La ley de la confianza

Sandra Ester Franzen · SANTA FE - ARGENTINA 

«Derribará la puerta en cualquier momento», pensó. Le temblaban las manos, un poco por la resaca y mucho por el miedo. “Si entra, me mata”. Anoche había tomado unas copas con sus amigos. El monstruo se había enterado. Ya no eran nada, pero la hostigaba, la creía su propiedad. «Hacemos la denuncia», te puedo ayudar, le repetía su abogado. Un principio que había sostenido desde su juramento: ayudar. ¿Porqué creerle?. Metió la mano en la cartera y revolvió: un pintalabios, monedas, sus gafas de sol, con las que ocultaba los golpes. Volcó el contenido en el piso. Nada. La puerta temblaba ¿¡Dónde anoté su número de teléfono!?. Debía llamarlo, tenía que confiar. ¡Socorro!. La puerta cayó. Era la policía. Se llevaban al monstruo esposado. Detrás su abogado, le sonreía. La había ayudado. Ese hombre íntegro y la ley, estaban de su lado.

 

 

 

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