Ana Karenina

Claudia Munaiz · Madrid 

Estoy viendo desde la ventana, junto al riachuelo, a una pareja joven que aún no ha parado de besarse. Llevan nueve minutos de reloj. Ella es muy guapa. Tiene el pelo corto, castaño y lleva una camiseta con una bala roja dibujada; ¡l tiene coleta y pantalones cortos. No saben qué hacer con las manos así que las mueven en el aire, se acarician los brazos descubiertos, se toman la cara, se envuelven por el cuello, se separan unos milímetros, se ríen y se vuelven a besar. Nunca he visto tal demostración de amor en público. Ahora tengo que firmar dos actas de divorcio, enviar la diligencia al registro, preparar el artículo sobre el régimen de bienes gananciales para La Ley, cocinar cena para cinco y cortarme la melena envejecida. Puede que así Carlos me bese como lo hizo la noche de nuestra boda, hace treinta y tres años.

 

 

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