Principio

Jorge Alejandro Suárez Rangel · Ciudad de México 

Con la resaca de casi tres años, sin haber tenido siquiera un simulacro de juicio, respondió al número con que era llamado a la reja, deseando que entre los barrotes llegara al fin el socorro tanta veces invocado contra las paredes sordas de su abandono. Otros cuarenta minutos de burocracia precedieron el momento en que el abogado de oficio se dirigió a él. -¿Cómo se declara? Ignacio, el acusado, quería decir INOCENTE, igual que dicen todos los que habitan la cárcel, pero la libertad de poder escoger sus palabras, esa última libertad, lo tentó. -Yo no sé porque me tienen aquí encerrado; no lo conozco a usted ni le he hecho ningún daño. ¿Por qué me está acusando? El abogado de oficio se enderezó en su lugar, mirándolo por primera vez, respondió como quien defiende un juramento; como si se tratara de un principio ético. -Porque ese es mi trabajo.

 

 

 

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