III Concurso de Microrrelatos sobre Abogados

Ganador del Mes

Ilustración: Juan Hervás

Mala Praxis

Jordi Bolumar Arnó · Vic (Barcelona) 

Empezaba a amanecer cuando el frío del suelo en la mejilla me despertó. La resaca de la fiesta por mi juramento como abogado me embotaba el cerebro. Al principio me costó reconocer mi propio despacho: todo estaba revuelto y el aire olía raro. Recordaba vagamente una pelea y unos gritos de socorro. Al levantarme, vi que detrás del sofá había un tipo con la cara cubierta de sangre y el pelo pegado a un charco rojo oscuro que llegaba hasta mis pies. Una náusea me dobló las rodillas y caí junto al payasito de bronce con el que le había abierto la cabeza. Decidí llamar a papá; a pesar de nuestras diferencias personales confiaba en que, como Juez, pudiera sacarme de aquel lío. Marqué el número de su móvil y, mientras esperaba, en el bolsillo del cadáver empezó a sonar una alegre melodía. El payasito me miraba, sonriente.

 

Relatos seleccionados

  • AFICIí N PELIGROSA

    JUAN MANUEL RUIZ DE ERENCHUN ASTORGA · BARCELONA 

    Al principio fue sólo un juego; luego se convirtió en una práctica demasiado enraizada. Y eso que tras cada resaca me hacía el firme juramento de no volver a caer. Pero el vicio podía más que su amor por mí. Cuando Pedro bebía varias copas, montaba el número, y haciéndose pasar por juez realizaba inspecciones sorpresas en el bar en el que se encontrara, destapando redes de traficantes de drogas, receptadores o proxenetas. Entonces llamaba a la policía y se esfumaba antes de que pudieran identificarlo. Llegó a ser el azote del hampa. Yo le advertía que por loable que fuera el resultado, estaba cometiendo un grave delito de usurpación. Cuando le detuvieron, de nada me sirvió ser la mejor abogada de la ciudad: tres años de prisión en régimen común. No tardó en aparecer colgado en su celda sin socorro alguno. En el trullo no tenía amigos precisamente.

     
  • PASANTE

    JON¡µS REBOLLO MARTí–N · LEGAN¡S (MADRID) 

    Hoy acabo mi pasantía, me voy por mi cuenta, tengo resaca de felicidad, sé que el principio no será fácil, que el número de despachos es infinito y que con el turno de oficio apenas cubriré gastos, pero se acabaron las esperas en el decanato, lidiar con los funcionarios del juzgado, ver pasar minutas de honorarios que multiplican por cien mi salario y en el mejor de los casos, asistir a unas diligencias preliminares pero sin penetrar a fondo en el asunto. Espero que este tiempo dedicado no sea en vano y que al menos en mi nueva etapa pueda pedir socorro a aquél que puntualmente pagaba mi nómina en forma de abono transporte. Por todo lo expuesto digo: Que por medio del presente escrito dejo mi juramento que nunca explotaré a un pasante y suplico a mis compañeros se sirvan admitirlo y en lo sucesivo cesen este comportamiento.

     
  • Caso cerrado

    Alejandro Martínez Turégano · Rivas Vaciamadrid (Madrid) 

    Juan deja la cartera sobre la mesa y la mira fijamente, sin ni siquiera prestar atención al camarero que le apremia para que pida algo de beber. Finalmente levanta la cabeza y le dice con voz queda, debido al catarro: "Hay una bombilla rota en el baño". El camarero le contesta, molesto: "Si, desde la última reforma, ¡¨va a tomar algo?". Juan respira hondamente, antes de pronunciar sus últimas palabras: "En esta jurisdicción...". Su cabeza se hunde en la cartera al caer pesadamente hacia delante, es un golpe seco, amortiguado por el cuero. La figura junto a él, con camisa negra, sostiene una libreta en la mano que casi deja caer por la sorpresa. Le mira atónito, mientras a su espalda se oye la voz de su jefe: "Ese ya tiene su premio, ¡qué pesado! Estos abogados no saben cuando parar, dale que te dale con la luz del baño...".

     
  • ¿Y ahora qué?

    Miguel Ángel Rodríguez Artigas · Montevideo 

    El tiempo está detenido. Aferrado al mostrador de mi carnicería, tieso, exhibo en alto, cual trofeo, un pavo peladito, colgando, como cuelga mi mandíbula inferior. Enfrente, sonriendo, aguarda el doctor Justo Piedracueva. De principios inflexibles, como juez de paz sufrió, porque en materia penal sólo tenía competencia de urgencia. “¿Para esto hice juramento? ¡Aún quien comercia mintiendo, delinque! ¡La resaca se limpia de cuajo!”, solía exclamar. “¡Bravo, don Justo; acabe con ellos!”, lo animaba yo. Pero, el tiempo pasa (¿o pasaba?). Ahora es juez letrado… y mi mejor cliente. Hoy sacó número, esperó, y anunció solemnemente: “Es viernes. Cenaré pavo”. Presuroso, entré y salí de la cámara con la última pieza existente. “Mmm… ¿No tiene uno más grande?”. Decidido, insultando al diminuto culo gallináceo, desaparecí nuevamente… para golpetearlo. Volví. Sudoroso, alcé “el otro”. “¿Y ésteee, Seeeñoríaaa?”. Satisfecho, sonrió: “Bien. Me llevo los dos”. Pediría socorro, pero el tiempo sigue detenido.

     

     
  • EL SEPELIO

    VÍCTOR JOSÉ MENARGUES RAMÓN · Madrid 

    Al principio pensé que aquello era producto de la resaca de mi despedida de soltero. Directamente desde la discoteca, ya de día, los socios del bufete habíamos acudido al sepelio del juez decano, previo juramento colectivo de mantener la compostura en el cementerio. En un corrillo, el médico de urgencias que le había atendido confirmaba: “Parada cardio-respiratoria irreversible”. En otro, alguien calificaba de “ironía del azar” el hecho de que, en 1998, ese mismo facultativo fuera condenado por el difunto juez a dos años de inhabilitación profesional. Me acerqué entonces a un fiscal y, rogándole que me acompañase hasta el nicho, todavía abierto, le susurré: —Antes he oído gritar débilmente “¡socorro!” desde ahí adentro. Escuche… Ahora… ¿Son imaginaciones mías? ¿Qué piensa usted? —Evitemos montar un número. —Imaginaciones, pues. —Catalepsia. Pienso que puede ser catalepsia. Voy a comunicárselo a aquellos jueces. Entretengan discretamente a ese médico mientras llega la policía.

     

     
  • LA TUNA DE LA FACULTAD DE DERECHO

    Francisco Abián Rodríguez · Castelldefels (Barcelona) 

    A mi exesposa la conocí cuando estudiábamos en la Facultad de Derecho (ella fue la número uno de su promoción). Yo tocaba en la tuna y fue un amor a primera vista tras una fiesta que acabó en resaca. Después de cinco felices años de matrimonio, me hice un juramento: no le podía permitir la infidelidad con otro hombre y le pedí al principio la separación legal. Resulta que el amante también había estudiado en la misma Facultad y tocado en la tuna pero cinco promociones antes que yo. El letrado que llevó nuestro procedimiento de divorcio ¡ también había estudiado y tocado en la misma Facultad seis promociones antes que yo ! En mi régimen de visitas fui a buscar a nuestro hijo al colegio y al preguntarme la profesora en qué trabajaba ¿a qué no sabéis dónde estudió y tocó el exmarido de la profesora? ¡ Socorro ¡

     

     
  • La llamada

    Ángel José Pérez Izquierdo · Madrid 

    El viaje de empresa había ido bien, muy bien, teniendo en cuenta que por la noche Claudia le había abierto la puerta de la habitación del hotel donde se hospedaban, después de haber presentado juntos el estado de las demandas a los directivos. Un encuentro de lujuria bien regado con champán. Al despertarse en su habitación por la mañana, la resaca no le impidió enviar un sensual mensaje a Claudia sobre lo ocurrido, pero… al principio dudó… pulsó la tecla de envío… volvió a mirar su móvil… Resonó en su cabeza el solemne juramento ante el altar, la mujer de blanco… y un desesperado grito de socorro se ahogó en su garganta mientras contemplaba en la pantalla el número del móvil de su mujer junto a la frase “mensaje enviado”.

     

     
  • EL REGRESO

    JESÚS LUQUE MANZANO · Estepa (Sevilla) 

    Todavía recuerdo aquella expresión cuando la metieron a tirones en un coche oscuro. Todo sucedió muy deprisa. Como había dormido poco y bebido mucho, la resaca nubló mi vista, y no pude anotar el número de la matrícula. En aquella cala solitaria —mi abogada y yo, un cuentista, éramos los únicos veraneantes en esos momentos—, era inútil gritar "Socorro". Minutos después fui a una comisaría para denunciar el secuestro de mi querida. Al principio no me creyeron los policías; mis ojos enrojecidos reflejaban cansancio, y mi declaración era una especie de balbuceo lleno de vacilaciones. Pasó una semana… y otra… y otra… un mes… Desesperado ante el silencio de la policía, decidí romper mi juramento. Subí las escaleras, entré en el cuarto de la azotea, abrí una caja empolvada, me puse mi traje de superhéroe y salí volando. "Ella librará inocentes de la cárcel y yo atraparé culpables" —pensé.

     

     
  • ALEVOSíA Y PREMEDITACIÓN

    PILAR ARENAS NIETO · ALJARAQUE (HUELVA) 

    Deseaba ser como el brillante, apuesto y temible abogado Julián Mantle, antes de que se convirtiera en "El monje que vendió su Ferrari". Después del último número que montó en el juzgado, hizo juramento de no volverlo a probar. Al principio pensó que sería fácil. Según caminaba afanosamente, por la resbaladiza arena, que la resaca una vez más había sembrado de desperdicios, tropezó de nuevo con la botella. Dentro un desesperado mensaje: Socorro.

     

     
  • El Abogado

    Fernando Chausa Díaz de Figueroa 

    Prestar socorro es el principio fundamental de esta profesión, ya sea por ideales, por dinero, como todas las profesiones, no nos engañemos, o por cualquier otro motivo que lleve a un abogado a sentarse en una sala a defender los intereses y derechos del cliente que representa, con la necesaria profesionalidad y objetividad, en el momento en que acepta luchar en los tribunales. Su juramento le prohíbe no auxiliar a quien lo necesite, incluso a lobos disfrazados de ovejas, clamando por alguien que les defienda de una burocracia caótica o simplemente de un desalmado, que en ambos casos puede ser lo mismo. Podrá combatir por un número indefinido de gente, tan grande, que ni él mismo podrá acordarse, al final sólo quedará la resaca de una vida dedicada a los demás llena de llantos y sonrisas.

     
  • Eterna complicidad

    Enrique Espejo Torija · Collado Villalba (Madrid) 

    Fuimos uña y carne en la facultad de derecho. Nunca pensé que llegaríamos a esto. Ni el juramento de eterna complicidad puede ahora inundar mis pensamientos. Sólo puedo ver tus ojos, tus temibles pero precisos ojos de siempre. En el banquillo, anhelando socorro. Clamando, sin pedirlo, una clemencia que de mí no tendrás. Volver al principio y pensar en lo que has hecho, de nada ayuda. Te conocí. Y sé que lo que dicen es cierto. Susana, la chica de tercero que tú y yo conocimos aquella tarde en la cafetería saltándonos la clase que odiábamos, ya no está. Y tú y la resaca de tus malditos celos son los causantes de ello. Esos celos que nos alejaron absurdamente durante los años en los que me saqué la plaza de juez. Ha llegado mi momento y vas a pagar por ello. De amigo a número, de confianza a desprecio.

     
  • Jura y compromiso

    Francisco Domínguez Rodríguez · Ciudad Real 

    Si el juramento supone un compromiso cierto, de actuar con gallarda vocación y principio de equidad, da igual el número de procedimientos llevados ni la resaca que produzcan las inevitables derrotas; siempre vendrán en socorro del abogado, la fuerte convicción de obrar en pos del derecho y la verdad.

     
  • Rendición

    Luis Calvo Costa · Shanghai 

    Nunca supo en qué momento había traspasado la línea. Al principio, con aquel trabajo en la fiscalía sólo pretendía llenar el tiempo que exámenes y resacas le dejaban durante la universidad. La administración no era lo suyo. Él quería ser abogado laboralista, luchar por la libertad y los derechos. “Cambiaremos el mundo”, le había prometido a Socorro mirándola a los ojos. Eso era más fuerte que cualquier juramento. Más fuerte y, sin embargo, no lo suficiente. Con los años abandonó las reuniones clandestinas y empezó a aceptar puestos de responsabilidad en el régimen. “Es otra forma de cambiar el mundo”, se justificaba entre sus antiguos compañeros. Todos habían claudicado. Sólo Socorro seguía al pie del cañón. Cuando la detuvieron por sedición con un pequeño número de rebeldes, él mismo firmó la pena capital. No sólo había que dar ejemplo, era la única forma de dejar de soñar con esos ojos.

     

     
  • Desaparecida

    José Miguel Perlado Villafruela · Madrid 

    Ya estás en tercero de Derecho, deberías saber que la omisión de socorro es un delito. ¿O es que la resaca te lo ha borrado todo?¡Claro que me imagino que al principio no pensabais llegar tan lejos! Que tras la cena llegaron las copas, que una cosa llevó a la otra... Pero eso no justifica el número que montasteis luego, ¿no te parece? Primero bailar encima de la mesa; luego echar a palos al dueño, que os recriminó vuestra actitud; finalmente secuestrar al primer policía que vino a ver qué pasaba. ¿Y la chica del streaptease? Porque no aparece por ninguna parte. Y ese estúpido juramento para no comunicar su paradero. ¿Dónde está? Acordonaron el local, así que no ha salido, y no os la podéis haber comido. ¿O sí?

     

     
  • NUMEROLOGíA

    MAR HORNO GARCIA · TORREDONJIMENO (JAɐN) 

    ¿Cuál era el número, el 22 o el 32? Maldita resaca, no me acuerdo bien. Parece que fue ayer cuando conocí a Javier, en la Facultad de Derecho. Al principio, no congeniamos bien, pero hemos sido los mejores amigos durante veinte años. Mil veces me dijo Javier que, llegada la ocasión, no quería vivir enchufado a una máquina y me hizo prometerle que no lo permitiera. Así que aquí estoy, metiéndome como un criminal en el hospital y buscando su habitación. Me estalla la cabeza, como si mi conciencia estuviera pidiendo socorro, pero un juramento es un juramento. Ésta es, la 322. Está lleno de cables, inmóvil, casi irreconocible por el accidente. Cumplo mi promesa. Salgo de la habitación secándome las lágrimas. Por el pasillo tropiezo con Alfonso que dice: – Hola, ¿has venido a ver a Javier?, me ha dicho su mujer que está en la 332.

     

     
  • La ley de la confianza

    Sandra Ester Franzen · SANTA FE - ARGENTINA 

    "Derribará la puerta en cualquier momento", pensó. Le temblaban las manos, un poco por la resaca y mucho por el miedo. “Si entra, me mata”. Anoche había tomado unas copas con sus amigos. El monstruo se había enterado. Ya no eran nada, pero la hostigaba, la creía su propiedad. "Hacemos la denuncia", te puedo ayudar, le repetía su abogado. Un principio que había sostenido desde su juramento: ayudar. ¿Porqué creerle?. Metió la mano en la cartera y revolvió: un pintalabios, monedas, sus gafas de sol, con las que ocultaba los golpes. Volcó el contenido en el piso. Nada. La puerta temblaba ¿¡Dónde anoté su número de teléfono!?. Debía llamarlo, tenía que confiar. ¡Socorro!. La puerta cayó. Era la policía. Se llevaban al monstruo esposado. Detrás su abogado, le sonreía. La había ayudado. Ese hombre íntegro y la ley, estaban de su lado.

     

     
  • DESDE EL OTRO LADO

    Héctor Vallés Gisbert · Chiva (Valencia) 

    La resaca del temporal inundó la playa de cachivaches. Junto a ellos, como un trasto viejo más, yacía el cadaver del magistrado. Los periódicos publicaron la foto en primera página, "... sin indicios con los que resolver el caso, la policía trabaja en la identificación de lo que parece el cuerpo de otro indigente..." Le reconocí al instante por el tatuaje del pecho. El número phi, el de la divina proporción..., el de nuestra hermandad. Nos captaron al principio de la carrera. Nuestros expedientes destacaban. Él se preparaba a judicatura desde cuarto curso, a mí me tiraba más la política. Prometieron desvelarnos misterios inalcanzables al común de los mortales, situándonos en las posiciones que mueven los hilos..., y, confiados, prestamos juramento. Cuando cruzas los límites naturales, no hay escapatoria. No la tuvo él, ni la tuve yo. No tuve tiempo de pedir socorro, ni de avisarle... que sería el siguiente.

     

     
  • El día después

    Víctor González Griera · Sant Cugat del Vallés, Barcelona 

    El dolor de cabeza era insoportable; como si cada parte de mi cuerpo estuviera pidiéndome socorro enviándome oleadas de dolor que palpitaban en mi mente; la sidra produce este tipo de resaca. La luz que se colaba entre las rendijas de la persiana de mi despacho me molestaba sobremanera mientras intentaba recordar el principio de todo aquello. Recordaba el caso, recordaba los días y las noches preparando la defensa y, por fin, la tarde anterior la llamé a declarar. Era mi testigo número tres y mi último. Ella, hermosa como siempre, se acercó al estrado. Llevaba aquel vestido azul que tanto me había llamado la atención la primera vez que la vi. Hizo el juramento de rigor y se sentó, aguardando mis preguntas. Me lo jugué todo a una sola carta y, aunque parezca mentira, resultó ser la carta ganadora. Lo celebré, a solas, toda la noche.

     

     
  • Miradas

    Sara Rodriguez Caro · Madrid 

    Desde el principio me hechizaron sus ojos, me sentía afortunado de que confiara en mí. Ella pensaba que podría librarla de la cárcel aunque sus huellas estaban por todas partes. Tal vez podríamos justificarlo pues era su esposa. Bajo juramento lo negó una vez más. La resaca no la dejaba pensar con claridad y las contradicciones fueron detectadas por aquel mustio jurado. Desde el asesinato de su marido, el alcohol era su mayor confidente. Al llegar a casa marqué su número, oí su voz y colgué rápidamente. No sería muy profesional invitarla a cenar. Sólo debía ser paciente y convertirme con una gran defensa en su héroe. Todavía recuerdo como en un descuido dejé caer mi tarjeta en su bolsó. Era cuestión de esperar el momento justo. También recuerdo como él pedía socorro mientras se desangraba, en ese momento llegó ella, esos ojos... ya solo me mirarían a mi.

     
  • Despistado

    Julia Robles Robles · Santo ¡µngel (Murcia) 

    Fue el caso más extraño de atropello que he llevado nunca. Su esposa declaró entre llantos que siempre iba distraído, pensando en sus cosas, ajeno al mundo diferenciado en aceras y calzadas por el que caminaba. Lo insólito no fue el motivo sino el efecto pues, cuando el coche le dio de pleno, en principio rebotó en el capó y luego salió volando, gritando socorro, hasta que se perdió en las alturas. Los testigos declararon bajo juramento que miraban al cielo, haciendo visera con las manos, por ver si caía más acá o más allá el atropellado, pero que ya nunca bajó. Sin cuerpo no había delito. Se desestimó el caso, entregué mi número a su mujer por si el accidentado aparecía y me fui a emborrachar. A la mañana siguiente, de resaca, recibí una desconcertante llamada.¡€™Oiga, que estoy bien. Me quedé aquí en las nubes, a mi gusto.

     
  • UN TRAGO AMARGO

    CRISTINA NIUBí  MORALES · HOSPITALET DE LLOBREGAT (BARCELONA) 

    Apura otra botella en la cubierta de su yate. Necesita ahogar el regusto amargo de la traición ¡qué importa la maldita resaca! Recuerda el juramento que hizo al acabar Derecho: ejercer con honradez la profesión que tanto amaba ¡estúpido inocente! Al principio sólo usó el soborno, luego la manipulación, después el chantaje, la intimidación y la violencia. Pero hoy la víctima es él: el poderoso y temible abogado ha sido objeto de una intriga maquiavélica ¡¨Qué puede hacer?, todo saldrá a la luz. Busca en vano un número en su móvil pero no tiene en quien confiar. Enfurecido y totalmente borracho, lanza el teléfono al agua, tropieza y cae al mar. Nadie oye sus gritos de socorro, la noche es oscura. Boquea desesperado hasta quedarse sin oxígeno. Se sume en la inconsciencia y siente una reconfortante paz. Finalmente ha encontrado la solución a sus problemas.

     
  • ¡Malditos burócratas!

    Mercedes Gómez Ballesteros · Collado Villalba (Madrid) 

    Anochecía en rojo a mi espalda. Puño en alto, cual Escarlata Oí¯Hara de un mundo en crisis, hice un juramento: Nunca más volvería a meterme en pleitos.¡Ganamos! dijo mi abogado batiendo palmas ¡Esto no quedará así! Dijo el letrado contrario dando un portazo. Ese fue el principio de mi tormento. El expediente, con su número prendido en la solapa, partió hacia un largo viaje: de un juzgado a otro hasta llegar al Supremo, donde, tras un simpático bucle, quedó ratificado, sellado, y listo para volver por donde vino, sin olvidar una sola etapa. Tres años después ya era amiga de Socorro, la funcionaria del juzgado, que compadecida me llamó para notificarme la buena nueva, hallándome con una resaca colosal, perdida la esperanza y casi ciega por el resplandor de los números rojos de mi cuenta bancaria. Al fin descubrí el significado de la maldición: juicios tengas, y los ganes.

     
  • Vodkas para la memoria

    Salvador Robles Miras · Bilbao 

    El hombre repitió bajo juramento que era inocente, y que, en cuanto despertó en medio de una terrible resaca y vio a la mujer ensangrentada, llamó de inmediato al número de teléfono del cuarto de socorro. Recordaba cómo la había conocido, pero no lo que sucedió en el lugar del crimen. Se la presentaron en la fiesta, se gustaron, y, tras tomar varias copas, en el momento de la despedida, ella se ofreció a llevarlo en su coche. El abogado insistió en que recordase lo que pasó al principio. “Me la quedé mirando, me devolvió la mirada, bailamos, tomé unos vodkas y…”, repitió el hombre, dominado por la desesperación. Al letrado se le ocurrió una idea. Invitó a su cliente a que bebiese unos vodkas para entonar la memoria. En cuanto apuró el segundo, el hombre pidió dos más. “¿Necesita tantos?” “No para recordar, pero sí para olvidar”.

     

     
  • Buscando pareja

    José Joaquín Palacios Galán · Madrid 

    Me encontré con Alfonso Chico en la puerta del número dos. No parecía él: barba de dos días, toga arrugada. Parecía estar en el clímax de una resaca descomunal y sus ojos pedían socorro. Me acerqué a él y le tendí la mano: -¿Desde cuándo no coincidimos? -Supongo que desde antes de mi divorcio -respondió. -No sabía nada... -Divorcio profesional también, porque ella se fue con Pérez, mi socio. A paseo el juramento religioso y el profesional. Al principio intenté apañarme sólo, pero ya no doy abasto. -Lo lamento y te entiendo, un compañero en el que apoyarse es muy útil. Le brillaron los ojos y me preguntó: -¿Y si tú y yo abriéramos un despacho? Nos conocemos hace tiempo y seguro que la cosa funciona. Lo pensé sólo un segundo: -Alfonso, ¿tú crees que podría funcionar un despacho que se llamara Chico y Calvo?

     

     
  • Transformaciones

    Miguel Ángel Flores Martínez · Sabadell (Barcelona) 

    Desde el principio peiné sus pelucas, ordenaba su maquillaje, cosía lentejuelas; ya sabe, todo eso que hace la esposa de un transformista. Ya en la boda le hice un juramento: siempre estaré junto a ti; él, me cantó una de Betty Misiego. Estuvo graciosísimo ese día. Llegó a ponerse mi traje de novia y, ante los invitados, hizo el número donde Gilda se quita los guantes. Qué risa. Luego se transformó. Y fue la primera vez. Al día siguiente, de resaca, me pidió perdón. Yo sé que no era culpa suya. Quizá debí pedir socorro, abandonarlo, mientras pude. Pero mantuve mi promesa, su señoría, y me quedé a su lado, callando, como alma en pena. Me fui apagando, diluyendo, volviéndome umbría sin más. No miento, señor juez. Sé que cuesta de entender, pero no hay muertos ni desaparecidos en esta historia. Simplemente, ahora él soy yo, y ella, mi sombra.

     

     
  • NOVATO

    SUSANA CORROTO VILLACAí‘AS · ALCALÁ DE HENARES, MADRID 

    Al principio todo parecía una broma, un juego que apenas recordaríamos al día siguiente, sumidos en la consabida resaca. Colgado cabeza abajo agitaba los brazos mientras lanzaba una sarta de improperios y juramentos apenas inteligibles. La toga que le habíamos puesto se le había venido abajo por efecto de la gravedad y le cubría la cabeza, dejando sus calzoncillos y sus delgadas piernas al descubierto. Dejadle ya, se escuchó con timidez entre la muchedumbre. No hicimos caso. Continuamos con nuestro número, bailando a su alrededor, al son de la canción de cada año: “El novato ya ha llegado, y trae aspiraciones de abogado…”. Cada vez más y más alto… La facultad envuelta en ruido, risas, gritos y aplausos. Tantos, que nadie pudo oírle cuando pidió socorro. Tantos, que no sabríamos decir cuándo dejó de gritar.

     

     
  • EL MIEDO

    Maravillas Carmona Abril · Murcia 

    Una mesa llena de expedientes de violencia de género pendientes para dictar sentencia y una botella de gyn. Preparo una copa bien cargada..., así el principio de la noche se hace más llevadero. Oigo los gritos de socorro de una mujer pero se que provienen de la televisión que hay encendida en el salón. Me asalta el miedo, miedo a que alguno de los expedientes que tengo atrasados se materialice, que por la saturación del juzgado tenga a la próxima víctima de violencia de género encima de mi mesa pendiente de dictar sentencia que condene a su verdugo y salve su vida. Por la mañana aun con resaca, un titular en el periódico: “la víctima de violencia de género número 65”. El corazón me da un vuelco, ha ocurrido en otro distrito, respiro aliviado y me hago un juramento, no dejar que se acumule un expediente más.

     

     
  • El soborno

    Estrella Mérida Macías · Sanlúcar la Mayor (Sevilla) 

    ¡Silencio en la sala! Es el principio de todos mis juicios, así empezamos. Después llamo a todos los testigos y les pongo en fila para que practiquen su juramento: El Señor oso, Marta la muñeca de trapo, y los indios que venían en una bolsita. El abogado que gana el caso, tiene que invitarme a merendar tantos helados hasta el punto de tener resaca al día siguiente. El número que monto en mi tribunal es único. Al menos mi abuela me entiende. Pide socorro cuando le digo que hoy es ella la abogada, claro los demás no tienen dinero para helados. Serán cosas de la edad porque ella ya es viejecita, dice mi abuela. Pero yo tengo seis años y los peluches no sé cuando nacieron. Aunque cuando sea mayor, no quiero ser Juez sin mi abuela, ¿y si gana el abogado que no me invita a helados?

     

     
  • X

    Irma Miranda Betancor · Las Palmas de Gran Canaria 

    Llamémosle Sr. X para evitar que nos demande por atentar contra su honor. Al principio sólo se trataba de un bebedor social. Cada vez que salía de la sala de vistas, aceptaba las invitaciones del cliente de turno a una copa. A medida que aumentaba su número de clientes, se incrementaban las consumiciones de bebidas espirituosas. Comenzó el círculo vicioso de desayunos con cerveza para mitigar la resaca. Así aterrizaba en los juicios algo desaliñado, pero seguro de sí mismo, con el verbo fácil, locuaz, gesticulante, sabiéndose ganador. Quiso hacerse el juramento de salir de la infernal espiral del alcohol y pedir socorro a Alcohólicos Anónimos. Demasiado tarde. Sus clientes nunca se conformarían con su verdadera personalidad introvertida. Su carrera fue muy corta. Hasta que le aguantó el cuerpo.

     
  • EL DESPERTAR

    Joaquín Valls Arnau · Barcelona 

    Fui a abrir la puerta. A causa de la resaca, al principio no identifiqué a aquel tipo andrajoso que me sonreía mostrando sus encías desdentadas. Le acompañaba un hombre con traje y corbata, quien se presentó como abogado del otro y que dijo haber presenciado junto a otras personas, la noche anterior, cómo yo vendía a su cliente, verbalmente y bajo juramento, mi vivienda y mi todo terreno por un precio simbólico de mil euros. Entonces caí en la cuenta de que quien iba a ser beneficiario de mis bienes si no acudía alguien enseguida en mi socorro y lo evitaba, no era otro que el vagabundo que solía recorrer el barrio con un carrito. No había podido aun articular palabra cuando el abogado me pidió mi número de cuenta pera ingresar la cantidad convenida, para luego anunciarme amablemente que disponía hasta el mediodía para abandonar el piso.

     
  • Poco juicio

    Marcos Dios Almeida · Vilaboa (Pontevedra) 

    Tuve que juzgarlo por provocar un accidente de tráfico después de haberse tomado unas copas de más: era cuestión de principios. Y aunque algunos opinaban que mi hijo debía ser condenado por otros, yo había hecho el solemne juramento de resultar imparcial ante cualquier caso acaecido en el ámbito de mi jurisdicción. Consecuentemente, lo sentencié a dos años de cárcel y a que indemnizara a aquella chica que se había salvado de milagro. Pero como el alcoholismo es un problema de índole cultural, este sábado asistí a una boda en las Ons, y después de la mariscada vinieron las copas de champán... Recuerdo haber caminado hasta los cantiles, mi caída por aquel terraplén y como marqué el número de emergencias pidiendo socorro. Con todo, lo que tengo más presente es el pésimo ejemplo que he dado, así como esta resaca que remueve mis sienes cual tempestuosa procela en alta mar.

     
  • El abogado de Don Quijote

    Josefina Solano Maldonado · Alhaurín El Grande (Málaga) 

    Sepa usted, señoría, que mi defendido ha hecho el juramento de no morir nunca. Y aunque en principio se alegue que tal componenda no tiene validez, yo voy a demostrar en socorro de lo suscrito, que el asunto aunque magno e importante, es también el más sencillo. Don Quijote afirma sin resaca caballeresca que este nuevo siglo, que hace el número XXI, necesita de grandes aventuras, y no de pedantones hablando de materias tan triviales que secan la imaginación del que cogen en banda. Mi defendido ofrece su historia, y expone que transformar el mundo, tan necesitado de revisiones, requiere de esa dosis de locura que sólo gastan los valientes y los que no renuncian al coraje de ser. Don Quijote es claro ejemplo de tan loable tarea, y anuncia que Don Alonso Quijano únicamente muere en el corazón de los que no creen que el cambio es posible.

     
  • Principio

    Jorge Alejandro Suárez Rangel · Ciudad de México 

    Con la resaca de casi tres años, sin haber tenido siquiera un simulacro de juicio, respondió al número con que era llamado a la reja, deseando que entre los barrotes llegara al fin el socorro tanta veces invocado contra las paredes sordas de su abandono. Otros cuarenta minutos de burocracia precedieron el momento en que el abogado de oficio se dirigió a él. -¿Cómo se declara? Ignacio, el acusado, quería decir INOCENTE, igual que dicen todos los que habitan la cárcel, pero la libertad de poder escoger sus palabras, esa última libertad, lo tentó. -Yo no sé porque me tienen aquí encerrado; no lo conozco a usted ni le he hecho ningún daño. ¿Por qué me está acusando? El abogado de oficio se enderezó en su lugar, mirándolo por primera vez, respondió como quien defiende un juramento; como si se tratara de un principio ético. -Porque ese es mi trabajo.

     

     
  • La confesión

    Ana María García Iglesias · Lisboa 

    Antes de que marcara el número la maté. Al principio me resultaba simpática, pero después comenzó a sonreírme cada vez que salía del despacho. Quizá sea porque siempre he detestado a las mujeres que se llaman Socorro, pero el caso es que llegó un momento en el que ya no conseguía soportarla. Cuando tocaba suavemente a la puerta y preguntaba: "¿puedo entrar, Señor Juez?", siempre elegante, servicial, con la sonrisa en la boca, dispuesta a cumplir el más mínimo de mis caprichos, sentía una punzada en la sien, un dolor de resaca que me recorría la cabeza. Tuve que matarla, no me quedó otro remedio. (Espero que este cura de mierda no rompa el juramento que ha hecho, sino también me veré obligado a matarlo.)

     

     
  • ROMANCE ILEGAL

    Nélida Leal Rodríguez · Cádiz 

    Me pediste socorro desde las profundidades del mar porque, con la resaca, el baño nocturno que te diste tras la juerga de tu graduación casi provocó que saliera tu número y te fueras al otro barrio. Te rescaté, y ya sabes que no te pedí nada, pero me hiciste un pomposo y romántico juramento de lealtad y agradecimiento, apelaste a tus sagrados principios, dijiste que nada nos separaría, que eras abogado y ninguna ley prohibía lo nuestro. Que tendríamos hijos. Yo qué sé… yo era joven e inexperta: te creí. Hoy, al fin, lo has admitido, no soy suficientemente mujer para ti, nuestra unión roza lo delictivo. Y casi me acusas a mí de todo, cuando nunca tuve la culpa, yo misma te lo quise explicar aquella mañana que te rescaté, te advertí que lo nuestro era imposible. ¿Cómo puedes ahora reprocharme que sea una sirena?

     

     
  • Caso abierto

    Alejandro Mateos Rodrigo · Tomelloso (Ciudad Real) 

    Un intenso dolor de cabeza me anuncia el principio de una prometedora resaca, mientras me repito sin mucha fe el juramento de siempre: “Hoy lo dejo”. Antes de incorporarme, mis aún amodorrados sentidos detectan un molesto dolor en mi brazo siniestro. Me siento al borde de la cama e instintivamente llevo mi diestra a la parte dolorida. El escozor que provoca su roce, me hace descartar la hipótesis de haber dormido en una mala postura. Intento recordar qué sucedió anoche pero mis maltratadas neuronas no quieren hacer declaraciones. Llamo al estrado a mis recién abiertos ojos para resolver el caso y éstos presentan su testimonio: mi antebrazo está inflamado y enrojecido. Mi juicio me impulsa a ponerme hielo y cuando doy por terminada la condena, descubro tatuados en mi piel un número de teléfono junto a la palabra “Socorro”. Ahora lo recuerdo todo: anoche volví a ser un abogado.

     

     
  • BARCELONA

    CATI MOYÀ PONS · Estoy aquí 

    Al mirar al pobre José, sentado en el banco, recuerdo cada uno de los motivos por los hoy estoy aquí. No me hace falta ya ningún juramento. Estoy segura de que José preferiría una buena resaca, una noche sin dormir, mil discusiones a la mañana siguiente. Y yo me digo que esto, pobre de él, sólo es el principio. Le veo mirar una y otra vez el número de la sala, como si creyera que está en el lugar equivocado. Aunque sabe que es aquí donde se va a juzgar al hombre que, conduciendo bajo los efectos del alcohol, atropelló a su mujer cuando iba hacia su restaurante favorito para celebrar sus 12 años de matrimonio. Aunque me cueste entenderlo, leo en sus ojos una mezcla de grito de socorro y de agradecimiento que me recuerda, una vez más, porqué estoy aquí.

     

     
  • El juramento

    Félix de Andrés Perez-Cejuela · Rivas (Madrid) 

    Acaba de saltar un mensaje en mi móvil con el número de mi hermano Javier “Socorro. No tengo saldo. Me levanté con una resaca horrible. Hay un hombre muerto a mi lado”. Soy abogado. Por principio debo ayudarle. Estoy harto. Solo me llama cuando tiene problemas. Saco la foto de mi madre de la cartera. Mi juramento en su lecho de muerte también me obliga. Miro otra foto en la que estamos juntos, antes de que el alcohol le convirtiera en una sombra escondida en los bajos fondos, entre maleantes y mafiosos. Me pregunto si debo cargar siempre con la misma losa. Entonces, la cara de mi madre frunce el ceño y le contesto: - No te preocupes, mamá. Ya voy en su auxilio.

     

     
  • Primer día en el bufete

    Elena Puente Cabrerizo · Bilbao 

    Me presenté y saludé a mis nuevos compañeros de bufete; juraría que la primera impresión fue buena. La ducha se había llevado buena parte de la resaca y mostraba un buen aspecto. Había sido una noche larga, me despedí temprano de mis amigos, pero en casa, Carla apareció con un nuevo conjunto y la fiereza de una pantera. En el cuarto asalto había perdido la cuenta del número de veces que me poseyó haciendo caso omiso a mis señales de socorro. Al principio yo le seguía el juego, pero cuando las manecillas del reloj anunciaron que no me quedaban más de dos horas de sueño empecé a preocuparme. Y aquí estoy ahora, esperando que el socio fundador del bufete me reciba, tras llegar media hora tarde en mi primer día. Me hará realizar algún juramento para que no se repita y me guiñará un ojo. Así es mi padre.

     
  • COMPROMISO

    Fernando Bedoya Londoño · Caquetá-Colombia 

    El amanecer con su frescor me sacó de la resaca y pese a las circunstancias hice de nuevo mi juramento: no vuelvo a engañar a Julieta-mi esposa desde hace veinte años- la que me conoció desde el principio como estudiante de leyes y asistió a mi graduación como abogado; la que me vio trasnochar estudiando las defensas que debía afrontar y celebró conmigo ser el número uno en los juzgados. Hoy he vuelto a caer. Sin embargo le he gritado ¡socorro! cuando la llamé. No recuerdo el número de veces que he caído, pero sé que llegará a rescatarme. El arreglo que hicimos dice que heredará mis bienes si muero acostado en mi cama matrimonial.

     
  • La llamada

    Daniel Martin Vaquero · Alcobendas (Madrid) 

    Llevábamos mucho tiempo sin vernos, desde que yo dejé la universidad y abandoné la ciudad, aquella ciudad que me asfixiaba. Cuando marqué su número de teléfono no era para disculparme por mi desaparición tan repentina, sino una llamada de socorro. Pasé noches enteras imaginando cómo comenzar una conversación con ella, mañanas mirando las olas golpear contra las rocas y cómo la resaca del mar aleja de la orilla a los bañistas en la playa. Quería volver, ser otra vez niños, volver al principio de nuestra amistad e iniciar nuevamente el juramento que nos hicimos cuando el futuro era tan incierto para los dos: amistad inquebrantable, pase lo que pase. Ella quería ser abogada, y lo consiguió; yo no sé qué quería ser y me convertí en ladrón. Ahora necesito su ayuda, quizás sea un egoísta o un ser sin escrúpulos, pero tengo que llamarla.

     
  • Atención médica

    Ricardo Saiz Gómez · MADRID 

    Me recomendaron los médicos dejar la abogacía pues el nivel de alcohol en mi sangre era tan elevado que confundía la realidad con la ficción, y tanto me asusté al sentirme instalado en el surrealismo de la continua resaca, que juré no volver a beber, y en principio, como soy plenamente consciente de que todo juramento supone un gran compromiso, cuando mi voluntad flaquea, marco el número del doctor Jonny Walker que desinteresadamente acude a mi llamada de socorro.

     
  • Un juicio equivocado

    Mª Carmen Gómez Mirumbrales · Vitoria 

    Salí del bufete para desconectar y me fui a correr por la playa. Mientras corro, no pienso y ese día, más que nunca, necesitaba lograr ese vacío en mi interior. La resaca había dejado un número incalculable de objetos esparcidos por la arena y yo los sorteaba ágil, sin perder el ritmo. Al principio no la oí, pero de repente y sin ningún esfuerzo, la llamada de socorro penetró en el limbo mental que había logrado. Lancé un juramento y busqué de dónde venía. A lo lejos, distinguí a una chica corriendo despavorida. La perseguía un grupo de gente. No entendía nada, pero parecía que necesitaba ayuda, así es que corrí hacia ella para auxiliarla. Cuando estaba a pocos metros, percibí algo que hasta ese momento no había visto: una gran cámara. Fue entonces cuando un energúmeno se interpuso entre ella y yo y mirándome furibundo gritó: ¡¡cooorteeen!!

     

     
  • Honestas Reflexiones

    Marta Modrego Alarcón · Zaragoza 

    El número 70 en su tarta de cumpleaños y la resaca de tan sólo dos copas de un fino, le recordaban que, aunque tratara de disimular entre sortijas las arrugas de sus manos y reiterara encontrarse en buen estado, los años ya iban pesando. La lejanía de las palabras pronunciadas en su juramento, le recordaban que, aunque tratara de retrasar la despedida, ésta era ya inevitable. Al principio, cuando comenzó a retirarse, la alegría le desbordaba. Tiempo para sus hijos, para sus nietos... y para su más fiel amor: la abogacía. Pero ahora... ahora que casi lo había perdido, se aferraba a él como una niña gritando socorro. “¿Y ahora qué?”-se preguntaba. Y ella misma se respondía: “ los árboles siguen creciendo aunque talen sus ramas, las mariposas siguen volando aunque se manchen sus alas, las montañas... ”

     

     
  • Hipocresia previa

    Ramiro Eduardo Rea Reyes · Jalisco, México 

    Número 113, calle Alamillo, me preparo para el insípido encuentro con mi cliente, no porque odie mi profesión pero los abogados no somos los seres más amados y me temo rondamos los primeros lugares del desprecio (excepto cuando ocupan socorro), solamente superados por los árbitros del fútbol, así que he decidido abandonar mi afabilidad de vendedor primerizo por una presentación helada pero lo suficientemente cordial para lubricar la conversación, no por una especie de juramento hipocrático sino por un mero principio de educación que todavía sale de mi acartonada imagen. Toco el timbre y luego de un momento detrás del portón surge una figura peculiar: parece que carga una resaca enorme, seguramente el infeliz chocó su auto, tuvo alguna rencilla con su esposa o no paga la pensión de sus hijos, que piltrafa de persona, desgraciado, infeliz, egoísta… -Buenos días -Buen día señor Reyes, soy su abogado, ¿puedo pasar?

     

     
  • En principio

    Calamanda Nevado Cerro · Puertollano (Ciudad Real) 

    En principio, el firme juramento que hice a Socorro, mi mujer, sobre las causas de mi resaca, detenida sin recursos… no evitó, el número que monté detrás de los muros de mi colegio de abogados, -durante los días de huelga-. En plena batalla, por impago de honorarios. Mi balneario, idéntica fachada y semejante estructura a la del colegio profesional, solo le quedaba a escasos metros. Aquella noche, bloqueado por los acontecimientos, cerré los ojos en su sauna panorámica, quise disfrutar del paraíso: del vapor de sus baños y de los vapores del coñac. En su piscina climatizada, seguí el método del vapor de hierbas, a cuarenta grados. El amanecer, matizado de niebla, y la imposible orientación que mi estado “cautelar” permitía, me llevaron a la calle ¡fatalidad! Atravesé puerta y despacho del colegio, donde nuestros representantes acordaban medidas; recrudecidas… En paños menores contuve una explicación, y la toalla que caía.

     

     
  • EL DIVORCIO

    ISABEL FERNÁNDEZ BURGOS · ALHAURíN EL GRANDE. MÁLAGA 

    Mi abogado sólo habla de números: el número de días que cada cual tiene a los niños, el número de euros que debo pedir al mes, el importe de su minuta... Los que me conocen de tiempo: “al principio siempre es duro, pero verás como en unos meses lo peor ha pasado”; “el tiempo pone a cada uno en su lugar”; “acabarás alegrándote de esto”. Los que me quieren intentan hacerme la vida más fácil y acuden silenciosos a mis gritos mudos de socorro. Mientras tanto, yo vivo inmersa en una resaca de recuerdos, noches en vela, ayunas e infusiones de tila. No es que rompiera el juramento lo que más duele. Duele sobre todo que lo hiciera por alguien que no le quiere.

     

     
  • El profesor de Derecho Romano y el sexo

    Iñigo de Aranzadi 

    Un profesor de Derecho romano era un erudito. Un día puso un examen y preguntó las causas que disminuyen la capacidad jurídica. Después del examen, ya en clase, un alumno levantó la mano y le inquirió al profesor que no le parecía que las preguntas que había hecho en el examen fueran en absoluto relevantes, que eran más bien nimias e intrascendentes, poco importantes. El profesor le contestó con una pregunta ¿a usted no le parece importante el sexo? Toda la clase echó a reír.

     
  • Tiempo Muerto

    Eduardo Machín Lucas · Barcelona 

    Doce horas habían pasado, todas ellas lentas y atenazantes, llenas de remordimientos. Pero al menos pasaba ya a disposición judicial, y la resaca era soportable. Su abogado de esta vez le parecía agradable; de sus palabras inducía que era leal y justo, que cumpliría su función como si de un sagrado juramento se tratara. El presunto delito era el de omisión del deber de socorro, y por antecedentes anteriores, su consejo era conformarse con la pena. En aquel momento pensó que cualquier abogado en esas circunstancias le hubiera aconsejado igual, y que sus simpatías no pasaban de ser una mera anécdota. Ya antes había confiado más con peores resultados. Este iba a ser su juicio número siete, y se propuso que quizá ya debería ser el último, dejar atrás sus pequeñas andanzas y tomarse esa situación como un nuevo principio. Ya estaba cansado, pero sin dinero ni futuro.

     
  • Papel mojado

    Ruth Fernández · Vitoria-Gasteiz 

    Socorro, se oyó gritar tras la puerta del despacho. El final era previsible, con semejante número de expedientes pendientes. Al asomarse lo vieron arrastrado por la resaca de papeles que dirigía el flujo hacia el principio de la espiral, en el centro de la habitación. Otro abogado ahogado: debió haberse tomado el juramento más en serio.

     
  • LA INQUILINA

    Pablo Vázquez Pérez · Majadahonda (Madrid) 

    Faltaban cinco minutos para las nueve, una hora extraña en la que recibir visitas. El timbre sonó de nuevo pero Irene ya no contaba el número de veces que había soportado ese sonido agudo y penetrante como su resaca, después de apurar una botella de chinchón la noche anterior. Trataba de recordar su situación desde el principio, cuando acudieron en su socorro los trabajadores sociales, o los asistentes, como ella los llamaba. Durante algunos meses la acompañaron para solicitar ayudas económicas y poder pagar así el alquiler. Todo marchaba bien hasta que la aconsejaron ingresar en una residencia para seguir percibiendo el dinero. Y pasó un año desde entonces. El timbre atronaba otra vez. Irene pensaba en el juramento de no abandonar jamás la casa, que le hizo a su difunto marido. Era la hora fijada para el lanzamiento y los agentes derribaban la puerta.

     
  • ABOGADO IMPERFECTO

    PABLO HERNANZ HERNANZ · MADRID 

    Madrugada. Estoy embrutecido por la resaca. Algo va a cumplirse. Lo presiento. Es el principio del fin. Raquel, junto a mí, en el lecho, se vuelve desnuda y me observa. Va a cumplir su juramento. Sus ojos radian un cansancio infinito. En este momento soy todo y nada para ella. La he defendido en el juicio, la sentencia ha sido favorable. Pero la he defraudado. No como abogado pero sí como persona. Soy un número más en su lista de desengaños. Adivino que su decisión está tomada. Me da un vuelco el corazón. Se marchará sin despedirse. Se sentirá abandonada. Engañada. Humillada. Sin dejar de mirarme busca en su bolso. Primero nerviosa, después con calma. Con resignación. Poco a poco saca una pistola. No deseo pedir socorro. Apunta a mis ojos. Y un trueno retumba en mi cabeza.

     
  • Sin retorno

    Gabriela Katz · Buenos Aires 

    ¡Culpable! El veredicto quebró la nebulosa de mis pensamientos, aletargados y embotados como por efecto de una resaca. El alegato del fiscal te había ido acorralando y mientras expulsaba impasible pruebas irrefutables del delito te miré… fue el principio del fin: una mueca socarrona, casi imperceptible, me hizo saber la verdad. Me invadió la náusea, el latigazo cruel de tu mentira. Por mi mente pasaron en vertiginosa sucesión tu juramento y mi credulidad, tu súplica y mi fe, tu mirada espantada gritando socorro, la espalda encorvada de mi padre, su caminar cansino hasta el penal, tu número de presidiario en el bolsillo a rayas. "Por nuestro padre, me habías dicho, te juro que no lo hice”. Mientras te esposaban di media vuelta y salí del Juzgado, oscura para siempre.

     

     
  • Años Después

    Victoria Trigo Bello · La Joyosa (Zaragoza) 

    Desde el principio del caos que se desató en el pueblo con el embarazo de aquella muchacha de diecisiete años, Gabriel mantuvo el juramento que hizo a su madre de que sería abogado. ¡Cuántos sacrificios para que ese chico listo que acudía al colegio lleno de zurcidos y rodilleras pudiera matricularse en la Facultad…! Fue en la resaca de una verbena cuando esa golfilla adolescente estuvo a punto de truncarle el porvenir. ¡Vaya usted a saber qué número le montarían en casa a Gabriel por haberse dejado engatusar por semejante fresca…! “Madre, terminaré la carrera de casado”. La señora Socorro se fue al otro mundo antes de que naciera esa criatura a la que Gabriel reconoció como hija, aunque cualquier mozo de la comarca podría haber sido el padre. Décadas después, alguien sorprendió a Gabriel mirando con ternura a un joven procurador.

     

     
  • PRESUNTO ABOGADO

    Fernando Ángel Lumbreras García · TOMARES - SEVILLA 

    El otrora exitoso letrado yacía sobre el sofá, con la gabardina puesta, mientras amanecía en las calles de su pequeña ciudad. Había sido abandonado por todos, sumido en la más dolorosa ruina moral y económica. Tendría otra humillante resaca esa mañana y recordaría el número que montó de madrugada, pero también el día de su juramento y los años “triunfantes” de ejercicio de la profesión hasta su expulsión del Colegio de Abogados, años en los que optó por el dinero como principio fundamental. Trabajaba rozando la ilegalidad, sin escrúpulos, ni miramientos. Cobró notoriedad inmediatamente y a la par se ganó la enemistad de sus compañeros, que ejercían dignamente. Tras caer en desgracia se hacía llamar “Presunto Abogado”. Estafado, víctima de las mismas fullerías que él manejara, nadie acudió en su socorro. Con la soledad como única perspectiva de futuro, sabía que recogería solo aquello que había sembrado.

     

     
  • El beso de María Tifoidea

    DAVID VILLAR CEMBELLíN · CASTRO URDIALES (CANTABRIA) 

    El beso tenía el sabor del cariño. Tenía el sabor de la nostalgia, del amor marchándose, de mil noches de añoranza. El beso poseía el color de ojos hidrópicos, del principio de lágrima que se llora cuando se dice adiós. Y la textura de de una mañana de resaca, la eternidad de ese segundo que, quizá, tal vez, ha dejado de ser un número para tornar en más que un segundo. El beso, su beso, tenía sabor a vino dulce. A pintalabios de fresa. A juramento sagrado. Y muy tenuemente —imperceptible si yo mismo no fuese su abogado y conociera perfectamente la metodología de María Tifoidea, como llamaban a esta asesina— el regusto amargo del veneno que amenazaba con convertirme en su octava víctima. Pero qué otra cosa hacer, su boca de fuego aguardaba. Apreté su cintura contra mí. Imbécil enamorado, maldito si tuve alguna intención de pedir socorro.

     

     
  • El viejo Abogado

    JUAN RAMON RODRIGUEZ DE LA MAYA · LAS ROZAS (MADRID) 

    Aún lo recuerdo acercándose pensativo bajo aquella toga sabia y gastada, sentándose luego junto a cualquier joven abogado que a las puertas de quizás su primer juicio, devoraba por igual los miedos que las dudas. -“Te daré un consejo… -Le decía de pronto y a medias voz- Al principio todo te asustará, cualquier cosa te parecerá un mundo y seguramente, serán muchas las veces que querrás salir corriendo a cualquier parte, pedir socorro y hasta te harás el juramento de cambiar de profesión…-El joven letrado tan solo asentía- Pero si en verdad quieres ser abogado, persevera, estudia cada asunto con la ilusión y el afán del primero, obviando siempre la resaca del triunfo o el fracaso, lo mismo da, y aunque para muchos solo seas un picapleitos, un número más, tú te sentirás abogado” Al instante, se levantaba, golpeaba cariñosamente el hombro del compañero y se marchaba.

     

     
  • Amnesia

    Míriam Losada Del Olmo 

    V

     
  • Palabra de honor

    Mar González Mena · Burgos 

    Se matriculó en Derecho por tradición familiar, pero desde el principio supo que aquello no era lo suyo. Cambió las clases por el mus en la cafetería de la facultad, las mujeres que se dejaban y las juergas con los amigos, no necesariamente en este orden. Cada mañana de resaca recordaba el juramento que le hizo a su padre y despertó muchos días gritando socorro ante la imagen amenazante del espíritu de su abuelo. Les dio su palabra de honor de vestir la toga con dignidad. Realmente pensó que nunca llegaría a complacerlos, pero el destino es caprichoso. Mientras se mira en el espejo, marca de memoria el número de casa y deja un mensaje en el contestador. - Hola. Soy yo. Esta tarde estrenamos "El abogado" en el Teatro Alcázar. Estáis invitados.

     
  • Humildad

    Francisco Sánchez López de Lerma · San Pedro del Pinatar (Murcia) 

    Nunca me dijeron que la humildad fuera uno de los Principios del Derecho, pero desde que presté juramento me lo han recordado a menudo. Conductores detenidos que confunden hasta su nombre en el estupor de la resaca, habituales clientes de Instituciones Penitenciarias que parecen saber de memoria el número de mi teléfono. Hasta inocentes de todo tipo y condición, extraviados en su propia ingenuidad. Acuden a mí en petición de socorro, aunque sólo sea en última instancia, cuando ya sólo queda suplicar amparo y encomendarse al azar del tiempo y a los laberintos de la razón. Aunque sólo nos sirva, a ellos y también a mí, para olvidar por unos instantes nuestra incomprensible soledad.

     
  • Un hombre de principios

    Maite García de Vicuña · Vitoria 

    Siempre he sido un hombre con férreos principios. A lo largo de mi dilatada carrera como jurista he conocido a hombres despreciables, mafiosos, ladrones y asesinos, pero también a muchos inocentes que pedían, angustiados, socorro. Hice un juramento y los defendí a todos ellos. Por mis manos pasaron casos increíbles: realidades que superan mil ficciones, sucesos dignos de ser la trama de alguna excelente novela. El día que gané mi caso número cien, me organizaron una gran fiesta en el Círculo de Bellas Artes. Tras la resaca del éxito, un importante editor me propuso escribir un libro que recogiera anécdotas y grandes hazañas de la jurisprudencia española, en formato autobiográfico. Hace más de veinte años que lo comencé; ya lo dije antes, soy un hombre de férreos principios, y no soporto los finales.

     
  • Entre tú y yo

    Nuria Rubio González · Madrid 

    Tómate esto, es mano de santo para la resaca. Bebiendo no solucionarás nada. El amor no se ahoga en un vaso de whisky; se desvanece con el paso del tiempo. Al principio, te sentirás morir y harás cosas estúpidas, como marcar su número de teléfono solo para escuchar su voz. Llegará una noche en la que te responderá entre risas otra persona. Una dolorosísima punzada en el corazón te advertirá de que el íntimo juramento de amor eterno tiene en realidad fecha de caducidad. Es lo que me sucedió a mí hace dos años cuando telefoneé al domicilio particular de nuestra querida magistrada doña Socorro Miracles y fuiste tú quien atendió la llamada.

     
  • El incidente

    Luis Javier Córdoba Herrera · Algeciras (Cádiz) 

    '-Cuénteme lo ocurrido desde el principio y recuerde que está usted bajo juramento. -Ssí, sseñor. Puess iba no a máss de ciento treinta cuando doss tiposs esscondidoss en la carretera aparecieron ssin previo avisso. Perdí de vissta al del ssilbato cu

     
  • Impertinente, por gatillazo

    Francisco Regalado Rojas · Valencia 

    Me había dicho, que nada le resultaba más difícil que ocultar toda la verdad, sobre todo al saber que declaraba bajo juramento. A Elena le costaba al principio, pero le había recomendado que para guardar la calma se pusiera a sumar cada número con el siguiente, y hacia la izquierda empezando por el 9, del reloj que estaba sobre la cabeza del Magistrado. Aún así, la notaba excesivamente tranquila, desafiante incluso con el interrogatorio del Fiscal. De pronto, y tras preguntarle éste cómo sabía que fue su vecina la que pidió socorro, le contestó: Fermín, ¿no te suena mi cara?; te quedaste profundamente dormido mientras hacíamos el amor en mi casa, pero yo no conciliaba el sueño y lo escuché todo, ¿o es que ya no te acuerdas nada más que de la resaca del día siguiente?

     

     
  • Quédese dormida

    Anabel del Valle Carmona · ébeda (Jaén) 

    Sabes hijo, ese último día del año tu padre y yo hicimos un juramento, a eso de las doce de la noche, cuando en principio tu llamada no llegaba, cuando tu coche quedó anclado en el kilómetro número 31. Tu flamante mujer quedaba dormida, a la espera de una llamada de socorro. A ti te faltaban fuerzas para seguir soñando con el futuro que juntos habíais planeado, ahora que vuestra vida era casi perfecta, ahora que la distancia entre vosotros había terminado… Ahora, ahora tu padre y yo nos sentimos agotados, de luchar en un mar inmenso de vistas y aplazamientos, de escuchar en la boca de ese que os quitó la vida que no estaba en su pleno juicio, que era fruto de la resaca de fin de año. Pedí a la Jueza que dictara la mejor sentencia, si bien antes pregunté si ella también era madre: “Quédese dormida”.

     

     
  • Congresos

    Elsa Ojeda Rubio · Bilbao (Vizcaya) 

    '- Socorro. La voz al otro lado del teléfono le despertó bruscamente. - Socorro. No supo que contestar. - Pero… La línea se cortó antes de que pudiera decir algo. Estranguló el juramento en las tripas, sacó un trozo de papel arrugado de la mesilla

     
  • EL TRIBUNAL DE LOS LOCOS

    MANUEL MORENO BELLOSILLO · MADRID 

    Al principio pensé que era una pesadilla… La borrachera del día anterior se había transformado por la mañana en una resaca insufrible. Cuando llegué a los juzgados el Tribunal de los Locos me estaba esperando y toda la Sala parecía expectante. Napoleón- el magistrado ponente del Tribunal- abrió la vista citando el número de procedimiento y tomándome juramento. «Se le acusa de estar cuerdo ¿Cómo se declara el acusado?», me preguntó Napoleón. «Inocente, señoría, o al menos no del todo culpable», contesté. «Su declaración es de una sensatez y cordura innegables, por la potestad que me ha sido conferida le condeno a la lucidez y pasar el resto de sus días en el mundo real», sentenció Napoleón golpeando su cabeza contra la mesa como si fuera un mazo. «Socorro, socorooooooooooooooooooo» traté de gritar, pero repentinamente había enmudecido y el grito se ahogó en mi boca eternamente.

     

     
  • Una desconocida en mi cama

    Annabel Navarro Cuevas · Cádiz 

    Tras apagar el despertador para ir al juzgado a defender a mi cliente, giré la cabeza hacia mi izquierda para descubrir a una mujer desconocida para mí. Antes de salir de allí gritando “¡Socorro!”, decidí que lo más sentado era averiguar a quien correspondían aquellos rizos. Me levanté sin hacer ruido y opté por buscar el número de teléfono de mi amigo Juan, con la esperanza de que llenara las lagunas formadas por aquella horrible resaca. Juan insistía en que había abandonado la fiesta solo y, considerando que tenía como principio no martirizar a amigos resacosos, di como cierta su versión de los hechos. Advertí que la mujer se había movido, dejando al descubierto su rostro; y sentado a los pies de mi cama, me pregunté (con el juramento de no volver a beber) cómo explicaría haber dormido con la juez que instruía el caso.

     

     
  • S.O.S.

    José Miguel Fernández Acarregui · Madrid 

    Se que no debería llamarte ahora, pero es una situación desesperada. No quiero montar un número, sólo pedirte una ayuda que nunca te di ni te devolveré. Lo malo no son las resacas cotidianas ni todos los juramentos vanos, que tan bien conoces. Lo malo tampoco es que trate de justificarme diciendo que la tentación fue más fuerte que yo, que primero sólo era mi oficio defenderlos, que luego las drogas me dieron dinero, que luego se lo llevaron, y luego robaron ya mi voluntad. Si te llamo, es porque algún día tuve principios, tú me conociste entonces, y quiero recordar ese tiempo. Porque lo peor es perder toda esperanza. Y porque anoche, cuando ya lo había decidido todo, de repente tuve una segunda oportunidad al escuchar el click de mi pistola encasquillada. Socorro.

     
  • PAPEL MOJADO

    PEDRO Dí–AZ NAVIDAD · Baeza (Jaén) 

    Al principio fue como si hubiese caído en un gran agujero. La resaca de la noche anterior le había dejado fuera de combate, y, al mirar el pasado, era como si contemplase la vida de otra manera distinta, más dura y terrible, como si todo su cuerpo se disgregase en un número de partículas espirituales. Igual que cuando un soldado presta juramento de fidelidad a la bandera, y luego, en el combate, entrega fácilmente sus armas al vencedor, sin pedir siquiera socorro. Había perdido su primer juicio y no pudo soportarlo. Aquella noche se refugió en el alcohol. Desde que comenzó en la abogacía, había sentido aquella prisa imperiosa por vencer, aquel deseo infatigable, ese apetito insaciable de triunfo que ahora veía frustrado, tirado en mitad de la calle, en un charco abyecto de agua inmunda, con los papeles de la sentencia y el traje impecable de Armani mojados.

     
  • Desconocida

    Pilar Gil Guijarro · Madrid 

    La resaca arrojó a la orilla los restos de una dama ya desfigurada por las aguas. En el faro se decía que nadie pidió socorro durante las últimas madrugadas. Al principio, en una aldea tan pequeña, sin alcalde, sin cuartel y sin parroquia, se acudió al abogado del pueblo. Un caballerete sin suerte, a saber por qué culpas allí desterrado, pero amable, taciturno, parecía siempre a la espera, quizá preso de uno de esos juramentos que se dicen eternos. Era más pobre que el maestro de escuela, más célibe que un cura y en su materia estaba más verde que un número de la benemérita. Tuvo tiempo de echarse la capa al hombro y un código al bolsillo, pero cuando llegó junto al cuerpo, cayó de rodillas, desfallecido, mientras llamaba por su nombre a la desdichada.

     
  • POR FAVOR, ¡UNA DE CHISMES!

    Maribel Ramírez Guzmán · Sant Andreu de la Barca (Barcelona) 

    Por Socorro, la abogada laboralista del despacho de abogados de Ramiro y Asociados, pasaban todos los rumores de la oficina. Era guapa, trabajadora y eficiente. Tan solo, entre expediente y expediente, se dedicaba a la práctica del cotilleo. El nivel de conocimientos alcanzaba niveles sin parangón, ¡ni las revistas del corazón! Ese día había podido incluir tres nuevos chismes en su lista de novedades: El penalista estaba... ¡de resaca con su secretario! El becario ¿D.J. los fines de semana? (Increíble pero cierto). Y por último el socio, liado con una modelo rusa al margen de su matrimonio. Todas las informaciones anteriores eran ciertas y confirmadas en diferentes fuentes. ¿Y cuáles eran sus secretos? Éstos, al igual que en un juramento, eran los mejor guardados. Su principio número uno era averiguar los secretos de los demás pero nunca revelar los suyos propios.

     
  • Atrapado en el cinco

    Margarita Agueras Moreno · Valencia 

    Me obsesiona el número cinco. A lo largo de mi vida me ha perseguido como un asesino a su victima. Al principio creía que se trataba de una casualidad, después me dí cuenta de que algo extraño pasaba. Por cinco décimas no pude entrar en la facultad de derecho, por tomar cinco copas me quitaron el permiso de conducir, en otra ocasión, cuando grité, “socorro” al quedarme atrapado en un ascensor, nadie me oyó hasta que lo grité cinco veces. Me siento atrapado en el cinco. Un día, mi suerte cambio y entré en la facultad, acabé mi carrera con cinco matriculas de honor y cuando defendí a mi cliente número cinco, gané el juicio con juramento asertorio incluido. Al día siguiente bebí tanto que la resaca me duró otros cinco días y así fueron sucediéndome anécdotas siempre alrededor del número cinco, pero ahora alternativamente.

     

     
  • GUARDAR LAS FORMAS

    ESTEBAN TORRES SAGRA · ÚBEDA (JAÉN) 

    V

     
  • LA ENTREVISTA

    JOSE VICENTE PEREZ BRIS · BILBAO 

    Era el quinto bufete que recorría buscando empleo. A mayor número de entrevistas, las condiciones ofrecidas descendían escandalosamente. La aspirante, una joven entre las primeras cincuenta de su promoción, se esforzó por fajarse con su oponente, evitando parecer una desempleada pidiendo socorro. El socio entrevistador no pesaría más de cincuenta kilos. De cuello largo y huesudo, parecía el reclamo del racionamiento. Su traje había conocido tiempos mejores. Actualmente parecía de alpaca a juzgar por los brillos. Mientras ensalzaba con voz clueca el juramento deontológico, la joven notaba en la nariz un cosquilleo acre, como a rancio, recordándole a su compañera de universidad los lunes de resaca. Deseando zanjar aquella esperpéntica prueba, preguntó por la retribución económica del puesto. El flacucho fingió sobresaltarse e invocó el principio “Sol Lucet Elaboras”, máxima de la firma, retándola con la mirada. La muchacha replicó; en mi pueblo decimos: “los puercos, mejor en la pocilga”.

     

     
  • En caso de duda, absolver

    Gemma Laborda Sanabhuja · Alella- Barcelona 

    “In dubio proveo”. Desde el principio me agarré a esa frase. Desmonté al fiscal sembrando la duda a cada una de sus pruebas. Aunque solo fuera una posibilidad contra noventa y nueve, a mi me bastaba. Las testigos temblaron como hojas ante mis preguntas inesperadas y cuando las hice titubear, les recordé el juramento que acababan de hacer, para ponerlas más nerviosas. Evidentemente, gané el juicio. Se siguió por todas las televisiones. El famoso violador estaba libre. Me convertí en la abogada de moda, y mi cliente y mis ayudantes me convencieron para salir a celebrarlo. Acabo de despertarme, con el cuerpo dolorido y la cara tumefacta. Siento resaca a pesar de que tomé una limonada. Sólo recuerdo oscuridad, no sé qué me ha pasado. Marco el número de urgencias, para pedir socorro, pero sólo atino a decir, entre sollozos: “In dubio proveo”.

     

     
  • Crash

    MARIA MARTINEZ BARCALA · VILAGARCíA DE AROUSA - PONTEVEDRA 

    ¡CRASH! “¡Menudo golpe!. ¡Un abogado! ¡Tengo derecho!¿Habría heridos?”. Los pensamientos se agolpaban en mi cerebro sin tregua. Tenía que pensar con la mente fría, la sangre corría… Al principio trataba de recordar el número del letrado. Había bebido bastante y me costó... Después pensé en los servicios de socorro, mi memoria se negaba a funcionar anegada por el alcohol. Finalmente conseguí recuperarlo de la enmarañada madeja de mis recuerdos. Mi protector se personó rápidamente en la escena. Cuando vió el choque que le había descrito no pudo contener la carcajada, y no era para menos…sentado en el triciclo de mi pequeño, había impactado con la mesa, y derramado un bote de salsa de tomate. ¡Qué abochornante!. Mi abogado recogió los restos del desaguisado. ¡Qué paciencia tiene conmigo! Al día siguiente cuando aún estaba bajo los efectos de la resaca, hice un juramento nunca volveré a… conducir el triciclo