Idus de marzo

Alberto Mittelbrunn Espinosa · Zaragoza 

Fue el fiscal recurrente en mis primeros juicios de abogado joven. Ayer apareció su fotografía en el obituario del periódico. Hubo de todo, condenas, absoluciones, sobreseimientos. Le precedía su fama de duro, pero su expresión severa siempre me resultó un tanto forzada, como de oficio. Tenía un aspecto elegante, entre coronel británico semirretirado y espía de hipódromo. Recuerdo su perfil aquilino, enhiesto en el sitial de la acusación como un ave heráldica de dos cabezas: una altiva, rampante, de mirada escrutadora y la otra levemente inclinada, necesitada de gafas, ojeando como distraídamente los folios del expediente. Hoy he asistido al entierro: pésames rituales, ofrenda de coronas. Ha sido una mañana triste, ventosa, ausente la tibieza prematura de la primavera, con los fríos retrasados del invierno afilándose como cuchillos en las esquinas del cementerio. El ataúd, transportado por compañeros vestidos de negro semejaba una imagen propia de un cuadro de Magritte.

 

 

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