Animal de costumbres

José Miguel Perlado Villafruela · Madrid 

Cuando llegó la fecha del vencimiento no pudo hacer frente al pago de la deuda, el banco le demandó y pidió para él pena de cárcel, sin que su abogado pudiera conseguir la menor rebaja. Los años en prisión se le hicieron interminables, las rutinas del lugar difíciles de soportar: las largas columnas de presos camino del campo de trabajo; el rancho carcelario en bandeja metálica, con dos mandarinas de postre, fuera o no temporada; el sonido metálico de la campana de la torre cada vez que un afortunado obtenía la libertad,… Aquella pesadilla continuó al salir de la cárcel: incapaz de guardar una cola, era siempre el primero o el último en entrar en el cine; dejó de comer cítricos, aunque el médico le recordaba preocupado su falta de vitamina C, y no podía evitar una sonrisa bobalicona cuando la campana de una iglesia repicaba, aunque fuese a muerto.

 

 

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