Ahora

Ismael G. Calcerrada · Madrid 

Recuerdo con envidia de adulto mis años cándidos de infancia. Es ahora cuando añoro aquel útero cálido que era la antigua y espartana escuela, sin tecnología ni pantallas táctiles, donde creíamos aprender de qué iba la vida mientras el profesor repetía, monótono, el dictado. Es ahora, al salir maduro al escenario, donde encuentro que los matices se cuelan siempre en las palabras y un inocente cartel muta, tan solo con allanar aquella vieja palabra aprendida en la escuela, para significar algo menos bucólico, relacionado con drogas, y las sentencias dejan de ser exclusivamente refranes latinos para convertirse en una solemne realidad. Es ahora, tras la constante explotación sufrida por este oficio áspero y despiadadamente sincero, cuando empiezo a comprender el argumento de este teatro. Es ahora, maldita sea, ahora, cuando pienso que quizás mejor no hubiera deseado nunca hacerme abogado, ni tan siquiera mayor.

 

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