Diligencia

Raúl Sánchez Quiles · Santa Cruz de Tenerife 

La diligencia levantaba todo el polvo del camino y sus pasajeros se bamboleaban serios, sin dirigirse la palabra. Miraba al suelo la muchacha que viajaba hacia su boda; miraba al techo su padre, hombre recio de enorme bigote gris; miraba a la izquierda el imberbe del maletín y el sombrero negro. No miraba el ciego, absorto mientras movía las cuentas de su rosario. Al cruzar el riachuelo, una gran piedra trancó la rueda e hizo caer al hombre recio, quien, asustado, desenfundó su pistola. Otro tirón de los caballos sacudió su mano y apretó el gatillo. La bala atravesó la nuca del joven que llevaba las riendas. El ciego paralizó su rosario y la muchacha empezó a llorar. El imberbe se quitó pausadamente el sombrero, miró a los ojos aterrados del padre y habló: -Usted no conoce la Ley, pero tranquilo, me llamo Calvin y ya soy su abogado.

 

 

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