La lotera

Ana Pilar Cortés Bendicho · Valencia 

Era un negocio vetusto, de madera crepitante y olor a rancio. Paquita lo venía regentando desde el mismo día en que a su padre le llegó el turno y un camión se encargó de ejecutar la justicia divina. A Paquita le habría gustado ser abogada. Habría lucido mucho, se decía, tan espigada, con su elegante toga defendiendo inocentes. En realidad, pensaba tras el mostrador, su oficio no difería tanto del de picapleitos. También ella intentaba cambiar la suerte de los inocentes que confiaban en el azar y adquirían loterías y quinielas. Como cada día, al comenzar la jornada, Paquita encendió el cirio junto al cual reposaba el boleto por el que apostaba siempre. 20.372, 20 de marzo de 1972, la fecha en que tuvo que abandonar el colegio, pese a intuírsele un futuro prometedor, para ocuparse del negocio familiar. Quizás algún día un premio gordo le compensase tal injusticia.

 

 

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