El beso de María Tifoidea

DAVID VILLAR CEMBELLíN · CASTRO URDIALES (CANTABRIA) 

El beso tenía el sabor del cariño. Tenía el sabor de la nostalgia, del amor marchándose, de mil noches de añoranza. El beso poseía el color de ojos hidrópicos, del principio de lágrima que se llora cuando se dice adiós. Y la textura de de una mañana de resaca, la eternidad de ese segundo que, quizá, tal vez, ha dejado de ser un número para tornar en más que un segundo. El beso, su beso, tenía sabor a vino dulce. A pintalabios de fresa. A juramento sagrado. Y muy tenuemente —imperceptible si yo mismo no fuese su abogado y conociera perfectamente la metodología de María Tifoidea, como llamaban a esta asesina— el regusto amargo del veneno que amenazaba con convertirme en su octava víctima. Pero qué otra cosa hacer, su boca de fuego aguardaba. Apreté su cintura contra mí. Imbécil enamorado, maldito si tuve alguna intención de pedir socorro.

 

 

 

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