I Concurso de Microrrelatos sobre Abogados

Ganador del Mes

Ilustración: Juan Hervás

Una desagradable sorpresa

Yemila Saleh Fraile · Bilbao 

Aquella mañana se había citado con su cliente, un tipo acusado de asesinar a su prometida minutos antes de la boda. Sonaba interesante. Pero cuando abrió la puerta de su despacho, descubrió que los muebles, paredes y techo habían desaparecido; en su lugar había una pradera, un cielo azul donde brillaba el sol, y un riachuelo por el que cruzaba, en aquellos momentos, una diligencia tirada por veloces caballos. Pero no terminaron ahí los sustos, porque se escuchó el silbido de una bala y después, apareció un grupo de violentos indios persiguiendo a la diligencia. “¿Qué pasa aquí?”, preguntó indignado. Entonces, se le acercó un tipo con gafas que llevaba un cuaderno y un bolígrafo en la mano, y se lo explicó: “lo siento, pero hemos cancelado su serie, y en su lugar, hemos puesto Bonanza. No me mire así, es la ley de la audiencia, señor Perry Mason...”

 

Relatos seleccionados

  • Donde las dan…

    Francisca Villalta González · Tomelloso (Ciudad Real) 

    ¡¨Desea la acusada exponer algo antes de que se dicte sentencia?... -un ligero codazo del abogado defensor le hizo desviar la mirada del riachuelo que en su lento discurrir podía verse a través de la ventana abierta del juzgado. Señoría, -contestó la acusada-, quise dejarle, pero el nunca me lo permitió. Solía acusarme de no actuar con diligencia. Solía decirme que una buena esposa tiene la obligación de obedecer y satisfacer a su marido. -Y con toda la serenidad de quién se ha quitado un gran peso de encima continuó diciéndo...-Entiendo que usted como juez debe hacer que se cumpla la ley. No hay peor prisión que la que he padecido desde el día de mi desafortunada boda. Sí, con la misma pistola con la que me amenazaba y mientras dormia, le metí una bala por el culo, y no me arrepiento.

     
  • Tarta nupcial

    Arturo Kauffmann Sánchez 

    Un riachuelo de gente inunda la calle: es el séquito nupcial de una boda recién consumada. Los novios, ahora esposos, encabezan la comitiva con diligencia. Los invitados, envalentonados por el vino litúrgico, asustan a un pequeño pichón. ¡ste alza el vuelo y un pesado excremento se desploma cual bala perdida de su minúsculo esfínter. El novio sólo puede ver como la mierda, irremediablemente, aterriza sobre su camisa blanca. Esto es una señal, piensa, este matrimonio no acabará bien. Espolvorea el mojón con la mano y saluda a la multitud. Llegan al restaurante y el novio debe hacer los honores: es la ley de su familia, consuetudinaria necedad. Quiere lavarse las manos pero la multitud, ebria, no se lo permite. Corta el pastel, le obligan a relamerse los dedos y, acabado el ritual, cada uno de los invitados prueba la tarta. Tiene un resabio amargo, comentan los menos achispados...

     
  • ¿Quién se divorcia?

    Yolanda Soriano Padin · Barcelona 

    La discusión comienza y finaliza con el reparto de bienes comunes. Suerte que no tienen hijos, comentamos al inicio. A medida que avanza nuestra conversación, tal es el talante del compañero, que acabo convencida que la boda fue la nuestra, que falté a la diligencia matrimonial debida, que abandoné mi compromiso ante la ley, que niego sus derechos tras tachar el riachuelo de tinta de su propuesta de inventario; y, no puedo evitar pensar que comunicada la sentencia de divorcio, la bala final la esquivará, y atravesará a los esposos que juraron alianza, que no sabrán que sus Letrados no repartieron sus bienes sino sus vidas. Llego a casa, observo a mi marido apoltronado en nuestro sofá común, y me felicito porque no es el Letrado contrario, y porque nuestra discusión comienza y finaliza con el reparto de nuestras actitudes y no con el reparto del sofá.

     
  • Sin perdón

    Francisco Javier Romero Pareja · Melilla 

    Que me pidiera “Mi súper bodorrio helénico” por “Mi gran boda griega” me hizo hasta gracia. Achaqué a su incultura cinematográfica que me preguntara si “La ley de la horca” era la segunda parte de “Liberad a Willy”. Empecé a ponerme nervioso cuando “El río”, del maestro Jean Renoir, quedó reducido en su petición a “El riachuelo”. Pero compréndalo, señor juez, no soy un simple empleado de videoclub: amo el cine, especialmente el western. Y cuando, con cara de guasa, aquel individuo me solicitó “La carroza” en lugar de “La diligencia”, no pude ya contenerme. Además, señoría, solo fueron tres dientes rotos y la nariz partida. Me limité a estamparle en la cara la carátula de “800 balas”, cuando lo que me pedía el cuerpo era habérselas disparado…

     
  • Lona de juicio

    Nuria Vilalta Renobales · Bilbao 

    Defendía tan prolijamente como Alí golpeaba sobre el ring. Ganó muchos juicios en un solo asalto, sin posibilidad de apelación por K.O. técnico y pruebas redundantes. Empleaba con diligencia los artículos constitucionales, como Rocky su izquierda, y fintaba los recursos de la fiscalía, con la rapidez y agresividad de Tyson. Su último juicio, en cambio, llegó por sorpresa y le pilló desprevenida. La campana sonó y el juez esperaba un cuerpo a cuerpo pero su marido se adelantó exigiendo el divorcio inmediato “Porque ya no te quiero”. Y no hubo gancho más doloroso. Ni la bala de una pistola hubiese podido herirla tanto. Derramó lágrimas formando un riachuelo de recuerdos que para ella seguían siendo maravillosos, desde antes de su boda hasta ayer. Pero no hubo ley que convenciese al corazón y lo perdió todo, incluso las ganas, y no pudo soportar más la toga y cayó sobre la lona.

     
  • Demanda de divorcio

    Belén Sevilla García 

    Yo, Amalia Pérez, comparezco ante el Juzgado de Primera Instancia y, al amparo de la ley, DIGO: Que mediante el presente escrito formulo DEMANDA DE DIVORCIO contra usted, Adolfo González, Juez de este Juzgado, con fundamento en los siguientes HECHOS: 1º: Que tras la celebración de nuestra boda hace siete años, el Juez ha desatendido el lecho conyugal sumiendo nuestra relación sentimental y sexual en un hastío cotidiano. 2º: Que su exitosa carrera profesional ha perforado como una bala nuestras ilusiones, proyectos y complicidades, convirtiendo mi vida en un puñado de diligencias a registrar. 3º: Que me he tomado la libertad de aparcar su deportivo en el riachuelo, donde solía verse con la procuradora de la sala segunda. Por lo expuesto, SUPLICO: Que acuerde por interpuesta esta demanda, se sirva de dictar sentencia, y de facilitarme el teléfono del nuevo fiscal de este Juzgado, el de los vaqueros ajustados.

     
  • Muerte en vida

    Delia Pozo Pastor · Muchamiel (Alicante ) 

    Siguiendo el riachuelo de sangre que había sellado de rojo carmín la entrada a la habitación, podía adivinar la macabra situación que debería contemplar al sobrepasar el umbral que me separaba del paisaje grotesco al que me avecinaba. Tras posponer ciertas diligencias, procedí al levantamiento del cadáver que por ley debía realizar. Sin duda alguna, me encontraba ante la huella de una de las escenas más pasionales que había podido admirar como fiscal en mis años de profesión. Una serie de elementos me daba pistas de lo acontecido en aquella noche de bodas con retorcido final. Paseé mi mirada observando el cava, la rosa, la corbata...y el recorrido de una bala penetrante en el rostro de...en la cabeza de...en mi propia cara. Sólo entonces, con una sensación nauseabunda, comprendí que ni ese caso ni ese cuerpo me pertenecían, pues la víctima era yo.

     
  • Duelo en Springtown

    Mencia Igartua Pascual · Torrelodones (Madrid) 

    El último representante de la ley yacía en la calle con una bala alojada en la frente. Tras el tiroteo, los hombres de Donahue se habían hecho fuertes en los corrales de las afueras y controlaban el puente sobre el riachuelo. La diligencia tardaba en llegar a la ciudad y los temerosos ciudadanos de Springtown no se atrevían ni a mirar por las ventanas mientras un silencio espeso se adueñaba del pueblo. -La boda puede esperar un día más, pensó John Murray, mientras agarraba el rifle antes de enfilar hacia el Saloon O Farrell. Ser juez de paz y abogado de pleitos pobres le había convertido en un personaje incoherente en aquella ciudad polvorienta y olvidada. John Murray se colocó con parsimonia la estrella en su solapa. Acariciando suavemente el gatillo, pensó que hacía un día maravilloso para arriesgar su vida por defender la ley.

     
  • Presunción de inocencia

    Lluís Sánchez Calderón · Bakio (Bizkaia) 

    Sin saber muy bien por qué me presenté en la boda de Jimmy el Pálido, meses antes le había salvado de la horca. Todavía recuerdo el caso… cinco testigos declararon haber presenciado como Jimmy asaltaba la diligencia en la que viajaba la víctima, un rico empresario tejano. Saludando a los presentes lo sacó del carruaje, le incrustó una bala en la nuca y abandonó su cuerpo inerte cerca de un riachuelo próximo. “No pinta bien” le dije en nuestra primera reunión, “va a ser el caso más fácil de tu carrera” me contestó,“confía en la Ley…”. Poco después, tras la misteriosa desaparición de todos los testigos el juez absolvió a Jimmy. El mismo juez oficiaba ahora el enlace entre ese forajido y la viuda de la víctima . “confía en la Ley” pensaba mientras saboreaba dulcemente mi tercer vaso de bourbon.

     
  • Prevaricación

    Lola Sanabria García · Madrid 

    '- Luego usted, a pesar de la veda, cazaba patos contraviniendo la ley- afirmó el juez. - No, señoría. Yo estaba agachado cerca del riachuelo, buscando espárragos- aseguró el demandante con la mayor diligencia. - ¿Entonces cómo pudo alcanzarle la ba

     
  • Segunda oportunidad

    Paula Oliván Sancho · Barcelona 

    A Randolff Macallister lo acusaron de hacer trampas en una partida de póquer. Tras un duelo al amanecer, el representante de la ley lo invitó a marcharse de la ciudad en la primera diligencia. Atravesó el oeste en compañía de un inglés que iba a Boston a conocer a su esposa. No habían celebrado ninguna boda ya que se habían casado por poderes. Él aportaría al matrimonio su título, ella su fortuna. Cuando la diligencia cruzaba el riachuelo que recorría el desfiladero, fueron atacados por los comanches. El inglés cayó muerto en el acto, también el conductor. Macallister, con una herida de bala en el hombro, sobrevivió. Cogió el caballo y las pertenencias de su compañero de viaje y se fue a conocer a su nueva esposa.

     
  • Trabajo sucio

    Diego Fernando Gómez Pineda · Bogotá (Colombia) 

    Por teléfono habló Barreta: —Listo, jefe. Cumplí a toda ley. Detuve la diligencia y despedacé los documentos antes de tirarlos al riachuelo. Azoté al conductor hasta que me dio la pala. Llegué a tiempo a la boda y le entregué el dinero al abogado del novio, como dijo Gavin. Cuando vuelva le entrego la pala. —¿Qué pala, animal, qué fue lo que hiciste? —Lo que le acabo de decirle, jefe. ¿…acaso cómo era? —¡Idiota! Tenías que interceptar la diligencia, meterle una bala al conductor, ¿entiendes? bala, pedazo de bestia, no “pala”, tirarlo al riachuelo, llevarle los documentos al abogado para detener la boda y ¡traerme el dinero a mí! —Pero Gavin me dij… Atrás, Gavin tembloroso trataba de acomodar los trozos del papel en que había apuntado el mensaje, mientras el jefe, pistola en mano, se acercaba para ejecutar esta tarea por sí mismo.

     
  • En apuros

    José Daniel Fayos · San Pedro de Jujuy (Argentina) 

    La voz sonora sorbió mi atención mientras anudaba tembloroso mi corbata. Rodando vertiginosamente, como una bala sin rumbo, caía la diligencia por la ladera, estropeándose entre las piedras. Destartalada, acabó su paseo abrevando en el riachuelo. Los caballos?.
    Unos golpes repentinos en la puerta, me distrajeron.
    -Apura, Manuel!- advirtió impaciente mi mujer.
    Perturbado, me marché de la habitación.
    Nada resulta tan molesto para un hombre de ley -con treinta años de ejercicio en la profesión de abogado- que ser importunado por una mujer; nada menos que en el día de la boda de su hija.
    Volví sobre los pasos de mi sombra, para apagar las luces y los artefactos encendidos. Para entonces, la transmisión radial de la historia de vaqueros había finalizado.

     
  • Ana Karenina

    Claudia Munaiz · Madrid 

    Estoy viendo desde la ventana, junto al riachuelo, a una pareja joven que aún no ha parado de besarse. Llevan nueve minutos de reloj. Ella es muy guapa. Tiene el pelo corto, castaño y lleva una camiseta con una bala roja dibujada; ¡l tiene coleta y pantalones cortos. No saben qué hacer con las manos así que las mueven en el aire, se acarician los brazos descubiertos, se toman la cara, se envuelven por el cuello, se separan unos milímetros, se ríen y se vuelven a besar. Nunca he visto tal demostración de amor en público. Ahora tengo que firmar dos actas de divorcio, enviar la diligencia al registro, preparar el artículo sobre el régimen de bienes gananciales para La Ley, cocinar cena para cinco y cortarme la melena envejecida. Puede que así Carlos me bese como lo hizo la noche de nuestra boda, hace treinta y tres años.

     
  • Vendetta

    Victoria Eugenia Muñoz Solano · Málaga 

    Don Giuseppe, el día de mi boda fue inolvidable; tuve que hacer un atestado en el que se llevó a cabo la diligencia de levantamiento de un cadáver. Asistió el juez Vázquez Riachuelo. El cuerpo, era de un orondo invitado, hombre de leyes; defensor de narcotraficantes y de camorristas. Tres balas tropezaron con su humanidad, salpicando a mi esposa. Un año después fue el bautizo de mi hijo. Perdí a mi mujer; otras tres balas partieron su corazón y con su muerte, también el mío. Pese a todo tuve que volver a ejercer mi trabajo de jefe de policía y hacer el atestado. Lucía era la hija de aquel invitado desconocido que se lanzó para recibir los impactos. Hoy me despido. Mi familia ha recibido sus tres vendettas. Y digo tres, porque si ellos tuvieron seis balas, ahora recibo un vaso de cianuro que bebo a su salud.

     
  • Los tres sobres

    Mónica G. Lafrosse · Buenos Aires (Argentina) 

    Tres fueron los testigos que declararon en el juicio del octogenario empresario, hallado muerto con una bala en la cabeza al costado del riachuelo. Su joven esposa y secretaria declaró que horas antes de que el cuerpo del empresario fuese descubierto por la policía, este le había encomendado una diligencia: Entregar tres sobres a sus respectivos destinatarios. Quienes lo recibieron manifestaron no poder revelar su contenido… Uno de ellos, el mismo cura que celebrara su boda, argumentó ser secreto de confesión… El otro, el psicólogo de la pareja dijo: “Aunque no es ley, el código deontológico me lo impide”… Entonces el juez llamo nuevamente a la esposa del occiso para preguntarle donde estaba y a quien iba dirigido el tercer sobre. Está aquí y es para usted – Respondió ella mirándolo como si lo conociera… El letrado lo leyó, se puso de pie y exclamo: “Este tribunal entra en receso permanente”.

     
  • Ceremonia íntima

    Maribel Romero Soler · Elche (Alicante) 

    El riachuelo era de papel de plata, la diligencia de palillos y corcho, la hierba verde de fideos pintados y los muñecos de plástico. Lo único auténtico era el juez, pues aunque jubilado, el abuelo se había dedicado toda su vida a administrar justicia. Nos disponíamos a casar a Caperucita Roja con Spiderman en una ceremonia íntima. La abuelita y el lobo estaban invitados y también los tres cerditos. El abuelo comenzó con las formalidades y leyó despacio los primeros preceptos que dictamina la Ley, pero antes de acabar, Billy el niño, que siempre había estado enamorado de la bella muchacha del bosque, se escapó de la caja de juguetes, apareció pistola en mano delante del abuelo y le dijo: “suelte inmediatamente el Código Civil o le meto una bala entre ceja y ceja”. Tuvimos que suspender la boda.

     
  • Crímenes pasionales

    William Teixeira Correa · Montevideo (Uruguay) 

    “Sospechaba que me engañaba. Yo la amaba con locura, sabe. Teníamos planes. Hasta habíamos iniciado ya las diligencias para la boda. Últimamente, sin embargo, la hallaba rara, como si me ocultara algo. Fue entonces cuando decidí hablar seriamente con ella. Quedamos, pues, en encontrarnos una tarde a orillas del riachuelo, donde nos habíamos conocido. No debí haber llevado conmigo el arma ese día. Siempre imaginé que sus balas tendrían como destino algún delincuente, nunca mi amada. Discutimos, pues, y ella acabó confesándome que sí había alguien más, su verdadero amor, y que había estado pensando en decírmelo, pero no sabía cómo. Aún no sé bien qué pasó luego. Perdí la cabeza, supongo, y le disparé”. Tras oír su confesión, hice la peor defensa de mi vida, logrando así que cayera sobre él todo el peso de la ley. ¡Cómo te echo de menos, Isabel!

     
  • Cansado

    Francisco Sánchez Egea · Lorca (Murcia) 

    Nunca creí que diría esto pero estoy cansado. Cansado de una maza que antes levantaba con total diligencia. De besos adolescentes que se convirtieron en cargos de violencia de género. De malentendidos que acabaron en casos de homicidio. De no poder evitar que la gente muera, de voces en mitad de la noche pidiendo justicia y figuras oscuras que intentan asfixiarme buscando lo mismo. Aún con la ley en la mano, ¿Cómo sé que no me equivoqué? ¿Que no he condenado a inocentes? ¿Que no he absuelto a culpables? Cansado del inexorable paso del tiempo que todo lo devora como saturno a sus hijos. De temer a la mar donde van a dar los riachuelos. De haroperidol y risperdal. En el tercer cajón de mi mesilla tengo un arma con una bala en la recámara, y solo será para una persona cuando logre salir de aquí.

     
  • Boda de Juristas

    Antonio Díez Núñez · Valladolid 

    Una ley no escrita en la facultad permitía a las mujeres elegir pareja en el baile de fin de curso. Me incliné por Moisés. Siempre sentimos una extraña atracción que iba más allá de lo normal. Me declaró su amor cuando salimos a correr por la vereda de un riachuelo. Los años de estudio pasaron; yo trabajaba en el bufete de mi padre, un hombre conservador de gran prestigio. Moisés lo hacía como pasante en otro bufete de la ciudad. Por terceros supe que lo hacía con suma diligencia, lo normal para un número uno de promoción estudiando por beca. Y llegó el día de nuestra boda, el más amargo de mi vida. Cuando el cura decía aquello de¡€™¡€™que hable ahora o calle para siempre...?, restalló como una bala una llorosa y conocida voz femenina:¡€™¡Incesto!?. Dijo mi madre cayendo desmayada.

     
  • La sonrisa perfecta

    Tamara Guirao Espiñeira · Rennes (Francia) 

    Cuando me besaste por primera vez, con aquella diligencia, como enlazando un discurso, en mi oído sonaron campanas de boda.

    Este chico es de ley, pensé. Y me reí con la ironía, porque trabajando en un juzgado no podías ser de otra manera.

    Me sentía una niña, corriendo como una bala, descalza y a gritos, mojando los pies en un riachuelo.

    Al día siguiente me diste la espalda.

    Me mentiste. Me mentiste sin emplear ni una sola palabra que yo pudiera utilizar en tu contra.

    No sé de qué me extraño... eres abogado.

     
  • Locura de amor

    María Teresa Castro Alonso · Picaña (Valencia) 

    La diligencia que recibí del Juzgado esa mañana me dijo lo que yo ya sabía. Paradero desconocido. Ella desapareció aquel día sin dejar rastro. Me pegó un tiro porque estaba absolutamente convencida de que la engañaba. Me quedé inconsciente en el suelo, bañado en un riachuelo de sangre. La huella eterna del amor y la venganza. Por suerte, la bala sólo me rozó el costado. Desde entonces la busca la Ley. Yo no. Sé que ella ha vuelto a su mundo. Se perdió en sus sueños. Se olvidó de quién era. Yo no la engañé. Encontré más tarde los resultados de su escáner. Tenía un tumor cerebral. La boda iba a celebrarse dos semanas después. Sé que nunca volverá. Sólo me queda esperar a que la locura me envuelva en su manto y pueda reunirme con ella en los recodos perdidos de mi inconsciencia.

     
  • Mi inolvidable boda

    Zaida Muñoz Cerezo · Murcia 

    El día de mi boda todo fue de mal en peor, los invitados no llegaron a la ceremonia porque el autobús que contratamos pinchó en la autovía, y yo, que había alquilado una diligencia para que me llevara me quedé con caballos y sin invitados, ¡tuvimos que pedir a dos personas que pasaban por la calle que hicieran de testigos¡ Además, al hacernos las fotos en un bosque el fotógrafo tropezó y se cayó en el riachuelo, el mismo que, según él, daría un toque de color estupendo al álbum; y ya, para colmo, en la celebración, apareció una bala en la sopa de mi suegra ¿es que no podía ser un pelo, o una mosca? Ahora bien, y gracias a las leyes, con las indemnizaciones de la compañía de autobuses y del restaurante nos pudimos comprar un coche y adelantar unos cuantos plazos de la hipoteca

     
  • Intolerancia

    Carlos Said Díaz Ismael · Bogotá (Colombia) 

    Frente al despacho, un riachuelo de gente se agolpaba esperando su turno para realizar sus trámites. Me sentía exasperado por la incompetencia y poca diligencia con la cual el juez despachaba los casos. Era tanta mi desesperación que deseé sacar un revólver para descargar las balas en las sienes del negligente funcionario. Estaba perdiendo tanto la paciencia que quise acabar con todo mundo; y aclaro que mi desespero estaba además legitimado por la extraña forma en que todos los presentes nos miraban a mi pareja y a mí, como si no pudiésemos celebrar nuestra boda. Me asqueaban sus miradas acusadoras, las mismas que ahora se ciernen sobre mí en éste tribunal. Varias veces quise abofetearlos y declamarles la ley en la cual se legitimaba la unión homosexual, y decirles con todo el desprecio de mi alma: “intolerantes”. Por eso me declaro culpable. Lo hice para darles una lección.

     
  • Por los pelos

    Sergio Macías García · San Fernando (Cádiz) 

    "¿Quién me mandará meterme en estos líos?", pensaba Ildefonso mientras atravesaba el riachuelo, empapándose el traje hasta las rodillas. Llegó al otro lado y empezó a correr, rápido como una bala. "Mi mujer me mata como llegue tarde", pensó tragando saliva al recordar a su esposa Leocadia. "Y da igual que le explique que el coche me ha dejado tirado y el móvil está sin batería". Volvió a asegurarse de que llevaba en el bolsillo interior de la chaqueta el anillo de oro de ley. Finalmente, casi ahogado por el esfuerzo, llegó a la pequeña capilla campestre donde tendría lugar la boda. Su hija, toda vestida de blanco, lo vio llegar y sonrió con diligencia. -Sabía que llegarías a tiempo- le dijo, dándole un beso en la mejilla-. Ahora dale el anillo a Alberto, y ve a oficiar la ceremonia, señor juez, que mamá te va a matar.

     
  • Cambio de planes

    José Ignacio Santaló Junquera · A Coruña 

    Cambio el billete de Tren a la Costa por un “fiambre” que no respeta las vacaciones, la brisa del mar por el insoportable calor que el ventilador de aspas esparce inútilmente en el locutorio de la Cárcel, y la novela de Chandler por la “historia” del cliente: yo no lo maté, fue la bala; él se puso delante de la ventana, y si no fuera por la canícula el río no se transformaría en riachuelo y frenaría la caída del cuerpo; además, los sorprendí amarraditos, frustrando mi boda. Lo tiene fácil, letrado: duda razonable o atenuante pasional muy cualificada. La Ley está de mi parte y su diligencia convencerá al Jurado. Aguanté impasible hasta que por fin espetó lo que quería oír: le pagaré lo que pida. Respondí circunspecto: hay defensa, tendrán que ponerlo en libertad. Y al tiempo pensé: nuevo billete, esta vez de Avión y al Caribe.

     
  • Ruleta

    Ana Rosa Díez Simarro · Madrid 

    "Siempre fui un servidor de la ley. Voy a arriesgar mi vida en un juego clandestino no por el dinero, sino porque sin Natasha todo es muerte. No soporto su boda con otro, y menos con ese capullo de picapleitos. El destino sentenciará si me toca la única bala del cargador o el bote. Seré un fantasma o un zombi millonario. Qué más da", escribió el juez al dorso de una diligencia encontrada en su chaqueta. Un riachuelo púrpura manaba de su sien encharcando el garito desalojado por la policía.

     
  • La boda

    Aniceto Eduardo López Aranda 

    La vista discurría en la Audiencia con toda normalidad; demasiada para los acontecimientos que habían sucedido en la parroquia de San Fernando. Aquel agosto sobraban las diligencias en algo que, inesperadamente, cambiaría las vidas del matrimonio Andrade. El día anterior a su enlace, al pie de las gradas del altar, en obras, el suelo se abrió y las aguas del riachuelo que discurría perfectamente canalizado y que recordaba el pasado árabe de la edificación, dejaron entrever el féretro del Corregidor y la bala que aún se alojaba en su pecho junto al retrato de su amada Catalina. Toda ley sobraba porque la novia era la viva imagen de Catalina y algo estremeció su delicado cuerpo cuando al coger las arras vio como entre ellas iba una bala. La misma que al día siguiente se halló en el cuerpo sin vida del flamante marido.

     
  • Diligencia

    Raúl Sánchez Quiles · Santa Cruz de Tenerife 

    La diligencia levantaba todo el polvo del camino y sus pasajeros se bamboleaban serios, sin dirigirse la palabra. Miraba al suelo la muchacha que viajaba hacia su boda; miraba al techo su padre, hombre recio de enorme bigote gris; miraba a la izquierda el imberbe del maletín y el sombrero negro. No miraba el ciego, absorto mientras movía las cuentas de su rosario. Al cruzar el riachuelo, una gran piedra trancó la rueda e hizo caer al hombre recio, quien, asustado, desenfundó su pistola. Otro tirón de los caballos sacudió su mano y apretó el gatillo. La bala atravesó la nuca del joven que llevaba las riendas. El ciego paralizó su rosario y la muchacha empezó a llorar. El imberbe se quitó pausadamente el sombrero, miró a los ojos aterrados del padre y habló: -Usted no conoce la Ley, pero tranquilo, me llamo Calvin y ya soy su abogado.

     
  • Final

    Alejandro Conde Arias-Salgado · Valladolid 

    Barlow había escuchado sin sorpresa el veredicto de su último caso. “Lástima -sonrió-, nunca encontraré mejor cliente”. Después de tan largo periodo de inactividad consideraba aceptable su trabajo, pero es sabido que algunos asuntos no tienen defensa. Mientras la carreta que lo conducía vadeaba el riachuelo, recordó su llegada a la ciudad: le costaba reconocerse en aquel joven desaliñado que, veinticinco años atrás, descendiera de la diligencia de la Overland con la cabeza llena de ideales. Andando el tiempo se asomó al otro lado de la ley y sustituyó los códigos por las noches al raso y el tacto frío de las balas. “Ahora es un poco tarde para arrepentirse”, pensó. Los caballos se detuvieron junto al árbol de la colina, a cuya sombra se habían congregado muchos curiosos, vestidos como para una boda, que miraban con respeto la soga suavemente mecida por la brisa.

     
  • Promesa de matrimonio

    Eva Ferrer Sabroso · Zaragoza 

    Suena “My way” y rompo a llorar. Un día emocionante: “Aldehuela de Liestos, a D. Amando Roma, “sí al amor””. Han transcurrido 25 años. Desde que llegué. Desde que dejé la abogacía. Y a Adela. No pude darle el “sí”. Conservo inmaculada su nota: “Quiero saber si puedes parecer un tonto por amor. Si tu palabra es de ley. Si te unirías a mí en una boda a la que acudiésemos solamente tú y yo. Si mis lágrimas pueden herir tu corazón más que una bala. Si te zambullirás conmigo en el océano de nuestras emociones o, por el contrario, cruzarás de puntillas el riachuelo de nuestras desavenencias. Necesito saber en qué consiste tu promesa de matrimonio”. Mis expediente prematrimoniales son célebres en la comarca. La diligencia del “Sí al amor” la estampo si los futuros contrayentes vuelven tras encontrar, por casualidad, esa nota rara “aclaratoria del 42 del c.c.”

     
  • Casamiento

    Marcelo Saffores Arrúa · Santiago de Compostela 

    “Esto es la ley de la selva”, se lamentó el cronista que emitía en directo. Detrás de cámara, desfilaban los servicios de emergencia atendiendo heridos, la mayoría de bala. La policía, que mantenía la zona acordonada evitando que los curiosos se acercaran donde yacían varios cuerpos dejó pasar al juez de turno, que llegó acompañado de un forense. Nadie alcanzaba a comprender cómo una boda podía haber terminado en semejante masacre. “Esto es un ajuste de cuentas entre bandas de narcos”, reveló el comisario, quien conocía en detalle al novio y sus actividades . Una diligencia de época, con cuatro caballos, y preparada para los novios, aguardaba junto al riachuelo, ajena a semejante confusión. El juez y un abogado del juzgado se acercaron al cochero que permanecía en su puesto como si nada hubiera sucedido. Alguien abrió la puerta por curiosidad. La explosión se escuchó desde muy lejos.

     
  • Resquemor

    Lita Rivas Folgar · Teo (A Coruña) 

    El banquete se prolonga más de lo previsto. El alcohol corre de mesa en mesa, desinhibe y suelta las lenguas. El novio apenas consigue mantenerse en pie y con evidente dificultad exclama: ?Diligencias y balas; el cuadro perfecto para representar un día cotidiano en el oeste decimonónico. ? ¿A qué viene ese comentario en el día de nuestra boda? ?Pues, viene a que cuando yo...como ayudante del fiscal y tu... como abogada, nos veamos las caras en la sala de un tribunal, yo seré el pistolero que ataque la diligencia en la que tu viajas y la ley solo será un pequeño riachuelo entre nosotros que no te librará de toda la artillería pesada que voy a emplear contra ti, querida A su lado, el Fiscal General, menea la cabeza condescendiente. Dejemos al muchacho, que se desfogue, bastante tendrá que tragar a partir de hoy. Si papá, contesta la novia.

     
  • La Bostoniana

    Ana María Gamboa Monte · Madrid 

    La novia recogió su baúl con el ajuar bordado durante años en el colegio de las monjas irlandesas y envuelta en velos negros se marchó en la primera diligencia que partió velozmente con las primeras luces del amanecer. Pocos días antes de la tragedia y después de un largo viaje, Mary Lou O Hara había conocido a su prometido. Habían tenido un breve noviazgo epistolar tras responder a un anuncio de contactos en un periódico de Boston. El Juez Michael Martín era un hombre al servicio de la ley y la justicia. Todo debía salir bien. Pero el día de la boda, el novio apareció en un riachuelo con una bala en el corazón. La megafonía del Metro anunciaba la próxima estación. Cerró la novela y regresó a la realidad. Con una mueca de fastidio se abrió a la rutina de otro día igual de trabajo que comenzaba.

     
  • Margarets Law

    Joan Iglesias · Hospitalet de Llobregat (Barcelona) 

    Y en el que había de ser el más importante día de su vida, Margaret Carlton tuvo que recordar la vieja historia familiar que contaba que en aquel arroyo que resbalaba ahora a sus pies encontró la muerte por una bala el fundador del linaje, Paul Carlton, el abogado que libró de la horca a forajidos y a hacendados, uno de los cuales en pago habría de matarle en aquella misma Finca: Eleazar Farlow. Margaret se dedicaba a los divorcios, especialidad menos peligrosa que la de aquel predecesor que defendía de la Ley a prósperos ganaderos y a salteadores de diligencias. A orillas del riachuelo que bordeaba el rancho del clan del novio, Margaret Carlton resolvió implacable que la boda que hoy le uniría a James Farlow sellaría aquella antigua historia con amor..., o con un divorcio con el que arrebataría toda la fortuna al tataranieto del asesino.

     
  • Homicidio involuntario

    Moraima Piaggio · Barcelona 

    Recibo tu invitación de boda como el que recibe una bala en la sien. Mi sentencia de muerte escrita en color sepia y con ribetes dorados. Qué cursi, mi amor. En el bufete te felicitan. Os felicitan (cómo duele ese plural en que no estoy). Casarte con el juez es una sabia inversión. Te ruego tengas a bien excusar mi ausencia, pero me obliga una diligencia ineludible: ese espléndido sábado de otoño estaré muriendo. Mientras suene el Canon de Pachelbel me iré apagando de a poquito. Como se seca un riachuelo que arrastra tristezas antiguas. Cuando los cuervos picoteen el arroz a las puertas de la iglesia, ya estaré muerto. Y nadie advertirá que morí de amor. Y nunca nadie te juzgará culpable, porque esa clase de muertes la ley no las contempla.

     
  • Todo de mí

    Carlos Suárez Felipe · Villameca (León) 

    No me lo dijiste entonces, aquellos días cuando planeábamos nuestra boda. No me hablaste de esta profesión tuya. No hiciste mención de tus noches estudiando, de tus prisas, de ese tiempo que dedicas a deteriorar tu cuerpo y persona en favor de una ley que me hace prescindible en tu vida. No hiciste mención de ese tiempo que no tienes para mí. Solo soy el riachuelo en el que te inclinas y lavas tus manos para seguir luego tu propio camino. ¿Qué recuerdas de la persona que fuiste? ¿Qué puedo esperar de la que eres hoy? Aborrezco todo ese vocabulario en que te has convertido; Recurso, demanda, letrado, fundamentos, diligencia. Eso será esta carta para ti, un requerimiento que no podrás satisfacer. Tal vez si una bala pusiera fin a mi vida, si me convirtiera en uno de tus casos, perderías todo tu precioso tiempo en saberlo todo de mí.

     
  • El primero

    Juan Rivera Barbero 

    Le sudaban las manos. Solía ser la primera señal de nerviosismo, de falta de seguridad. ¿Qué ocurriría? Tambien notaba el sudor debajo del pecho: un riachuelo helado le recorria el cuerpo. Comenzaban a notarse las manchas en su camisa blanca impecable; su mejor camisa. La misma que llevó la semana pasada a esa boda tediosa. ¿Era esto realmente lo que le gustaba? ¿ Ya era feliz por haber dejado la empresa y empezar lo que siempre dijo que era su vocación? ¿no sería otro de sus intentos para buscar algo "diferente"?. Todo le parecía siempre mejor que lo que hacía. Le atormentaba tener que ser el mejor. Le llamaron para la vista. Su cerebro se nubló, las palabras e ideas comenzaron a dar vueltas en su cabeza; Crimen, Castigo, Ley, Diligencia de prueba, prueba testifical, cuchillo, bala.... Se abrochó el único imperdible de la toga y entró en sala.

     
  • El encargo

    Verónica Frizan · Río Gallegos (Argentina) 

    ¡Pará Méndez! ¡Pará! ¡Te juro que cumplí! Lo tiré al riachuelo ese… si… tal como me pediste… Le metí una bala en el mate, entre los ojos… ¡Creéme!... En la boda de su hermana. Si, si, con silenciador. Nadie me vio ¡te juro!… Al Gordo solamente llevé… ¿Cómo que para qué? ¡Para que me ayude a meterlo en el baúl del auto, Méndez! ¡Pará, loco! ¿De qué diligencia me hablás? ¿Qué? El Gordo, ¿soplón de la ley? ¡Vos estás de la cabeza, Méndez! ¡Calmáte, viejo! Tranquilo que es conmigo con quién estás hablando. Bajá el chungo. El trabajo está hecho, confiá en mí. El abogaducho ese ya no dará problemas.

     
  • En su nombre

    José Manuel Ocampo Martínez · Vigo (Pontevedra) 

    La Ley no era para él sino un instrumento para el castigo y la venganza. Había pasado de ser un joven e ilusionado abogado a convertirse en el juez más implacable de Texas. Cada vez que dictaba una condena a muerte lo hacía en nombre de su preciosa Betty. No podía apartar de su cabeza la visión de su cadáver tendido en aquel riachuelo, junto a las ruedas de la diligencia en la que viajaba cuatro días antes de la boda. La imagen de su cuerpo cubierto de barro y con una bala en su corazón. La misma bala con la que él golpeaba la mesa al dictar sentencia.

     
  • The End

    Ignacio Buzon Novo · Oviedo 

    La diligencia había encallado en mitad del riachuelo. No era un buen sitio a juzgar por la bala que le había volado el sombrero al cochero. Los siux de un lado con sus plumas y sus flechas, el séptimo de caballería del otro de un azul polvoriento. Fuego cruzado sobre unos novios que se abrazaban dentro del carromato temerosos de no salir con vida. Su boda pendía de un hilo, al igual que pendía de un hilo la vida de Dakota, descendiente del gran jefe indio Seattle, y ahora camarera por turnos en el casino Foxwoods de Connecticut. Se la acusa de asesinato con arma blanca: una flecha. Su abogado apaga la tele, sabe como acabará la historia aún sin verla, igual que sabe cuál será el destino de su cliente antes de entrar en la sala. Ya ha visto antes esa pelicula. Es la ley del Oeste. The End.

     
  • Muerte y eternidad

    Maria Begoña Castilla · Zaragoza 

    Soñé contigo; soñé con tu rostro, con tus manos acariciando mi piel. Desperté llorando, la mirada perdida en el recuerdo, el corazón agitado por el dolor.
    Amor, amor mío, esa maldita bala te apartó de mí, esa maldita bala nos arrebató noches de pasión, días de luz?..

    Cuando abrí la puerta solo entendí la palabra diligencia, mis oídos se cerraron inundados de dolor. Salí corriendo. Ahí estabas, con una mano en el riachuelo, el pecho rojo y tus ojos.. tus ojos mirando sin ver, abiertos a la nada.

    Que lejos queda el día que unimos nuestras vidas, nuestros cuerpos, nuestras almas?no fue una boda; Fue el instante en que el Universo se hizo testigo de nuestro pacto: amarnos por toda la eternidad sin importar el tiempo y el espacio.

    Amor, tu cuerpo no está, pero tu espíritu se ha fundido con el mío. No existe ley que separe nuestras almas.

     
  • Era de esperar

    David Navarro Manich · Barcelona 

    (Tres, dos, uno… FUEGO!) Creía que en estos casos veías pasar toda tu vida por delante: los paseos por el parque, la boda, las manifestaciones, el final de la guerra... Y mi familia preocupada porque me despacharon del bufete por “idealista”. Ahora, des de las alturas, se ve todo más bonito: las casitas bien colocadas, el riachuelo serpenteando, la ciudad siguiendo su curso… Mi abuela siempre lo decía: “con diligencia y siendo un hombre de Ley, ¡llegarás bien arriba!”. Hombre, razón no le faltó, pero creo que tendré que ir a hablar con éstos de la ETT... El Derecho Romano es difícil de sacar, pero ser hombre-bala acabará conmigo.

     
  • Caravana de mujeres

    Mª Augusta Cardoso Baptista · Sevilla 

    Sabía que le iba a tocar a ella. Nunca había tenido suerte. Los peores casos del Turno de Oficio eran siempre suyos. Se había enterado por los informativos de la noticia: la caravana de mujeres que el pueblo de Pau había preparado para concertar bodas entre los solteros de la comarca, terminó en tragedia. Una bala se había llevado por delante a su único agente de la ley. Los celos fueron el detonante. Incluso actuando con diligencia, la defensa sería bastante difícil. Pero lo peor estaba por llegar. Cuando leyó el informe policial se fijó en la fotografía del detenido. ¡No podía creérselo! ¡Era su ligue del Chat! ¿Qué otra cosa podría salir mal? No había terminado de parar el taxi, cuando el agua sucia acumulada en un bache, impactó sobre su cuerpo. Minúsculos riachuelos estamparon de negro su impoluto vestido. Sus lágrimas, impregnadas de rimel, ayudaron.

     
  • Ku Klux Klan

    Alberto Ezquerra Gómez · Las Matas (Madrid) 

    4 de Junio de 1871. El esclavo liberto Bob y su abogado Robert Taylor eran los únicos pasajeros de la diligencia de Opelika, Alabama, a Fayetteville, Georgia. Les perseguía una partida de entorchados del Ku Klux Klan. Le acusaban de un crimen que no había cometido. Bob acudía a la cita más importante de su vida: Su boda. Iba a casarse con su prometida. Después buscarían un doctor que le extrajese la bala que llevaba incrustada en el hombro. Por último, se entregaría al juez Harrison, siguiendo el consejo de su letrado: Era un hombre de ley. De pronto, al atravesar un riachuelo, se partió una rueda. Los encapuchados les alcanzaron. El cerco se cerraba. Entonces, el abogado dio un paso al frente, esgrimió un ejemplar amarillento del Acta de Derechos Civiles y, alto y claro, comenzó a declamar: “Ningún ciudadano podrá ser discriminado por su color…”

     
  • Un buen padre

    Inmaculada Montero Sola · Torremolinos (Málaga) 

    "Con la diligencia de un buen padre de familia". Expresión mil veces repetida en las leyes, yo creía estar ejecutándola a la perfección desde el día mismo de mi boda. Amante esposo, primero; más tarde atento padre, dosificando disciplina y cariño en un difícil equilibrio, más intuido que aprendido, guiando a mis cachorros por los riachuelos de la vida, antes de que ésta los condujese por aguas más bravas. Ese esquema perfecto se desmembró el día en que llegó a casa el sobrino de mi mujer, un bala perdida que pretendía iniciar estudios de Derecho en nuestra ciudad. Sexo, drogas y rock&roll: inquietantemente atento a los primeros encantos de su prima; sospechosamente colega de su primo; machaconamente aficionado a exprimir el volumen de nuestro estéreo. Ahora, con mi hija embarazada y mi hijo intentando desintoxicarse, rememoro los buenos tiempos mientras decido cómo deshacerme del cadáver.

     
  • Prueba superada

    Cristina González Cansino · Benalmádena Costa (Málaga) 

    Otra Vez se encontraba en la misma situación: en el coche, entre dos partidos judiciales, de un juicio a otro al que no llegaba. No había desayunado, lo recordó al escuchar su estómago, ruido confundido con el vibrar de su móvil. La diligencia en su trabajo se contraponía a su despiste en lo personal. Su boda con la ley, la llevaba a hablar fuera de estrados como si estuviera en juicio, lo que le recriminaban. Con la angustia en el pecho llega a su destino, un riachuelo de sudor corre su espalda, se pone los zapatos de tacón y como una bala alcanza los juzgados. Se para, y ve en la hoja de señalamientos al lado de su juicio: SUSPENDIDO. Tanto correr para nada, los músculos se le aflojan, se sienta en la puerta. Una fina lluvia cubre su rostro, al menos eso la reconforta. Mañana será otro día.

     
  • Vencedores o vencidos

    Manuel López-Ayala · Fuengirola (Málaga) 

    Con diligencia he tirado al riachuelo que pasa por mi almohada la pistola con que le maté.Parece mentira atado como estoy como he podido meterle una bala en la cabeza y desprenderme del arma cuando yo también debo estar muerto, no sé si del todo o lo he soñado justo el día de mi boda con la viuda de este magistrado americano que en Nuremberg me condenó a muerte,aunque no recuerdo si fue ayer o en la segunda guerra mundial pero tuve que matarle con todas las de la ley para evitar mi ejecución y de paso disfrutar de su atribulada mujer porque desde hace una eternidad oigo gritos por todas partes y a todas horas.Desconozco si son los mios o los de mis carceleros vestidos de blanco.

     
  • La diligencia

    Eduardo Arturo Carmona Martínez · Chiclana de la Frontera (Cádiz) 

    El abogado defensor se extendía de forma tediosa e interminable en sus conclusiones finales. El juez lo observaba simulando una plena atención. Pero su mente estaba en otro mundo: Rememoraba las escenas de La Diligencia, de John Ford, con aquél variopinto reparto de personajes, entre los que se encontraban un “fuera de la Ley”, una prostituta desterrada del pueblo, un jugador, un médico, un sheriff y la mujer embarazada tras su boda con un militar. La bala que silba en la llanura, el trepidante galopar de los caballos a través del exiguo riachuelo, el aullido de los indios apaches, la tensión hecha fotograma. Una sonrisa iluminaba su cara, hasta que la voz del Secretario lo sobresaltó de improviso. - Sr. Juez, el juicio ha concluido. No tuvo tiempo de reaccionar. En lugar del manido “Visto para Sentencia”, sólo dijo: - ¡¡ Mañana será colgado al amanecer ¡! Había hecho justicia.

     
  • Hermosa y forajida

    Marisol Artica Zurano · Castellón de la Plana 

    Sabía que su letrado bebía los vientos por ella, María Brown, la forajida más bella y peligrosa de ese lado de la frontera. Por eso accedió a casarse con él si evitaba que el peso de la Ley cayera sobre ella y la enviara a la horca. Y María Brown era una mujer de palabra, la boda se celebraría. Pero ella nunca había dicho cuánto duraría el matrimonio. En cuanto hubo dado el “sí quiero”, una bala silbó en el aire y, rasgando su velo de novia, atravesó el corazón de su recién estrenado marido. La hermosa cuatrera se enfundó de nuevo el revólver bajo la falda de muselina y salió de la Iglesia dando un grácil brinco para no mancharse los zapatos blancos en el riachuelo de sangre que corría por el pasillo. Huyó, sonriente, en la diligencia decorada con lirios que debería haberla conducido al lecho nupcial.

     
  • Juicio Inicial

    Álvaro Giménez García · Orihuela (Alicante) 

    Hechas las diligencias previas, llegó el día del juicio. El fiscal comenzó su interrogatorio a Eva Mater. ¿No es cierto, señorita Mater, que prometió al señor Adán Pater acceder a sus deseos de boda, si mordía la manzana prohibida? Un tímido, pero pícaro sí salió de los labios de Eva. El fiscal sonrió y no hizo más preguntas. El abogado defensor, sentado junto a Adán, agachó la cabeza. El juez, moviendo su gran ojo dentro del triángulo, emitió el veredicto vociferando: Eva y Adán, por la Ley Divina, os declaro culpables de desobediencia y os condeno a la pútrida humanidad. Seréis expulsados más allá del riachuelo de las fieras. El fiscal reía envuelto en olor a azufre. Los profetas, como balas, abandonaban la sala para registrar concienzudamente todo lo sucedido. Adán, escondido y ruborizado, se tapaba sus estrenadas vergüenzas. Eva, frente al juez, inauguraba la sensualidad al cruzar sus piernas.