Tiempo Muerto

Eduardo Machín Lucas · Barcelona 

Doce horas habían pasado, todas ellas lentas y atenazantes, llenas de remordimientos. Pero al menos pasaba ya a disposición judicial, y la resaca era soportable. Su abogado de esta vez le parecía agradable; de sus palabras inducía que era leal y justo, que cumpliría su función como si de un sagrado juramento se tratara. El presunto delito era el de omisión del deber de socorro, y por antecedentes anteriores, su consejo era conformarse con la pena. En aquel momento pensó que cualquier abogado en esas circunstancias le hubiera aconsejado igual, y que sus simpatías no pasaban de ser una mera anécdota. Ya antes había confiado más con peores resultados. Este iba a ser su juicio número siete, y se propuso que quizá ya debería ser el último, dejar atrás sus pequeñas andanzas y tomarse esa situación como un nuevo principio. Ya estaba cansado, pero sin dinero ni futuro.

 

 

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