Ego te absolvo

Jose Vicente Pérez Bris · Bilbao 

La campana de la abadía cesó su tañido. El plazo otorgado por el abad llegaba a su vencimiento. Como abogado de la Santa Inquisición, estaba obligado a participar en el Oficio. Me vestí rápidamente, sintiendo un escalofrío entre las heladas piedras de la celda. Hasta allí llegaba el ligero aroma de las mandarinas, listas para cosechar en el cercano huerto. Con la pena anegando mi ánimo, recorrí las diversas naves hasta llegar al refectorio. Ya al aproximarme escuché la estentórea voz del delegado papal gritando al reo presuntas herejías. Con una mano posada en el picaporte, un grito desgarrador hizo que trastabillara apoyándome en una columna. El pecador empezaba a purgar sus pecados. Di dos golpes en la madera entrando. Un simple vistazo hizo que la nausea se agolpara en la garganta, al contemplar al convicto. -Veis, letrado-dijo el orondo juez-. Vuestro hijo tarda menos en colaborar que vos.

 

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