Corazón tan negro

Manuel Molina Domínguez · Palma 

Dictaba sobreseimientos en causas penales por abusos o explotación infantil, basándose en argumentos peregrinos y sin escrúpulo alguno. Lo hacía en su propio interés, y según el potencial económico de los encausados. Les evitaba publicidad negativa, y aquellos sabían agradecérselo. Su última hazaña le había procurado un placentero viaje al Caribe, donde disfrutaba del lujo, comportándose despóticamente con camareros, bebiendo margaritas, y contemplando perezosamente el horizonte azul cobalto. Pero aquella noche -no recordaba cómo- se adentró en el Yucatán, hasta Chichen-Itzá. Como en un sueño, escaló su pirámide acompañado por extraños que parecían conocerle. Identificó el altar por haberlo visto anteriormente en una fotografía sobre arte precolombino: allí se celebraban antiguamente sacrificios en que se extraían corazones humanos aún vivos, como ofrenda a los dioses. Fue lo último que pensó mientras sentía el frío de la piedra en su espalda, y la afilada punta de obsidiana en el pecho.

 

 

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