La mandarina

Sonsoles González Romera · Plasencia (Cáceres) 

Era nuestro aniversario: diez años ya desde que aceptamos, los dos, firmar un contrato sin fecha de vencimiento. Decidí tomarme el día libre y, por sorpresa, llevarle unas pocas flores y todo mi amor. La vi salir, arreglada, vestida para celebrar. A buscarme, creí. La seguí, curioso e ilusionado en un principio, desconcertado más tarde. Llegó hasta un cenador en un parque algo apartado, apoyó la espalda en una columna y sacó del bolso una mandarina redonda, rugosa y con mucho zumo, que se comió con gusto. Sin necesidad de verle a él, supe que me estaba engañando. Cumpliré mi pena, señor juez, pero ella no debió mentirme. Siempre juntos, llevando codo con codo ese pequeño negocio que heredé de mi padre. Hace unas semanas, ella dejó de trabajar alegando una enfermedad que le impedía acercarse a la tienda. «Frutas la campana», se llama. Alergia a los cítricos, dijo.

 

 

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