Donna e móbile

Miguel López Salvador · Salinas 

La incredulidad se dibujaba en el rostro del letrado. A medida que leía el auto de sobreseimiento menos lo entendía. Como único argumento su señoría oponía una endeble divagación sobre la presunción de inocencia a un cúmulo de pruebas incriminatorias. Y eso era todo. No habría causa sobre homicidio frustrado. El marido había sobrevivido al arsénico. Ahora tendría que digerir el veneno del rencor condimentado con la impunidad de su poco edificante esposa. En ese mismo instante, su señoría recibía a la contraparte en la intimidad de su despacho. Resultaba jactanciosamente bella. El juez, sumiso, le tendió a modo de ofrenda el escrito que contenía su infame resolución. Ella sonrió. Después, sacó de su bolso un sobre y se lo entregó. Allí estaba todo. Por fin. El juez respiró aliviado. Ahora estaba solo. Un tenue rastro de Donna Karan aún flotaba en el ambiente. Se sentó y miró aquella fotografía.

 

 

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