Oración final

Iñigo Marcos Serrano · Pozuelo de Alarcón (Madrid) 

La iglesia estaba oscura y vacía, afuera llovía monótonamente y las paredes rezumaban humedad y olor a orines. Sentado en los bancos del coro podía contemplarlo allí abajo, arrodillado, con el rostro débilmente iluminado por la tenue llama de un solitario cirio. Todo negocio tiene su riesgo- pensé- es algo que he aprendido bien en mi oficio. Te sentiste intocable, rompiste las reglas y ahora ya ves, abogado, ha llegado tu turno- Ajusté el silenciador con un chasquido metálico y esperé unos segundos. Las campanas repicaron arriba, entre la bruma que envolvía el campanario. Las ocho. Disparé dos veces, apenas movió la cabeza hacia delante, parecía más entregado a la oración. Descendí las escaleras sin prisa, me persigné antes de salir y una ráfaga de lluvia helada me recibió en el exterior. Vibró el móvil en la gabardina. -¡¨Le diste boleto?- – Le dejé rindiendo cuentas con Dios-

 

 

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