Inventarios

Miguel Armengot Gómez · Valencia 

Por turno señores, ¡menudo cirio! –increpó a la multitud el Juez desde la puerta de la Sala de Vistas del Tribunal Supremo, con la toga hecha jirones y las puñetas colgando. Un periodista sueco se coló y consiguió preguntarle. Mire –contestó-, todo empezó cuando de oficio imputaron por prevaricación al Juez Peláez, el de Logroño, habrá oído hablar del caso. Éste se querelló contra el Juez que le imputó, por prevaricador, el cual se querelló contra el Juez que admitió la querella, y así sucesivamente, ¡qué negocio!, sólo he quedado yo, que estaba tranquilamente como tramitador del Registro Civil de Cádiz hasta que me dieron boleto en forma de ascenso y para Madrid, y claro, se han acumulado todas las causas y me toca a mí dictar sentencia. -¿Y qué va a hacer? –le preguntó el periodista. -Pues mire, les voy a absolver a todos, menos al último, por advenedizo.

 

 

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