II Concurso de Microrrelatos sobre Abogados

Ganador del Mes

Ilustración: Juan Hervás

La consulta

Fernando Fernández Fanjul · Madrid 

Ese médico ejemplar afamado por oficio, por negocio, beneficio y paciencia singular soportaba el sacrificio de tener que responder donde fuera y por doquier, siendo causa del suplicio normalmente una mujer, la consulta inorportuna sobre un fármaco, vacuna, un dolor de antesdeayer, una insólita laguna en el turno del mercado o un sudor inesperado que aparece con la luna, y pregunta a su abogado si cobrarles debería semejante tontería, o es un cirio de cuidado que la pena no valdría; el togado muy apuesto le contesta, por supuesto en tu caso cobraría y el doctor se va dispuesto a su mal ponerle cura y evitar esa tortura, mas se queda descompuesto encontrando una factura con postal certificado del bufete del letrado, minutando sin mesura el consejo prodigado y obligándole a pagar o boleto le han de dar en el club del licenciado.

 

Relatos seleccionados

  • Turno de negocio

    Pilar Marco Novella · Zaragoza 

    Erase vez que se era un país donde la Constitución refrendada por sus habitantes les gobernaba, acordaron que la única profesión que en la misma se recogería sería la abogacía para que todos tuvieran acceso a la justicia aunque no tuviesen ingresos. Lo llamaron turno de oficio y sólo los mejores abogados, los más preparados y vocacionales, podrían prestarlo. Y así, fue referencia para otros países hasta que, pasados poco más de treinta años, la idea de negocio se infiltró por parte de grupos de intereses creados entre los políticos burocratizados. Sólo hablaban de costes, y se sacó a licitación, a boleto se privatizó. Se montó un cirio pascual pero los letrados no eran políticos, no sabían del poder de las estadísticas frente al de los derechos constitucionales.Y colorín, colorado, si nadie lo evita este es un cuento que ya ha comenzado.

     
  • El mejor negocio

    Kalton Bruhl · Comayaguela (Honduras) 

    El negocio va cada vez mejor. No me cabe duda que 1930 será un excelente año. Cada día me convenzo más, que cambiar de oficio, ha sido la mejor decisión que podría haber tomado. Cuando entran a mi local, estoy seguro que jamás pensarían que hace algún tiempo me dedicaba a la abogacía. El problema entonces no era encontrar clientes, sino cobrar mis honorarios. Siempre la misma historia, el día que salían libres se ganaban un boleto de ida en un sedan negro. En esta ciudad, cuando te llega el turno de ser juzgado, los veredictos los dictan los retacos, no los jurados. Coloco el último cirio alrededor del lujoso ataúd de bronce y luego respiro el frío viento de febrero al abrir las puertas de mi funeraria. Sólo espero que el día de San Valentín sea tan provechoso como el del año pasado.

     
  • La ceremonia

    Emilio López Mena · Oviedo 

    Con el boleto premiado en una mano y el cirio en la otra, comencé la ceremonia. Perfumé con incienso su foto entre las flores del altar y me arrodillé agradecido, ¡al fin!, tantos años soñando con ganar la lotería, montar mi negocio y viajar por el mundo. Cuantas veces imaginé mi vida de millonario, escribir mi autobiografía donde contaría al detalle cómo pasé de abogado de oficio a dueño de los mejores bufetes del país, y ahora todo era posible. Un año antes hubiera saltado de alegría, hubiéramos bailado y después de emborracharnos y hacer el amor, habríamos estado hasta el amanecer haciendo planes de futuro, pero ahora, después de treinta años juntos, sólo quedaba su memoria y el deseo de irme con ella. Acerqué la llama al billete, luego esparcí lentamente las cenizas y recogí mi portafolio, mi turno comenzaba a las once.

     
  • Quién sabe dónde

    María Elena García Alejandre · Villajoyosa (Alicante) 

    Mi abogado ha desaparecido. Dejó una breve nota explicando que no había sabido capear la crisis. Lo que un día fue vocación, se había convertido en oficio rutinario. Decía que no aguantaba más, que el negocio ya no era rentable. Se marchaba lejos, dejando mi caso a medias. Pedía que no lo buscasen. Alarmada, rehusé contratar un nuevo letrado. No iba a consentirle que me diese boleto tan fácilmente. Comencé así mi particular búsqueda. Hice todo lo inimaginable: fotos, anuncios, internet… Llegué incluso a cambiar de trabajo por uno de turno de noche, para buscarlo durante el día. Tras varios meses me llegó una pista fiable del norte. Preparé viaje y me puse en camino. En los límites de la Terra Cha, junto a unas bellas montañas, se escondía en Cirio, una pequeña aldea lucense. “Has dejado esto a medias”, le dije entregándole los papeles del divorcio.

     
  • Pasante medioambiental

    María José García Valenzuela · Murcia 

    Llegó mi turno. Nervios. ¿Funcionaría el cirio a San Judas Tadeo? —Soy el jefe de este negocio— refiriéndose al mejor despacho de la ciudad—. Según su currículum, fue pasante en el área de extranjería de BMM Abogados. Descríbame su oficio allí. —Manejaba permisos de trabajo y residencia, documentación en general para la Administración. —¿Qué destacaría usted del estilo de trabajo de aquel despacho? Y muy sinceramente, respondí: “La importancia que para ellos tiene el respeto al medioambiente, la gestión de los recursos y la especialización en las tareas”. —No entiendo bien— dijo arqueando las cejas, ¿perplejo?, ¿acomodando la vista?—. Explíqueme cuál era su cometido. —Era responsable del archivo antiguo: recuperaba los documentos inútiles, quitaba las grapas y decidía si iban a la destructora, a reciclar o reutilizar. Salí de la entrevista y compré un boleto de la primitiva. Intuía que San Judas Tadeo no me iba a conceder ese imposible.

     
  • Último oficio

    Elena Lázaro Melero · Segovia 

    Así no hacemos negocio, Manolo. Toda una vida de abnegación y sacrificio, sin ver a la mujer (aunque para lo que había que ver..) , a los niños – pequeños monstruos- , sin vacaciones (salvo aquellas escapaditas a las Seychelles con la secretaría de turno…).Para que nos den boleto así, por viejos, qué oficio tan desagradecido. A ti por lo menos vienen a verte… mira a mí, en su peregrina visita anual la bruja de mi parienta taconea flamenco, oprimiendo mi pecho cuan losa mortuoria, los chupasangres de mis vástagos que aquí me encerraron , con gusto encenderían el cirio de mi fin. Sinvergüenzas…No saben lo que cuesta ganarse el pan. Su problema es que no aceptan los límites de la vida, ignorantes… Por lo menos te tengo a ti, Manolo, compañero, en estas noches de encierro. Por cierto, ¿no te deja la espalda fatal, la caja ésta de pino?

     
  • Abogado Erga Omnes

    Luis Antonio Aranda Gallegos · México D.F. 

    La niña preguntó a su madre que dónde estaba su papá. Ella respondió que había ido a trabajar. - ¿Por qué se va todos los días? - Porque es abogado. - ¿Y qué es ser abogado? - Es alguien que se ausenta en tu cumpleaños porque se ocupa del negocio de otro. Quien cancela su boleto y reservación vacacional cuando le piden demostrar una inocencia. Aquel que no tiene un turno establecido, que trabaja de canto de gallo a canto de grillo. Quien suspende un aniversario para ingresar un oficio al juzgado y solicitar la libertad de su cliente. La mujer encendió un cirio a la Virgen para que a su marido le fuera bien en el litigio que lo apartaba de casa, luego con ese mismo fuego encendió cinco velas incrustadas en un pan.- Por eso partimos tu pastel solas porque papi es abogado.

     
  • Causa perdida

    Inmaculada Santa Cruz Alvarez · Sevilla 

    Hice un mal negocio con este cliente. Ni el más grande de los cirios delante de San Judas Tadeo, me va hacer ganar este pleito, porque el abogado de los imposibles, no entiende de este oficio. ¡Qué mala suerte! Veinticinco Juzgados de Primera Instancia y un boleto premiado para celebrar el juicio, en el único en el que no me entienden. El Juez me mira mal y no me deja preguntar en mi turno de palabra. Como siempre, dictará una sentencia desfavorable a mis intereses. ¿Qué le habré hecho yo a este hombre? ¡Si llego a saber cómo me iba a tratar en el futuro, jamás le hubiese dejado mis apuntes de derecho procesal en la carrera!.

     
  • Un ladrón afortunado

    Carlos Alberto López Martínez · Gijón 

    En las películas, los abogados del turno de oficio nunca son buenos. Realmente, no siempre son malos: Una vez, le quité la cartera a un chaval. Dentro, llevaba un boleto de la Primitiva. Estuve a punto de tirarlo al verlo-¡Menudo negocio!, pensaba- pero lo guardé, por si acaso. Por desgracia, la policía me detuvo. Cuando el juez de instrucción me informó de la acusación de hurto grave por valor de 40 millones de euros, mi calma se volvió cirio. Podían caerme cinco años. Pero el abogado que me asignaron argumentó bien: nadie hurta el boleto del Gordo y no lo cobra; su defendido creía que se llevaba algo sin valor, por lo tanto, no era culpable. Resultado: ¡Sobreseimiento libre! Yo encontré un abogado de oficio diligente. Al que no encuentran por ningún lado es al secretario que custodiaba las pruebas en mi contra, entre ellas, el boleto, que tampoco aparece.

     
  • Do ut des

    Nieves Azcárate Aguilar-Amat · Madrid 

    Todo parecía contra mí: la declaración del sacristán, que me vio huir con el lienzo enrollado bajo el brazo, tras haber descolgado el cuadro de la pared con gran oficio; el boleto de la tintorería con mi nombre, que se me cayó en plena faena; y la posible animadversión de la juez, si es que me reconocía y recordaba que me negué a acceder a sus ímpetus sexuales cuando éramos jóvenes. Por eso, cuando llegó mi turno, no dije nada a mi favor. Contra todo pronóstico su señoría me declaró inocente. Así que fui al santuario de La Virgen para encender un cirio en agradecimiento. Sorpresa: sobre el altar de la ermita solitaria me esperaba la juez, como una diosa, desprovista de toga y de cualquier otra vestimenta. "Hola, Mario. Tenemos una negocio pendiente desde el Instituto y es hora de concluirlo. Do ut des".

     
  • Nubes negras

    Teresa Arjona Calvo · Benidorm (Alicante) 

    La cancelación de su vuelo, por la nube de cenizas del volcán islandés, le ha impedido irse a uno de esos viajes de negocios que, casualmente, suelen surgirle en los fines de semana. ("... Te voy a armar un cirio del que no podrás escabullirte con tus buenos oficios de abogado famosillo. Rifaré un par de tortas (simbólicas, claro) y me temo, amantísimo esposo, que tú llevas todos los boletos. Es mi turno de réplica y tendrás que oirme..."). Pienso todo eso mirando, nostálgica, mi título de Licenciada en Derecho que sigue colgado, cual ahorcado anodino, en un rincón del salón, medio tapado por las fotografías dedicadas de sus televisivas clientes. El lloriqueo de uno de los niños me devuelve a la realidad. Y ahí sigue él, como abducido, mirando el fútbol en su plasma último modelo. Decido dejar ,una vez más, nuestra negra nube para otro día...

     
  • Lunes santo

    Eva Sánchez Muñoz · Talavera de la Reina (Toledo) 

    Lunes santo, un gélido escalofrío me invadió cuando su mano rozó la mía ¿Cómo se atreve? pensé. Son más de quince años sin hablarnos porque se acabó el amor. Sí, ese fue su único argumento: cariño se acabó el amor, quiero el divorcio Sí, ese fue su negocio, su premiado boleto y mi ruina. ¿Quince años ya?, enmudecí y obediente acerqué mi cirio para encender el suyo a la vez que con mano temblorosa sujetaba el cíngulo de mi Hermandad de los Afligidos. No me reconoció, y mientras se alejaba del brazo de su abogado del turno de oficio …mi alma también enmudeció.

     
  • Negocios

    Nuria del Peso Ruiz · Madrid 

    –Pero ¿tú estás al loro del cirio que se ha montao? ¡Han trincao al Pimpollo! Cómo se nota que tiene poco oficio, me cago en tos sus muertos. –Eh, tú tranqui, Gordo, que ya tenemos untao al abogado de turno, al Pimpollo le ofrecemos una pasta por comerse el marrón y cuando se acabe el jaleo, nosotros… a vivir. –¿Y si se va de la lengua? –Schhhhh, está todo controlao. En cuanto pise el talego, al Pimpollo le damos boleto y listo. –¡Qué hijoputa eres! Lástima, me caía bien el chaval. –Bah, no te me amaricones, Gordo, los negocios son los negocios. Vamos a probar el material, ¿hace un tirito? –Hace.

     
  • Devota

    Dori Siverio Fumero 

    Mi oficio es el de abogada, pero como terminé la carrera y no encontraba trabajo, puse una panadería y, como soy creyente, encendí un cirio a san Pancracio, patrón de todo negocio. La tahona me fue mal, pero he de decir que ha sido mi salvación, ya que gracias a un chanchullo que me hicieron en ella, tuve que ir a juicio y como no tenía dinero para un abogado, yo misma fui mi letrada. Gané el pleito y después de eso comenzaron a salirme muchos clientes. El negocio fue mi boleto a la gloria. Ahora tengo un dilema, ¿tuvo algo que ver el santo remitiéndome suertudamente a mi verdadera vocación? Bueno, como soy creyente, he decidido poner a santo Tomás, patrono de los abogados, día sí y día no en mi capillita. Hoy le toca el turno a él, mañana a san Pancracio.

     
  • Cuestión de segundos

    Raquel Edelman · Montevideo (Uruguay) 

    Su infancia; sus padres; el guardapolvo escolar; Laura; el nacimiento de Lucía; esa carita desentendida frente al cirio encendido el día de su primer cumpleaños; aquellos significantes paseos familiares; años de ejercicio de la abogacía; algunos clientes emblemáticos; el ingreso al oficio de la Judicatura; noches enteras cumpliendo el turno en el despacho; un inmaculado expediente… -¡Detestaba el día en que el Supremo Tribunal lo había transferido a la órbita de los delitos económicos!- …Su vinculación con el complicado y peligroso negocio del contrabando; la publicitada sentencia con la que incautara aquel voluminoso y millonario matute encerrando a los delincuentes. Pronunciamiento por el cual le juraron vendetta y le auguraron una espectacular caída. Dictamen con el que había comprado un boleto al calvario. La persecución… Imágenes todas que se proyectaron en su mente a velocidad vertiginosa segundos antes de impactar definitivamente contra el duro cemento que yacía allá abajo expectante.

     
  • Abogada sin oficio

    María José Romero Bañolas · Las Palmas de Gran Canaria 

    Tengo la boca seca y me tiemblan las piernas. ¡Cálmate y sonríe! ¿Resultaré natural? Es mi primer juicio, pero lo llevo muy preparado. Un turno de oficio ¿Se nota demasiado que soy novata? ¡No! ¿No?... Mi toga está demasiado reluciente Si la lavo con agua caliente, se desgastará ¡Bien! Pero no te distraigas, lee el expediente ¿Otra vez? Lo he leído cuarenta veces ¿Y si se me escapa algo y condenan a mi cliente? Por si acaso, repasa todas las posibilidades: que me machaque el fiscal, que mi defendido se autoinculpe, que un testigo lo señale con saña como el ladrón del boleto desaparecido, que me quede en blanco…¡Catástrofe! ¿Negocio la pena con el fiscal? ¡No, quiero la absolución!.... ¡Basta! Todo saldrá bien Mi abuela tiene encendido un cirio rogando por mí. Me llaman ¡San Raimundo de Peñafort, ayúdame!¡Levanta la cabeza, Alicia! ¡Hoy empieza tu brillante carrera! ¡Ay, abuela!

     
  • Pretty Woman

    Vicky Peidro Molina · Alcoy (Alicante) 

    Nunca tuvo suerte, el negocio del azar, el de las pequeñas cosas de la vida nunca la acompañó. Nunca encontró un boleto premiado. No le tocó nada, ni esa muñeca de sonrisa esperpéntica de feria. Nació mujer y segundona. Hasta los catorce años la persiguieron los objetos heredados de su hermana. ¡Su perro la mordía! ¡Su estanquero, no fumador, encendía un cirio perfumado por el olor de sus clientes! ¡Su carnicero, vegetariano! De salud andaba regular, tirando a mal. De dinero, siempre mirando la etiqueta del precio antes que los detalles del vestido, y de amores, aquí estaba, con casi medio siglo de vida, solicitando un abogado del turno de oficio para su divorcio. No era insultantemente joven ni inexperto. Resultó ser lo mejor: de su misma edad, divertido, amable, inteligente y hasta guapo. En ocho meses consiguió su divorcio, y un marido abogado que era la envidia del barrio.

     
  • Carpe diem

    Alberto Mittelbrunn Espinosa · Zaragoza 

    Sobre la mesa, el boleto ganador de la lotería, aquellas cuatro cifras mágicas eran el negocio de su vida. Paradójicamente siempre aborreció los números y las matemáticas. ¡Menudo cirio! Las letras eran lo suyo, pero no daban para comer. Optó por la abogacía e interiorizó el lenguaje sumario del oficio, reino de la precisión conceptual y los aforismos latinos. Ahora llegó su turno, tendría tiempo para escribir libremente, sobrevolando el idioma hermético de los códices. Asomándose a la ventana se arrancó la corbata. La gente hormigueaba en las aceras. Esperando el autobús, esbelta, inmóvil como una cariátide, había una joven. El sol encendía su cabellera roja. La libertad es esa mujer que espera -pensó-. Miró al cielo, las nubes se desplazaban velozmente en sentido contrario al de su vista provocando la sensación de que todo se hubiese puesto en marcha y el despacho entero avanzara vertiginosamente hacia la azul inmensidad.

     
  • De profesión

    Carlos I. Fernández Carbonell · Castellón 

    Mi oficio es raro: leo microrrelatos sobre abogados. Mejor no preguntar. Lo que empezó como una bonita iniciativa para acercar la abogacía a la sociedad se convirtió, de la noche a la mañana, en una avalancha de microescritores pugnando por un pellizco de vanidad satisfecha. El cirio que se montó fue importante, pusimos turnos en la oficina pero terminamos por rendirnos a la evidencia. Alguien tenía que dedicarse íntegramente a filtrar las miles de tentativas que llegaban diariamente y, por carambolas de destino, el elegido fui yo. Maldita la hora. Lo poco gusta y lo mucho aborrece. Este negocio ha terminado con mi amor por las buenas lecturas y por las malas leyes a las que buscar resquicios. Es más, odio a los abogados y a los microrrelatistas. Los detesto. Ya soy como cualquier hijo de vecino. Sólo deseo que me toque un boleto ganador. Retirarme. Y ver la tele.

     
  • ¿Y si toca?

    Javier Sánchez Ribas · Collado Villalba (Madrid) 

    Al conocer el número premiado, saltó, aulló, se rió y llamó a su jefe para informarle por dónde podía meterse su negocio, hasta que pensó: "¿Dónde está el boleto?" Vació armarios, cajones y estantes; miró en cada bolsillo de cada pantalón y camisa. Recurrió a brujos, santeros, videntes, médiums, magos, tarotistas, quiromantes, astrólogos y parapsicólogos; puso a la Virgen el cirio más gordo que encontró, pero sin resultado. Desesperado, llamó al abogado del Turno de Oficio que llevaba su divorcio para ver si había alguna artimaña legal para reclamar su premio. Era un modesto profesional con el despacho en su casa, pero no conocía a otro. Contestó la madre del abogado: " Mi Mariano está muy raro. Se ha ido de viaje al Caribe sin fecha de vuelta y diciendo que a la abogacía se dedique Rita. ¿Sabe si le ha pasado algo?" Entonces recordó donde había olvidado el boleto.

     
  • Nazareno abogado

    Ignacio Brotons Jover · Alicante 

    Ser cofrade y abogado del turno de oficio son actividades perfectamente compatibles… Siempre y cuando no te encuentres de guardia la noche en la que sales como nazareno. Supe que me había equivocado nada más ponerme el capirote. Tenía todos los boletos para que me acabasen llamando para asistir a algún detenido; mal negocio sería montar un cirio en plena procesión, me dije a mí mismo… Al rato, en plena gran vía, justo en el momento más solemne -no podía ser de otra forma- mi teléfono empieza a sonar. La gente mira escandalizada. Lo cojo - Disculpe: ¿es el abogado de guardia? –Sí, soy yo, susurro avergonzado. - ... Asistencia a detenidos por asesinato, un tema desagradable, hay signos evidentes de tortura, un tal Jesús de Nazaret… van vestidos de romanos (oigo risas de fondo). ¡Iros a la mierda! En el fondo lo tengo merecido.

     
  • Perplejidad

    William Teixeira Correa · Montevideo (Uruguay) 

    Obnubilado por la hipnótica llama del cirio, reflexionaba sobre su fracasada carrera y su enésimo caso perdido, esta vez como abogado de oficio. Fue entonces cuando las galletas de la suerte llamaron su atención. Cogió una, la partió y leyó en el papelito: “Intercala cinco palabras con arte y te conocerán en todas partes”. Aquel acertijo lo sorprendió, al igual que el cliente de la mesa de al lado, quien se levantó abruptamente de su silla y salió a toda prisa del restaurante para ir hasta el negocio de enfrente, una farmacia que estaba de turno, dejando sobre la mesa un boleto de lotería tan perdedor como él mismo. De repente se le ocurrió un microrrelato con las palabras “boleto”, “turno”, “negocio”, “cirio” y “oficio”. Tras escribirlo le dio por partir otra galleta. Al hacerlo leyó: “Estás a sólo unos clics de ser un ganador”. Aquello lo dejó perplejo.

     
  • Gajes del oficio

    Marta Barbosa Orellana · Madrid 

    Nos separaban seis metros de silencio y cientos de penitentes. Ellos manchaban el asfalto con la cera de sus cirios, y yo estaba tranquilo: los nazarenos me tapaban. Pero me equivocaba. No cabía la menor duda, su expresión le delataba: me había reconocido. Y cuanta más concentración intentaba reflejar en mi rostro sobre la procesión que pasaba por la Alameda, más observado me sentía. Debía de haber cogido aquel boleto con asiento reservado que me habían ofrecido para la carrera oficial… así hubiera evitado a cualquier cliente pesado. Me preguntaba si sería capaz de importunarme con cuestiones acerca del negocio… me respondí rápidamente que sí. Y, por un momento, me imaginé sentado ante mi mesa de despacho en medio de la Alameda principal, con un bonito traje y un cartel que decía: Abogado de turno de oficio, consultas gratis.

     
  • Boleto ganador

    Eloy Serrano Barroso 

    Quería ser juez, tener potestad para juzgar los actos libres de los hombres. Pero una noche soñé con un boleto: el 5423. Supe que era el ganador porque la luz de un cirio lo iluminaba. En cuanto desperté me fui a la administración de lotería más próxima, y mientras esperaba mi turno, me imaginé con el dinero en mi poder, sin voluntad para preparar las duras oposiciones, rodeado de falsos amigos que me proponían “rápidos y rentables” negocios, casado con una mujer que en el lujo se volvía caprichosa e indolente y unos hijos que sin oficio se disputaban mi herencia. Cuando volví a la realidad, el empleado de la administración tamborileaba en el mostrador con impaciencia. Me sequé el sudor frío que empapaba mi frente y arrepentido balbuceé un nuevo número: el 9867, número con el que, semanas más tarde, gané el primer premio de la lotería nacional.

     
  • La lotera

    Ana Pilar Cortés Bendicho · Valencia 

    Era un negocio vetusto, de madera crepitante y olor a rancio. Paquita lo venía regentando desde el mismo día en que a su padre le llegó el turno y un camión se encargó de ejecutar la justicia divina. A Paquita le habría gustado ser abogada. Habría lucido mucho, se decía, tan espigada, con su elegante toga defendiendo inocentes. En realidad, pensaba tras el mostrador, su oficio no difería tanto del de picapleitos. También ella intentaba cambiar la suerte de los inocentes que confiaban en el azar y adquirían loterías y quinielas. Como cada día, al comenzar la jornada, Paquita encendió el cirio junto al cual reposaba el boleto por el que apostaba siempre. 20.372, 20 de marzo de 1972, la fecha en que tuvo que abandonar el colegio, pese a intuírsele un futuro prometedor, para ocuparse del negocio familiar. Quizás algún día un premio gordo le compensase tal injusticia.

     
  • Carta de despedida

    Pedro Antonio Herreros Rull · Jaén 

    Querido amigo, ha llegado mi turno. No montes ningún cirio por mi ausencia puesto que he cogido boleto voluntario para partir hacia rumbo desconocido con la esperanza, como todo viajero, de un mundo mejor. Me marcho con la sensación de haber errado de oficio, pensando que no hice buen negocio eligiendo una profesión en la que si se ha ganado un pleito siempre ha sido porque el cliente tenía razón, recayendo en mi conciencia, con igual frecuencia, la culpa de aquellos que no corrían igual destino. Tengo la percepción de que en cada caso he dejado parte de mi vida y que ésta ya no soporta siquiera sea un pequeño monitorio. Es por esto que, dichoso, he decidido casarme con la muerte en busca del sosiego que en vida jamas he tenido.

     
  • Póquer de ases

    Nuria Gómez Lacruz 

    Bajo la sala de vistas, en un sótano lúgubre alumbrado por doce cirios, se celebraba una timba entre tres jugadores. Aguardaban su turno mirándose con recelo. La partida se regía por un código secreto de honor. El más alto, el fiscal, puso doce fichas sobre la mesa; el más enjuto, el Juez, igualó la apuesta y añadió cuatro más. Mientras tanto, el acusado miraba sus cartas sin pestañear, con oficio. Hizo cálculos: dieciséis años de cárcel sobre el tapete. Con su póquer de ases parecía un negocio seguro, y aceptó. Mostró su jugada. Batió al full del fiscal. El acusado sostenía la mirada del Juez, que permanecía atónito, con tres ases más entre sus dedos. "Tiene valor, sabe que las trampas se pagan con la perpetua", pensaba el Juez. Sin saber por qué, ocultó su trío y dijo: "Tu boleto gana. Sólo llevo dos reyes. Te declaro inocente".

     
  • ¡Despido agridulce!

    Mari Carmen Cascal Rodríguez · Marbella (Málaga) 

    ¡Señoría seré breve! Con mi boleto en una mano y el cirio en la otra, salí corriendo para poder darle curso a lo primero y llevar lo segundo a la iglesia a modo de gratitud. En ello perdí diez minutos de mi tiempo y por lo tanto llegué tarde a mi turno de trabajo por lo que mi jefe me amenazó con despedirme. De nada sirvió mi promesa de recompensar con esplendidez mi tiempo perdido. ¡Que paradoja Señoría, por agradecer mi sueño hecho realidad, me veo en la calle! Lo que me confirma que en los negocios, no entienden de oficios sólo de beneficios. Hoy, con mi boleto premiado y con la tranquilidad que da el dinero, quiero que este señor pague por “abuso de autoridad” hacia mi persona y que nadie más pase por lo que yo he pasado. ¡Este es el motivo de mi denuncia, Señoría!

     
  • Oración

    Javier Serra Vallespir 

    El fiscal anticorrupción entró en la Catedral de incógnito y se arrodilló frente a la imagen de Santo Tomás Moro. Con reglamentaria devoción (como corresponde a una persona de su oficio), encendió un cirio en su honor. —Querido Santo Patrón —susurró—. Créeme, no soy el patán de turno que suplica poseer el boleto ganador del sorteo de Navidad. No, yo... —El fiscal empezó a sollozar. Unas viejecitas que rezaban en un banco le chistaron para que dejara de hipar—. Sólo te pido un poco de tranquilidad —continuó sonándose con estrépito—. Unas pequeñas vacaciones. El estrés y las horas extra me descoyuntan. Te ruego que los políticos no me den tanto trabajo y que el Maligno no siembre más avaricia en sus corazones —el reclinatorio chirrió tenebrosamente—… pero sin que el boyante negocio de mis colegas abogados se resienta, que la crisis nos aprieta a todos. Amén.

     
  • Fallo

    David Villar Cembellín · Castro Urdiales 

    Sopesé de nuevo el libro en mis manos. “Diálogo sobre los principales sistemas del mundo”, la luz rielante de los cirios dibujando sombras sobre su arrogante título. Todos habían ofrecido sus razones ya, era mi turno. Yo, autoridad absoluta, juez supremo de la Congregación del Santo Oficio. ¿Y qué esperaban que hiciera, eh? Ese loco había comprado su propio boleto para la cárcel en el mismo momento que puso en tela de juicio el geocentrismo de Ptolomeo. El negocio celestial siempre había sido –y debería seguir siendo- negocio exclusivo de la Iglesia. Per saecula saeaculorum. Engolé altivamente mi voz para dictar la sentencia, tan evidente como inexorable: «¡Galileo Galilei, prisión de por vida!», fallé. ¿Y podréis creerlo? Aún me pareció escuchar en última instancia un leve susurro en boca de ese reo petulante y soberbio: «Eppur si muove».

     
  • Inventarios

    Miguel Armengot Gómez · Valencia 

    Por turno señores, ¡menudo cirio! –increpó a la multitud el Juez desde la puerta de la Sala de Vistas del Tribunal Supremo, con la toga hecha jirones y las puñetas colgando. Un periodista sueco se coló y consiguió preguntarle. Mire –contestó-, todo empezó cuando de oficio imputaron por prevaricación al Juez Peláez, el de Logroño, habrá oído hablar del caso. Éste se querelló contra el Juez que le imputó, por prevaricador, el cual se querelló contra el Juez que admitió la querella, y así sucesivamente, ¡qué negocio!, sólo he quedado yo, que estaba tranquilamente como tramitador del Registro Civil de Cádiz hasta que me dieron boleto en forma de ascenso y para Madrid, y claro, se han acumulado todas las causas y me toca a mí dictar sentencia. -¿Y qué va a hacer? –le preguntó el periodista. -Pues mire, les voy a absolver a todos, menos al último, por advenedizo.

     
  • Cola del Cielo

    Asunción Fernández Laredo · Madrid 

    El pasillo está oscuro. Veo muy por delante de mí, la Gran Mesa Veredictal: Encima, un cirio pascual ilumina a San Pedro, sentado a la mesa, y al acusado de turno, de pie enfrente. El tiempo se hace, mira tú por dónde, eterno, y la cola apenas si avanza.
    Al cabo de varios siglos, me toca.
    Se me informa de mis derechos. Me gustaría que me certificara el Médico Forense, pero no me atrevo a pedirlo.
    San Pedro saca una cestita, me dice que coja un boleto. Pone Procedimiento por Faltas.
    - “Quiero un Abogado”, se me ocurre.
    - “¿Puede pagarlo?”, me inquiere él.
    - "No llevo nada encima, me pilló la Muerte en pijama. ¿Y uno de Oficio?”
    -“No procede, no es preceptiva la asistencia letrada”.
    Condenado minutos después al fuego eterno, bajo en el ascensor llameante y pienso: Mal negocio hiciste, que Abogado particular no te trajiste.

     
  • Lapsus Mentis

    María Luisa Ventura Sánchez 

    Estaba tan cansado de hacer turno de oficio, y de las guerrillas eternas con los agentes de gesto adusto que poblaban las comisarías, que compré un billete de lotería con la esperanza de que la suerte me favoreciera, para montar mi propio negocio. Recurriendo a la técnica popular, le coloqué el boleto a una imagen de San Pancracio, santo célebre, al parecer, por su generosa contribución a la mejora de la economía. Con un cirio iluminando la escena, para darle glorificación a la petitoria, salí de casa rumbo a las cruzadas cotidianas, deseando volver cuanto antes, para darme un relajante baño de espuma; y ¡vaya con la autoridad del beato!, deseado y concedido todo fue uno: nada de la generosa contribución a los bienes, pero el baño?., los mismos bomberos me lo prepararon.

     
  • Baby Violeta

    Angeles Belda Collado · Valencia 

    Nuestra hija Violeta nació con cuatro dientes y dos muelas. Habló a los seis meses y a los dos años dijo que iba a ser abogado como nosotros, pero que no iba a inscribirse en el turno de oficio; sus razones tendría. A los seis años comprendía cualquier negocio jurídico y asesoraba por teléfono. Nos había tocado el boleto de lotería sin jugar. A los doce se doctoró en derecho cum laude y desde los trece dirige nuestro despacho de la calle del Cirio, mientras su padre y yo disfrutamos de vacaciones en Benidorm. Tiene dos pasantes de once años que la tratan de usted y una secretaria de ocho, estudiante de ingeniería, que le ha informatizado el despacho. Desde que asesora a una multinacional viajamos bastante a Chicago, saben; siento que ahora mismo no pueda atenderles, pero cuando habla por teléfono con Bill Gates no quiere que la molesten.

     
  • Mala cara

    Miguel Pasquau Liaño · Granada 

    ?Tienes mala cara?, me dijiste de pronto, y me quedé con mal cuerpo. Por la noche me miré en el espejo y vi un pijama con un abogado dentro que me miraba con semblante derrotado. Así que tienes razón. Entre buenos oficios y malos negocios se me escapa la vida. No hay gloria ni épica en mi vida, ni siquiera hay dinero: sólo hay papeles, trampas que me hacen ganar y verdades que me hacen perder. Necesito un revulsivo, no puedo seguir esperando que los boletos de la suerte o los cirios encendidos en capillas oscuras con santos caprichosos me traigan el futuro que imaginaba cuando juramos juntos. Así que has ganado: dejo la toga y me paso a las puñetas. Prepararé oposiciones al cuarto turno. Ya no tengo fuerzas ni ánimo para seguir pidiendo, y no quiero que nunca más me veas mala cara. Me rindo.

     
  • Su mujer

    David Vivancos Allepuz · Barcelona 

    Comprobó que los seis números coincidían con los del boleto. El premio le permitiría dejar el turno de noche en la funeraria y, por fin, abrir su propio negocio, la inmobiliaria, y comprarse el chalecito, un descapotable color cereza y el fueraborda soñado desde siempre. Durante años su mujer había tratado de convencerle, infructuosamente, de que cambiara de oficio. No entendía lo del maquillaje forense, le repugnaba el olor a cirio y a crisantemo impregnado en la ropa, ese tufo que reclamaba un doble lavado antes de ser eliminado por completo. Su mujer no comprendía cómo había podido acostumbrarse al dolor de las familias desgarradas por la pérdida de un ser querido ni cómo había vencido la repulsión inicial en presencia de los primeros cadáveres. ¿Su mujer? Ah, sí, su mujer. Antes de hablarle al abogado de todos aquellos proyectos tendría que sostener con él una charla sobre… su mujer.

     
  • Nunca es tarde

    María del Socorro Velázquez García 

    “Hijo mío... sienta la cabeza... retoma tus estudios... búscate novia formal.” Recuerdo perfectamente las últimas palabras de mamá a pesar de los años transcurridos. Dado que ejercía -y ejerzo aún- de sepulturero a tiempo parcial en mi pueblo, me encargué yo mismo de elegir las palabras del sacerdote para el oficio de difuntos, de encender un gigantesco cirio en su recuerdo y de echar tierra sobre su ataúd durante mi turno de servicio. ¡Si mamá me viera ahora! Sólo me restan 15 créditos para acabar la carrera de Derecho, y a juzgar (nunca mejor dicho) por los telediarios jamás me faltará trabajo. Por fin podré abandonar el negocio de reventa de las flores que "distraigo" en el cementerio y dejar de confiar en poseer el boleto ganador de la primitiva. Supongo que haber alcanzado esta meta extraordinaria a los 57 años no le importaría… aunque todavía no haya encontrado novia.

     
  • El plato frío

    Esteban Torres Sagra · Úbeda (Jaén) 

    Tengo todos las papeletas para el Infierno... Jamás porté un cirio y mi negocio ha sido siempre defender al indefendible. “Oficio de mal nacidos”, dijo mi padre cuando elegí carrera, y todo porque a él le ganaron un pleito cuando joven y lo dejaron con el culo al aire en una herencia, a él y a nosotros. Ahora estoy en el turno de oficio y ¡oh, casualidades de la vida!, tengo que defender al mismo que le ganó a mi viejo aquel juicio hace treinta y siete años. Ser o no ser, ¡he ahí el dilema!... Después de tantos años el plato está frío. Como dije al principio: Tengo todos los boletos para el Infierno.

     
  • El juez cirio

    Francisco Javier Romero Valentín · Pinto (Madrid) 

    Mi oficio no existe, no podría justificarse de ninguna manera. Es una ocupación tan peculiar… Cuando los jueces tienen que tomar una decisión complicada, hacen turno como colegiales a la puerta de mi casa. Después enciendo un cirio para cada uno de ellos. Y los contemplan con suma atención, casi con reverencia, como si en verdad estuvieran en la iglesia a la que originalmente estaban destinados. No es para menos, no hay mejor jurado posible que la cera. Si la vela arde por completo, el acusado es inocente; si se extingue en algún momento, es culpable. Y entonces el juez le condena sin la más mínima vacilación. No falla nunca, ni soplando; aunque el verdadero negocio está en cambiar las peculiares velas jurídicas por otras que no se apagan nunca cuando un acusado con recursos adquiere el boleto que vuelve ciego mi sentido de la justicia.

     
  • Apesto, luego pago

    Miren Yosune Parola Saez · Bilbao 

    Después de la enésima llamada del departamento de fraudes de Apesto, reclamando los cargos fraudulentos que el chorizo de turno realizó con mi visa oro, perdí los estribos y me dirigí a la central dispuesto a montar un cirio. El director me recibió escoltado por un abogado que sonreía burlón, mientras se abanicaba con un boleto de primitiva. Ambos conocían su oficio y yo, oficiaba de pagano en la trama. Me explicaron que faltaba un documento en mi expediente, sin el cual era responsable del descubierto. Pese a desgañitarme inútilmente en mi favor, el leguleyo levantó la mano, callándome. -No se esfuerce. Este negocio es así. Vuelva a su trabajo y haga horas extras para pagar el desfalco. Por cierto, ¿a qué se dedica? Me tomé un minuto para responder. En el aire sonaron dos pequeños silbidos. -Trabajo de sicario -respondí dejándoles con una mueca estúpida en sus labios.

     
  • Teletexto

    María Eugenia Mantilla Gutiérrez · Canet de Mar (Barcelona) 

    Lo conocí en el turno de noche. Las otras enfermeras me contaron que era un abogado al que le había dado un infarto en pleno juicio. Gajes del oficio, me dijo él. No tenía familia, y llevaba un par de días ahí, solo. Simpatizamos en seguida. Fue prácticamente amor a primera vista. Al otro día me pidió que le comprara la lotería. Jugaba cada semana y no quería dejar de hacerlo. Siempre compraba el mismo número, pero me dijo que escogiera yo. También me pidió que encendiera un cirio, algo que formaba parte de su ritual personal. Era el primer boleto que compraba en mi vida. Nunca me había parecido un buen negocio, inviertes e inviertes y nunca ganas. En la noche revisamos en el teletexto el número ganador. Era el suyo, bueno, el nuestro. Hizo falta que le diera un ataque al corazón para conocernos, y para forrarnos.

     
  • Incumplimiento contractual

    Juan Manuel Ruiz de Erenchun Astorga · Barcelona 

    El joven abogado defensor se enfrentaba a su primer juicio: robo con violencia en un negocio. Creía firmemente en la inocencia del cliente, aunque tenía todos los boletos para una condena segura. Las pruebas eran tajantes. Entre los nervios y la falta de experiencia se veía incapaz de articular tres palabras seguidas, de ordenar sus ideas en un discurso coherente. El Juez le miraba con semblante inquisitivo: era su turno de informe final. Desesperado, se encomendó a San Raimundo de Peñafort, prometiéndole que si ganaba el pleito le pondría un cirio diario en la parroquia del barrio. Pronunció entonces, con oficio de gran orador, un extraordinario alegato sobre la no culpabilidad de su defendido. Un mes después dictaron sentencia absolutoria. Engrandecido por el triunfo, no cumplió su promesa. El Santo en cambio no se olvidaba de él. Durante el año siguiente, el joven letrado no ganó ni un juicio más.

     
  • La mejor defensa

    Juan Manuel Batuecas Florindo · Madrid 

    Cinco kilómetros para la frontera. Ya casi llego. La única defensa es la huida. No puedo dejar de repetirme esa frase. Mi abogado me lo dijo. Vete. Desde hace años cada crimen se ha convertido en un espectáculo. Un negocio. Se ofrecían todo tipo de detalles. Reporteros y periodistas siempre montaban un cirio. Cada vez más audiencia, cada vez más periódicos vendidos. Nuestros líderes políticos proponían endurecer las leyes. Y se endurecieron. Una y otra vez. Desapareció el turno de oficio. El Estado no tiene porqué pagar la defensa de los delincuentes. Se eliminó la presunción de inocencia. El sospechoso es culpable salvo que se demuestre lo contrario. Si te denuncian te tocó la lotería. Sin comprar boleto. Por eso huyo.

     
  • Requiescat in pace

    Esperanza Temprano Posada · Madrid 

    '-Créeme compañera, este es un oficio como otro cualquiera, pero si piensas hacer negocio con ello, te equivocas de medio a medio-, me dijo un colega veterano cuando yo estaba aterrizando en la profesión hace ahora veinticinco años y ha resultado ser u

     
  • Otro cadáver

    Felisa Lería Mackay · Sevilla 

    El ataúd está rodeado por cuatro cirios. El cura que dice misa parece que habla de negocios, de tan frío. El muerto es mi socio. Lo conocí en el turno de oficio cuando éramos jóvenes. Al principio me pareció un poco parado y muy ingenuo. Pero era listísimo. Juntos creamos una asesoría jurídica para inmigrantes a través de Internet. Hace dos días almorzamos con un individuo, compañero suyo del colegio, que nos estuvo preguntando por nuestro trabajo con mucho detalle, quería saberlo todo; y nosotros, orgullosos de nuestra empresa, se lo contamos. Me siento mareado. Salgo de la iglesia. Tengo que entrar en los servicios de un bar. Estoy blanco como un cadáver. ¿Qué comimos el otro día? El amigo se empeñó en que comiéramos boletus; sí, boletus edulis y le hizo una señal al cocinero. Pero seguramente comimos boletus pulcherrimus… los boletos que te llevan directo al cementerio.

     
  • Instantes previos

    Eva María Cardona Guasch · Ibiza 

    Acababa de llegar, la tenía entre sus manos impacientes, como sosteniendo el boleto justo antes de declararse la suerte. Sin atreverse a mirar aunque esperaba conocerla desde hacía tiempo. ¡Tantos años de buena práctica, oficio y negocio y al viejo abogado aún le producían cierto pudor estas situaciones! También excitación, sofoco. Tenía fama de impasible pero la procesión va siempre por dentro, sin cirios ni tambores que marquen el camino certero; con varias botellitas de cava esperando turno en la nevera, aguardando la ocasión merecedora. Sentía temor. ¿A perder su reputación? A estas alturas ya no. Una vez más, aquí culminaban sus hábiles esfuerzos y deseaba otro final exitoso. Uno más. Sus mejillas se ruborizaron; aceleró su pulso. Esta pasión le mantenía en forma. Llegaba el desenlace. Finalmente, el viejo abogado inspiró, exhaló y comenzó a leer la sentencia. Como siempre, empezando por el fallo, por el final.

     
  • Gane un abogado

    Guillermo Cubillo Blasco · Santa Cruz de Tenerife 

    Salí de la Iglesia de Nuestra Señora de Regla dejando encendido el cirio electrónico ante San Pancracio. A mi lo de los Santos ni fu ni fa, pero mi madre insistió en que era mi única esperanza, así que por eso froté contra la túnica de la imagen el boleto que me dieron en el juzgado para la nueva lotería del turno de Oficio “Gane un abogado, Gane su juicio”. La Justicia está muy achuchada, decían, si tuviéramos que asignar abogados gratis a todos los que no pueden pagar uno, los abogados de pago se extinguirían como el lince ibérico o las abejas el siglo pasado, y el Estado detrás. Si no me toca el premio, perderé negocio, casa y familia, así que ya se lo he dicho a San Pancracio, te ilumino con mis últimos cinco créditos, sin abogado, no hay más velas.

     
  • Confianza

    Pedro Fernández Puig · Getxo (Vizcaya) 

    Lo copié de una película. El cirio comenzó el fuego, después ni rastro. Por eso no quería un abogado de turno de oficio inexperto, concentrado en mi asunto, estudiándolo a fondo, contrastando contradicciones y descubriendo mis deudas..., mi amante. Necesitaba un abogado que, confiado en su experiencia, viera los árboles, pero no el bosque. Necesitaba que, siendo su yerno, la familia y mi dinero le confiaran lo suficiente para suponer…, para no verificar... Alguien que, desconsolado porque ardiera el negocio que antaño ayudó a levantar a mi padre, viéndome desamparado, quisiera protegerme. Confianza…. La confianza era el boleto que conformaba mi apuesta. Pero me confié demasiado. No preví que el abogado contrario pudiera ser de oficio; ni que mi caso era el primero para aquella jueza sustituta tan exasperadamente trabajadora, que verificó, que nunca confió, que condenó… Ahora, en la cárcel, tengo otro abogado, ¡gratis! Ha apelado. Confío en él.

     
  • Sostiene Hawking

    Manuel de la Peña Garrido · Madrid 

    Soy un viejo picapleitos. Sigo apuntado al turno de oficio más por altruismo que necesidad. Negocio penas e indemnizaciones cual habilidoso broker. Monto cirios en estrados cuando toca. También pido misericordia al juez si es menester. He visto de todo en los juzgados. Sostiene Stephen Hawking que es peligroso tratar con extraterrestres. ¡A mí me lo va a contar! Aquel cliente irrumpió alucinado en mi despacho. Habían asesinado a su mujer, una famosa ufóloga. Clamaba que el auténtico asesino era alienígena. Culpaba al lado oscuro, infiltrado en la Justicia. Pero demoledoras pruebas lo incriminaban. Abogado temerario, acepté su defensa. Fracasé. Mi desesperado alegato de enajenación mental fue desestimado. Al despedirme de su señoría, me tendió una mano viscosa. Me dedicó una sonrisa horripilante. Juro que bajo su toga palpitaba otra criatura. Y que, entre sus códigos, asomaba un boleto de viaje. Destino: Marte.

     
  • Descanso del guerrero

    Jokin Urruticoechea García · Madrid 

    Ha llegado el momento de posar las armas. Abandono el oficio. O, mejor, el oficio me abandona. Cedo mi turno a una nueva generación. Me cobijo en los recuerdos de las arduas batallas, las meditadas estrategias, las infinitas noches en vela. Dejo el mundanal ruido de los despachos, cambio el fragor de los juzgados por el sosiego del campo. Quizá monte un negocio: "dejarás de ser abogado, pero serás tu propio juez", me dice, con sorna, mi mujer. Echaré de menos los cafés apresurados, los nervios adolescentes previos al enfrentamiento, la inefable ayuda de mis correligionarios. Me consuelan mis nuevos compañeros: el arrítmico rugido de la hoguera, el intenso olor de los cirios perfumados, las largas pero placenteras caminatas en busca de trufas y boletos. Cuatro décadas de mi vida dedicadas a la abogacía. Renovaría por diez más. Pero ha llegado el momento de posar las armas.

     
  • Oración final

    Iñigo Marcos Serrano · Pozuelo de Alarcón (Madrid) 

    La iglesia estaba oscura y vacía, afuera llovía monótonamente y las paredes rezumaban humedad y olor a orines. Sentado en los bancos del coro podía contemplarlo allí abajo, arrodillado, con el rostro débilmente iluminado por la tenue llama de un solitario cirio. Todo negocio tiene su riesgo- pensé- es algo que he aprendido bien en mi oficio. Te sentiste intocable, rompiste las reglas y ahora ya ves, abogado, ha llegado tu turno- Ajusté el silenciador con un chasquido metálico y esperé unos segundos. Las campanas repicaron arriba, entre la bruma que envolvía el campanario. Las ocho. Disparé dos veces, apenas movió la cabeza hacia delante, parecía más entregado a la oración. Descendí las escaleras sin prisa, me persigné antes de salir y una ráfaga de lluvia helada me recibió en el exterior. Vibró el móvil en la gabardina. -¡¨Le diste boleto?- - Le dejé rindiendo cuentas con Dios-

     
  • Turno de Oficio

    Antonio Alonso · Málaga 

    ¡Esto nunca ha sido negocio! exclamó Ramón, mirando frustrado el interior de su tienda. Aprendió el oficio de su padre y nunca tuvo valor para confesarle que quería ser abogado. Su padre no lo habría entendido, ¿Abogado? Con el asco que le daban. ¿Sabéis cual es el beneficio de vender un cirio? Ja! Ni eso, y sólo se venden en Semana Santa y a alguna "beatilla". Era inevitable, había que cerrar... Al menos lo había intentado. Su padre estaría orgulloso, o no. Cogió el periódico, resignado, su boleto de lotería, siempre el mismo número. Miró. Volvió a mirar. Le había tocado. Dos millones de euros. No se lo dijo a nadie. Cerro la tienda y se fue, desapareció. Siete años más tarde, en un Juzgado de Málaga, un letrado muy mayor se sienta en sala, nervioso, sonriente, su primer juicio. Ahora llegaba su turno...

     
  • La Santa Compaña

    Jorge Santiago Vázquez Rojo · Ourense 

    Aquel boleto transformó su vida. Aparcó el negocio de la abogacía y se convirtió en un “bon vivant”. Una de tantas noches, después de una correría, el letrado regresaba a casa. Avanzaba entre la neblina por las callejuelas mientras el orvallo le refrescaba la cara. Cuando llegó al crucero de la alameda, oyó el sonido de una campanilla. Enmascarada en la penumbra, se le acercó un alma en pena que le ofreció un cirio. Desde ese momento se incorporó a la procesión de ánimas; sustituyó la toga por la túnica; pero la vida de espectro no estaba hecha para él: ni comer ni dormir ni… Todavía hoy sigue vagando - últimamente se le ha visto por los juzgados -, a la espera de que le llegue el turno para deshacerse del cirio. Ahora anhela enfundarse nuevamente la toga. ¡Duro oficio el de la Santa Compaña!, decía mi abuela.

     
  • Justicia Barataria

    Benedicto Torres Caballer · Valencia 

    –Cerero contra capellán –anunció el alguacil. –¡Justicia, gobernador! –dijo el cerero–. Tiempo ha vendí novecientos cirios al cura, que pagándome parte argumentó no tener el diámetro acordado, y Dios y veedores del oficio me asistan para demostrar tamaña falsedad. Primero, concedí rebaja mediante engañifas ofreciéndome boletos para rifas del convento, luego, considerose eximido de toda deuda por un jamón ganado. «¡Con la Iglesia hemos topado!» –pensó Sancho–. ¡Turno del capellán! –¡Ausente! –dijeron. –Paréceme que en este pleito no ha de haber largas dilaciones pues, con parte cobrada y aceptando tan suculento desquite nada baladí, colijo codicia en el negocio de vuesa merced; considérese, pues, la deuda como justo donativo –concluyó Sancho–... ¡Siguiente! –Molinero contra loco –pregonó el alguacil. –¡Señor, justicia! Un loco, casi matándose, desgarró mi molino asegurando romper una lanza en favor mío. ¡Veinte reales de estropicio! –Avisad al demandado... ¡Señor don Quijote! –dijo sorprendido Sancho.

     
  • García

    Ivo Martí Menzel · Barcelona 

    “Orden, orden”, bramó el juez. Menudo cirio se había organizado en la sala. Nadie daba crédito a lo sucedido. El servil y apocado García, treinta años en el turno de oficio a cargo de los casos más insignificantes, el del apretón de manos fofo y húmedo, el torpe letrado de quien se mofaban sus clientes, el de la voz aguda y aspecto rídiculo, el del traje pasado de moda, aquel a quien constantemente repetían sus compañeros de profesión que había hecho mal negocio estudiando derecho, había pisoteado el expediente y enviado a tomar por saco a sus señorías, al resto de leguleyos y al camello de poca monta que estaba a su cargo. La noche anterior había resultado premiado el boleto de lotería que compraba cada semana saliendo del juzgado.

     
  • Café-teatro

    Alvaro Giménez García · Orihuela (Alicante) 

    Echado en el catre del calabozo, repasas los acontecimientos de esta peculiar noche que has vivido: la invitación de tu novia y de tu socio de bufete a un café – teatro; una vez allí, el reparto de boletos para participar en la representación de turno, que hoy recrea un juicio; tu actuación, realizada con verdadero oficio, como acusado, primero, y condenado, después, por negocios turbios; tu salida, esposado y abucheado, del café; tu sorpresa, al ver que te meten en una furgoneta y que te llevan a comisaría; y, lo más raro, la llamada telefónica (la única que te permiten hacer, tras montar el cirio al oficial de guardia), a tu socio, que, relajadamente, te dice que todo es un error, mientras, de fondo, rodea su voz una risa, jocosa, desaforada, idéntica a aquella que tú provocas en tu novia cuando os entregáis al goce de vuestros cuerpos desnudos.

     
  • Propósito de enmienda

    Fernando Paniagua Martín 

    Estimados papá y mamá, Teníais razón. Debería haber sido fontanero, carpintero o diseñador de velas con encanto (por cierto, encended un buen cirio en la iglesia del pueblo, por si acaso sirve de algo). Pero no os hice caso y me embarqué en un negocio no del todo legal. Así que ahora me veo en la entrada del juzgado, esperando la vez. Me dice mi abogado que su trabajo no es una rifa, que no es como comprar un boleto, que si las cosas se hacen bien, saldrán bien. También afirma que él es un profesional de la defensa y que me va a conseguir una pena menor, porque en el fondo sabe que no soy mala persona. Teníais razón. Mi abogado tiene un buen oficio, como los fontaneros o los carpinteros. O los de los cirios. Os haré caso. Ahora tengo que dejaros, es mi turno.

     
  • El milagro

    Manuel Moreno Bellosillo · Madrid 

    El cliente me llegó por el turno de oficio. Era canijo, calvo y con cara de santurrón. Tenía un negocio de venta de imágenes, cirios, lampadarios y otros artículos religiosos, y llevaba fama de mezquino y milagrero. Una beatilla que pasaba apuros económicos se presentó un día en su tienda con un boleto de lotería para pedirle que intercediera por ella y le juró que si le tocaba le daría la mitad. Ganó el primer premio, pero no repartió con él. Sin papel firmado ni testigos- le expliqué- no había caso, pero él se empeñó en demandarla. - El dinero es para obras pías,- me aclaró- no insistiría si fuera para mí; Dios proveerá, tenga fe. Aun sin fe, milagrosamente, el caso se ganó. El cliente se esfumó con el dinero- dicen que se fue a Brasil- sin pagar mi minuta. Ahora siempre exijo a mis clientes provisión de fondos.

     
  • Lata de sardinas

    Francisco Rodríguez Cotilla · San Roque (Cádiz) 

    Yo era un exitoso hombre de negocios, tenía una mujer solícita, una amante, la de turno, y un hijo al que di boleto por no tener oficio ni beneficio. Un día descubrí, navegando por la red, un concurso de microrrelatos. Me pareció una idea absurda introducir con calzador cinco palabras obligatorias y la figura de un letrado. Me reí de aquellos ingenuos participantes devanándose los sesos para obtener un mísero premio y cinco minutos de gloria. Yo podía comprarlo todo,incluso voluntades. Atrás quedaba aquel timorato niño que encendía cirios para que la divina providencia le asistiera.¡¨Y si ,por una vez, no utilizaba mis influencias¡€™Tras varios intentos sin tan si quiera ser seleccionado, comencé a escribir compulsivamente. Desatendí a mis empresas, a mi, ahora, ex mujer , gasté fortunas en talleres de escritura y libros. Mi obsesión crecía y mi patrimonio mermaba alarmantemente. Este es mi último intento.

     
  • Tijeras

    José Manuel Castellá Almiñana 

    Me presentaré, me llamo Turno, y me apellidan De Oficio. La verdad es que no vi venir las tijeras, esas con las que se empeñan en que este mi oficio deje de ser negocio, que no lo es, y pase a ser arte, para que sin vivir del oficio, pase a vivir por el arte. Y entre sacar el boleto “pa ver a quien le toca” y a quien también, siguen prendiendo un cirio al diablo y otro al dios del arte para que en este quede, y lo que de aquí mengüen, a ellos les incremente. Y todo “pa ver a quien le toca” que “tos tien nesesidades”. Y no piensan en que la tijera solo corta al que menguado va de posibles.

     
  • La hora

    Lydia San Miguel · Burgos 

    Cuando llegué al despacho, negocio familiar desde hace 89 años y lugar donde disfrutaba de mi oficio, vi a mi abuelo con su traje de los domingos, esperando en la puerta y tras él mi pasante enlutado con un cirio en la mano. - “¿Abuelo?... ¿qué haces aquí si estás muerto?” - “Mira en tu bolsillo” Saqué un boleto rosa en el que ponía “ES TU TURNO”

     
  • Justicia Divina

    Belén Solesio López-Bosch · Pozuelo de Alarcón (Madrid) 

    Sentado en un banco de la iglesia, le pareció que el enorme Cristo crucificado que presidía el altar le miraba acusador; se arrepentía de haber entrado allí para tratar de pensar. Las palabras de su abogado de oficio todavía resonaban en sus oídos: “No estás en la cárcel, acusado de asesinato en primer grado, porque la policía no ha sido capaz de aportar ninguna prueba que te situara en Madrid el día de autos”. ¡Ese estúpido negocio de sicario había arruinado su vida! Unas cuantas mujeres hacían cola para encender una vela a San Judas Tadeo, patrón de los imposibles. Se levantó y esperó su turno. Depositó una moneda y encendió un cirio. Con los ojos anegados en lágrimas, arrimó la llama al boleto de la primitiva, premiado con cinco millones de euros, que había sido sellado en una administración de Móstoles el mismo día del crimen.

     
  • El futuro incierto

    Rafael García Martín · Algorta (Vizcaya) 

    El juez que preside la sala tiene cara de aburrido, pero los cirios que arden a cada lado de la mesa le hacen parecer siniestro. La atronadora voz del secretario, retumba por toda la estancia: ¡nº5, su turno! El acusado se pone en pie y traga saliva mientras avanza, tembloroso, entre sus compañeros. A un gesto del secretario extiende su mano ajada para extraer de la urna de cristal un pequeño boleto de papel marrón, su sentencia, que el juez le arrebata con su mano huesuda para leer en voz alta y ordenar que se cumpla de forma inapelable. ¡Cadena perpetua por una simple pelea callejera! El nº5 maldice el día que privatizaron la justicia para convertirla en un negocio y a quienes dejaron que el oficio de juez llegara a ser esta macabra lotería que ha acabado con su vida.

     
  • Camaradas caídos

    Eduardo Esquide de Torre · Logroño (La Rioja) 

    “Llegó tú turno…” anunció fríamente, arrojando a la cara de su próxima víctima el fatídico boleto que le convertía en el siguiente desgraciado de su macabra lista.
    El condenado, arrodillado, lo cogió tembloroso y lo quemó con la llama del cirio que iluminaba la estancia. “Estás loco; sólo son negocios” acertó a sollozar.
    “Sólo negocios” repitió absorto el verdugo, al tiempo que, con lentitud infinita, alzó el revolver y desganadamente disparó una, dos, tres…hasta seis veces, dejando un cadáver donde un instante antes había un camarada.
    Décadas después, homenajeado por su Ilustre Colegio en sus bodas de plata como abogado de oficio, pronunció un breve y emotivo discurso recordando a varios compañeros tristemente fallecidos. “Con todos ellos coincidí –terminó- y eran grandes letrados, mucho mejores que yo…Salvo por un detalle; yo sabía ocultar mejor las pruebas”. El auditorio, entre risas y alguna lágrima, le dedicó una rendida ovación.