Efecto secundario

David Guijosa Aeberhard · La Laguna (Santa Cruz de Tenerife) 

La cuestión era el sobreseimiento. Y aquella muerte que no se podía curar de ninguna manera. Decidieron que no había causa. La fotografía en el salón se ponía amarillenta viendo pasar las agujas del reloj hacia las hora. No hubo juicio. Todos nos poníamos amarillentos, como un argumento a favor del tiempo en contra. Pero sí hubo condena. La condena era allí, en el salón, sentados junto a ella; que se deshacía como una ofrenda de flores frescas sobre la pieza fría de granito, encajada boca abajo, en una tumba. Cada día nos acercábamos hasta el sofá mientras ella dormía sumida en sus pastillas y quería olvidar que existía. Y la acompañábamos, convertidos en espectadores, mordiendo la frustración en cada sonrisa, contemplando los efectos secundarios de la justicia.

 

 

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