Rendición

Luis Calvo Costa · Shanghai 

Nunca supo en qué momento había traspasado la línea. Al principio, con aquel trabajo en la fiscalía sólo pretendía llenar el tiempo que exámenes y resacas le dejaban durante la universidad. La administración no era lo suyo. Él quería ser abogado laboralista, luchar por la libertad y los derechos. “Cambiaremos el mundo”, le había prometido a Socorro mirándola a los ojos. Eso era más fuerte que cualquier juramento. Más fuerte y, sin embargo, no lo suficiente. Con los años abandonó las reuniones clandestinas y empezó a aceptar puestos de responsabilidad en el régimen. “Es otra forma de cambiar el mundo”, se justificaba entre sus antiguos compañeros. Todos habían claudicado. Sólo Socorro seguía al pie del cañón. Cuando la detuvieron por sedición con un pequeño número de rebeldes, él mismo firmó la pena capital. No sólo había que dar ejemplo, era la única forma de dejar de soñar con esos ojos.

 

 

 

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