Su mujer

David Vivancos Allepuz · Barcelona 

Comprobó que los seis números coincidían con los del boleto. El premio le permitiría dejar el turno de noche en la funeraria y, por fin, abrir su propio negocio, la inmobiliaria, y comprarse el chalecito, un descapotable color cereza y el fueraborda soñado desde siempre. Durante años su mujer había tratado de convencerle, infructuosamente, de que cambiara de oficio. No entendía lo del maquillaje forense, le repugnaba el olor a cirio y a crisantemo impregnado en la ropa, ese tufo que reclamaba un doble lavado antes de ser eliminado por completo. Su mujer no comprendía cómo había podido acostumbrarse al dolor de las familias desgarradas por la pérdida de un ser querido ni cómo había vencido la repulsión inicial en presencia de los primeros cadáveres. ¿Su mujer? Ah, sí, su mujer. Antes de hablarle al abogado de todos aquellos proyectos tendría que sostener con él una charla sobre… su mujer.

 

 

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