AFICIí N PELIGROSA

JUAN MANUEL RUIZ DE ERENCHUN ASTORGA · BARCELONA 

Al principio fue sólo un juego; luego se convirtió en una práctica demasiado enraizada. Y eso que tras cada resaca me hacía el firme juramento de no volver a caer. Pero el vicio podía más que su amor por mí. Cuando Pedro bebía varias copas, montaba el número, y haciéndose pasar por juez realizaba inspecciones sorpresas en el bar en el que se encontrara, destapando redes de traficantes de drogas, receptadores o proxenetas. Entonces llamaba a la policía y se esfumaba antes de que pudieran identificarlo. Llegó a ser el azote del hampa. Yo le advertía que por loable que fuera el resultado, estaba cometiendo un grave delito de usurpación. Cuando le detuvieron, de nada me sirvió ser la mejor abogada de la ciudad: tres años de prisión en régimen común. No tardó en aparecer colgado en su celda sin socorro alguno. En el trullo no tenía amigos precisamente.

 

 

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