II Concurso de Microrrelatos sobre Abogados

Ganador del Mes

Ilustración: Juan Hervás

Viejo rockero

Pedro Antonio Herreros Rull · Jaén 

Es inevitable. Siempre me ocurre. Cuando te observo me viene a la mente la fotografía de mi graduación e, ipso facto, comienza a sonar en mí cabeza aquella romántica canción de los Burning. Y es que por aquél tiempo la música era mi argumento de vida y mi ofrenda diaria se ceñía al rock and roll. Hasta que decidí terminar derecho. La causa de aquel cambio la tuviste tú, con tus sempiternos problemas, utilizando armas de mujer para cambiarme. Y lo conseguiste. Pero hoy, en este ámbito, el cuero de mis pantalones se pierde bajo la toga que enmascara mi deteriorado cuerpo de rockero. Las puñetas me delatan y quizás nena, este no sea tu sitio, pero por mucho que a mi me apetezca, lo cierto es que el imperio de la ley me impide dictar auto de sobreseimiento porque, aunque agradecido, todos los indicios apuntan a una vista oral.

 

Relatos seleccionados

  • Corazón tan negro

    Manuel Molina Domínguez · Palma 

    Dictaba sobreseimientos en causas penales por abusos o explotación infantil, basándose en argumentos peregrinos y sin escrúpulo alguno. Lo hacía en su propio interés, y según el potencial económico de los encausados. Les evitaba publicidad negativa, y aquellos sabían agradecérselo. Su última hazaña le había procurado un placentero viaje al Caribe, donde disfrutaba del lujo, comportándose despóticamente con camareros, bebiendo margaritas, y contemplando perezosamente el horizonte azul cobalto. Pero aquella noche -no recordaba cómo- se adentró en el Yucatán, hasta Chichen-Itzá. Como en un sueño, escaló su pirámide acompañado por extraños que parecían conocerle. Identificó el altar por haberlo visto anteriormente en una fotografía sobre arte precolombino: allí se celebraban antiguamente sacrificios en que se extraían corazones humanos aún vivos, como ofrenda a los dioses. Fue lo último que pensó mientras sentía el frío de la piedra en su espalda, y la afilada punta de obsidiana en el pecho.

     
  • Contacto

    Luisa Pastor Martínez 

    Mientras esperas que el juez salga, preparas tus argumentos para defender tu primera causa, en la que sólo buscas el sobreseimiento. Confiado, recuerdas la fiesta que hiciste para celebrar tan esperado debut. Rememoras las risas con tus amigos, también recién licenciados; los cánticos que evidenciaban vuestro excitado ánimo. Pero sobre todo, traes a tu mente la melena morena y los ojos verdes de la misteriosa mujer que acabó contigo la noche. Recreas su cuerpo, entregado a ti como una ofrenda pascual, sus palabras, sus expertas manos. Todo te parece tan real que cuando, como una fotografía, la ves frente a ti, no dudas en acercarte y acariciarla, no mucho, ya que el alguacil de la sala se lanza contra ti y te recuerda, con cierta dureza, que evites contacto físico alguno con la jueza que instruye el caso. Tú, entonces, no puedes evitar la risa floja.

     
  • La Virgen togada

    Alberto Artaza Varasa · A Coruña 

    Cuenta la leyenda que todo el pueblo estuvo rezándole a la Virgen mientras duró la instrucción de la causa contra el Alcalde. A los pies de la Imagen dejaban todo tipo de ofrendas y en las casas se veneraban fotografías de su Estampa. El pueblo rebosaba fe y devoción por todas sus esquinas. Los más fervorosos, de tanto invocarla, juraban haberla oído hablar en varias ocasiones. Que había dicho que ya sólo existiría la Justicia Divina; que la justicia de los hombres había dejado de ser virtuosa, que era lenta y carente de medios, y que los que creyeran en Ella serían juzgados con amor y benevolencia. Cuando se conoció el sobreseimiento del proceso, el pueblo se sumió en un estado de devoción y beatitud cercano al éxtasis. La Virgen había escuchado sus argumentos. Desde entonces, el manto brocado de la virgen ha sido sustituido por una sencilla toga.

     
  • Temis

    Jorge Santiago Vázquez Rojo · Ourense 

    Cuando la letrada inauguró el despacho, colgó mi fotografía enfrente del escritorio. Desde esa posición veía desfilar a sus clientes. Conocía cada argumento que utilizaba cuando ganaba o perdía una causa. Antes de ir al juzgado me hacía una ofrenda. Me quedaba en ascuas hasta que, tras varias semanas e incluso meses (dependía del juzgado), llegaba la Procuradora. Tras leer la sentencia; se levantaba, se dirigía hacia mí y?o bien me lanzaba un beso o una mirada furibunda. Y qué decir del día del sobreseimiento; se puso hecha un basilisco, me descolgó, noté que me envolvía en un papel y, tras una tensa espera, con voz amable dijo: ¡Toma, para que te dé suerte! Ahora estaba en otro bufete. Cambiaron el marco. Me colgaron nuevamente en la pared. Me pusieron una placa nueva: "Temis, la diosa de la Justicia". ¡La que me espera!

     
  • Visto para sentencia…

    Mercedes Martín Alfaya · Benalmádena (Málaga) 

    Después del sobreseimiento del caso, se han obtenido nuevas pruebas y fotografías de la catástrofe. Por tanto, se reanuda el juicio. ¡Silencio en la sala! El fiscal muestra un artilugio compuesto de un eje y un varillaje cubierto de tela bastante deteriorado. A continuación, expone sus argumentos: -Este que ven es mi tercer paraguas en un día; una ruina en tiempos de crisis. Como saben, llevamos soportando mojadas e inundaciones desde hace meses. Ignoramos la causa de tan desastroso cambio en el clima y nos hemos aferrado a todo tipo de ofrendas y plegarias que no dan fruto. Por tanto, ante la magnitud de los hechos y la probada ausencia del presunto culpable en el territorio nacional, con el debido respeto a los Académicos, solicito que, si seguimos así, al menos se elimine del Diccionario la palabra “Sol”.

     
  • Tanta culpa

    Miguel Pasquau Liaño · Granada 

    Hice bien mi trabajo: embadurné la causa con argumentos y objeciones procesales y el Juez acordó el sobreseimiento por temor a verse envuelto en una maraña de posibles nulidades. A los pocos días llegó con gesto severo a mi despacho. “Quiero que me enjuicien”, dijo. Primero pensé que lo que pretendía era que se demostrase su inocencia, pero ella siguió: “¿Sabe en lo que me ha convertido? En un delito -dijo-, estoy podrida por su culpa, usted me ha robado mi derecho a ser castigada”. No supe reaccionar. Comprendí, demasiado tarde, que esa mujer necesitaba una condena como la única ofrenda que podría reparar tanta culpa. Sus últimas palabras resuenan todavía en mi despacho con más fuerza que el disparo en la boca: “Mire esa mierda”, dijo, señalando el cenicero: “es la fotografía de mi alma”. Su nombre era Alma, y aún cargo con sus cenizas.

     
  • Razón tenía

    Javier Fernández Granda · Salas 

    Con frecuencia mi esposa insistía en que debíamos cambiar de bufete, ya que el cenutrio que nos había tocado en suerte no acertaba ni con mira de precisión. De nada sirvió la ofrenda a la Virgen del Pino... Del lío con mi socio, al muy cabrito sólo se le ocurrió presentar como prueba en el juicio la fotografía que yo había hecho de su mujer en pleno acoplamiento con el jardinero de la urbanización, pese a advertirle que ni se le ocurriera sacarla a relucir. Para más coña el tío pedía el sobreseimiento de mi parte en la cuestión a causa de que estaba ebrio cuando yacía con la esposa de mi socio. Su argumento no pudo ser más eficaz. Se fue todo al garete, pese a haberle advertido. Mi mujer sí ha sabido buscar un buen abogado para exigir su parte de los gananciales… Porca miseria!

     
  • Honradez y trabajo

    Antonio Borja García Sabater · Valencia 

    Soy honrado. Mi conciencia nada tiene que reprocharme pues todo lo hice por este pueblo. Nunca hice informes que pudiesen perjudicar a este ayuntamiento ni atribuí partidas a quienes no habían trabajado. Pero ellos necesitan una cabeza de turco. Unos pagos mal contabilizados son el único argumento contra mi decencia, pero yo no soy contable, soy letrado. No dejaré ese puesto. No lo presentaré como ofrenda. No será el trofeo que sacie la sed de los hipócritas que ahora se hacen los decentes sacando mi fotografía en los periódicos, acusándome de desprestigiar a mi pueblo, a mi profesión, cuando ayer, el aceite necesario calló sus chirridos. Sé que hoy nadie defenderá públicamente mi causa, que sólo me hablarán los míos, pero cuando logre el sobreseimiento o la absolución, todo será como antes. Y si no, después de tantos años de trabajo… unos buenos millones en Suiza, también valen este oprobio.

     
  • El gran simulador

    William Teixeira Correa · Montevideo (Uruguay) 

    Un periódico tituló: “Una ofrenda a la justicia: comienza el juicio a Óscar”. Óscar, también conocido como el gran estafador, el hombre de las mil caras, el maestro del disfraz. Ni siquiera entonces dejaba de actuar: ahora medio calvo y canoso, cualquiera habría dicho que sentado en el banquillo de los acusados estaba un anciano inocente y bonachón que nada tenía que ver con la causa. Pero ya lo conocían: ésta no era más que otra de sus famosas actuaciones. Nadie esperaba su sobreseimiento, y menos aun tras la paupérrima defensa de su abogado, cuyos disparatados argumentos no hicieron más que hundirlo. Finalmente llegó la sentencia: “Culpable”. Al día siguiente el mismo periódico titulaba: “Se fuga Óscar, el abogado”.Debajo aparecía la fotografía de aquel anciano medio sordo y miope que, esposado, declaraba: “Me dijo que era un famoso cineasta y me ofreció el papel de acusado ¿Tan mal estuve?”

     
  • Cortejar al diablo

    Belén Solesio López-Bosch · Pozuelo de Alarcón (Madrid) 

    A algunos puede parecerles el argumento de una novela, pero todo lo que cuento ocurrió en realidad y fue la causa de mi presente desdicha. Siempre sentí un enorme interés por la magia negra y el ocultismo, y tres meses atrás contacté con una secta satánica por internet. Cubierto con la capucha del hábito y el antifaz de rigor, entré en la ermita cercana al cementerio donde se celebraba la misa negra. Una mujer desnuda, con un bebé como ofrenda sobre su pecho, actuaba como altar mientras una salmodia sorda resonaba en el templo. El oficiante elevaba ya el cuchillo para el sacrificio, cuando todos los adeptos nos vimos conminados por miembros de los GEO, armados hasta los dientes, a permanecer inmóviles y descubrir nuestros rostros. La fotografía fue portada de todos los periódicos del domingo. Como magistrado, sé que el sobreseimiento es imposible; como hombre, sé que estoy acabado.

     
  • Idus de marzo

    Alberto Mittelbrunn Espinosa · Zaragoza 

    Fue el fiscal recurrente en mis primeros juicios de abogado joven. Ayer apareció su fotografía en el obituario del periódico. Hubo de todo, condenas, absoluciones, sobreseimientos. Le precedía su fama de duro, pero su expresión severa siempre me resultó un tanto forzada, como de oficio. Tenía un aspecto elegante, entre coronel británico semirretirado y espía de hipódromo. Recuerdo su perfil aquilino, enhiesto en el sitial de la acusación como un ave heráldica de dos cabezas: una altiva, rampante, de mirada escrutadora y la otra levemente inclinada, necesitada de gafas, ojeando como distraídamente los folios del expediente. Hoy he asistido al entierro: pésames rituales, ofrenda de coronas. Ha sido una mañana triste, ventosa, ausente la tibieza prematura de la primavera, con los fríos retrasados del invierno afilándose como cuchillos en las esquinas del cementerio. El ataúd, transportado por compañeros vestidos de negro semejaba una imagen propia de un cuadro de Magritte.

     
  • Lex mínima

    Carmen María Espinosa Moreno · El Palmar (Murcia) 

    Nos eligieron a través de un concurso de microrelatos.Necesitaban mentes concisas capaces de sintetizar el argumento más enrevesado.Todo fue secreto.?Palabras clave del mes de marzo?,No hacía falta ser un genio para darse cuenta;Detrás había algo.El curso de formación me dio la primera pista:procedimientos abreviados,monitorios en cien palabras, juicios rápidos con conclusiones zen;Querían fabricar abogados minimalistas.Tenían una ficha con mi fotografía donde anotaban mis avances.Cada semana a modo de ofrenda nos exigían escritos anoréxicos de los que estábamos orgullosos.No fui consciente del carácter sectario hasta verme reducido a un esquema,un esbozo de persona.Con ayuda de mi familia conseguí salir de aquel infierno;Incluso fui capaz de denunciarlos (sospechosamente la causa fue sobreseía por un auto de medio folio).Aún hoy quedan secuelas de mi experiencia,por ejemplo soy incapaz de escribir textos de más de 150 palabras.

     
  • Sobreseimiento definitivo

    Mikel Gabilondo Batiz · San Sebastián 

    Sonó el móvil y no lo cogió. Miró el número y volvió a dejar el teléfono suavemente sobre la cómoda de caoba como si de una ofrenda floral se tratara. No quería que aquella llamada fuera la causa de otra discusión con la fiscal.Sabía que no habría argumento de defensa posible y que no cabría el sobreseimiento, como con la fotografía encontrada en la cartera. Ella estaba en la cocina, podía oir el cuchillo afilado cortando rítmicamente la cebolla.La fiscal lloraba... Volvió a sonar.No pudo resistirse y contestó bajito...muy bajito, mientras un hilo de sangre y vida se le escapaba por la espalda desde el cuchillo del que colgaba su esposa: la fiscal, viuda, más joven del distrito.

     
  • Voodoo

    Iñaki Arbilla Ruiz · Pamplona 

    Antecedentes: Primero. El vudú como método de coacción a prostitutas ilegales no acepta una defensa racional, pensé cuando conocí a Precious, una tétrica madame nigeriana. Segundo. El juez González Sotelo, también convencido racionalista, machacaría a mi defendida. Y de paso, gustoso, aguaría el estreno a su alumno aventajado. Tercero. Los argumentos anteriormente descritos pronosticaban un estrepitoso comienzo como abogado de oficio. Fundamentos de derecho: El asunto acabó de torcerse durante la primera sesión. Una tras otra, las testigos se retractaban. A mi lado, Precious parecía dominar aquella farsa. También a Sotelo, cada vez más compungido. Hasta que el viejo profesor cayó fulminado por un infarto. En el caos posterior encontraría casualmente a los pies de Precious una ofrenda espeluznante: fotografías horriblemente mutiladas de sus ex empleadas y del magistrado fallecido. Aterrador. Fallo: La jueza sustituta dictó el sobreseimiento de la causa… Y el fin de mi fe en la razón.

     
  • Ninot Indultat

    Benedicto Torres Caballer · Valencia 

    Milagrosamente siento, aunque inmóvil, el templado sol valenciano mientras la comisión fallera pasa ante mí portando majestuosos ramos para la ofrenda floral a la Virgen. Un fallero se retira momentáneamente para tirar un “masclet”, haciendo retumbar la calle. Un asustado turista me hace una fotografía; luego, apuntando hacia arriba, dispara otra al motivo principal: Iustitia de doce metros con un parche en el ojo sujetando una balanza torcida. Frente a mí veo un magistrado con la cara verde y un traje de la marca Gurtel sobre su mesa. A mi lado, un enjuto abogado se tira de los pelos. Yo, ninot de 120-60-100, con escotada blusita y minifalda, hago la burla a mi colega. Un niño se acerca y lee mi cartel. –Mamá, lee esto: “La letrada con su buen argumento convierte la causa perdida en sobreseimiento”. ¿También la quemarán? –pregunta entristecido. Me despego y corro estirándome la minifalda.

     
  • La secta

    Francisco García de Arriba · Segovia 

    Nunca me había encontrado con un caso como este: la aparición de varios cadáveres con la inscripción LEX en la frente. Una pista me llevó hasta esta nave de las afueras. Estaba desierta, así que me colé por un tragaluz. Parecía un lugar religioso. Tras el altar presidía una gran fotografía de Raymond Burr, el actor que encarnó a Perry Mason. Escuché pasos y me escondí. En fila y con aire monacal iban llegando hombres y mujeres ataviados con togas, situándose en los bancos de madera. La ceremonia llegó a la oración final “…danos hoy el sobreseimiento de cualquier causa de nuestros defendidos mas líbranos de todo argumento capcioso de la fiscalía, amén”. En ese momento, el sonido de un mensaje entrante de mi teléfono puso en alerta a la concurrencia y aquí estoy: atado de pies y manos sobre el altar. Confirmo mis sospechas, cada víctima era una ofrenda.

     
  • La hechicera

    Irene Conejero Fernández · Las Palmas de Gran Canaria 

    Necesitaba un buen argumento para que el juez dictase el sobreseimiento del procedimiento, ya que la fotografía no dejaba lugar a dudas. Tal vez, por ello, esa mañana me desperté dispuesta a hacerlo, en contra naturalmente de muchas de mis razones, sin dudarlo más, me decidí a llevarle una ofrenda a aquella señora de la que tanto me habían hablado. Soy abogada, y se supone que no debía creer en esas cosas, pero tenía que intentarlo. Quizá se tratara de un timo, o incluso, podía perjudicar a mi cliente (y a mí), pero algo me decía que, esta vez, funcionaría. Nerviosa le expliqué mi causa, y ella, con soberbio talante y una sonrisa pícara, aceptó mi sobre. Días después, recibimos la sentencia. Mi cliente absuelto, y ni rastro de la fotografía. Mis compañeros tenían razón: aquella secretaría judicial hacía “magia” a cambio de dinero…

     
  • Encuentro

    Carla Cano · Buenos Aires (Argentina) 

    Conmigo no pudiste, linda. Obtuve el sobreseimiento y ando tan libre que ni toco el suelo, pero cómo te hubiera gustado verme adentro, no deberías obsesionarte tanto con tu trabajo, vas a afearte de tanto renegar, qué lástima que me odies, porque nosotros dos… Incómoda, me dio la espalda y miró suplicante el tablero del ascensor, entonces agregué: - cuando me retire pichona, te voy a regalar algo, la figurita para que completes el álbum, tómalo como una ofrenda en tu honor. Es la fotografía que hubieras querido agregar a la causa, la que hubiera completado el argumento, yo la tengo, siempre hay que cubrirse, allí se ve claro, pero tuviste un pequeño error en tu alegato, es mi cómplice quien en la foto se mancha las manos y la ropa, yo darling, y a esta altura deberías haberlo intuido… soy un caballero. Por favor, baja primero tú.

     
  • Abogado paralelo

    Víctor Lorenzo Cinca · Lleida 

    Aunque mi abogado me lo repetía una y otra vez -no sufras, las pruebas no son concluyentes, el juicio se resolverá a tu favor- yo no acababa de quedar convencido. Su argumento principal para defender mi inocencia consistía en que la fotografía tomada por la cámara de seguridad del colegio no era demasiado nítida. Y me aseguraba que sólo con eso no podían sentenciarme por el secuestro de aquellas cinco niñas, todavía en paradero desconocido. Como desconfío de sus métodos racionales, he ido realizando mis particulares esfuerzos para conseguir que no me declaren culpable, convencido de la mayor efectividad de estos. Así que hoy, cuando he escuchado al juez decretar el sobreseimiento definitivo de la causa, por falta de pruebas, no lo he pensado ni un minuto: he despedido a mi abogado y he vuelto al zulo para ofrecer, agradecido, la quinta y última ofrenda de sangre virginal al diablo.

     
  • Frustración fatal

    María Antonia Cobos Avilés · Dampierre sous Bouhy (Francia) 

    Llegaba tarde y entre pitos y flautas olvidé traer las fotografías probatorias que absolverían definitivamente a mi cliente. No había nadie en el despacho que pudiera acercármelas. Estaba metida en un buen lío; habría sido un golpe maestro, el argumento de peso que el juez no habría tenido más remedio que aceptar para el sobreseimiento del caso. Por causa de mis problemas personales estaba poniendo en peligro el futuro de mi cliente y el mío, que renqueaba desde que decidieron por mí que tenía que llevar la toga. La ofrenda que mi pobre madre había hecho a su santo favorito para que terminara, al cabo de 10 años, la carrera de derecho sólo había servido para arruninar la vida de unos cuantos desgraciados que confiaron en mí. Sin embargo ya había advertido a mis padres que de mayor quería ser artista de varieté.

     
  • Las causas justas

    Pablo Díaz Medina · Lima (Perú) 

    Soy un amante de las causas justas: mi abuelo, Albert Pierrepoint, fue un célebre verdugo, y tomó siempre su trabajo como un acto de necesidad y precisión. Me pregunto lo que pensaría ahora, en este tiempo lleno de artimañas legales, sobreseimientos, vicios procesales, medidas cautelares fraguadas y todo el nauseabundo arsenal de argumentos creados para distorsionar el correcto desenlace de las cosas. Casi recuerdo su sonrisa, en su retiro en su bar de Oldham, cuando abolieron la pena capital; guardo alguna vieja fotografía. Mi ofrenda a su recuerdo es lo que hago ahora, la cuidadosa elección, la búsqueda de certezas de tener a un culpable suelto injustamente, mi paulatino acecho, mi propia justicia invisible, la sentencia ejecutada por mi mano veloz, la muerte que rondará en los diarios unos días, sin hallar al causante. Sin hallarme. Por las causas justas. Para ti, abuelo.

     
  • Nostalgia

    Jose María Izarra Cantero · Burgos 

    El abogado, orondo, gafoso y con la toga desabrochada, tiene la izquierda entremetida en la cintura del pantalón y la derecha alargada hacia Su Señoría como haciéndole una ofrenda del bandujo. Tal vez le está recordando que, durante la fase de instrucción, había pedido el sobreseimiento de la causa que se estaba juzgando en ese momento, una causa penal, ya que detrás de la escena descrita, se aprecia un banquillo con un hombre esposado, babeante y ladeada la cabeza, entre dos guardias civiles. El argumento esgrimido, casi con total seguridad, la más que evidente tara cerebral del acusado. Aunque a la magistrada, a juzgar por su expresión (muestra unos ojos saltones y empuña el mazo de poner orden), no parece agradarle lo que está oyendo. No sé quién realizó la fotografía, excelente, si bien no me reconozco en ella. Muy buena mi actuación. No me extraña que engañásemos al jurado.

     
  • Sin argumentos

    Cristina González Cansino · Benalmádena (Málaga) 

    Hay veces que un abogado se siente sin argumento, con el que defender la causa que le ha sido encomendada. Aun a sabiendas de la posibilidad de sobreseimiento, debe seguir adelante realizando alegaciones sin contenido aparente, intentando mantener el tipo ante clientes de lo mas convencidos de poseer la verdad absoluta; ofrenda de estima que con el paso de los años y con conocimiento mas amplio, te cuesta aceptar. Si existiera fotografía del momento, se podría observar la resignación en nuestro rostro; eso si siempre actuando ante el teatro del estrado, entregado a la profesión, con la sola esperanza que los compañeros de tablas, entiendan que tu postura no puede ser otra, por lo menos en ese acto.

     
  • Trituradora de papel

    Juan Francisco Mármol Aroca · Vélez-Málaga 

    Devoro todo lo que cae a mi alcance. Mi boca tiene una miríada de dientes de acero… devoro, destruyo y aprendo… aprendo Derecho. Infinitos papeles me son entregados en ofrenda cada día, como un sacrificio a un dios arcaico: fotocopias de demandas, autos de sobreseimiento, sentencias… hasta alguna que otra fotografía comprometida… de mis dueños o de algún cliente. De noche, cuando el despacho queda vacío y oscuro, bajo un manto de pesado silencio, es cuando maduro lo que he aprendido durante el día. Expongo mis argumentos, desentraño causas torcidas… y hablo. Pobres necios mis amos, tan encorbatados y trajeados, como si en ello fuera el saber. Conozco sus errores, me río de ellos… ¿cómo pueden ser tan burdos?... y las sentencias dictadas por esos diosecillos llamados jueces… ¡qué malas algunas!. No saben. Nadie sabe más que yo, un mecánico Stico esclavizado que sólo descansa en agosto, sin ningún reconocimiento.

     
  • Marcianito número uno…

    Carolina Navarro Diestre · Zaragoza 

    Informe del Comandante Zupppeysjik / Telegrama número uno. Argumento: Primera rareza encontrada (adjunto fotografía). Texto: «Saludos, Trafalmadore. Stop. Maravillosa raza esta de los humanos, qué candidez lo atrasados que andan en muchos campos. Stop. La justicia es para ellos como una especie de ofrenda a los dioses, donde un todopoderoso vestido de negro tiene siempre la potestad última. Stop. Ellos alegan causas, ofrecen pruebas, citan testigos, pero en última instancia ese ser de negro, ese demiurgo, grita: “¡Sobreseimiento!”, y no ha valido para nada todo su esfuerzo. Stop. Desconozco la causa, pero hacen de los dictámenes de ese ser sus verdades primeras, incuestionables, axiomáticas. Stop. Decidme: ¿Es o no es maravillosa tanta inocencia? ¿Es o no la ingenuidad suprema ese creerse libre asumiendo los criterios de otro? Stop. Lo dicho, maravillosa raza esta de los humanos. Stop. Y aún se creen seres racionales…» (Fin del telegrama)

     
  • La amante tapadera

    Eva María Cardona Guasch · Ibiza 

    Creí hallar un hogar definitivo en mi segundo destino, una hospitalaria ciudad. Allí me encontró rápidamente el amor encarnado en seductor y exitoso empresario, bien considerado en la región. Si él era el hombre casi perfecto, juntos éramos la pareja más respetada de aquella provinciana sociedad. Concentrábamos atributos muy preciados: autoridad, dinero, juventud e innegable atractivo físico. Su compañía me proporcionó la notoriedad social que sola no hubiera alcanzado, además de insuperables momentos de felicidad. ¡Ofrenda envenenada! Me dejé atrapar. También me atrapó la policía y me dejó sin argumentos a causa de los malditos fardos de cocaína que aparecieron ocultos en mi casa. Él se fugó antes del registro: aún no lo han detenido. “La amante tapadera –tituló el diario que publicó mi fotografía- El empresario se aprovechaba de la condición de juez de su pareja para evitar la investigación de sus turbios negocios...” Aturdida, decreté sobreseimiento del amor.

     
  • Desesperado

    Francisco Javier Sánchez Muñoz · Ferrol (A Coruña) 

    En su mano, una estampita que suponía era la fotografía de San Raimundo de Peñafort. Con lágrimas de cocodrilo en los ojos, realizó su falsa ofrenda –sería buena persona a partir de ahora- suplicando al Santo, a cambio, que intercediese para que el Tribunal acordase el sobreseimiento de la causa en beneficio de su cliente. En realidad, no contaba con argumento defensivo alguno, exceptuando la buena sensación que causaron al Jurado, tanto este picapleitos camelador como su aparentemente atribulado patrocinado, al que habían pillado in fraganti, con testigos, cámaras de video, sangre de la víctima en las manos, un cuchillo con sus huellas dactilares encontrado debajo del asiento del coche robado, encima del maletín repleto de billetes marcados y controlados por la Policía desde el “golpe anterior” … Palideció cuando, poco antes de oir el veredicto, le dio la vuelta a la estampa y leyó: “San Judas Tadeo”.

     
  • El Pacto

    Mario Parra Barba 

    “Señores, este caso es claro. El argumento ofrecido por el abogado defensor no tiene consistencia. El señor juez tiene en su poder la fotografía del encuentro con el acusado. La causa demuestra que hubo una ofrenda por parte de este hombre. Es tan claro y sencillo que el juez no puede desestimar el juicio, aquí no hay sobreseimiento posible. El señor Martínez pactó con el Diablo, firmó el documento por el cual otorgaba su alma al Infierno y ahora pide no ser condenado. Que hubiera leído la letra pequeña”.

     
  • Agonía

    Martín Castro Masaveu · Oviedo 

    Mi abogado se había esfumado y en la soledad de mi celda el sobreseimiento iba tornando en ilusión inalcanzable cada minuto que empujaban las agujas. Y aquella fotografía era mi única compañera. Y no había un argumento concreto y no existía una causa previa. Y tan solo el arrebato por el falaz remordimiento podía empujarme a tal locura. Para unos sería un trastorno, para otros ofrenda, pero cerca de mi muñeca la cuchilla estaba lista para emprender su faena.

     
  • Causa y efecto

    Isabel Molina Brocal 

    Conseguí el sobreseimiento. Tanto esfuerzo valió la pena, me pasé toda la noche anterior preparando el caso a fondo. Primero dibujé un círculo en medio del salón, después coloqué unas velas de los colores indicados y algo de incienso para dar un poco de ambiente. Puse en el centro la fotografía del abogado acusador y de su cliente y expuse mi argumento a la vez que les prendía fuego. Para terminar un pequeño corte en la mano me sirvió para entregar unas gotas de mi sangre como ofrenda. El juicio salió a la perfección excepto por unas pequeñas llamaradas que surgían del banquillo acusador, al parecer a causa de una extraña combustión espontánea.

     
  • Inocente viudedad

    Genoveva de Paz Fernández · Valladolid 

    La fotografía evidenciaba incuestionablemente la causa de la muerte: mi marido yacía en nuestra cocina con un cuchillo de sierra insertado en su gaznate. El mango aparecía adornado con mis huellas dactilares impresas con la sangre que aún surtía de su doble papada. Como le expliqué a su señoría, celebrábamos nuestro infame aniversario y le había comprado tres kilos de chuletillas para que se solazara con la pasión gastronómica que le dominaba. En un momento de ansiedad se atragantó con cinco porciones mal masticadas y en arrebato de amor marital me lancé a su cuello para efectuar una traqueotomía que permitiera a mi cónyuge respirar. Parece que la falta de práctica motivó que le seccionara el buche. El argumento convenció al juez, que tras ordenar la autopsia dictó el sobresemiento de los autos. Esa misma mañana compré gladiolos como ofrenda a la virgen de los sacrificados por no delatarme.

     
  • Mi amigo

    Paloma Hidalgo Díez · Alcalá de Henares (Madrid) 

    Mi amigo nació en Las Molucas, es un ser singular que despierta curiosidad allí dónde me acompaña, algunos piden permiso para sacarle una fotografía mientras él se esconde detrás de mí, otros creen que se granjearán su amistad con alguna ofrenda comestible, deben creer que los abogados ganamos poco, y una ayudita nunca está demás. Hoy ha venido conmigo a la sala, y aunque un poco inquieto a causa de las idas y venidas de los letrados, ha soportado la sesión bastante bien, sólo al final, cuando se ha pronunciado el sobreseimiento libre por falta de pruebas, mi compañero ha organizado un gran revuelo. Nos han desalojado con el argumento de que su presencia podía resultar incómoda para algunos magistrados. Yo hubiera preferido que lo hicieran evitar que Weston, que así se llama mi cacatúa, se indigne al ver libre al furtivo al que juzgaban.

     
  • Un fallo inesperado

    José ¡µngel Sillero Pérez de Albéniz · Vitoria-Gasteiz (¡µlava) 

    La falta de argumentos sólidos al hacer una fotografía de los hechos por los que estaba imputado mi cliente, provocó que el juez desestimara el sobreseimiento de la causa. Lo acompañaba de retorno a prisión cuando ocurrió el fatal accidente de tráfico, de pronto, aparecí en aquel recinto acristalado y recibí una extraña llamada: -¡Se encuentra usted en la antesala del purgatorio, su experiencia vital puede finalizar en breves instantes. La fiscalía celestial considera su alma parcialmente impía, por lógica, debería ser sentenciado al tormento eterno de nivel siete, pero debido a su incipiente carrera y esperanzado con su reinserción espiritual, el Magistrado Supremo cree conveniente otorgarle una única ofrenda de resurrección, siga atentamente las instrucciones, gracias! ¡Pulse uno si quiere volver a nacer! ¡Pulse dos para reanudar su vida anterior! Pulsé la tecla casi sin pensarlo, cuando desperté, aquel enorme camión se abalanzaba nuevamente hacia nosotros a velocidad diabólica.

     
  • Tres fotografías

    Rocío Álvarez Marín · Valencina de la Concepción (Sevilla) 

    Fotografía de una causa: el Quini con dos bolsas y un machete, en blanco y gris, echándose un cigarro mientras huye. Una es mía, va pensando, la otra es "la necesaria ofrenda". Sus ojos difuminados en siete píxeles lo delatan: no hay argumento de mayor peso en este país que un maletín olvidado bajo la mesa justa. Fotografía de un atraco: pruebas perdidas, testigos ninguneados, un abogado ambicioso y rutilante, papel cuché... Bodrio a lo Hollywood con final feliz. El sobreseimiento es la victoria del pícaro. ¿Qué matón honesto querría ser tildado de "inocente"? Fotografía de un fallo: el Quini sangra sobre la acera. Un machete en la frente. Dos bolsas de arpillera rota. Tres putas lloriqueando. Cuatro magistrados huyen. Cinco campanadas en la torre de Palacio: era muerte y sólo muerte.

     
  • Noticias póstumas

    Cecilia Rodríguez Bové · La Eliana (Valencia) 

    Como si fuera una ofrenda, escribo esta nota al pie de tu fotografía, pues quiero que estés al corriente, te lo mereces. Hoy el juez ha sido categórico: sobreseimiento definitivo. No hay indicios de delito, ni causa, ni argumento que sostenga que tu muerte fue un asesinato, nada. ¡Se acabó! Tu madre dice que recurrirá al Supremo, pero no me preocupa. La idea me la dio ella misma, al decirme que heredaste de tu padre una terrible alergia a las picaduras de avispas. Que sorpresa, ¿verdad? Aquella tarde cuando caminando por el jardín confesaste tus infidelidades y me prometiste que nunca mas lo harías, decidí que ya me encargaría yo de que así fuera. El resto lo conoces, fue cosa de las avispas… africanas por cierto. Bueno, por hoy me despido. Esta noche cenaré con mi abogado y mañana mismo empiezo los trámites para cobrar tu seguro. ¡Que descanses!

     
  • Hambre de venganza

    Gemma Mª Ortiz López · Gijón 

    María llega nerviosa al cementerio con su ramo de flores. Quizá semejante ofrenda calme la sed de venganza del joven de ojos azules que mira desde la fotografía que hay en la lápida. En la causa el juez había escuchado su argumento y creía que el caso merecía el sobreseimiento, pero no era culpa de María. Cerrando los ojos depositó las flores y le pidió en silencio que la dejara en paz. Odiaba verle en el pasillo, cuchillo y tenedor en mano llevando esa horrible servilleta al cuello como si fuera un babero. También se le helaba la sangre al verlo sentado a la mesa frotándose las manos. Realmente había tenido una muerte dulce. ¿Qué mejor que ser guisado y saboreado por tu novia? María no tenía la culpa de que su hermano fuera esquizofrénico, pero era otra parte buena porque en la cárcel recibía la ayuda que necesitaba.

     
  • Aviso

    Amaia Maialen Serrano Uria · Bilbao 

    Recuerdos, sonrisas de felicidad y ternura en nuestras miradas. Y sin embargo, ni la ofrenda del ramo de novia a la virgen ha sido suficiente para evitar tu marcha. Dices que mi trabajo ha sido la causa, mi ciega dedicación al mismo. Quise ser una superwoman, una abogada de éxito para ti, pero tú sólo deseabas estar conmigo. Me avisaste, y sólo ahora, mientras mis lágrimas mojan la fotografía de nuestra boda, me doy cuenta de la profundidad de tus palabras. El sobreseimiento es imposible, no encuentro ya argumento a mi favor, soy culpable. Ahora la casa está vacía, la televisión apagada, ya no hay calcetines tuyos en cada esquina. Sólo una nota, escrita a mano que dice: “El que avisa no es traidor, es avisador”. – “¡Despierta, que quedan tres horas para tu boda!” ¿Un mal sueño o un aviso?

     
  • El infalible

    Manuel Pablo Pindado Puerta · Leganés (Madrid) 

    Dejé atrás los viejos archivos que ya nadie usaba y doblé la esquina. Avancé entonces por un pasillo sucio, mal iluminado. La atmósfera se espesaba a causa de la humedad y la mala ventilación, pero me obligué a seguir. Tras forzar los tres cerrojos de la puerta pude confirmar los rumores. Palacios tenía en su despacho un pequeño altar para ofrendas, con imágenes de dioses paganos, extraños, rodeadas de cirios a medio consumir, algunos aún encendidos. Siniestros olores, que ni pude ni quise identificar, se mezclaban con el de las velas. La decoración la completaban fotografías de jueces, fiscales y acusados, varias de ellas pintarrajeadas con símbolos desconocidos. La sangre bajo el altar y la pasante desaparecida explicaban ese último sobreseimiento, aparentemente imposible. Palacios el infalible, le llamábamos. Saqué del saco el tembloroso conejo y le pedí perdón, con el afán de ganar mi primer caso como único argumento.

     
  • El cristal

    Alejandro Conde Arias-Salgado · Valladolid 

    El instructor había rechazado los argumentos del fiscal para mantener abierta la causa. Con el auto de sobreseimiento en el bolsillo, Juan estrechó la mano de su abogado y echó a andar calle arriba. El viento de marzo arreciaba contra las tapias del cementerio. Recorrió los paseos arbolados hasta detenerse frente a una de las tumbas y depositó sobre la losa el pequeño ramo, última ofrenda de un amor perdido. De vuelta a casa, cogió la fotografía de boda y se sentó para mirarla. Podía ver su sonrisa reflejada en el cristal.

     
  • Hijo, cuando seas mayor lo entenderás…

    Aina Valls Bolta · Valencia 

    Mis papás son abogados, o picapleitos, no sé. Deben ser las dos cosas porque trabajan mucho.
    Mamá se pasa todo el rato al teléfono y diciendo cosas de los jueces y de mi papá. A veces dice "tápate los oídos", pero yo hago que me los tapo y le oigo alguna palabrota. Hoy ha estado toda la cena muy enfadada. Creo que a causa de una fotografía, aunque siempre discuten por todo y nunca se besan. Yo lo prefiero porque los besos son un asco. Cuando salen en las películas me tapo los ojos. Ha gritado que la mujer de la foto era una cualquiera y que ofrecía sus frutos como una ofrenda y que no aceptaba ningún argumento. Me ha mandado al pasillo. Luego papá me ha dicho que se iba unos días. También algo de que seguro que mamá dictaba sobreseimiento o algo así por falta de pruebas.

     
  • Milonga lunera

    Maria Graciela Bolo · Buenos Aires (Argentina) 

    Su luz, que no deja huella, plateó en su perfil porteño la mirada torva, el ceño, la cruz de su negra estrella. Con luz de luna se sellan muerte, pruebas, argumentos, causa y sobreseimiento. Postales de una querella. Que todo al fin fue por ella, dice. Y saca del bolsillo la vieja fotografía. La luna, mientras, espía la ofrenda; guiña en su brillo, y se va. Sin dejar huella.

     
  • Un legado

    Verónica García Torres · Valencia 

    Como si tratara de una de las mejores ofrendas, mi padre me ha dejado como legado su despacho de abogados, el que fundó allá en 1940. Hoy sentada en la que antes fuera su mesa miro las montañas de expedientes, los autos de sobreseimiento, las causas pendientes, las demandas por contestar... y me vienen a la cabeza los años que ha pasado aquí sentado estudiando, lo tarde que llegaba a casa y también en las alegrías que le daba su trabajo. Ahora soy yo la que llego tarde a ver a mis hijos y, por qué no, también la que me llevo las satisfacciones. Pero como si del argumento de una novela de la que no me siento protagonista se tratara, y sin darme cuenta hasta ahora de lo mucho que lo necesito, lo único que puedo hacer es echarle de menos mientras miro su fotografía.

     
  • San Cristóbal

    Joan Domenge Sanso · Palma de Mallorca 

    El juez Santos murió atropellado por un autobús. Dos años después, al juez López lo arrolló un taxi. Y, tres años más tarde, el juez Martín falleció tras pasarle por encima el tranvía de Bilbao. “Todo esto parece el argumento de una película de Hitchcock”, piensa la jueza Domínguez al heredar el sillón que ocuparon todos ellos. Desconoce que en ese mismo instante, a sólo 500 metros del juzgado, la señora Jiménez se levanta de la cama. Enciende una vela y la coloca frente a una fotografía de San Cristóbal. Es una ofrenda que empezó a realizar hace siete años, la misma mañana en la que el Metro de Madrid atropelló a su marido. “Oh, San Cristóbal, que esta nueva jueza decrete al fin el sobreseimiento de la causa de mi querido Jacinto”, murmura mientras se dirige a la cocina para prepararse un café.

     
  • Prueba asesina

    María Dolores Rubio de Medina · Sevilla 

    “Señoras y señores del Jurado, no les quepa duda, hubo difunto y funeral donde la ciudad toda alabó la hermosa ofrenda floral enviada por el acusado, pero en esta venerable Sala no hay asesino. El día de autos mi defendido estaba en otro país”. Teatral, mostré las pruebas alzándolas de una en una sobre mi cabeza: “Dos billetes de avión, la reserva de tres noches de hotel, una fotografía del acusado besándose con una dama rubia, al fondo verán ustedes la Torre Eiffel”. Giré la última prueba para que entrara en el ángulo visual del Juez. Se le fueron los colores y supe que no me quedaba tiempo para rematar mi argumento solicitando el sobreseimiento de la causa. Su Señoría, blanco, más tarde escarlata, se secó las gotas de sudor con las puñetas y se desplomó sobre la maza con sus últimas palabras: “mi mujer”.

     
  • La foto

    Mª Victoria Peidro Molina · Alcoy (Alicante) 

    Está sólo en el comedor, mira la tele y no ponen dibujos animados, retransmiten la “ofrenda floral fallera”. Mira aquella fotografía de su madre, con su rubia melena, sus imponentes tacones y aquella bata negra, colocada en hilera junto a otras batas negras cuyo único argumento son cabezas calvas, corbatas, y zapatos de cordones. ¿Será recuerdo de algún curso de cocina? ¿Será esa la causa de que estén tan buenos sus macarrones con tomate? Siempre les dice a sus amigos que su madre no es castellano parlante, es “raroparlante”, dice cosas como: “Mañana tengo una vista”,“no conseguiré el sobreseimiento”,“le darán una compensatoria”, “la legítima”,“el usufructo”. La llaman a media noche y se va,a la Comisaría o a la Guardia Civil, dice que lo mejor es negarlo todo,o llegar a algún acuerdo con el Fiscal. Raimon piensa que su madre está metida en algún lío, seguro.

     
  • Esta por papá

    Esperanza Temprano Posada · Madrid 

    “Ésta por papá” usabas como argumento para que me tomara la papilla y te funcionaba. Con el paso de los años, la cosa cambió, bastaba que quisieras algo, para que yo hiciera lo contrario, ¿por qué no te haces ingeniero? y me hice abogado. Después no hubo después, ese mal nacido bebido y sin carnet te llevó por delante y ni nos despedimos. Nunca entendí como el juez pudo dictar el sobreseimiento de la causa, ante la pasividad absoluta de nuestro Letrado. Ahora lo ha vuelto a hacer, pero esta vez todo va a ser distinto, no va a escapar. Me visto la toga, rigurosamente negra para la ocasión, coloco tu fotografía en el atril como si fuera un altar, como un ritual te observó y finalmente antes de salir hacia el tribunal hago mi personal ofrenda: “Ésta por papá” .

     
  • De mayor, abogado

    Daniel Sánchez Bonet · Castellón de la Plana 

    Como Manolito no sabía todavía que quería ser de mayor, su madre lo llevó a la consulta de Don Paco, de quien se decía que era capaz de ayudar a los jóvenes indecisos a la hora de encauzar su vida. Su método resultaba sencillo, pero eficaz. Nada más llegar, Don Paco le pidió a Manolito que escogiera cinco de los muchos papelitos que tenía boca abajo sobre su mesa. Al chico le costó, pero tras su decisión, Don Paco fue introduciéndolos en una bolsita mientras iba leyendo en voz baja lo que estaba escrito en ellos: fotografía, causa, sobreseimiento, argumento y ofrenda. Después, le animó a coger uno de los papelitos. Manolito nunca sería fotógrafo, ni físico, ni filósofo y menos rey mago y al ver aquel traje negro que le llegaba a su hijito por debajo de las rodillas, a su madre tampoco le quedó ya ninguna duda.

     
  • Causa Causatis

    Adela Ramos Contioso · Sevilla 

    Yo iba por vocación y sin ninguna duda para meteorólogo (hombre del tiempo, vamos) pero mi padre se empeñó en que estudiara Derecho con el argumento de que tenía más salidas y aprendí aquello del causa causae, causa causatis, el que es causa de la causa es causa del mal causado, que me gustó y orientó hacia el Derecho penal. Ahora he ubicado como dulce venganza su fotografía sobre la mesa de este Despacho en el que comienzo a ejercer como Juez de Instrucción sustituto, tras doce años de preparación de las oposiciones de Judicatura sin éxito. Al igual que los chamanes que realizaban ofrenda invocando a los dioses lares pienso mirar al cielo antes de cada resolución judicial. Si llueve y truena continuaré diligentemente la instrucción de la causa; en tanto si escampa y sale el sol procederé feliz al sobreseimiento y archivo de las actuaciones.

     
  • La prueba gráfica

    Jerónimo Gallego Pérez · Valladolid 

    Hasta esta ocasión todas las actuaciones judiciales habían terminado en sobreseimiento. La población musulmana mantenía un cerrado hermetismo y resultaba imposible descubrir a quienes mantenían la bárbara costumbre en la barriada inmigrante. Pero ahora, cuando la causa estaba conclusa llegó al Juzgado un sobre y en su interior una nítida fotografía que permitía distinguir perfectamente el cuerpo de la niña, las personas que lo sujetaban, la vieja que acercaba la cuchilla a los genitales de la aterorizada criatura, unas mujeres al fondo que extendían los brazos en la ceremonia de la ofrenda: el argumento completo de la ablación del clítoris. Quedaron fuera de foco, naturalmente, las dos agarenas jovencitas que habían manejado habilidosamente la cámara.

     
  • Músico

    Carlos I. Fernández Carbonell 

    Mi hijo será abogado, pero abogado, abogado. No un simple licenciado en derecho, carne de oposición, un ente alopécico que ofrezca los mejores años de su vida como ofrenda al Dios Administración Pública, no, no. Mi hijo será un abogado de verdad, un defensor de causas imposibles, un artesano de argumentos, el mago de los sobreseimientos. Será rico, famoso, respetado y admirado. No como su madre y mucho menos como su padre. Escuche, no descansaré hasta que tenga la fotografía del día de su graduación sobre mi mesita de noche. Y ningún psicólogo infantil de tres al cuarto como usted me va a convencer de que mi hijo tiene una sensibilidad especial para tocar el violín. Valiente pérdida de tiempo.

     
  • ¡Entérate!

    Isabel Fraile Sánchez · Las Palmas de Gran Canaria 

    Lo mío es una causa perdida, lo sé, bueno lo supe hace tiempo… aunque hace poco que arrojé la toalla vencida por lo inevitable. De nada me han servido las ofrendas, las exposiciones, los informes, los argumentos… Por mucho que me empeñe en hacerte ver lo que ocurre a tu alrededor parece que no va contigo. “Será la crisis de los cincuenta”, me digo excusándote. A menudo miro con nostalgia esa fotografía en la que apareces con la toga de juez, repeinado, la sonrisa de triunfo en tu boca, ese halo de superioridad… ahora casi no te reconozco. Es la última vez que lo intento, pues a mí, como tu amante y secretaria judicial me duele la sorna de los abogados, ¡si es qué hasta los fiscales se burlan! Se acabaron las sutilezas, ¡entérate de una vez y allá tú!, te llaman Míster Sobreseimiento.

     
  • Sin rencor

    María de Gracia Peralta Martín 

    Hijo mío, aún no se que hicimos mal tu madre y yo. Siempre trabajamos para que no te faltase de nada y llegases a ser un gran abogado. ¿Cuál fue el motivo de tu distanciamiento? Cuando estudiabas decías que algún día pagarías todo lo que estábamos haciendo por ti. Nosotros no queríamos ningún tipo de ofrenda, simplemente tu cariño y reconocimiento. Llevamos años soñando con una llamada de teléfono. Utilizando tus palabras, creo que decretaste el sobreseimiento de esta noble causa. Nunca le dije a tu madre ni una palabra, pero tengo mis argumentos. Te avergüenzas de nuestra condición. Somos humildes, gente de campo. Aunque trabajando en él pudimos pagar tus estudios. Ningún rencor. Este anciano enfermo te pide que vengas a ver a tu madre. Quizás no te reconozca. Su mente está divagando en el camino de las sombras. Pero ella siempre lleva entre sus manos tu fotografía.

     
  • Purgatorio

    Raquel Edelman · Montevideo (Uruguay) 

    Cuando se abrieron las puertas del cielo y fue a ingresar al Paraíso, San Pedro lo detuvo; y sin brindarle ningún argumento revelador le informó:“por decreto de Dios,se ordena el sobreseimiento de su causa. Debe Ud. regresar a la Tierra” Y así se hizo. Despertó en el callejón solitario que atravesaba cada mañana camino al despacho, se palpó la sien percatándose de que no había rastros de sangre ni del orificio causado por la bala que había recibido unas horas antes. Se incorporó perplejo. Subió al automóvil y condujo rápidamente a su hogar. Llegó. Silencio. Confundido, observó su propia fotografía sobre la chimenea, con una vela encendida, a modo de ofrenda. Entonces la vio dormida, con sus rizos ocultando un rostro de felicidad. A su lado, abrazándola, reconoció a su asesino. Rápidamente comprendió que empezaba a morir en vida y que acababa de obtener su pasaporte al infierno.

     
  • Juicio Final

    Pedro Fernández Puig · Getxo (Vizcaya) 

    Derrapó mi coche. Una intensa luz blanca cegó mis ojos. Sonaba música celestial, como en la consulta de un dentista. Había un señor vestido de blanco delante de una puerta con un arco de seguridad. No había duda, era San Pedro. Más que hablarme, me increpó: - ¡La fotografía de su vida no ha sido más que una ofrenda a la Ley!. No cuidó de su familia, de los demás, de usted mismo. Siempre un mismo argumento; el proceso, los vencimientos, las pruebas… - ¡Pido un aplazamiento! –contesté-. - ¿Por qué? –preguntó, sorprendido- - ¡No he tenido plazo para preparar el juicio! –respondí-. Pareció dudar… Por fin sonrió, y la luz se desvaneció. Derrapó mi coche. Unas intensas luces naranjas cegaron mis ojos. El sanitario dijo: - No creo que salga de esta. Yo sé que sí. He ganado tiempo. He cambiado. Dedicaré mi vida al sobreseimiento de mi causa.

     
  • Elucubración

    Eva Requejo Fernández · Mieres 

    Esa mañana sobre su mesa encontró un sobre. Al abrirlo, halló una serie de fotografías esperpénticas. En las imágenes se podía ver lo que parecía una cabeza desmembrada y parcialmente cubierta. El rostro de un hombre, desfigurado, parecía reflejar el terror de lo vivido. Una sábana empapada en sangre sobre una mesa indicaba el lugar de la ofrenda. Alrededor de la mesa varias personas cubiertas por túnicas. El argumento principal brotaba en su mente a marchas forzadas, un ritual, quizás satánico. No pudo reprimir la tentación de compartir con sus compañeros tan terroríficas escenas. Había que preparar el inicio de la causa. El corrillo fue inevitable y las elucubraciones propias del cine gore. Apenas cruzó la puerta, le abrieron camino directo a la mesa del Secretario, quien presuroso le entregó las fotografías. Su Señoría las miró, sonrió y sentenció: “¡Por fin las fotografías de Halloween!. Sobreseimiento y archivo. ¡A trabajar!”.

     
  • El mejor argumento

    María José García Varela · Ortuella (Vizcaya) 

    Al mirar la fotografía familiar que presidía el salón de su casa se sintió por un momento culpable de su decisión. Siendo el último descendiente de una larga estirpe de abogados parecía inadmisible no seguir los pasos tradicionales y formar parte en un futuro próximo del despacho familiar. Siempre se rebeló ante ese hecho, le hacía sentir que su vida formaba parte de una ofrenda a la justicia hecha por alguno de sus ancestros muchos años antes. Siempre había defendido vehementemente ante su familia cada una de las decisiones que tomaba, incluso aportaba pruebas para que no se dictase el sobreseimiento de cualquier causa. Esta vez estaba seguro de que no serían necesarios tantos requisitos, tenía el mejor argumento que podía ofrecerse, su falta de vocación. Con una intensa inspiración cogió el martillo, dio tres golpes en la mesa y anunció a sus padres su veredicto final.

     
  • Donna e móbile

    Miguel López Salvador · Salinas 

    La incredulidad se dibujaba en el rostro del letrado. A medida que leía el auto de sobreseimiento menos lo entendía. Como único argumento su señoría oponía una endeble divagación sobre la presunción de inocencia a un cúmulo de pruebas incriminatorias. Y eso era todo. No habría causa sobre homicidio frustrado. El marido había sobrevivido al arsénico. Ahora tendría que digerir el veneno del rencor condimentado con la impunidad de su poco edificante esposa. En ese mismo instante, su señoría recibía a la contraparte en la intimidad de su despacho. Resultaba jactanciosamente bella. El juez, sumiso, le tendió a modo de ofrenda el escrito que contenía su infame resolución. Ella sonrió. Después, sacó de su bolso un sobre y se lo entregó. Allí estaba todo. Por fin. El juez respiró aliviado. Ahora estaba solo. Un tenue rastro de Donna Karan aún flotaba en el ambiente. Se sentó y miró aquella fotografía.

     
  • La pluma

    Carlos Moro Valero · Boadilla del Monte (Madrid) 

    Hace veinte años, al aprobar la oposición, Don Manuel, mi mentor, me regaló una pluma. Le prometí, como única ofrenda, intentar ser un juez honrado. Mis primeros años de ejercicio fueron trepidantes, siempre guiado por la ley y por mi conciencia, cada sentencia, sobreseimiento o simple argumento iba teñido de la tinta de la pluma que, para mí, representaba los valores esenciales de un jurista. El matrimonio y la llegada de los hijos, fueron difícilmente conciliables con el sueldo de un juez de primera instancia, lo que me condujo a unirme a un bufete. Mi pluma, misteriosamente empezó a fallar, tuve que alternarla con bolígrafos de plástico. Causa tras causa, empleaba los bolígrafos, añorando el tacto y el sonido de mi pluma, que descansa junto a la fotografía de Don Manuel. Cosas de la vida, ahora me he metido en política. Ni siquiera encuentro cartuchos.

     
  • Maldita vanidad

    María R. García · León 

    Contra todo pronóstico, dictó el sobreseimiento de la causa. Ninguno de los presentes daba crédito a lo que acababa de escuchar; el argumento de la acusación había sido demoledor y las pruebas eran irrefutables. Atónitos, fueron despejando la sala mientras el juez permanecía inmóvil apretando con vehemencia su mano derecha. Allí llevaba, a buen recaudo, la ofrenda envenenada que le había hecho llegar el acusado: la fotografía de su señoría ataviado con un arnés de cuero y con un bocado bola ahogando sus palabras. La instantánea le mostraba esposado a la silla,sumiso,aguardando a una chica con tacones de vértigo que se acercaba blandiendo una fusta. ¡Qué tonto había sido! Ahora se daba cuenta de lo raro que fue que, de todos los hombres que participaban en la convención, aquel bombón de piel canela se hubiera fijado precisamente en él.

     
  • ¿Ficción?

    Jose Iglesias Sobrino 

    “La causa de la causa es causa del mal causado…”. Como una ofrenda depositada ante el inmaculado altar de la justicia desgranaba mi alegato final. Mi colega, el abogado de la otra parte, solicitaba el sobreseimiento total del caso. ¡Que ingenuo! Le iba a destrozar con mi impecable argumento. Yo lo sabía, el lo sabía, todos lo sabíamos. Entonces me citó en un bar a una hora desusada incluso para él. Apareció sólo y, sin mediar palabra, me enseñó una fotografía de una excelente calidad. Enseguida comprendí que ni el exquisito desarrollo del mejor de los argumentos posibles me iba a servir para nada. En la imagen, su Señoría retozaba con la acusada en actitud poco recomendable para la moral del momento. Me miró con una sonrisa burlona y, antes de irse, me dijo en un susurro, “la causa de la causa…”.

     
  • Su ley

    Federico López Ruisánchez · Santander 

    Sábanas revueltas, botellas vacías... Su perfume aún invade la habitación, robándome en cada bocanada un pedazo de vida mientras pienso desesperado -¡demasiada ofrenda!...- Nadie sabe qué fue de aquella fotografía. Era la pieza clave del rompecabezas: sin ella el juez se vio sin argumentos para continuar la causa. Ella era culpable. Lo supe en cuanto la vi. Nunca me importó. ¡No hay droga más potente que la pasión desmedida! Tuve que elegir. ¡Me obligó a elegir! Una revisión rutinaria. Una cerilla escondida. No sólo era el papel lo que ardía en aquella sala de pruebas... Imagino los diarios de mañana: “Fiscal de distrito muere en extrañas circunstancias...”. Para entonces ella vivirá lejos, sin más ley que la que dicta su cuerpo. Oigo el fax del dormitorio escupir un documento... El veneno va haciendo su efecto... La notificación del sobreseimiento llega a la par que se escapa mi último aliento.

     
  • Mi ley

    Roberto de la Caridad Fernández García · Varadero (Cuba) 

    Tomo mi enésimo café del día en la barra del bar, frente a la Audiencia, a la hora de almorzar. Mis ojos se detienen sobre el portafolio donde guardo los papeles de la causa que ya sé perdida. Paso revista a los avatares del proceso, desde que el Tribunal desestimara la solicitud de sobreseimiento; cuando apareció aquella fotografía comprometedora que hoy el investigador policial presentó durante la vista… y me veo sin argumentos para fundamentar mi alegato. Dejo el café y suspiro con tristeza al pensar en la ofrenda que habré de hacer esta tarde a los dioses de la justicia,  cuando, posiblemente, mi hijo sea condenado a muerte. De pronto siento que me aplasta el peso de esa misma ley que siempre defendí, pero que ya no es mi ley; y rompo a llorar desconsoladamente.

     
  • La página 25

    Juan Manuel Batuecas Florindo · Madrid 

    Corrí a coger el periódico. Mi fotografía en primera página. “Carlos Pérez, un claro ejemplo de reinserción”. Varios años atrás, recordaba levemente el día de la Sentencia. Se le condena a 20 años de prisión, como autor de homicidio. Te harás viejo en prisión, salvo que te reinsertes, me dijo mi abogado. Y me puse a ello. Devoto de la virgen de la merced, patrona de los presos, nunca faltó mi ofrenda semanal. Mi conducta fue intachable. Hice miles de cursos: jardinería, carpintería, electricidad. Ni yo me lo esperaba cuando me llegó la libertad condicional. El argumento era simple: está preparado para integrarse de nuevo en la sociedad. Incluso tenía otra causa abierta y me concedieron el sobreseimiento. Ahora disfruto de mi libertad. Ojeo el periódico junto un café. “Tercera muerte violenta en lo que va de mes. Se desconoce el autor”. Página 25, Sucesos.

     
  • En su honor

    Eduardo Pablo Chirico · Buenos Aires (Argentina) 

    La ofrenda floral y la fotografía de graduación mostraban distorsionados contornos a través de la copa de champagne. Las flores se las habían enviado desde su oficina a Claudia, con una tarjeta que rezaba:”Por veinte años de exitoso trabajo en el bufete, y por muchos más.” Este era el prólogo de la fiesta que, en su honor, se celebraría una hora más tarde en el salón del Hotel Internacional. La graduada más joven de su promoción, con veintidós años recién cumplidos, comenzó allí una exitosa carrera tomando una causa penal de complicada resolución, y logrando el sobreseimiento de los imputados con un argumento inapelable. Mientras se alhajaba para la fiesta, bebió otro sorbo de champagne y recordó los cientos de criminales que había defendido y liberado con su dialéctica; sonrió satisfecha y orgullosa de su éxito. Luego tomó la foto y se vio veinte años atrás. Y comenzó a llorar.

     
  • Causa perdida

    María Dolores Bellosillo Amunategui 

    Era demasiado niño, demasiado testarudo,y demasiado valiente y yo era una administrativa responsable y gris en la Dirección General de Seguridad del Estado en los años mas rabiosos de la dictadura española y tuve acceso al informe cuyo argumento rezaba: "Causa urgente"., junto a su nombre y su fotografía, "Elemento sumamente subversivo y reincidente..." Era demasiada ofrenda. Para estos casos y por experiencia sabía que no había concesiones, ni mucho menos un juicio honorable, ni mucho menos la esperanza de un sobreseimiento cara a un futuro, en esos momentos demasiado impensable. Si lo conocieran, temblé, y ya con tantas detenciones a su espalda y tantos palos. Los abogados nunca pudieron hacer nada por él. Pero ahora yo sí podía, la mujer anodina de diario sí podía. Miré con cuidado a mi alrededor, tomé el informe y me lo comí. De momento no iba a sufrir más por mi hijo mayor.

     
  • Efecto secundario

    David Guijosa Aeberhard · La Laguna (Santa Cruz de Tenerife) 

    La cuestión era el sobreseimiento. Y aquella muerte que no se podía curar de ninguna manera. Decidieron que no había causa. La fotografía en el salón se ponía amarillenta viendo pasar las agujas del reloj hacia las hora. No hubo juicio. Todos nos poníamos amarillentos, como un argumento a favor del tiempo en contra. Pero sí hubo condena. La condena era allí, en el salón, sentados junto a ella; que se deshacía como una ofrenda de flores frescas sobre la pieza fría de granito, encajada boca abajo, en una tumba. Cada día nos acercábamos hasta el sofá mientras ella dormía sumida en sus pastillas y quería olvidar que existía. Y la acompañábamos, convertidos en espectadores, mordiendo la frustración en cada sonrisa, contemplando los efectos secundarios de la justicia.

     
  • La próxima vez

    Susana Corroto Villacañas · Alcalá de Henares (Madrid) 

    Dictó el sobreseimiento de la causa y el mundo se me vino encima. Contemplé cómo se levantaba y descendía con lentitud deliberada del estrado, mientras los pliegues de su larga toga se mecían, sugerentes, al compás de sus caderas. Pasó por mi lado, muy erguida, tan segura de sí misma, impregnando el aire de aquel aroma a lilas frescas. Sin mirarme siquiera. Allí permanecí, embobado, inmóvil, bloqueado y, como si de una vieja fotografía se tratase, volví a visualizarme mucho tiempo atrás, en la facultad de derecho, cuando tampoco lograba de ella ni las migajas de su mirada azul. Ahora, yo era abogado de oficio y ella, cómo no, jueza. Seguía sin tener ni un sólo argumento atractivo que pudiera despertar su interés, pero aún conservaba en el bolsillo aquel poema que le escribí un día y que pensaba entregarle, sí, quizás la próxima vez, como ofrenda de mi amor.

     
  • Rojo sobre blanco y negro

    Antonio Díaz López · Petrel (Alicante) 

    En mi mundo blanquinegro, yo, P.I. Marlowe, abogado y detective, fumaba y leía causas en mi despacho. Tocan a la puerta y aparece una voluptuosa silueta. Mi último cliente entra con garbo, mirándome desde sus altísimos tacones. Mis ojos atrapados por su rojo vestido, que me regalaba, cual ofrenda divina, la visión de sus torneadas piernas. Se llamaba Scarlet, como averiguaría durante esa noche. Sus labios carmesí suspiraron: "Te necesito" lanzando una fotografía sobre mi mesa. Un mero vistazo y supe que era el argumento definitivo. El Juez Delacroix era mi hombre, como había sido el de ella cuando se sacó la instantánea. Ordenaría el sobreseimiento, y ella sería declarada inocente de acabar con la vida de su marido. A la semana siguiente, mientras boqueaba entre las sábanas revueltas, envenenado, la radio crepitaba anunciando el suicidio del juez. Scarlet odiaba dejar cabos sueltos.

     
  • ¿Perdonarían una multa?

    Gartzen Batarrita Osa · Astrabudua-Erandio 

    La señora Baltimore declaraba muy afectada. Sus anteriores maridos también desaparecieron sin dejar rastro. La causa de la desaparición de Nicolás se basaba en la supuesta pertenencia de éste a una secta y que Nicolás le comento que algún día él sería una ofrenda, una ofrenda humana. Este argumento fue lo que llevó al abogado defensor a pedir el sobreseimiento, seguramente el pobre viejo se había suicidado o habría sido sacrificado y habrían hecho desaparecer el cadáver. Un momento señoría!! dijo el fiscal. Nos acaban de pasar una prueba de última hora desde la DGT que usted debería examinar!! Un coche aparecía claramente en la fotografía. El radar lo cazó a 153 mph en la autopista del desierto de Austin con limitación de 120 mph. Al fondo, fuera de la autopista, la señora Baltimore cavaba en la tierra un foso junto al cuerpo y el coche de Nicolás. Malditos radares pensó.

     
  • Todo irá bien

    Javier de Pedro Peinado · La Alberca (Murcia) 

    La tarde es esplendida. Camino por la calle enfundado en un elegante traje blanco de lino, con el auto de sobreseimiento bajo el brazo. Siento que nada puede ir mal. En el restaurante me espera la abogada de largas piernas y escote pugnaz, cuya brillante estrategia y eficaces argumentos son la causa de mi dicha. La cena es perfecta. Al salir le tiendo el brazo y ella acepta la ofrenda, cobijándose junto a mi hombro mientras caminamos hacia el club de jazz. Saludo a los músicos; chasqueo los dedos y el camarero acude; nos sentamos bajo la fotografía de John Coltrane y me acerco al oído de la dama para acariciarlo con palabras que se deslizan al ritmo del saxo… El psiquiatra de la prisión le interrumpió: —Dejémoslo aquí. Creo que le reduciré un poquito los antidepresivos. Como mañana tiene el juicio, no habrá sesión. Le deseo buena suerte.

     
  • Pasión literaria

    Ana Pilar Cortés Bendicho · Valencia 

    Fallas 2010. Como telón de fondo, la ofrenda floral a la Virgen. Una abogada en busca y captura, acusada de matar a un cliente favorecido por un injusto sobreseimiento, vestida de fallera y camuflada entre las miles de mujeres con traje típico que abarrotan las calles. Una comprometedora fotografía tomada por azar, y una persecución entre el gentío con espectacular detención final. Estupendos ingredientes, sin duda un buen argumento para mi primera novela. Quien sabe, quizás se convierta en best seller y me permita dedicarme a la literatura, mi verdadera pasión. Un discreto codazo sirvió para que volviera en sí de su ensimismamiento. Señoría- susurró el secretario- la causa ha terminado, esperan el “visto para sentencia”. Y el magistrado, cansinamente, hizo sonar el mazo, poniendo fin a un juicio del que, como era habitual, no había escuchado ni una sola palabra.

     
  • La ofrenda

    María José Romero Bañolas · Las Palmas de Gran Canaria 

    En la salita de espera del abogado toman asiento junto a mí, intimidándome, el divorcio, el despido y un desahucio que me obligará a regresar a mi pueblo, con la cabeza gacha. Y lo peor, una denuncia penal por un desgraciado accidente de tráfico que ha marcado el inicio de mi apocalipsis particular. La socorrida mala suerte se me antoja un argumento piadoso como causa de mis males. La fotografía de mi hijo Álvaro, apretujada en mi bolso, late con vida propia dándome fuerzas. El letrado no hace sino confirmar mi ruina ¿Son sus honorarios para lograr el sobreseimiento? Mi mente desesperada atisba como único activo la mirada de Don Aurelio, resbalando disimulada desde mi cabello hasta el escote. -¿Y no lo podríamos arreglar si le ofrezco mi casa como pisito de soltero? Mi temblorosa ofrenda choca con sus ojos incrédulos mientras, con un desconsuelo sutil, me indica la salida.

     
  • El reencuentro

    Mayte Campos Anglés · Blanes (Gerona) 

    Salí de los juzgados henchido de satisfacción por haber conseguido que la causa se paralizara y terminase en sobreseimiento. Claro que el argumento era infalible, nadie puede estar en dos sitios tan alejados a la vez, y sobre mí no recaía sospecha alguna. Así que pensé, complacido “la justicia funciona” y hasta se me pasó por la cabeza llevarle una ofrenda a santo Tomás, como sé que hacen algunos de mis colegas más devotos, idea que descarté de inmediato dadas mis tendencias ateas. Pero cuando lo vi delante de mi coche con esa sonrisa indescriptible, el corazón me dio un vuelco; nada comparado con la frustración que experimenté al ver la deslucida fotografía en blanco y negro que plantó ante mis ojos. No éramos gemelos idénticos como había descubierto recientemente, éramos trillizos homogéneos, y al parecer yo era el único de los tres que lo ignoraba.