Rojo sobre blanco y negro

Antonio Díaz López · Petrel (Alicante) 

En mi mundo blanquinegro, yo, P.I. Marlowe, abogado y detective, fumaba y leía causas en mi despacho. Tocan a la puerta y aparece una voluptuosa silueta. Mi último cliente entra con garbo, mirándome desde sus altísimos tacones. Mis ojos atrapados por su rojo vestido, que me regalaba, cual ofrenda divina, la visión de sus torneadas piernas. Se llamaba Scarlet, como averiguaría durante esa noche. Sus labios carmesí suspiraron: «Te necesito» lanzando una fotografía sobre mi mesa. Un mero vistazo y supe que era el argumento definitivo. El Juez Delacroix era mi hombre, como había sido el de ella cuando se sacó la instantánea. Ordenaría el sobreseimiento, y ella sería declarada inocente de acabar con la vida de su marido. A la semana siguiente, mientras boqueaba entre las sábanas revueltas, envenenado, la radio crepitaba anunciando el suicidio del juez. Scarlet odiaba dejar cabos sueltos.

 

 

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