Descanso del guerrero

Jokin Urruticoechea García · Madrid 

Ha llegado el momento de posar las armas. Abandono el oficio. O, mejor, el oficio me abandona. Cedo mi turno a una nueva generación. Me cobijo en los recuerdos de las arduas batallas, las meditadas estrategias, las infinitas noches en vela. Dejo el mundanal ruido de los despachos, cambio el fragor de los juzgados por el sosiego del campo. Quizá monte un negocio: «dejarás de ser abogado, pero serás tu propio juez», me dice, con sorna, mi mujer. Echaré de menos los cafés apresurados, los nervios adolescentes previos al enfrentamiento, la inefable ayuda de mis correligionarios. Me consuelan mis nuevos compañeros: el arrítmico rugido de la hoguera, el intenso olor de los cirios perfumados, las largas pero placenteras caminatas en busca de trufas y boletos. Cuatro décadas de mi vida dedicadas a la abogacía. Renovaría por diez más. Pero ha llegado el momento de posar las armas.

 

 

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