Causas Perdidas

Alejandra Rodríguez Rodríguez · Madrid 

Marcos tiene un don. Posee las manos más habilidosas que jamás había visto. Una lástima que la explotación de su talento se hubiera quedado en una afición nada recomendable. Tiene dieciséis años, aunque aparenta más. Camina encorvado, pues soporta el peso de un enorme cartel que dice: “nadie da un duro por mi». No estaba muy desencaminado. Su profesor, su madre y la sociedad le consideraban un caso perdido. En cuanto me descuido, aprovecha para birlarme el teléfono táctil. Lo devuelve rápidamente, excusándose en que no quiere perder la práctica. Y me guiña un ojo. Al tropezarme con su mirada envejecida me cuestiono: ¿qué estaremos haciendo mal? Sus lamentos mudos dictaminan sentencia. Me despido y escucho un silbido a mis espaldas que me retiene. Arrepentido, Marcos me entrega las llaves del coche.

 

 

 

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