La confesión

Ana María García Iglesias · Lisboa 

Antes de que marcara el número la maté. Al principio me resultaba simpática, pero después comenzó a sonreírme cada vez que salía del despacho. Quizá sea porque siempre he detestado a las mujeres que se llaman Socorro, pero el caso es que llegó un momento en el que ya no conseguía soportarla. Cuando tocaba suavemente a la puerta y preguntaba: «¿puedo entrar, Señor Juez?», siempre elegante, servicial, con la sonrisa en la boca, dispuesta a cumplir el más mínimo de mis caprichos, sentía una punzada en la sien, un dolor de resaca que me recorría la cabeza. Tuve que matarla, no me quedó otro remedio. (Espero que este cura de mierda no rompa el juramento que ha hecho, sino también me veré obligado a matarlo.)

 

 

 

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