Un cuento chino

Julio Genissel Mandelbaum · Buenos Aires (Argentina) 

Las campanas del templo tañeron siete veces, la señal estaba dada. Li Wang, agorera adiestrada en el arte de leer arrugas, había hallado la fecha final, la del vencimiento de la vida. Raras asociaciones de pecas y frunces en la columna, definían en cada cuerpo la hora de su muerte. El emperador exultante la premió con el cargo de mandarina. Pero luego, la angustia se apoderó de los habitantes de la antigua China, la certeza de la finitud era incompatible con la existencia. Se la enjuició, y fiscales y defensores debatieron con tal excelencia que dicen que los más profundos razonamientos sobre la vida y la muerte se escucharon allí. Pero el juicio jamás terminó, el emperador ordenó la pena de muerte para la agorera, la quema de todo escrito sobre el tema, y por razones de estado, la desaparición de todos los testigos y abogados.

 

 

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