La venganza

Ramón Vigil Fernández 

Era jueves. Aquel lunes había sido el vencimiento del plazo para presentar las alegaciones que hubiesen absuelto a su cliente. En su sillón favorito, mientras tomaba otro trago de aquel whisky tan caro, recordaba como había abierto su maletín en la oficina de registro y cómo se había dejado olvidado en su interior aquel escrito que ahora ardía en su chimenea. Un descuido pensarán ustedes. Él, sin embargo, recordaba como un día, al sonar la campana del recreo, se acercó tembloroso y avergonzado a aquella niña que le gustaba. Iba a decirle que la quería cuando un objeto salió volando desde detrás de una columna e impactó en su cara. Todos rieron y él huyó humillado. Ahora, se imaginaba a aquella mano que le lanzó la mandarina aferrándose a los barrotes de la cárcel. Una pena pensaba él. Y nuevamente estalló en una sonora y diabólica carcajada.

 

 

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