Anselmo

José Luis González Martínez · Donostia - San Sebastián 

El viejo profesor cansado de juicios y sentencias manifestaba su hastío, el ser humano no era quién para juzgar, no se diferenciaba de otros animales, quizá incluso empeoraba algunas especies bonancibles. Por aquel entonces había leído el cartel y telefoneado a la Asociación. “Imposible detener la explotación de ese icono del África subsahariana, no sobrevivirán”, le dijeron. A pesar de su experiencia necesitó recurrir al Derecho Internacional Humanitario. Ahora tiene uno en casa. Escogió la cría más famélica concediéndole un nuevo nombre: Anselmo. Por las mañanas retoza en el jardín. A las tardes trabaja un par de horas, le clasifica documentos importantes. Un día oyó ruidos y corrió para pillarle en su salsa. Enmudeció. Se había vuelto humano. Con el dedo táctil de la trompa aspiraba los folios. Luego los desparramaba sobre el suelo. Finalmente los miraba, orgulloso, aupado al mueble bar, chupando una botella y desternillándose de risa.

 

 

 

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