imbécil!
    Voy a disfrutar más que una explotación de gorrinos en el fango, revolcándome en el placer que muchos desean. Pero seré yo, solamente yo quien lo haga. Generaciones de perdedores redimidos en un solo acto. Me acerco. Ya le tengo. Se vuelve.
    -¡¨Desea algo?- pregunta-.
    -¡¨La revisión de examen?-fracaso de nuevo-.

     
  • ¡¨Y los sueños sueños son?

    Montserrat Llata Ribera · Castellbisbal (Barcelona) 

    Estaba yo más feliz que una perdiz con mi nueva pantalla táctil, poniendo aplicaciones para abogados, cuando de repente choqué contra un enorme cartel. Es lo último que recuerdo. Desde entonces mi vida es un caos. No sé si estoy despierto o soñando cuando me pasan las cosas. Tanto me veo en un juzgado como en una explotación de algodón de Estados Unidos; tanto me veo de profesor universitario como de presidiario. Incluso he llegado a verme y sentirme como un juez dictando sentencia. De hecho, ahora mismo no sé si estoy soñando, o despierto, o vivo, o muerto?

     
  • Madrid 1945

    José Vicente Pérez Bris · Bilbao 

    Encontré a Julián cerca de Casa Montes, templo de la gastronomía, una mañana lluviosa. A la vista del cartel anunciando un suculento rabo de toro, decidimos probar suerte. Intercambiamos cotilleos sobre abogacía y anécdotas universitarias. Quedé mudo al enterarme de que a nuestro viejo profesor de Mercantil, se lo llevó esposado la Brigada Social, en plena lección magistral el curso anterior. -Lo peor –comentó- es que la sentencia condenatoria no fue de tiempo, sino de conciencia. -¿Y eso? –pregunté entristecido. -Se ha convertido en un pelele, sin dignidad. No hay peor explotación humana que entregar las ideas. -No puedes reprocharle intentar salvar el pellejo, repuse pensando si a mi antiguo camarada se le estaba endureciendo el corazón. Me miró socarrón y dijo: El roce táctil de la tortura engrandece al hombre que lo padece. Y el sometimiento de las ideas en pro de una jubilación al calor del brasero, envilece.

     
  • Sin tacto

    César Ibáñez París · Soria 

    Como decía en privado mi profesor de Penal, las sentencias judiciales suelen ser literatura de ficción, carteles publicitarios del ego del magistrado y ejemplos fehacientes de mala explotación de los recursos lingüísticos. En público callaba, claro. Lo he recordado al leer este fragmento de la última que me ha tocado sufrir: “Puesto que no hubo vinculación táctil entre ambos, hemos de concluir que la agresión fue más verbal que física”. Efectivamente, tras una absurda discusión de borrachos, el acusado golpeó a mi cliente con una botella; por tanto, la vinculación no fue táctil, sino más bien vidriosa y con olor a ginebra.

     
  • Intercambio

    Pablo Herrero Ponce · Santa Cruz de Tenerife 

    La ciudad está llena de carteles anunciando mi exposición letrada: “Leyes correctoras de la explotación financiera” Siento pavor por los aviones y no me queda otro remedio que pasar media vida en la carretera. Mi chófer siempre entra en sala y espera a que yo acabe para llevarme al hotel así que, tras 157 sesiones, se conoce mi conferencia como el Padre Nuestro. Hoy repasamos el orden de los apartados de la charla en la pantalla táctil de mi i-Pad y nos intercambiamos las ropas antes de llegar al auditorio. Mi sorprendente chófer no sólo se conformó con resultar un eminente profesor otorgando a cada frase un aire de sentencia con una frescura que yo ya había perdido, si no que además, al recibir la primera pregunta, se permitió el lujo de responder sonriendo:” Esa cuestión resulta tan sencilla, caballero, que con mucho gusto se la contestará mi chófer”

     

     
  • Gentleman

    Rubén Gozalo Ledesma · Salamanca 

    —La sentencia del caso dice… Y entonces sonó la campana. Los alumnos salieron y el profesor se fijó en el cartel: Jornadas sobre la explotación infantil en Asia. Ya en la calle, tocó la pantalla táctil del móvil y comprobó que no tenía mensajes. En el aparcamiento, se le acercó un hombre y le disparó. Al instante, pensó en la bronca que le echaría su mujer en cuanto le viese con semejante aspecto. Siempre vas hecho un desastre, le decía. Y efectivamente, en aquel momento, la sangre le goteaba por el rostro y un cráter gigante se abría en su frente como una cueva inexpugnable. —¡Como llegue a casa con estas pintas mi esposa me mata! Se limpió con un pañuelo y trató de ocultar el orificio con el flequillo. Más tarde probó con una tirita. De repente, al otro lado de la calle, reparó en la tienda de sombreros.

     

     
  • Anselmo

    José Luis González Martínez · Donostia - San Sebastián 

    El viejo profesor cansado de juicios y sentencias manifestaba su hastío, el ser humano no era quién para juzgar, no se diferenciaba de otros animales, quizá incluso empeoraba algunas especies bonancibles. Por aquel entonces había leído el cartel y telefoneado a la Asociación. “Imposible detener la explotación de ese icono del África subsahariana, no sobrevivirán”, le dijeron. A pesar de su experiencia necesitó recurrir al Derecho Internacional Humanitario. Ahora tiene uno en casa. Escogió la cría más famélica concediéndole un nuevo nombre: Anselmo. Por las mañanas retoza en el jardín. A las tardes trabaja un par de horas, le clasifica documentos importantes. Un día oyó ruidos y corrió para pillarle en su salsa. Enmudeció. Se había vuelto humano. Con el dedo táctil de la trompa aspiraba los folios. Luego los desparramaba sobre el suelo. Finalmente los miraba, orgulloso, aupado al mueble bar, chupando una botella y desternillándose de risa.

     

     
  • Evolución

    Mar Horno García · Torredonjimeno (Jaén) 

    Hace algunos años vi en la televisión la noticia de que un chimpancé se había licenciado en derecho con el apoyo de un profesor doctorado en zoología. El mono vestía con traje y corbata, y utilizaba un ordenador con pantalla táctil para comunicarse. Empezó trabajando en un pequeño bufete y se encargó de los casos de maltrato y explotación animal. Incluso llegó a juez. Cuál fue mi sorpresa cuando hace unos días fui a renovar el DNI a Comisaría y vi su cara peluda en un cartel de los más buscados. Me enteré de que lo habían detenido y lo habían acusado de prevaricación por aceptar sobornos de perros actores, leones de circo y gatos del hampa. Había acumulado en un almacén del puerto tres toneladas de plátanos. Ante la sentencia de 4 años de prisión y 7 de inhabilitación, solo pudo responder en su pantalla: ¡€™Soy humano.

     
  • Il cantante

    Verna Alcalde González · Torrelavega (Cantabria) 

    Hace ya muchos años que mi profesor de canto decidió abandonarme; la última vez que nos vimos me calificó de barítono imposible y me recomendó la explotación minera o la prospección táctil como salidas profesionales adecuadas a mi sensibilidad artística. Mi padre, que eso del canto nunca lo entendió, aprovechó la oportunidad para encarrilarme por la vía del derecho y me convenció para que siguiera la tradición familiar. No en vano, tanto él como mi abuelo eran letrados de cartel en la provincia. Obtuve la licenciatura y me doctoré cum laude, pero la pasión por la interpretación nunca desapareció. Antes de cada comparecencia me procuro religiosamente el tiempo necesario para calentar las cuerdas vocales, como lo haría un Caruso o un Pavarotti. En la sala del juzgado soy Werther, Tannh¡€žuser o Don Giovanni. El jurado popular observa sobrecogido hasta el aria final; después, dicta sentencia.

     
  • Mi sueño, mi pesadilla

    Ana Rodríguez Suárez 

    Cada vez que yo lo veía sentía que quería ser como él, que yo también quería pasarme las horas entre papeles cual explotación, recibiendo importantes llamadas y haciendo lo que más quería en el mundo. Siempre que me acercaba a su despacho, me invadía un olor a libros viejos que hacía revivir mi deseo de ser como él, de tener un cartel dónde luciera orgulloso mi apellido. Podía pasarme el día entero viendo cómo indagaba en una pila de ficheros que tenía sobre su mesa. Observando cómo llegaban numerosas personas buscando su ayuda. Mas la sentencia de nuestra vida, quiso que yo, un triste abogado sin futuro, sentado frente a su despacho contemplara lo que cesó de ser mi táctil realidad, cómo el que había sido mi profesor, mi modelo a seguir, mi hermano, me había quitado todo lo que quería, un oficio, un despacho, una vida, mi vida.

     
  • Ahora

    Ismael G. Calcerrada · Madrid 

    Recuerdo con envidia de adulto mis años cándidos de infancia. Es ahora cuando añoro aquel útero cálido que era la antigua y espartana escuela, sin tecnología ni pantallas táctiles, donde creíamos aprender de qué iba la vida mientras el profesor repetía, monótono, el dictado. Es ahora, al salir maduro al escenario, donde encuentro que los matices se cuelan siempre en las palabras y un inocente cartel muta, tan solo con allanar aquella vieja palabra aprendida en la escuela, para significar algo menos bucólico, relacionado con drogas, y las sentencias dejan de ser exclusivamente refranes latinos para convertirse en una solemne realidad. Es ahora, tras la constante explotación sufrida por este oficio áspero y despiadadamente sincero, cuando empiezo a comprender el argumento de este teatro. Es ahora, maldita sea, ahora, cuando pienso que quizás mejor no hubiera deseado nunca hacerme abogado, ni tan siquiera mayor.

     
  • Don Manuel

    Sol García de Herreros · Segovia 

    Recordó con cariño a Don Manuel, el maestro del pueblo, y las tardes de primavera que les daba libre para jugar al fútbol, y como les gustaba a todos ser el elegido para irle a por tabaco al estanco- ¡a comprar tabaco!-, y que cuando se enfadaba les llamaba zopencos... Luego observó a su indignado cliente, que pretendía denunciar al profesor de su hijo por apropiación indebida; le había quitado la consola de pantalla táctil por jugar en clase. Se la daré a tus padres cuando vengan a verme, le había dicho al chaval, pero el padre había decidido que a quien iba a ver era a su abogado. Pobre Don Manuel, sería denunciado por delito contra la salud pública, explotación de menores, injurias,… Miró nuevamente a su cliente y recordó aquel cartel en la escuela con la sentencia de Moliere: “Un tonto educado es más tonto que uno ignorante”.

     
  • La consulta

    Rafa Heredero García · Laguna de Duero (Valladolid) 

    El abogado y profesor de derecho laboral se recostó en el sillón situado detrás de su escritorio, giró brevemente la cabeza observando distraído la foto de una modelo anunciándose en un cartel que veía a través de la ventana de su despacho, y luego volvió a mirar al matrimonio sentado frente a él. Clase media, caras tristes, ropa de grandes almacenes, vidas mediocres. Consideraban la sentencia, que les dejaba todavía más mustios, una explotación de sus derechos. ¿Y a quién no se lo parecía en estos tiempos? Aunque esta vez, reconoció, podría intentar recurrirla. La empresa que fabricaba la pantalla táctil para ordenadores era una gran empresa… pero se había excedido. Siempre era igual. Cada cual iba a lo suyo sin preocuparse por los demás. Suspiró agotado, ya antes de empezar, y fijando sus ojos en la pareja, quiso asegurarse lo más importante: “Bien, primero hablemos de mis honorarios”.

     
  • Pulse OK

    Mónica Gallego Fernández · Madrid 

    Nunca he sido amigo de las nuevas tecnologías y mucho menos del mundo táctil, en parte porque mis yemas digitales son poco aptas para pantallas “sensibleras”. Pues bien, ayer, día de mi cumpleaños, mis hijos me sorprendieron con un móvil de última generación y lo que ello supone, pantalla táctil, conexión a internet y todos los avances habidos y por haber… ¡qué bien me conocen!... A pesar de simular mi alegría con la destreza de un profesor de interpretación, el desencanto se leía en mi cara como un cartel luminoso. Bueno, pues aquí estoy, a la espera de sentencia e intentando mitigar (me conformaría con bajar el volumen) el sonido de mi móvil. “Disculpe señoría, je, je, es que es nuevo… y aún no lo entiendo”…quizá esta frase era suficiente para las dos primeras veces, pero a la décima sobran las palabras y la estupidez me delata.

     

     
  • Alto precio

    Esperanza Temprano Posada · Madrid 

    Soy un abogado de éxito, todos quieren trabajar conmigo incluso en condiciones de explotación con tal de que en el cartel de la entrada figure su nombre. Tengo el mejor despacho de la ciudad, el record de sentencias ganadas en el último año y la más innovadora tecnología táctil a mi servicio: un enorme grupo de pasantes que me escriben las demandas y me pagan por este privilegio. Es fácil triunfar, se lo demuestro cada día al viejo profesor de Romano que vaticinó que nunca lo lograría, que me faltaba integridad y principios para ser un referente en la profesión. - Te equivocaste, papá – le recuerdo cada vez que le visito en la Residencia, aunque siempre simula dormir para fastidiarme y demostrarme que él puede conciliar el sueño y yo no.

     

     
  • Combustión Espontánea

    María Teresa Remesal Cabeza · Villanueva del Río y Minas (Sevilla) 

    '-Creo que el profesor puede explotar cuando se le toca, sí, como una granada, dependiendo de la finura táctil del contacto. A las putas apenas da calambre, pero he conocido a tipos así. Refinados al roce. -¡Pero qué me dices mujer! -Pues eso; una car

     
  • Condiciones generales

    Natalia González Fernández · Gijón 

    Lo vio en un cartel publicitario que había ganado el primer premio en un concurso de marketing local. Le pareció inteligente, algo engorroso, pero de última generación, por lo que decidió acercarse a un punto de venta, donde le informaron de cuáles eran sus condiciones, que decían: Objeto: Por el presente se cederá la explotación, durante el tiempo necesario para la solución del conflicto que se plantea. Tarifas: El cliente deberá abonar la ilusión y el trabajo por creer en la honestidad, lo que será notificado en soporte papel. Características del servicio: Cuando resulte táctil, se admitirá la aportación de todas aquellas de las que intente valerse y sólo se procederá a la suspensión de la actuación cuando la misma no pueda practicarse, sin mala fe. Interrupción definitiva: Hasta sentencia firme, sin ulterior recurso. Firmando recordó al profesor que en primer curso anunciaba, "compartida la vida es más".

     
  • Justicia Divina

    Teresa González · Puertollano (Ciudad Real) 

    Fue el día más ceniciento, cuando la profesora me suspendió un examen del último curso de Derecho. Mi compañero sugirió que hiciera prácticas en el bufete de su padre. Aquella explotación supuso no tener tiempo. Por lo que los escarceos táctiles con mi novia se redujeron a los fines de semana. La empecé a notar distinta. Hasta la noche que me personé de improviso en su apartamento. Creí que él era mi mejor amigo... Ella me miró con los ojos grandes y asustados. ¡l me sonreía como si hubiera que aplacar a un animal. Yo disparé. La sentencia condenatoria fue: pena de muerte. Recuerdo un cartel donde se proclamaba la noticia, y al picapleitos que me defendió. El indulto nunca llegó. Aquí todos los días son negros. Desde el Purgatorio, veo a los dos consumirse en el fuego eterno. San Pedro lo ignora, pero me siento en el Paraíso.

     
  • Abusos en tiempos de crisis

    Alejandra Garcia Daniel · Alcobendas (Madrid) 

    Era inaudito. No podía creer que la sentencia le hubiera declarado culpable. Yo misma había sido testigo de la explotación a la que le sometía su jefe. Trabajaba dieciocho horas al día, sin tiempo para comer. Vivía con el teléfono táctil de última tecnología como única compañía. Bien sabía que en tiempos de crisis poco más podía pedir, pero cuando el menosprecio, el abuso y los adjetivos despectivos se repiten diariamente, la ira acaba siendo incontrolable. A la salida del juzgado me fijé en uno de esos carteles que están colgados por toda la ciudad, intentando subir la moral de los cinco millones de desempleados y me acordé de una frase que repetía continuamente mi profesor: "Lo que no te mata, te hace más fuerte". Pensé en que el puñetazo recibido no le mató, y esperaba con todas mis fuerzas que no le hubiera hecho más fuerte.

     
  • El aroma de la revolución

    Isabel Herrero Nava · Madrid 

    El dibujo era su fuerte y era sabido.Cómo negarse a los ruegos de ella con ese brillo pícaro en sus ojos,dando saltitos y poniendo morritos:"porfa...porfa...".Diseñó el cartel "contra la explotación" que convocaba a la manifestación.A la segunda carga, se dispersaron;pero ella iba de su mano.Tras la esquina de los Juzgados vigiló.Al volverse hacia ella,se encontraron jadeantes,risueños,exultantes.Se besaron.Al salir toparon con unos antidisturbios rezagados que cayeron sobre ellos.No puedieron sonreirse en semanas.Años después ejerció en estos Juzgados y mirar de reojo la esquina donde se refugió le provocaba una oleada de calor agradabilísimo.Ahora profesor jubilado sentencia:"no perdáis tiempo con frías pantallas tactiles.Haced vuestra revolución aunque sea breve,pues por efímero que sea el instante su aroma es imperecedero.

     
  • Un día de suerte

    Cristina Niubó Morales · Lí¯Hospitalet de Llobregat (Barcelona) 

    La abogada mira satisfecha unas fotos exclusivas en su iPhone. Recuerda a su viejo profesor citando su sentencia preferida –“una imagen vale más que mil palabras”– Tras difíciles pesquisas, tiene al fin ante sus ojos las pruebas definitivas: unas instantáneas que delatan al verdadero artífice de una red de explotación infantil. Su cliente estaba implicado y quedará libre de cargos. Ella ganará el caso y él la libertad. Hoy es un día de suerte. Un cartel en la autopista señala el aeropuerto. Ella paga al taxista con una propina generosa y toma el avión que la llevará, triunfante, a los Juzgados. El conductor cuenta su flaca recaudación… Ni soñando podría comprar un teléfono nuevo con pantalla táctil. De vacío hacia su casa, un zumbido solitario suena en el asiento trasero. La abogada ha olvidado su iPhone y el taxista, sin dudarlo, decide quedárselo. Hoy es su día de suerte.

     
  • Lección ejemplar

    Lourdes Miguel Sáez · ¡µvila 

    Un dedo ágil se desliza por la pantalla táctil de la tecnología del futuro, mostrando los diseños elocuentes de un cartel que traspasa fronteras. Sorprendo al benjamín de la casa observando sin pestañear cómo rescata de la realidad virtual rostros de dolor, vidas heridas por el sufrimiento y sentimientos silenciados por la explotación humana. Recopila información para un trabajo sobre los Derechos Humanos. Ninguna palabra. Sólo su mirada y su gesto desconcertado advierten de la gravedad del tema. Sus ojos inocentes se vuelven hacia mí, buscando una explicación. No respondo. Esas imágenes interpelan la conciencia y se convierten en sentencia para la Humanidad entera. Regreso a mi despacho, entre documentos y expedientes, y entre mis notas encuentro un breve apunte: “Hoy el profesor nos explicó lo que era la Justicia. Que tu trabajo, para el que dedicas tantas horas al día, nos enseñe a creer en ella”.

     
  • Los buenos principios

    Rosa Molina López · Tres Cantos (Madrid) 

    Creo ser el único gitano, abogado y rico que vive en una chabola. Mi poblado es una enorme explotación de chatarra, pero bajo esa costra de miseria laten ríos de oro a ritmo de guitarra flamenca. Con dos uralitas y tres contrachapados levanté mi despacho y no hizo falta cartel en la puerta para que rebosara de clientes. Empecé con mi gente, tiempos difíciles en los que afiné mis quiebros de leguleyo, pero ahora mi pantalla táctil arde y en mi chabola-bufete me espera, aterida, gente con dinero tan negro como su alma. ¿Mis métodos? Los de cualquier abogado: dar vueltas a la ley para conseguir la sentencia más favorable. ¿Mi ventaja? Conocer su ancho margen desde mi infancia y seguir viviendo en él. Si es que ya lo decía mi padre, el mejor profesor de todos: “No quiero para mis hijos buenos principios...”.

     

     
  • Animus in aeternum

    Rosa María Rubio González 

    Hundido y harto de no poder concentrarme en la redacción del recurso de apelación, atendí al ofrecimiento del “profesor”, un cliente absuelto en un delito contra la salud pública. Una joven famélica, con un cartel de drogadicta en la mirada abrió la puerta y se esfumó. De vuelta su desdibujada figura trastabilló y cayó al suelo. Un rojo obsceno tiñó su cabello. Desenredé la bolsita de sus dedos, cerré la puerta con sigilo y huí. Consciente de no poder regresar, ni de ayudarla ya, me atraganté de egoísmo. ¿Estaría viva…? Corrí al almacén, lugar de explotación, humilladero de inmigrantes, y expliqué a trompicones al “profesor”. Desenfundó un móvil táctil y habló con la joven. Estaba bien. Le pidieron disculpas por el susto. Padecía narcolepsia, era algo frecuente. Regresé al despacho abrumado al comprobar cuál era mi carácter, lo intuía quizá, pero experimentarlo firmó sentencia en mi conciencia para la posteridad.

     

     
  • Decisión final

    Víctor José Menargues Ramón · Alicante 

    La crisis se había colado por las rendijas del bufete. Diana White, la última letrada en incorporarse, fue la primera en regresar a la calle. El juez Castrorriver, al enterarse, le dio una recomendación manuscrita para una ETT, deseándole suerte. “Es lo único que tenemos” —le dijeron allí. Bajo una máscara, sería cabeza de cartel del porno-show “La donna di fuoco”, interpretando a una profesora que, tras explicar en una pizarra táctil lecciones del Kamasutra, iría practicándolas con sus alumnos, también enmascarados. Pasados unos días quiso marcharse y fue tarde ya: existían fotos y videos suyos, de cámaras ocultas, que la identificaban. Chantaje y explotación sexual. Desesperación. Alguien entró en su camerino, máscara en mano, y la encontró con una pistola en la sien. —¡Ni se le ocurra dejar huérfano de profesora a este alumno! —¡¿Usted…?! Acataré su sentencia —dijo apretando los dientes y el gatillo—, señor Castrorriver…

     

     
  • El asentamiento

    Marita Giraldo Aguilar 

    El sonido de las chapas y los palés cayendo al suelo es terrorífico. Me encuentro entre mi hermana, que se aferra a su barriga de embarazada, y mi hijo, con la cara llena de churretes y miedo. Una vez más van a derribar el asentamiento. Un cartel nos avisó, pero hicimos caso omiso. Abrazo a mi pequeño. Me juro a mí misma que lucharé porque vaya cada día al colegio, quiero que sea profesor. No, mejor abogado... para que cambie las leyes, para que no tengamos que vivir así. Para que tenga un teléfono táctil que tanta ilusión le hace. Para que tengamos derecho a una casa, a una dignidad... y que una explotación de petróleo no derribe lo poco que tenemos. Nos rendimos, salimos de nuestra humilde chabola antes de que nos caiga encima. No importa, mañana montaremos el campamento una vez más. Es nuestra sentencia de vida.

     
  • Lección magistral

    Miren Josune Parola Sáez · Bilbao 

    Fue un caso sonado desde el principio. Un emigrante con una sentencia condenatoria por evasión de impuestos. Tuve que pedir ayuda a mi profesor de Civil, un viejo abogado varado en la docencia. Con más verg¡enza que miedo, le conté el problema. Hizo unas cuantas gestiones, pero luego recomendó acatar el dictamen. Al entrar en la comisaría, padre estaba sentado debajo de un cartel con fichas policiales. Me senté a su lado. Ni se molestó en mirarme. Parecía orgulloso y desaseado. Como si fuera un ejemplo de la explotación humana. En ningún momento esbozó un atisbo de arrepentimiento. Todo intento de contacto táctil por mi parte, fue despreciado. El hijo de puta había hundido nuestro pequeño universo y no le importaba lo más mínimo. Me dejó solo en la sala de prevención rumiando mi dolor, mientras él, altanero e ignorante, miraba con aspecto hosco tras las rejas de su celda.

     
  • Un juicio de cómic

    Raúl Garcés Redondo · Zaragoza 

    Era sin duda un cartel de primeras figuras. Un conocido profesor acusado de explotación laboral por sus no menos famosos compañeros de trabajo. El público aguardaba con gran expectación la sentencia en la que los miembros del jurado, mediante un novedoso sistema de votos a través de una pantalla táctil, resolvieron absolver al denunciado tras saberse, mediante un riguroso análisis de las huellas encontradas, que no corresponden al señor Bacterio sino a un tal Francisco Ibáñez.

     
  • El quinto sentido

    Rita Villarino Moure · Vigo 

    Creo que sabía que sería su última clase. Al terminar se quedó sentado, esperando. A pesar de todos mis esfuerzos la sentencia fue devastadora: condena a trabajos forzados en una explotación minera. Levantándose del banquillo me confesó que habría merecido la pena si una sola persona volvía a sentir la dulzura de un beso. Esa noche acerqué por primera vez mis labios a los de mi mujer, como había visto hacer en las películas anteriores a la prohibición requisadas a los inculpados. Al día siguiente fui temprano a la universidad. Tuve el tiempo justo de coger el cartel de la puerta antes de que la Policía de Conducta se lo llevase con todo lo demás. Mientras acaricio a mi esposa en la cama pienso en el profesor y su conferencia: "Sensibilidad táctil, ¡¨pecado o privilegio?".

     
  • Arco iris togado

    Juan Pérez Morala · Madrid 

    Pudo haber nacido rico de familia, por sentencia genética, pero de la explotación de la mina de wolframio “Aurita”, resultó poca mena. Mereció haber sido un reconocido profesor, de no haber sido que en los centros de enseñanza de su docencia, ineluctable y tácitamente anunciaba un cartel: “Ministerio de…, queda prohibida la libertad de cátedra”. Como abogado, conocía la Ley y la Jurisprudencia con la destreza que un adolescente maneja su teléfono táctil. Aún así, un día se sintió mareado por tanta especialidad jurídica y empachado por un revuelto de leyes autonómicas. Le fueron prescritas vitaminas de la A a la Z. Pacientemente se las tomó todas, menos la X, que le sabía a incógnita amarga. Una sugestiva noche de un once de noviembre, soñó que su toga se encontraba perdida en un arco iris de once colores, y que, ingrávidamente, la buscaba inquieto en el verde esperanza.

     
  • Tranquilo

    Mathias Victor Gonzalez Mujtarian · Montevideo 

    Todo lo que se encontraba en aquella habitación era testigo de aquel brutal asesinato a sangre fría. La victima yacía en el suelo, y la mancha de sangre impregnada en el parquet hacía a la imagen aterradora. Un cartel con la palabra “prohibido pasar” en la casa aterraba al pueblo. El dueño de la casa, el profesor Ramiro, no podía creer lo sucedido. El cadáver de Tranquilo, el pequeño gato de la familia, era llevado a la morgue, mientras que los acusados esperaban la sentencia. Si bien los asesinos habían amenazado a la victima reiteradas veces, la defensa acusa al pequeño felino de provocar a los Rottweiler de la familia, hoy en día presos. Mientras que Ramiro marca en su táctil para darles la noticia a los demás integrantes de la familia, los vecinos reclaman justicia y otros en aprovechan para hacer sus reclamos contra la explotación animal.

     
  • Temeridad o mala fe

    Vicente Cuesta Roncero · Ciudad Real 

    El día que firmé mi sentencia de muerte y fui conocedor de lo que denomino “explotación estudiantil”, fue cuando se me ocurrió, en mi facultad, la brillante idea de colgarle a mi profesor de Sociedades un cartel en la espalda que apuntaba hacia su flamante calva y que ponía lo siguiente: “Pantalla táctil. Descargue el temario aquí”.

     

     
  • El alumno castigado e indignado

    Juan Álvaro Fernández · Madrid 

    '-¡Estoy harto! Cuando sea mayor, seré abogado de niños. Me afanaré en la lucha contra la explotación de las clases de gimnasia, pelearé para que el aprendizaje consista en experiencias táctiles y sensoriales, eliminado las clases puramente magistra

     
  • Como decía ayer

    Concha Martínez Miralles · Alcantarilla (Murcia) 

    Cuando, después de años sin poder impartir clase en la universidad, el profesor Ming Xiadan abrió la puerta del aula, los alumnos lo recibieron con una ovación. No reconoció a ninguno de aquellos jóvenes que le mostraban respeto y admiración, y sin embargo podrían ser los mismos de entonces. La tierra apenas había dado unas vueltas por el firmamento y el mundo de pronto era otro, más amable y justo: la sentencia le devolvía su libertad. Un cartel que tapaba los cristales y que impedía ver la lluvia de afuera decía: “Nadie puede hacerte inferior, ni someterte a explotación, sin tu consentimiento. No permitas que ocurra”. Eran palabras suyas. El corazón se agitaba dentro de su pecho y un nudo le atravesaba la garganta, pero no era suficiente, por eso acarició su nueva mesa de profesor, para tener también la certeza táctil de que no estaba soñando.