LA ENTREVISTA

JOSE VICENTE PEREZ BRIS · BILBAO 

Era el quinto bufete que recorría buscando empleo. A mayor número de entrevistas, las condiciones ofrecidas descendían escandalosamente. La aspirante, una joven entre las primeras cincuenta de su promoción, se esforzó por fajarse con su oponente, evitando parecer una desempleada pidiendo socorro. El socio entrevistador no pesaría más de cincuenta kilos. De cuello largo y huesudo, parecía el reclamo del racionamiento. Su traje había conocido tiempos mejores. Actualmente parecía de alpaca a juzgar por los brillos. Mientras ensalzaba con voz clueca el juramento deontológico, la joven notaba en la nariz un cosquilleo acre, como a rancio, recordándole a su compañera de universidad los lunes de resaca. Deseando zanjar aquella esperpéntica prueba, preguntó por la retribución económica del puesto. El flacucho fingió sobresaltarse e invocó el principio “Sol Lucet Elaboras”, máxima de la firma, retándola con la mirada. La muchacha replicó; en mi pueblo decimos: “los puercos, mejor en la pocilga”.

 

 

 

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