Fin de año

Celia Martínez Parra 

La nutrida familia, con las uvas preparadas, esperaba impaciente frente al televisor que la campana del reloj de la Puerta del Sol oficializara el vencimiento del 2010. Tío Anselmo, el recalcitrante solterón, fue hasta la cocina, tomó una mandarina, la peló, separó sus gajos sobre un platillo y se reunió con el resto del grupo. Nadie sabia que este ritual, desde hacia sesenta años, se lo dedicaba a la enigmática mujer con la que despidió 1950. En aquella inolvidable guardia del turno de oficio, a falta de uvas, compartieron una mandarina y algo más, escondidos tras una columna en la desvencijada comisaría de Ventas. Aquella ladrona le robo el corazón. Mientras saborea el zumo dulzón, la pena le invade al constatar que la maldita enfermedad de nombre impronunciable, ya ha logrado arrebatarle lo que más quería; el nombre y la cara de su único amor.

 

 

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