De mayor

Gabriel Javier Serra Vallespir 

Cualquier niño desea ser de mayor astronauta, médico, maquinista para tocar la campana de la locomotora, esas cosas. Nunca abogado. Una pena. No obstante, a causa de las mandarinas, yo fui la excepción. Mi abuela me obligaba a comer cinco por día. Creía que eran la base de una buena salud. Terminé por odiarlas, y sin embargo acabaron siendo la columna vertebral de mi futuro: me convirtieron en un hábil negociador, un buscador de argumentos para evitar ingerirlas. Me hicieron adquirir conciencia de los derechos del niño, los civiles y los humanos. Las mandarinas me orientaron hacia la abogacía. Mucho después descubrí, irónicamente, su similitud con los pleitos: hay que pelarlos con cuidado para no estropearlos, eliminar los pipos que encuentras por el camino en forma de fiscales y masticar lentamente el juicio para que aproveche. Mi abuela, cuya vida llegó hace tiempo a su vencimiento, tenía razón. Gracias.

 

 

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