III Concurso de Microrrelatos sobre Abogados

Ganador del Mes

Ilustración: Juan Hervás

Mandarina

Fernando Vicente Galve · Calatayud (Zaragoza) 

Los habituales del juzgado le llamábamos mandarina; siempre andaba comiendo alguna y el zumo le caía en una corbata barata que apenas le llegaba al ombligo. Parecía omnipresente; encontrabas su enorme ser bamboleando como una campana en cualquier pasillo o apoyado en una columna mientras revolvía en los papeles mal guardados de su abultado cartapacio. Era nuestro entretenimiento favorito entre las vistas: cada vez que nos lo encontrábamos, alguno le preguntaba por un vencimiento o la pena impuesta a sus defendidos. Mandarina dudaba un instante, buscaba una columna donde sostenerse y se ponía a rebuscar entre sus papeles. Nos alejábamos entre risas. Un día ya no lo vi. Por otro letrado supe que lo habían encontrado muerto, una mañana, al pie de una columna. -¿Y qué pasó con su cartapacio?- pregunté, sin querer. Perplejo, contestó: -¿Sabes? Solo había hojas en blanco.

 

Relatos seleccionados

  • Mi vida en un minuto

    Fernando Lanzón Martínez 

    Fin de año?tiempo de mirar hacia atrás, tiempo en el que uno mismo está dispuesto a concederse un descanso, siquiera el tiempo que dura el tañer de una campana, para permitirse un paseo por la melancolía y bordear el camino de un difuso y doloroso sentimiento de pena por cualquier tiempo pasado. Mientras termino una mandarina con la mente alejada del vencimiento que desde hace días me atormenta, recuerdo con nostalgia el día en el que la conocí, hace ya tantos años?Y hoy contemplo con cierto orgullo cómo ella sigue siendo la columna sobre la que descansa mi vida, y con pánico cómo su pérdida puede hacer que se derrumbe toda ella, que me derrumbe yo. Ha sido generosa conmigo, diría incluso que demasiado, y hasta hoy ha tolerado todas las ingratitudes de mi profesión. Terminaré este suplico y me acercaré a ella para agradecérselo...Otra vez.

     
  • Ruleta

    Javier Mariscal Crevoisier · Lima (Perú) 

    El acusado vocifera, gesticula: se desespera. La defensa pela una mandarina. El juez bosteza. El público, adormecido, tira sus apuestas sobre la muerte que será impuesta, sin pasión, sin prisas. En el fondo suenan las campanas de la obertura 1812. Un enorme Dalí corona la bóveda del juzgado, un lánguido reloj se derrite en lo alto de una columna. Soy el fiscal. No hay más sorpresas que las que ofrece la ruleta. Las formas de morir son escasas: veneno en parches, horca, ultrasonido letal. Esta época es absurda. Nadie quiere recordar, pero todos temen. Todos sabemos que al nacer nos expiden la fecha de vencimiento. Nos señalan el día de la muerte. De nada valen, entonces, estos juicios: pero hay, siempre, quien tiene ínfulas de revolucionario, y quiere rompernos el status quo en la cabeza. Se terminó el tiempo de alocución del acusado. Y yo giro la ruleta.

     
  • PROCURADORES DE MARTE

    Manuel Moreno Bellosillo · Madrid 

    Vino en su nave espacial en forma de campana. Descendió con su maletín por una columna de luz hasta la tierra. De tipo humanoide, bajito, cabezón y de color naranja brillante como una mandarina, no difería mucho de la imagen popular de los marcianos. Traía una demanda escrita en su extraño idioma, con traducción jurada y con vencimiento en veinte días marcianos, siendo los martes inhábiles a efectos del cómputo. Reclamaban la subsanación de los daños y perjuicios sufridos en su planeta por el choque de unas sondas lanzadas desde la tierra, en virtud del artículo 1910 de su Código Civil. Notificó la demanda y se marchó en su nave espacial. Era el primer contacto de la tierra con una raza alienígena, sobrepuestos de la fascinación y el asombro, cundió el desaliento, la pena y el estupor: tenían procuradores, abogados, juicios¡€™sin duda se trataba de una raza hostil.

     
  • Emplazamiento

    Jose Antonio Delgado Jiménez · San Fernando (Cádiz) 

    Un vencimiento es un vencimiento. Llegado este instante siempre experimento la misma presión y rigidez en la columna vertebral que he sufrido durante más de veinticinco años de ejercicio profesional al aproximarse las últimas horas y minutos del plazo legal señalado. Siento la necesidad de acabar bien mi trabajo para eludir o aminorar la pena solicitada y seguir así aumentando mi trabajado prestigio profesional. En unos instantes comenzará a sonar el repique de cada campana del vetusto reloj de la plaza, anunciando el tránsito del viejo al nuevo año. Y una vez más lo he conseguido en plazo: he terminado a tiempo ese delicioso y acreditado sorbete de mandarina y cava con el que he demostrado ante familiares y amigos, durante muchas Nocheviejas, mi bien ganada fama de experto gourmet.

     
  • Pecado original

    Mayte Campos Anglés · Blanes (Girona) 

    –El recurso ha sido desestimado. Hemos agotado todas las posibilidades de conmutar la pena. –Lo sabía. En mis sueños ya había oído el tañido de las campanas. Tocan a difuntos. Repican y repican dentro de mi cabeza; todavía puedo oírlas –dijo mientras pelaba una mandarina. Cuando la partió, uno de los gajos reventó y ella quedó ensimismada observando cómo el líquido recorría sus dedos; en su rostro se dibujó una tenue sonrisa–. En esta vida todo tiene un propósito. –Ahora su rostro reflejaba pasividad y vencimiento–. Creo que como abogado has hecho bien tu trabajo. Cerró los ojos, sacó su rosada lengua y siguió el rastro del jugo. Una minúscula gota ácida quedó suspendida en su labio inferior, como una lágrima, y sentí que una corriente eléctrica recorría mi columna vertebral. Tuve la extraña sensación de que estaba lamiendo su muerte.

     
  • Fruta prohibida

    Agustín de las Heras Martínez · Madrid 

    Once letras, dos, verticales, cumplimiento del plazo de una obligación. Es fácil, vencimiento. Siete letras, cuatro, horizontales, soporte de una sección transversal. A ver, sí… columna. Me gusta hacer, entre vista y vista, un crucigrama en el parque frente al juzgado. Aunque hoy va a ser una pena no terminarlo. Me estoy poniendo malo con esa chica sentada en el banco. Está preciosa con ese escote mientras come una mandarina. Le he intentado sonreír varias veces pero no ha querido encontrar mi mirada. Me ignora. La campana del reloj de la torre ha dado menos cuarto. En punto tengo una vista. Me levanto deprisa a la vez que ella. Me observa. Le guiño un ojo y me devuelve una mirada con mal genio. Creo que lo he estropeado. Entro en la sala con mi cliente. Se abre la puerta y aparece el juez. ¡Dios mío! La chica de la mandarina.

     
  • Abogado defensor

    María Serrano Álvarez · Arganda del Rey (Madrid) 

    Sentado ante mi mesa abarrotada de papeles pensaba en cómo elaborar la mejor defensa posible antes del vencimiento del plazo. Un asesinato es difícil de justificar. Pero contaba con documentación suficiente para probar que la víctima, además de corrupto, era un sicario de guante blanco. La pena para el homicida sería mínima. Mientras redactaba, noté la mirada penetrante de mi jefe y aquel olor a mandarina que tanto me desagradaba: - ¿Qué hace, Gutiérrez? El miedo me invadió una vez más. Miré mis manos llenas de pequeñas cicatrices, finas columnas rojas causadas por mis propias uñas. - ¡Venga ahora mismo a mi despacho! Esperé a que la campana del Ayuntamiento anunciara el mediodía para levantarme y coger el cuchillo que escondía en el cajón. Entré en su despacho y cerré con sigilo la puerta. La noticia se extendería con rapidez, afortunadamente ya tenía preparada mi defensa.

     
  • KARMA PRENATAL

    Miguel Ángel Gayo Sánchez · Sevilla 

    Mi madre piensa que la depresión durante su embarazo contaminó al hijo que llevaba dentro. “Te engendré soso e insípido”, asegura. ¡Razón no le falta! Ya en la guardería me ensimismaba con el vuelo de una mosca; de la Secundaria apenas guardo recuerdos y nadie se acuerda de mí; por la Facultad de Derecho pasé sin pena ni gloria, como el que escucha campanas y no sabe dónde. La mediocridad me acompañó en mi etapa profesional: empleado servil para los jefes del Despacho, quinta columna para mis compañeros. ¡Pero me he propuesto romper el karma! Tan sólo el vencimiento de la melancolía sacará a la china mandarina que llevo dentro. ¡Y aquí estoy!, disfrazado con bata de seda, maquillado con pintura de arroz y dispuesto a dar placer. “China sumisa, eso sí,”, les aviso a mis rudos clientes. Y es que los karmas prenatales se vencen poco a poco.

     
  • Ergenekon

    María Fernández Piñeiro · Cádiz 

    Cuando bajó del autobús, sus ojos verdes sonrieron al encontrarle. El juez iba llamando de uno en uno a los acusados. Oyó su nombre y graduación. Avanzó resuelto, declaró sus ingresos mensuales y tomó asiento. El fiscal formuló los cargos contra él y las penas correspondientes. Llamaron al siguiente. Volvió a verla entre las columnas del templo,con aquel vestido blanco que tanto le gustaba. Le miraba con su amor inmenso, un amor que no entendía de plazos ni de vencimientos. Besaba de nuevo sus labios, con aquel delicado sabor a mandarina. La sentía tan cerca y tan suya, que nada a su alrededor importaba. Salieron de la sala abrumados por la incertidumbre. Las llamadas de los muecines se mezclaban con una campana lejana. Y allí estaba ella, esperándole, siempre.

     
  • Paradoja

    Jose Luis de Miguel Gómez · Madrid 

    Cierra el despacho. Baja aceleradamente las escaleras hasta la calle. Ha terminado un escrito con vencimiento y le es imposible sacar mas jugo de aquel fruto seco que es ahora su atrofiado cerebro, máxime desde que salio del ministerio y volvió al ejercicio profesional. Entra al bar. Saluda cortesmente, pero nadie le responde. Ocupa su rincón junto a la columna pegada a la barra. Suena la campana que anuncia la última oportunidad. Pide gintonic con piel de mandarina. No es un pub ingles ni el aviso de última consumición. Es Madrid a las once de la noche del 1 de enero de 2011. Queda una hora de placer legal y el abogado saca su habano, lo prepara, lo enciende y aspira ansioso mientras piensa con pena: "les redacté la Ley y a cambio me cesaron como ministro". Y contempla el humo que mañana prohibirá su norma.

     
  • PESADILLA DE ECCE HOMO

    Juan Carlos Monterde García · BADAJOZ 

    Aquella noche el Letrado no podía conciliar el sueño. Amarrado a la columna, tal Ecce Homo, sufría las vejaciones de los carceleros. Desde la sala contigua percibió que el Juez agitaba la campana, y después imaginó que lo arrastraban en silencio al patio de ejecuciones. Estaba débil, pues solo comió una mandarina en los últimos días. Había sido condenado a pena de garrote por un delito que decía no haber cometido. Barruntando su futuro, buscó desesperadamente entonces al mejor Abogado de Madrid. Casi sin tiempo, éste había movido -infructuosamente- hilos en la capital, antes de consumarse el vencimiento del plazo para recurrir la sentencia.

    Pero la misma pesadilla asomaba a su mente una y otra vez. Estaba oscuro, y la nebulosa le cegaba por completo. A medianoche, presenció aterrado en el callejón raimundiano el espectro de su esposa, suplicándole retornar al Edén dorado de su juventud.

     
  • Ego te absolvo

    Jose Vicente Pérez Bris · Bilbao 

    La campana de la abadía cesó su tañido. El plazo otorgado por el abad llegaba a su vencimiento. Como abogado de la Santa Inquisición, estaba obligado a participar en el Oficio. Me vestí rápidamente, sintiendo un escalofrío entre las heladas piedras de la celda. Hasta allí llegaba el ligero aroma de las mandarinas, listas para cosechar en el cercano huerto. Con la pena anegando mi ánimo, recorrí las diversas naves hasta llegar al refectorio. Ya al aproximarme escuché la estentórea voz del delegado papal gritando al reo presuntas herejías. Con una mano posada en el picaporte, un grito desgarrador hizo que trastabillara apoyándome en una columna. El pecador empezaba a purgar sus pecados. Di dos golpes en la madera entrando. Un simple vistazo hizo que la nausea se agolpara en la garganta, al contemplar al convicto. -Veis, letrado-dijo el orondo juez-. Vuestro hijo tarda menos en colaborar que vos.

     
  • Malabares

    Alexánder López Goirigolzarri · Bilbao 

    Daniel, el abogado con más talento de la ciudad, ganó su primer juicio a los doce años. Acusado de jugar con los alimentos por la implacable cuidadora del comedor, que pedía al director una pena de un mes de recreo a la sombra de alguna de las columnas del patio, Daniel expuso que, aunque la fruta no viniese con fecha de vencimiento, era evidente que aquellas mandarinas estaban más que caducadas, así que lejos de estropearlas con su espectáculo de malabares, se había limitado a aprovecharlas de algún modo, a volverlas utilizables, en definitiva, a reciclarlas… ¿Y acaso es delito reciclar, señor director? Y el director, un tipo que, bajo la seriedad de su traje, aún escondía algo de hippie con pantalones de campana, no pudo evitar sonreír y declarar inocente al chiquillo ante la indignación de la cuidadora.

     
  • Mi mejor entrenador

    Miguel Armengot Gómez · Valencia 

    Mi abogado, sentado en primera fila, anotaba escrupulosamente cada golpe recibido: “crochet de izquierda que impacta en la nariz, jab que enlaza con gancho al mentón”. Al sonar la campana se acercó –ánimo, es tu momento, tú sigue así que cada pena tiene su vencimiento- me pareció entender. Prosiguió el combate, y mi abogado no dejaba de anotar: “directo de izquierda al ojo”. Otra vez la campana. Quiero hablar con mi entrenador –insistí al abogado. No te despistes-, me contestó –ofrécele tu columna que tengo la historia casi lista. Campana. “Directo a los riñones, crochet de derecha al ojo”, proseguía mi abogado. El entrenador había tirado la toalla, pero allí mandaba mi abogado. –Mi cliente no se rinde, aunque su ojo parezca una mandarina putrefacta llegaremos al final del asunto. Y, efectivamente, llegamos, fallecí y mi abogado, avezado matrimonialista, publicó su primera novela. Por fin fui leyenda del ring.

     
  • Último Belén quemado

    Mayte González-Mozos · Toledo 

    Terminó su guardia de 24 horas. No importaba; desde antes de estudiar Derecho sentía ese amor a la Justicia, tan sólido como una columna y que transmitió a su hijo. Y con el cansancio en el cuerpo y en la cabeza la querella admitida en su juzgado, interpuesta con anterioridad al vencimiento del plazo, se fue a la Plaza Mayor. Para comprarle a su nieta, la pirómana de pelo color mandarina, un Belén de plástico –es una pena, total para lo que le va a durar- pensó. Duró hasta el día 6. Cuando sus padres acudieron desde el bufete, como alarmados por campanas. Encontraron a la niña junto a un amasijo derretido con los ojos desencajados, observaba un corazoncito, que no supo de qué material, ni a cual figura correspondía. Y pronunció cual futura magistrada: decirle al yayo que el próximo año me lo puede comprar de madera.

     
  • 20-nov-75

    Alejandro Mateos Rodrigo · Argamasilla de Alba (Ciudad Real) 

    El nuevo replicar de las campanas anunciaba la llegada de mi hora. Sabía perfectamente cómo encontraría colocadas las manecillas de mi reloj, pero aún así, no pude resistir la tentación de mirarlas. Mis ojos me mostraron lo que nunca querían haber visto: no había dudas, había llegado el fatídico vencimiento de mi pena de muerte. Escupí el gajo de la agria mandarina, concedida con sorna como mi última voluntad, justo antes de que su ácido reaccionase explosivamente en mi ya deteriorado estómago. Aún así, me encaminé entre fríos sudores a la antesala del infierno. Cuando pasé entre las columnas que daban acceso al patio, me quedé mirando las siniestras marcas del agujereado paredón. Qué triste que esa tenga que ser la última imagen que vean mis ojos… Cuando estaban terminando de vendarme la cara, escuché desde el fondo del pasillo “Liberen al abogado. Franco ha muerto”

     
  • De mayor

    Gabriel Javier Serra Vallespir 

    Cualquier niño desea ser de mayor astronauta, médico, maquinista para tocar la campana de la locomotora, esas cosas. Nunca abogado. Una pena. No obstante, a causa de las mandarinas, yo fui la excepción. Mi abuela me obligaba a comer cinco por día. Creía que eran la base de una buena salud. Terminé por odiarlas, y sin embargo acabaron siendo la columna vertebral de mi futuro: me convirtieron en un hábil negociador, un buscador de argumentos para evitar ingerirlas. Me hicieron adquirir conciencia de los derechos del niño, los civiles y los humanos. Las mandarinas me orientaron hacia la abogacía. Mucho después descubrí, irónicamente, su similitud con los pleitos: hay que pelarlos con cuidado para no estropearlos, eliminar los pipos que encuentras por el camino en forma de fiscales y masticar lentamente el juicio para que aproveche. Mi abuela, cuya vida llegó hace tiempo a su vencimiento, tenía razón. Gracias.

     
  • Gelatina de pasión

    Eva Sánchez Muñoz · Talavera de la Reina 

    Nada hacia presagiar que precisamente hoy,cuando se celebraba el juicio que más columnas periodísticas había ocupado en la última década, el Fiscal de Hierro quedara absolutamente bloqueado,enmudecido. Por tercera vez el presidente de la Sala hizo sonar la campana despertándole así de su estado catatónico, mientras que el abogado de la defensa ya saboreaba un inesperado vencimiento. Sudoroso volvió a consultar el expediente, no halló ni rastro de las pruebas,ni rastro de las anotaciones de su alegato final,ni rastro de la pena a solicitar;en su lugar,por triplicado,la receta de su plato favorito Gelatina de Pasión con Mouse de Mandarina y una nota manuscrita:" me cansé de ser tu postre, baby". Entonces,al ver salir a su ayudante con la portentosa elegancia y la fría gestualidad que otorga la venganza,lo comprendió todo.

     
  • Queridos Reyes Magos

    Bruno Nieto Pacios · Villaverde de la Abadía (León) 

    Queridos reyes magos, ante el vencimiento del plazo de entrega de los regalos solicitados y la no comparecencia, por su parte, el día y en el lugar señalados, me veo obligado a enviarles esta nueva carta e instarles para un nuevo depósito de los regalos que creo sinceramente merecidos; asimismo y en nombre de mi familia también les animo a enviarnos la blusa color mandarina para mi madre, los pantalones campana para mi hermana y la columna de agua que mi abuela tanto ansiaba y que tampoco han recibido. Espero que en un plazo razonable mi petición sea satisfecha, en caso contrario, será el juez quién les vuelva a escribir y les aseguro que la pena para estos casos es notable. Si no tienen abogado, se les asignará uno de oficio. Sin otro particular, Feliz Navidad!

     
  • DE JUZGADO DE GUARDIA

    JOAQUIN COMINS TELLO · ALZIRA 

    Puso punto y final a la columna preparada para la edición de la revista JURISTAS, con la que colabora habitualmente, mientras daba cuenta al último jugoso gajo de una mandarina que solía comer entre horas. Ella lo esperaba en la cama, como tantas otras noches, pero él no podía olvidar el término para apelar una sentencia que condenaba a su mejor cliente a la pena de tres años de prisión por un delito urbanístico. Llevaba dándole vueltas al tema y el plazo finalizaba al día siguiente. La tensión acumulada durante tantos meses no le dejaba ver con claridad y no lograba una argumentación válida para sus alegaciones. Justo en el momento en que las campanas del reloj del Ateneo, le anunciaban que el día había acabado, pudo oír: Cariño, ¡¨vas a venir pronto?. Su estremecida entrepierna le auguró que el recurso se presentaría en el Juzgado de Guardia.

     
  • Eficaz maltrato

    Enrique ¡µlvarez Martín · Sevilla 

    Un vencimiento inaplazable me hizo salir aquella fría mañana. En la Alameda, al pie de la columna de Hércules, un difuso dolor en el vientre me hizo caer desvanecido. Sólo conservaba el sentido del oído, por lo que percibí la estridente sirena de la ambulancia. Ahora me conducen en un ataúd hacia el cementerio. Constato que he muerto, pero he recuperado totalmente mi consciencia.Puedo oír el tañido de las campanas de la iglesia, que doblan por mi agonía. Tras el furgón, ella caminaba fingiendo su pena. Se casó conmigo al reclamo de un anuncio que puse en la prensa.Hacía días que le anuncié mi propósito de divorciarme. Mientras me descendían al fondo de la fosa, comprendí el por qué del sabor extraño de la mandarina que me dio a comer.

     
  • Gratitud

    Álvaro Medina de Toro · Béjar (Salamanca) 

    No fue fácil: una piscina en suelo rústico protegido es ilegal, incluso si es para que dos niños, tras ser atropellados por un borracho, hagan hidroterapia. Su padre, pastor de cabras, no tenía ninguna otra propiedad. Su pena no fue bastante argumento. Las columnas destrozadas de los hijos tampoco. Había que demostrar que la necesidad nunca es ilegal. Luego llegaron los insultos, las denuncias, los morbosos testigos, mentiras poderosas frente a delgadas verdades, los jueces ensimismados, el impudor del silencio… la perplejidad de la justicia. A veces daban ganas de tocar una campana para despertarlos a todos. Los otros vencimientos se atendían a duras penas… La sentencia fue justa. Al final del invierno sonó el timbre de la puerta. En la penumbra, un hombre viejo ofrece al abogado un cabrito vivo. No fue fácil decir no. En una silla de ruedas un niño come una mandarina y sonríe.

     
  • Humo y carmín

    Luis Miguel Helguera San José · Valladolid 

    "Tengo la sensación de que usted y yo ya nos conocemos". Apagó el cigarrillo contra una columna de los juzgados mientras me echaba el humo en los ojos. Abrió su bolso y me entregó una fotografía sepia de una vieja Kodak Motormatic. Por detrás, una breve dedicatoria. Una felicitación. Una firma. Portofino 1976. Sonreí, vive Dios que sonreí. Las campanas de San Salvatore daban las doce con más pena que gloria. "… Acabáramos… ¿cuánto quiere?". Su abogado comenzó a pelar una mandarina mientras me examinaba por encima de las gafas. "No se ofenda; el problema no es cuánto sino, diríamos… esa fecha de vencimiento… y conducir todo este asunto con discreción, naturalmente. Es conveniente, entre caballeros…". Lo interrumpí de un puñetazo en el mentón. Rompí en pedazos la fotografía y los tiré sobre su cara. "Si me disculpan". Luego pedí un taxi al aeropuerto, mientras ella se encendía otro Sobranie.

     
  • El atracador

    Cecilia Rodríguez Bové · La Eliana (Valencia) 

    La campana de la iglesia presagia que llega mi momento. Parapetado tras la columna permanezco inmóvil repasando cada detalle: factor sorpresa, disfraz, no coches, no luna, no luces… Hoy me estrenaré como atracador… Aunque realmente soy solo un capricho de la reencarnación. Antes fui un abogado, pero mi vida de recursos, vencimientos, penas y apelaciones, acabó la tarde que sufrí un infarto fulminante. Ahora he vuelto e irónicamente, tendré que aprender a sobrevivir de esta manera… Estoy solo y muy nervioso. Oigo pasos. Mi primera víctima se acerca. Contengo la respiración y espero… espero… y ¡zas!. Salto y la sorprendo. La chica reacciona lanzándome una mandarina directamente a la cara. “¡Imbécil!”, grita mientras corro asustado. Una vez a salvo, me pregunto qué ha fallado y repaso de nuevo los detalles… La próxima vez no iré de Caperucita a la Plaza Mayor y mejor esperaré a que sea de noche...

     
  • ANTES DE LAS TRES

    ANA MORENO CIERCOLES · BARCELONA 

    Martes, y no había acabado aquel maldito recurso, siempre tenía algún vencimiento más urgente. Llamé a Ramiro, mi procurador, y le comenté que presentaríamos el escrito mañana, en la guardia, antes de las tres. Sonó mi móvil, era del colegio de Jaime, habían suspendido sus clases, y debía pasar a recogerle. Me fui corriendo, siempre se queja de que soy la última en llegar. Salí del parking a toda velocidad, con la mala suerte de rozar el coche con una columna. Cuando llegué estaban sonando las campanas de la iglesia, las tres en punto, pero me dio pena, ya no quedaba ningún niño, a excepción de él, con la única compañía de una mandarina entre sus manos. Entró en el coche, me disculpé, pero su cara denotaba enfado. En ese momento me di cuenta, de que, el único regalo que pediría estas navidades sería, “llegar antes de las tres”.

     
  • Abogados: de lo malo, lo mejor

    Francisco José Culebras Sanabria · Badajoz 

    Día de vencimiento, día de gracia. Lunes temprano. Busqué las musas durante el fin de semana pero no han llegado. Todo se estrecha mientras conduzco al bufete, dejé atrás un beso y una mandarina por desayuno. El cliente enredado en un asunto turbio con sanción definitiva y yo hurgando en el despacho en Recursos que algún día sirvieron para aliviar la pena inmerecidamente impuesta. Suena la campana en la Iglesia, avanza el día a su medio y el combate parece terminar. No me rindo, me resisto y me pruebo. Eureka, error encontrado, Sentencia no muy bien trabajada, conclusión basada en prueba mal valorada. Otra cosa será que el argumento prospere. La impresora termina. Firma puesta. Corro. Llueve. Entre las columnas del Palacio de Justicia con la Procuradora he quedado. Son las tres menos cinco. Vuelvo a casa, Alejandro en "mate" sacó un diez y yo como siempre llegué tarde a comer.

     
  • La Justicia por su mano

    Clara Estrada Merayo · Zaragoza 

    Tañía la campana al son de una melodía desangelada, presagio del infortunio. En la papelera, la piel de una mandarina, restos de su última cena; y en la mesa, los apuntes del caso que se traía entre manos, subrayada en rojo la fecha del vencimiento del plazo para contestar a la demanda. El rostro desencajado y el agujero de la bala entre ceja y ceja. El cliente se apoyó en la columna, tratando de asimilar los hechos. No sintió pena, ni siquiera se arrepintió. Respiró hondo, abandonó el edificio y se sintió aliviado por haberse tomado la justicia por su mano.

     
  • Navidad

    Ana María Martín González · Las Palmas de Gran Canaria 

    Hoy es el vencimiento. Como juez tengo que firmar el desahucio de una pobre familia engañada por unos desaprensivos. Siempre lo mismo, con tal de vender fuerzan a firmar a pobres ingenuos sin dejarles leer la letra pequeña. Daba pena ver aquel matrimonio con niños que pasarían la Navidad en la calle. En la foto del periódico eran la viva imagen de la desesperación. Llegué a los Juzgados, el reloj de la columna del fondo marcaba las doce, faltaba una hora. Esperaba un milagro para no firmar aquel desahucio. Cuando entré en la Sala me fijé en el matrimonio. Ella llevaba un discreto traje con un broche en forma de campana; la niña un gorrito color mandarina, el padre con el niño en brazos. El abogado defensor hizo una brillante defensa presentando un recurso que fue aceptado. Brincaban de alegría mientras se oía el tintineo de una campana.

     
  • Conciliación profesio-familiar femenina

    JACKELINE FLORES MARTIN · ALCALA DE GUADAIRA (SEVILLA) 

    El tintineo de una campana le hizo mirar el reloj: hora de su fruta matinal; hoy tocaba una regordeta y esponjosa mandarina. Se detuvo y rebuscó en aquel voluminoso maletín, donde convivían de forma armoniosa desde documentos judiciales hasta las estampitas de los superhéroes o futboleros de la temporada, pasando por el chupete olvidado del bebé. Al tiempo, el pitido del teléfono móvil, le avisaba de disponer de cuarenta y cinco minutos para realizar satisfactoriamente unas tareas. En tiempo y forma, presentar aquel anuncio de apelación cuyo vencimiento era inminente, pero tan poco esperanzador como la sentencia que impugnaba. Luego, equipar con su correspondiente disfraz de piel de borreguito al pastorcito que esperaba impaciente junto a la columna del Portal de Belén navideño del colegio. Por último, las gestiones tendentes a hacer oficial las peticiones a los Reyes Magos. Todo, so pena de ser tachada como madre poco diligente.

     
  • Como cada mañana

    Juan Carlos Colás Ruiz de Azagra · Zaragoza 

    Mientras observo, como cada mañana, la agenda de vencimientos, Luisito tiene a bien espachurrar, con sus diminutos deditos, tres gajos de mandarina sobre mi recien planchada toga. Trucos caseros, un cachete y dos besos. Alguien aporrea con energía la campana del ascensor. "Otra vez colgado" bocifera con insistencia doña Concha. Once pisos hasta el sótano menos dos, buen ejercicio para los glúteos. Y ahí está, la columna de siempre, pero esta vez no, tres suaves maniobras y obstáculo superado. La miro con desprecio y cierto aire de superioridad. Llego al trabajo. Mi exmarido y socio del bufete me saluda con un cariñoso "das pena". Le devuelvo el saludo con el dedo corazón. Cierro la puerta. Mi despacho, mi espacio. Me siento poderosa.

     
  • Mi papá

    Joan Iglesias Magrané · Hospitalet de Llobregat (Barcelona) 

    Bueenas Fieestas; soy un niño y me llamo Aurelio, y soy muy bueno, me porto requetebién. Por eso me han mandado que adorne el árbol, de Navidad, del recibidor. Mi papá que es también muy bueno no está aquí; no señor, no va a ayudarme a poner las guirnaldas ni la campana, no señor. El año pasado me ayudó. Mi papá es un abogado muy famoso con mucho trabajo, de verdad. Sus clientes son alcaldes y ministros, de muchos sitios. Me ayudó a poner las bolas al arbolito, esas grandes y pesadas como mandarinas, qué tostón. Yo le ayudo a él también. Envié al Juzgado aquel papel. El que hablaba de aquello del vencimiento… o del planeamiento, de Marbella, sí señor. Luego salió aquel titular, a cuatro columnas: “Abogado prevaricador”. Y por eso mi papá no está ahora aquí, para poner la estreella. Oh qué pena, sí señor.

     
  • séver lA

    MARIA DOLORES RUBIO DE MEDINA · SEVILLA 

    La solterona compañera de habitación me reclama unos euros para el televisor –“¡No tengo suelto, niña, y echan por quién doblan las campanas!”-. El traumatólogo mira y remira a contraluz la radiografía de mi columna y resopla: “Hummm”. Patino y ruedo escaleras abajo al pisar una mandarina. A la vecina se le rompen las bolsas del supermercado y la compra se dispersa por el descansillo del cuarto. Cierro la puerta acristalada donde leo en inverso: “Esther Peñas, abogado”. Descuelgo el abrigo del perchero. Me levanto de un bote al recordar que olvidé darle curso a ese vencimiento...“Doctor –susurro con pena-, ¿por qué desde que estoy inmovilizada en este hospital rememoro mi vida del revés?”

     
  • Cosas de niños

    Mar Soler Esplugues · Castellón de la Plana 

    Estaba leyendo el periódico distraído, con la mente puesta en el vencimiento del plazo de la demanda, maldito pleito, cuando escuchó: “Papá , ¿ quién ganaría en una pelea, los Reyes Magos o Papá Noël?” La inocente pregunta fue formulada en la cocina , mientras la campana de la iglesia cercana anunciaba que ya era hora de la merienda. “Mmmm , pues no sé hijo , supongo que los Reyes Magos , que son tres.” Apartó la vista de la columna del dominical, una sarta de sandeces sobre el estado de alarma, y le dio un par de mandarinas. “¿ Y en un juicio?” Suspiró con resignación, y decidió que ya estaba bien de cuentos : “ Tal y como están las cosas cariño , es una pena , pero tres inmigrantes de Oriente Medio sin papeles lo tienen bastante crudo , la verdad…”

     
  • LA PENA

    Angel Silvelo Gabriel · MADRID 

    Las campanas vuelan por el aire, y su sonido se convierte en tu recuerdo. Los ecos de mi memoria van hacia ti como mi sombra se abalanza sobre las columnas de los soportales camino del Juzgado. En la soledad que me acompaña, mientras atravieso la ciudad con tu corazón envuelto en papel de plata, las voces se escriben y las letras ya no se oyen. Lucho contra el vencimiento de mi derrota, pero sólo encuentro cartas que no existen y mensajes que no se leen. Sí, la distancia entre nosotros fue dinamitada, y ahora los colores nos delatan, yo soy el rojo y tú el mandarina. Cómo le explico ahora mi pena a la jueza, cuando ayer le prometí que hoy ya te habría abandonado. Cómo le digo que mientras llego a su despacho, sólo pienso en mi dulce abogada defensora, cuando anoche me preguntaste ¿a qué saben los deseos?

     
  • Cazando a Santa

    Amaia Maialen Serrano Uría · Bilbao 

    Gabriel no podía dormir. Tenía los ojos muy abiertos, atento a cualquier movimiento o sonido. La trampa estaba preparada. Sobre la mesa de la sala, como cebo, una mandarina y dos manzanas. Hubiese preferido utilizar galletas, pero no las alcanzaba y tuvo que conformarse con la fruta. Como alarma, había atado un hilo con una pequeña campana, entre la puerta y la columna. Por fin, sonó el tintineo. Se levantó y corrió, para pillar in fraganti a Santa Claus. Sólo era papá, que volvía del despacho. Se había quedado trabajando en una demanda porque tenía un vencimiento próximo, le había explicado mamá. Desilusionado, volvió a la cama, sin dirigir la palabra a su padre, que parecía preocuparse más por sus clientes que por él. Su padre miró con pena a Gabriel. Se estaba perdiendo su infancia y su navidad, y aún así, sólo podía pensar en su próximo juicio.

     
  • Fin de año

    Celia Martínez Parra 

    La nutrida familia, con las uvas preparadas, esperaba impaciente frente al televisor que la campana del reloj de la Puerta del Sol oficializara el vencimiento del 2010. Tío Anselmo, el recalcitrante solterón, fue hasta la cocina, tomó una mandarina, la peló, separó sus gajos sobre un platillo y se reunió con el resto del grupo. Nadie sabia que este ritual, desde hacia sesenta años, se lo dedicaba a la enigmática mujer con la que despidió 1950. En aquella inolvidable guardia del turno de oficio, a falta de uvas, compartieron una mandarina y algo más, escondidos tras una columna en la desvencijada comisaría de Ventas. Aquella ladrona le robo el corazón. Mientras saborea el zumo dulzón, la pena le invade al constatar que la maldita enfermedad de nombre impronunciable, ya ha logrado arrebatarle lo que más quería; el nombre y la cara de su único amor.

     
  • Un cuento chino

    Julio Genissel Mandelbaum · Buenos Aires (Argentina) 

    Las campanas del templo tañeron siete veces, la señal estaba dada. Li Wang, agorera adiestrada en el arte de leer arrugas, había hallado la fecha final, la del vencimiento de la vida. Raras asociaciones de pecas y frunces en la columna, definían en cada cuerpo la hora de su muerte. El emperador exultante la premió con el cargo de mandarina. Pero luego, la angustia se apoderó de los habitantes de la antigua China, la certeza de la finitud era incompatible con la existencia. Se la enjuició, y fiscales y defensores debatieron con tal excelencia que dicen que los más profundos razonamientos sobre la vida y la muerte se escucharon allí. Pero el juicio jamás terminó, el emperador ordenó la pena de muerte para la agorera, la quema de todo escrito sobre el tema, y por razones de estado, la desaparición de todos los testigos y abogados.

     
  • JORNALEROS CON TOGA

    JACINTO GARCIA SANCHIS · ALBERIC (VALENCIA) 

    Tuvo que apoyarse en la columna. Dejó a su hijo en el colegio cuando empezaba a sonar la campana. Milagrosamente llegó a tiempo a la Audiencia previa de las nueve. Si bien es cierto, el vencimiento del aval, mi cliente no fue requerido de modo fehaciente. Tras cruzar a grandes zancadas el edificio, alcanzó al fiscal, y luego dio cuenta al Cliente. Conformidad con la pena en el siguiente juicio. Las once y veinte. Nada en cuatro semanas y hoy tres señalamientos. Tenía tiempo para un café con la procuradora. Prueba el pastel, le dijo. Eran las doce cuando sintió un intenso dolor abdominal. Y lo peor era la amenaza de las flatulencias. Pero su intolerancia a la lactosa, o la gripe, cepa austrohungara, no podían impedirle exponer con toda su convicción y su ciencia, aquello que poca gente estaba dispuesta a defender. Señoría, la mandarina no es una naranja.

     
  • Tiembla

    Elisa García García · Burgos 

    Me hubiera cargado a aquel abogado que, mintiendo para defender a su cliente, tiró por tierra y sin escrúpulos mi reputación y se quedo tan ancho. Yo acababa de licenciarme, era muy joven. Salí de la sala lleno de rabia y pena pero traté de olvidarle. Me dediqué a aprender y ser un gran médico, incluso llegue a ser jefe de la UVI. Una mañana, mientras sonaban las campanas de la catedral, volví a verle postrado en una cama de mi unidad junto a una columna; una auxiliar trataba de darle gajo a gajo una mandarina ¡Lo que son las cosas!Sentí que había llegado la hora del vencimiento de aquella deuda que nunca pensé cobrar pero que ahora la vida me servia en bandeja de plata. Cuando le cogí la mano y apreté con fuerza el gotero, abrió los ojos desmesuradamente “Mírame y recuerda”,le dije. Empezó a temblar.

     
  • La visita de la tarde

    Carolina Martos Otero · Las Rozas (Madrid) 

    V

     
  • Coincidencias

    Daniel Sánchez Bonet · Castellón de la Plana 

    MANDARINA69: ¿hay alguien? MANDARINA69: Soy jugosa y dulce y acabo de llegar a la ciudad como recién caída de un árbol. COLUMNAFÁLICA: Vaya, ¡Qué coincidencia! Ahora mismo estaba yo buscando a alguien que pudiera calmar mi pena y de paso… ¿por qué, no?... sacarle brillo a mi colum… MANDARINA69: mmmmm… ¡no sigas! estoy deseando hacerlo. Cuando suene la campana de la catedral te quiero ver allí. Llevo un vestido muy cortito de color naranja ¡Me verás! COLUMNAFÁLICA: Voy para allá ¡Corriendo! ¡No hay tiempo que perder! MANDARINA69: Yo no lo perdería. Pues sí, señora Ramírez, dijo el abogado leyendo el papel. Creo que está prueba de infidelidad será concluyente, pero eso sí, démonos prisa en actuar –sonrieron ambos- que mañana termina el vencimiento para poder presentar nuevas alegaciones. Meses después, abogado y clienta quedaron en la misma puerta de la catedral. La ocasión lo merecía. Había que saborear la victoria.

     
  • Animal de costumbres

    José Miguel Perlado Villafruela · Madrid 

    Cuando llegó la fecha del vencimiento no pudo hacer frente al pago de la deuda, el banco le demandó y pidió para él pena de cárcel, sin que su abogado pudiera conseguir la menor rebaja. Los años en prisión se le hicieron interminables, las rutinas del lugar difíciles de soportar: las largas columnas de presos camino del campo de trabajo; el rancho carcelario en bandeja metálica, con dos mandarinas de postre, fuera o no temporada; el sonido metálico de la campana de la torre cada vez que un afortunado obtenía la libertad,… Aquella pesadilla continuó al salir de la cárcel: incapaz de guardar una cola, era siempre el primero o el último en entrar en el cine; dejó de comer cítricos, aunque el médico le recordaba preocupado su falta de vitamina C, y no podía evitar una sonrisa bobalicona cuando la campana de una iglesia repicaba, aunque fuese a muerto.

     
  • EL PENAL

    JOAQUIN VALLS ARNAU · Barcelona 

    Todas las noches del año, a las diez en punto el alcaide hace sonar la campana del patio, llamándonos a formar en columna de seis para realizar el recuento. Cuando es último día de mes, dicho tañido es el que señala el vencimiento de los préstamos. Quienes cumplen pena en este rincón del mundo y han contraído deudas conmigo durante el mes anterior, saben que si llegado ese momento no me han devuelto todavía el principal más los debidos intereses, lo más probable es que en breve los encuentren en cualquier rincón con una pinza en la nariz, las manos atadas a la espalda y una pera o una mandarina –según la época- metida dentro de la boca y tapada ésta con cinta adhesiva. Aquí la justicia no la administran jueces, fiscales, abogados o policías. Aquí dentro, como es bien conocido por todos, quien manda soy yo.

     
  • Cosas de mujeres

    Silvia Vicedo Ramón · Alcoy (Alicante) 

    Me llamo Daniela y alguien dice que soy perfecta. Me asignan casos que los abogados no toleran y que yo resuelvo sin el menor atisbo de pena. Debo de tener algún sensor implantado inmune a las sensaciones humanas, que me permite desalojar de sus hogares a personas que no cumplen con los vencimientos de hipoteca.Alguien dice también, que las columnas del juzgado tiemblan cada vez que me sirvo de todas las argucias legales para despellejar a mi adversario con implacabilidad neutra.Pero hace días que noto golpes de campana en mi cabeza.El médico diagnostica migrañas. Pero Alguien explica que lo resolverá con unos ajustes en mi sofisticado sistema de software. Llega la navidad y con ella, aroma a mandarinas recién peladas. Para Alguien, todo consiste en una mala conexión de componentes. "Detesto con toda la electricidad de mi cuerpo ser humanoide?, pienso con mi cara llena de agua?

     
  • Haciendo zumo

    Alejandra Joanes Martínez · Benifaió (Valencia) 

    El vencimiento del juicio no le había quitado la sonrisa. Se había excedido en la pena y lo sabía. El, desde hacía un segundo, culpable, gritaba lindezas sobre él y su madre. No le importaba. Ahí estaba él, seguro de sí mismo y jodidamente guapo. Me habían pedido una columna a favor del ya oficialmente culpable de corrupción y de la subjetividad del juez, pero yo sabía que era imposible que mi pluma no delatase que cada vez que le veía, en mi interior, sonaban campanas de boda. Mis amigas me reprochaban que no le dijese nada y que saliera con el alguacil de turno. Pero para ello, siempre tuve una respuesta: -Mientras espero a mi media naranja, voy comiendo mandarinas.

     
  • ¡Feliz Navidad!

    Fernando Gayo Sánchez · Hoyo de Manzanares (Madrid) 

    Era la noche de Navidad Sr. Juez, lo demás, ya lo habrá leído en mi informe. Siempre he creído en la magia, y cuando sonó la campana del reloj, eran las doce. Una pena y un deseo eran mi equipaje y la columna que sostendría la nueva vida que proyectaba. En el salón, la rama de pino con filigranas aguardaba que el milagro se produjera; brotarían luces de colores y mandarinas jugosas preñadas con gajos de sorpresas. El timbre sonó como un avispero de esperanza. Abrí la puerta y allí estaba él: rojo, barbudo y gordinflón con un sobre en la mano. La emoción no me dejó respirar y desplegué la carta como si de una capa se tratara:¡€™Vencimiento de la hipoteca...?, fue lo único que pudo escuchar mi colega del bufete antes de que lo empujara escaleras abajo.

     
  • RECUERDOS DEL PASADO

    ARMANDO RODERA BLASCO · MADRID 

    Tras diez años de cárcel Mario sufría una depresión no tratada, lejos todavía del vencimiento de su condena. La pena le embargaba, arrasando sin piedad los atisbos de cordura que le quedaban, camino del abismo insondable del suicidio. Consiguió hablar con el bufete y enviaron a su mejor experta en vistas para la condicional. La joven abogada se presentó en la sala de visitas, muy elegante con su traje chaqueta gris marengo. Se sentaron a dialogar entre dos vigilantes hieráticos, rígidos como columnas. Un instante después Mario descompuso su rostro, quizás alertado por el inaudible sonido de una campana interior que le avisaba del desastre, y abandonó la estancia. La abogada le miró extrañada, sin sospechar que las reminiscencias de mandarina de su perfume habían abierto la caja de Pandora. Mario odiaba profundamente ese olor y sólo entonces comprendió el porqué de la muerte de su esposa.

     
  • FELIZ NAVIDAD, LETRADO

    MARIA DEL LLUCH PERIS FERRERO · ALZIRA (Valencia) 

    ¡Campana sobre campana, y sobre campana una…!, cantaba Juan cuando llegaba a casa. Había salido del Despacho a las seis de la tarde, a pesar de la notificación de una sentencia que imponía una pena importante a uno de sus siniestros parroquianos. Tenía que darle tiempo de pasar por la floristería donde tenía encargada una Poinsettia para el centro de mesa de la Cena de Noche Buena. María habría preparado el menú. Muy tradicional: sopa cubierta, pavo trufado y de postre una sabrosa tarta de chocolate con mermelada de mandarina. Merlot para regar la carne y un PX para los dulces navideños del café. Al abrir la puerta del zaguán, una sombra con forma de desairado cliente escondida tras la columna entregó a Juan su regalo de Navidad. El brillo del filo se tiñó del fulgor de su sangre, mientras escuchaba: “¡A ver si olvidas ahora otro vencimiento!”

     
  • La venganza

    Ramón Vigil Fernández 

    Era jueves. Aquel lunes había sido el vencimiento del plazo para presentar las alegaciones que hubiesen absuelto a su cliente. En su sillón favorito, mientras tomaba otro trago de aquel whisky tan caro, recordaba como había abierto su maletín en la oficina de registro y cómo se había dejado olvidado en su interior aquel escrito que ahora ardía en su chimenea. Un descuido pensarán ustedes. Él, sin embargo, recordaba como un día, al sonar la campana del recreo, se acercó tembloroso y avergonzado a aquella niña que le gustaba. Iba a decirle que la quería cuando un objeto salió volando desde detrás de una columna e impactó en su cara. Todos rieron y él huyó humillado. Ahora, se imaginaba a aquella mano que le lanzó la mandarina aferrándose a los barrotes de la cárcel. Una pena pensaba él. Y nuevamente estalló en una sonora y diabólica carcajada.

     
  • Cambio de tercio

    Eva María Cardona Guasch · Ibiza 

    Vi por televisión mareas de gente atrapada en los aeropuertos sin poder despegar. Indignación, rabia, cansancio y pena se amontonaban en columnas infinitas. Un plante de los controladores aéreos provocó el caos. Aquello fue el “ding” del toque de campana que alertaba del cercano vencimiento de mis días como abogado. Fue mi bufete el que formuló la demanda colectiva en nombre de miles de afectados. Estudié personalmente el caso de muchos clientes. Reclamaban la devolución de sus gastos, el resarcimiento por daños morales. ¿Compensación a sus decepciones o venganza? ¿Podía hacer algo más por ellos? “Dang”, sonó en mi cabeza.“Lo dejo. Voy a ser controlador. Quiero hacer despegar aviones rumbo a la China mandarina, al Congo bailongo, al Polo cocobolo. Quiero hacer feliz a la gente; no les fallaré”, dije a mi socio. Me contestó: “¡Bandido! Lo que quieres es ganar más pasta...” “Touché”.

     
  • Unicidad

    José Agustín Navarro Martínez · Alicante 

    Suena la campana. Entra algún cliente mientras repaso la columna del inventario. Rápidamente termino de ordenar las milhojas y embolso las últimas mandarinas. “¿Qué se le ofrece, doña Amparo? El cobro de un efecto impagado al vencimiento… Algún conflicto urbanístico... Sepa que esta semana tenemos la tramitación de testamentarías a mitad de precio. Ah, ya recuerdo. Viene por su escritura. Tome. Y el libro de vampiros que nos encargó. Por cierto, ¿por qué no se lleva una muñeca hinchable para su marido? Merece la pena. Látex de primera calidad. En fin, quizá la próxima vez. Dé recuerdos. Y abríguese, que este tiempo no es normal.” Miro el reloj. A lo lejos se escuchan los primeros compases de Clavelitos. Llamo a mis hermanos, descorcho las botellas, saco los canapés. Sí, amable lector, parece mentira, pero hoy hace 50 años que mi abuelo fundó este típico bufete-frutería-pastelería-biblioteca-sexshop.

     
  • POR MUCHO MENOS

    José Aristóbulo Ramírez Barrero · Bogotá, Colombia 

    « ¿No era acaso hoy el alegato sobre el indicio de un calcetín de tortuga mojado por la lluvia?». «Eso fue el mes antepasado, su señoría». « ¡Diantres!, esta cabeza mía... ¿De qué se trata ahora?». «De una columna que antes del vencimiento de los términos, antes de que sonara la campana, aplastó sin pena ni gloria una mandarina». «Ejem… Aunque me tilden de parcializado y superficial, así no más, la declaro inocente». «El mes pasado condenó a cadena perpetua a un puente nublado y a una calabaza por mucho menos». «Eso fue el mes pasado, amigo. Tenga presente que es navidad y esa bendita época siempre me ablanda y me enternece».

     
  • La fama

    Irma Miranda Betancor · Las Palmas de Gran Canaria 

    Fui hallada junto a un cadáver desdentado con las huellas dactilares quemadas. Su mujer le reconoció como su marido desaparecido. Por mi condición de Letrada, yo dirigí mi propia defensa. La adrenalina ascendía por mi columna como un escalofrío. Estaba dispuesta a todo para convertirme en una abogada famosa. En la última sesión, di un golpe de efecto. El desaparecido compareció sano y salvo y mi perito dictaminó la causa natural de la muerte de aquel cuerpo que volvía a ser anónimo. Me absolvieron de la pena. La prensa se interesó por mí, tanto que se descubrió el montaje. Ingresé en prisión con el encargado del mortuorio y la mujer que simuló la desaparición de su marido. Ahora no me angustian los vencimientos, sino la campana de la hora de chaparme en mi celda con mandarinas de la cena. He vendido los derechos de mi biografía. La fama, al fin.

     
  • La mandarina

    Sonsoles González Romera · Plasencia (Cáceres) 

    Era nuestro aniversario: diez años ya desde que aceptamos, los dos, firmar un contrato sin fecha de vencimiento. Decidí tomarme el día libre y, por sorpresa, llevarle unas pocas flores y todo mi amor. La vi salir, arreglada, vestida para celebrar. A buscarme, creí. La seguí, curioso e ilusionado en un principio, desconcertado más tarde. Llegó hasta un cenador en un parque algo apartado, apoyó la espalda en una columna y sacó del bolso una mandarina redonda, rugosa y con mucho zumo, que se comió con gusto. Sin necesidad de verle a él, supe que me estaba engañando. Cumpliré mi pena, señor juez, pero ella no debió mentirme. Siempre juntos, llevando codo con codo ese pequeño negocio que heredé de mi padre. Hace unas semanas, ella dejó de trabajar alegando una enfermedad que le impedía acercarse a la tienda. "Frutas la campana", se llama. Alergia a los cítricos, dijo.

     
  • Western

    David Villar Cembellín · Castro Urdiales (Cantabria) 

    Es un día triste, el Juez ha muerto. La columna de almas dolientes acompaña el féretro. De fondo, una campana tañe tristemente, dibujando una pátina de duelo y pena sobre la estampa. Es un día triste, el Juez ha muerto. Las ruedas de la carreta se arrastran moribundas sobre las piedras del camino. El día se desgaja como una mandarina, arrebolándose en tonos anaranjados. Es un día triste, el Juez ha muerto. Niños iracundos lloran con rabia de hombres, hombres justos gimotean como plañideras. No hay justicia sobre los collados de Whylems Creek. Es un día triste, el Juez ha muerto. Toda vida tiene un vencimiento. Y la de aquel Juez que mantuvo su integridad e intentó hacer de este abrevadero un lugar mejor, tocó a su fin esta tarde. Nunca tuvo una oportunidad, por eso es un día triste. Porque el Juez ha muerto. La Esperanza ha muerto.

     
  • SENSIBILIDAD EXTREMA

    RICARDO ¡µLAMO GONZ¡µLEZ · C¡µDIZ 

    A veces, mi hermana gemela y yo intercambiamos nuestros trabajos. Ella se pone mi toga negra y yo me visto de enfermera. La gente nunca nos distingue, ni siquiera nuestros maridos, aunque en el fondo somos muy diferentes. Ella, por ejemplo, detesta las mandarinas, y a mí, en cambio, me chiflan. Tampoco le gustan los museos ni las campanas de las iglesias. Mi temperamento es frágil y melancólico, de vuelo sensible y quebradizo; y el de mi hermana es hosco, duro como una columna de piedra. Por eso cuando llega el vencimiento de una demanda que tengo que resolver con extrema dureza, no dudo en llamarla para que se enfunde mi toga y vaya corriendo a la audiencia. A diferencia de mí, ella no siente ninguna pena de los acusados a los que condeno. Ni sufre cuando les lee mis funestas, dolorosas sentencias.

     
  • Mr. Scrooge 2010

    Carolina Navarro Diestre · Castro Urdiales (Cantabria) 

    El centro comercial está atestado de almas en pena buscando ese regalo perfecto que nunca encontrarán. Cuerpos agolpándose, empujándose, sudando hasta el paroxismo. Allá vamos. Una vaharada de aire caliente olor mandarina me ahoga a modo de bienvenida. Al intentar avanzar, una señora me estampa contra una columna. ¿Y ese hilo musical, trepanándome los oídos con su sucesión interminable de villancicos: “Campana sobre campana”, “Arre borriquito”, etecé? ¡Arrrgh, maldita Navidad! Cuando me echaron del bufete pensé que nada podría ser peor que soportar esos testimonios de matrimonios resentidos, de vecinos enfrentados, de delincuentes de poca monta. Pero mil veces prefiero el estrés de un vencimiento para antesdeayer que el vulturno bajo este traje rojo. Y la barba postiza, ¡cómo pica! Pero es lo que hay, deja de quejarte, tío. Limítate a llegar a tu asiento y sonreír, que para eso te pagan: "Ho, ho, ho, niños. ¡Felices Fiestas a todos!"

     
  • La figura jurídica

    Olivia Aranda Fernández · Torredonjimeno (Jaén) 

    En el portal de Belén de Micaela no faltaba detalle. Era la mujer más anciana de la aldea y la mayoría de las figuras las había hecho ella misma. Cada Navidad, vecinos de toda la comarca acudían a su casa para ver el Belén y charlar con ella, puesto que tenía un gran sentido del humor. A lo largo de una gran mesa estaban el portal, flanqueado por columnas, un río, la iglesia del pueblo con su campana, una señora vendiendo unas mandarinas minúsculas... Entre las figuras destacaba una de un señor con traje junto al portal. Un visitante preguntó a la anciana: -Oiga, ¿este quién es? -Mi nieto. -Respondió Micaela. -Es abogado. -¿Por qué lo ha puesto en el Belén? -Por si se divorcian, dice que hoy en día todas las parejas tienen fecha de vencimiento, después de tantos años a ésta le tiene que quedar poco, una pena.

     
  • Autocontrol

    Javier Sánchez Ribas · Collado-Villalba (Madrid) 

    Mi novio es controlador aéreo. Dice que nadie le quiere, que todos le miran mal. Es un poco neurótico, pero yo le quiero igual. El fiscal pide una pena de prisión de ocho años. Es demasiado. Intentó aislarse como en una campana ante el acoso que sufría hace años (insultos, ruedas pinchadas, cáscaras de mandarina en la escalera para que resbalara y se partiera la crisma contra la columna). Pero al fin explotó y se lió a palos con todo el que se cruzaba. Para explicar eso estoy llamando al juez. ¿Cómo dice, señorita? ¿Que Su Señoría se encuentra hace dos días en el aeropuerto de Ceuta por el ataque de ansiedad masivo de los controladores? Mejor contrataré un buen abogado. Tendré que cobrar el cheque de mi novio antes de su vencimiento. Qué disgusto se va a llevar el pobre. ¡Encima que le han bajado el sueldo!

     
  • Nochebuena

    Marta Trutxuelo García · Andoain (Gipuzkoa) 

    Sonrió. ¡Por fin una Nochebuena en familia! Colgó la toga, cerró el armario y ante el abogado se abrió un horizonte de interrogantes: el plazo del vencimiento era el 24 de diciembre... ¿Por qué habría cambiado el juez la fecha de la vista para el día 26? Precisamente él, el implacable juez “pena máxima”. La nube de cavilaciones se disipó cuando el repique de las campanas de la iglesia recordó al letrado que tenía que tomar un avión para reunirse con su familia. Delante de la balaustrada de columnas que coronaba la sala de audiencias, en el estrado, el juez “pena máxima” volvía a abrir un sobre color mandarina que contenía un papelito garabateado con una ingenua caligrafía: “Querido Papa Noel. Sólo quiero un regalo: que mi papi venga a casa en Nochebuena. Gracias. ¡Ah! He sido muy buena. Y mi papi también”. Sonrió. ¡Por fin una Nochebuena en familia!

     
  • Mala pasada

    María R. García de Arriba · León 

    No puedo dejar de mirarle. Está ahí sentado, embutido en un traje color mandarina, esperando impertérrito la llamada salvadora del Gobernador que puede conmutar su pena. Pero la luz roja no se enciende. En los veinte minutos que han pasado, solo un leve movimiento de su columna vertebral revela que bajo esa piel macilenta corre un hálito de vida. Se gira para comprobar que las manecillas del reloj están a punto de pregonar el vencimiento del plazo. Es precisamente en ese momento cuando se levanta, y observándonos con sus ojos glaucos y sin pestañear, se dirige hacia los allí presentes: -Señoras. Señores. Les advierto que queda un minuto para finalizar la prueba. En cuanto suene la campana, dejen los bolígrafos sobre la mesa. ¡Maldita sea! Toda la noche en vela estudiando como un loco y me pongo a soñar justamente en pleno examen de Derecho Internacional.

     
  • Terapia de pareja

    Carlos Isidro Fernández Carbonell · MADRID 

    Supongo que todo es una cuestión de vocación. Cuando es muy fuerte es inútil luchar contra ella. Estudié Derecho, pero por encima. Dedicaba mis ratos libres y liberados a todo lo que tuviera que ver con la Psicología. Me hice abogada matrimonialista y, por inercia, monté un despacho especializado del que lo único que me gustaba era el color mandarina de las paredes, la plaquita que puse en la columna de entrada y el tañer lejano de las campanas. Una pena. Para colmo, el primer matrimonio que vino a formalizar su divorcio presentaba un claro cuadro de exceso de expectativas en la pareja que solucioné en un par de sesiones. Ya han pasado unos años y de mi despacho todavía no ha salido ningún divorciado. Pero no tengo problemas con los vencimientos de las facturas. Las personas reconciliadas con el amor y con su pareja son enormemente agradecidas. Y generosas.

     
  • ¡µcida defensa

    Mariella del Riego Machado · Barcelona 

    El tañido de las campanas a medianoche fue el aviso. La negra columna de humo, la confirmación del incendio que aquel siete de septiembre arrasó el almacén de cítricos de la cooperativa del pueblo. Diez mil cajas de naranjas,cinco mil de mandarinas, siete mil de limones y el futuro inmediato de cuatrocientas familias fueron pasto de las llamas. Hoy me reuní con mi cliente; un mozalbete un tanto insolente. No había forma de que colaborase conmigo. Apremiado por el vencimiento del plazo para presentar pruebas y por la contundencia de las periciales contra él, le dije:¡€™A ver, muchacho, no sé si eres un pirómano,un psicópata o un descerebrado pero, o me das información para preparar tu defensa, o te caerá un marrón y no me dará ninguna pena?. Contestó:¡€™Y¡€™Yo ya hice bien mi trabajo, haga bien el suyo, que para eso le paga el Estado.?

     
  • SITCOM

    Agustín Martínez Valderrama · Gavá (Barcelona) 

    No sabía qué hacer con mi vida, así que contraté a un guionista. Al principio dudé entre una trama policíaca o de ciencia-ficción, pero al final elegí una sitcom familiar. El pack incluía bufete, utilitario, mujer, hijos y un reloj de campana de regalo. Además estaba de oferta, desgravaba y no tenía vencimiento. Eso sí, no se admitían devoluciones. Una pena, aunque lo más importante es que pronto me convertí en abogado, esposo y padre. Cada tarde, tras el yogur y la mandarina de las seis, me reunía con mi guionista y repasábamos mi papel. Sin embargo, cuando ya había interiorizado el personaje, sucedió algo imprevisto. Una noche sorprendí a mi mujer con otro hombre. Incrédulo, revisé la escaleta pero en ninguna columna aparecía una escena de cuernos. Al final decidí improvisar y preguntárselo a ella directamente. Fue así como descubrí que mi mujer también tenía su propio guión.

     
  • Perfume

    Isabel Fraile Sánchez · Arucas (Las Palmas de Gran Canaria) 

    Fue un caso mediático. Los periódicos del país y hasta la prensa rosa llenaron sus principales columnas con la historia. Yo, tu abogado, no solo me emborraché de fama, estaba aturdido por tu belleza, por tus ojos verdes y tu sonrisa de ángel, pero sobre todo me tenía subyugado tu olor a mandarina y canela. Y de nada me sirvió oír campanas de advertencia al saber que eras culpable de fraude… y de su muerte. Poco antes de que el juez dictase la pena, me dejé convencer –por tu promesa de reunirnos en el Caribe– y participé en tu fuga. Pero… ¡descubrieron mi juego por una llamada anónima! Hoy es el vencimiento de mi condena por ayudarte, por ocultar pruebas, por mala praxis. No sé qué haré con mi vida. Tal vez, como tantas noches he soñado, siga la estela de tu perfume hasta encontrarte. Y, entonces…

     
  • Lo que tú te llevas

    María Eugenia Parra Jiménez · Badajoz 

    Redacta sin prisas una demanda de liquidación de gananciales. Columna del activo, columna del pasivo. En la primera, demandas, recursos, declaraciones, juicios. En la segunda, noches, habitaciones, besos, abrazos. Entre los papeles, una mandarina seca, a medio comer, sin piel, arrugada, como su alma esa noche. Una llamada. A mediodía. Le temblaron las piernas al oír su voz otra vez. Palabras. Claras, precisas, asépticas, negociación entre abogados, resolución de un contrato verbal. No ha llegado la fecha de su vencimiento, pero no tienes derecho a indemnización. No la pactamos, ¿recuerdas? No te la concederán en el Juzgado aunque la reclames, no es cuantificable. Dime, ¿acaso puedes valorar tu pena? ¡Sí que puedo!, grita, es mi columna del pasivo, suma todo lo que tú te llevas. Te queda el activo para ti. Una, dos, tres, hasta diez veces suena la campana. Sigue escribiendo. Once, doce. Feliz año.

     
  • El miedo

    Lola Sanabria García · Madrid 

    La primera pena la doblé y la escondí en el bolsillo del pantalón. Fue cuando mataron a mamá en plena calle, la única forma de destruir aquella columna de granito que era ella y acabar con su persecución implacable de las mafias en nuestro país. Con la segunda pena, otro doblez. Fue cuando “la Mandarina” consiguió el sobreseimiento de un caso de asesinato eliminando al testigo. La tercera ocurrió cuando ya ejercía como juez. Sonó la campana de la entrada y apenas tuve tiempo de echarme al suelo. Murió una niña que compraba dulces en la pastelería. Un nuevo doblez de pena. Y entonces el bolsillo reventó y fue el vencimiento de todas las penas. Dejé de ceder ante el miedo, de titubear a la hora de una condena. Ahora, blindado con la armadura de la justicia, hago prevalecer la Ley. Nada ni nadie podrá con Ella.

     
  • PRIMER ASALTO

    MAYTE CASTRO ALONSO · PICAÑA (VALENCIA) 

    El ruido del despertador me taladró la sien de forma despiadada. Solo habían pasado tres horas desde la última copa que había ingerido intentando ahogar mis penas. Cuando me levanté, mi cabeza volteaba angustiosamente como una campana en un día de entierro. Me miré al espejo y me sentí como un fracasado. Seguía sin entender cómo podía haber perdido aquel caso. Mi cliente era una clara cabeza de turco. Hoy saldría en las columnas de todos los periódicos. De camino al despacho me paré en un kiosco a comprarme uno. En la portada había una foto de la Audiencia Nacional y en letras grandes se podía leer “Posible corrupción del Juez Esteban en el caso de las Mandarinas Colombianas”. Entonces lo comprendí todo. Sonreí orgullosamente y con la cabeza bien alta, me ajusté la armadura emocional y me dispuse a enfrentarme de nuevo al próximo vencimiento.