II Concurso de Microrrelatos sobre Abogados

Ganador del Mes

Ilustración: Juan Hervás

Nota

María José Jiménez Cava · Bilbao 

No te aguanto más. Ya he tenido suficiente, he soportado durante años que llegaras a casa a las tantas de la madrugada, que recurso tras denuncia y denuncia tras recurso hayas olvidado que tienes una vida fuera de tu despacho. Me voy. Considero que merezco a alguien que me pregunte si estoy bien de vez en cuando. ¡Alguien a quien pueda tocar! A veces sospecho que te he inventado. Te presiento alguna noche y cuando despierto te has evaporado. Te estás enterrando en vida entre tanto litigio, desestimaciones y sobreseimientos. Llevo tres meses tomando pastillas que me ayudan a soportar tu ausencia y me hinchan como un globo. Me largo. Trabajaré, iré a la vendimia de Francia si hace falta. No me importa. ¿Sabes qué es lo que me duele? Tener que dejarte una nota, usar un teclado para dejar constancia de mis emociones, sin poder mostrártelas, porque no estás.

 

Relatos seleccionados

  • Citius, altius, fortius

    José Luis Martínez Visiedo · Barcelona 

    Un septiembre, en plena vendimia, se promulgó la Ley que instituía al Deporte como Religión de Estado. Poco después llegó la Reforma Judicial, la instauración del¡€™proceso-gymkhana?. Las partes se jugaban el resultado del litigio en trepidantes competiciones. Los procesos empezaron a ser televisados.¡Qué espectáculo! ¡Vertiginosas interposiciones de denuncias desde globo aerostático! ¡Qué extraordinaria precisión en el aterrizaje exigía su admisión a trámite!. Jueces con cronómetros, fiscales y abogados en sudaderas, recorriendo en marcha atlética los otrora circunspectos pasillos del juzgado... Cuando se suprimió del procedimiento, definitivamente, todo escrito (yo asistí a la primera final de lanzamiento de teclados) muchos juristas, incapaces de responder a las exigencias (físicas) del Nuevo Régimen se convirtieron en comentaristas televisivos. Otros preferimos emigrar. Aún hoy, tras tantos años refugiado en este país de togas y venias,la visión de un simple chándal me produce escalofríos.

     
  • Hábeas corpus

    Carlos Lázaro Manrique · Madrid 

    Como cada día, Marcelino preparó el desayuno a su mujer. Se lo llevó a la cama y comprobó que el globo ocular derecho continuaba amarilleando sin causa aparente. Tras los cristales, el otoño traía la vendimia, mecida la uva por la música de teclado que el vecino solía aporrear. Contempló la pálida tez de su mujer, arrobado , los verdes ojos tan hermosos, su olor todavía a lavanda y una ola de amor le arrancó un suspiro. La besó en los labios con delicadeza. Había pensado si no debía dar parte a las autoridades, se vería entonces sumido en complejo litigio, la denuncia se tornaría en la ausencia de la mujer que amaba desde hacía veinte años. Sonó el teléfono. -Lo siento, papá , la policía ha hecho todo lo que puede, el delito ha prescrito. Creo que jamás aparecerá el cuerpo de mamá. -Eso creo yo- contestó contento Marcelino.

     
  • Segunda oportunidad

    Silvia Echevarría Sánchez · Bilbao 

    Mi DNI dice que tengo 53 años. Lo que ya no dice es que de profesión soy abogado y que mi situación actual es desempleado hará hoy seis meses.
    Todo empezó con el rumor de una posible fusión con otro importante despacho de abogados y terminó con una carta de despido improcedente y una indemnización de 45 días por año de servicio, contra la que no cabía denuncia alguna. Alegaron reestructuración de plantilla. Traducido: ya no eres rentable.
    Ahora mis días los paso sobre el teclado del ordenador sembrando con mi currículum vitae todas las grandes firmas del litigio.
    Tempus fugit y aunque ya va siendo época de vendimia mis esperanzas de encontrar un empleo como abogado se desvanecen cual aire en un globo pinchado.
    Un momento, suena el teléfono y salgo corriendo de la ducha. No, no me interesa mejorar la velocidad de mi línea ADSL ....

     
  • Quid pro quo

    Carlos Suárez Felipe · Villameca (León) 

    Quid pro quo, señor juez. Así se lo dije antes de reventarlo como a un globo. Yo era abogado, ahora soy lo que siempre desprecié, un “segador” del altísimo. Mi  hermano murió en prisión, usted lo mandó allí por un delito que no cometió, ahora la justicia lo exculpa y lava su reputación, pero mi hermano no vuelve a casa. Y nadie es culpable. Yo era un joven  abogado,  no supe ni pude volver a casa con mi hermano,  la impotencia acabó para siempre con mi fe. Quid pro quo, señor  juez. Se puso a llorar cuando entendió que aquello no era un litigio por una estúpida denuncia, mientras escribía sobre el teclado aquella última carta que yo dictaba, lejos del anonimato  de su cargo y cerca, muy cerca de este desgraciado que ahora soy. La vendimia se acerca señor juez, y yo, he de segar las malas hierbas.

     
  • Locura voluntaria

    Carmen González Picardo 

    “Verá usted, señoría, dos veces en semana, mi esposo se da una vuelta en nuestro globo aerostático, yo le ayudo a elevarse y él decide la dirección. Ayer le vi conducirse hacia el norte, dicen que la vendimia este año se ha adelantado meses, por eso del cambio climático, y supuse que fue a comprobarlo. Lo cierto es que no volvió, y a estas horas no sé nada de él.” Cuando terminé de argumentarme hacía rato que se había dejado de oír el sonido del teclado, y mi abogado me observaba con desconcierto. “¿Es que has olvidado el motivo de este litigio?” me preguntó. Entonces el juez me releyó con poco agrado la denuncia por intento de asesinato interpuesta por mi marido, que sorprendido me miraba desde el otro banco. “Dicen que este invierno va a ser seco”, apunté serena con la vista en el jurado. Tenía que seguir intentándolo.

     
  • La mujer muda

    Rosario Serrano Arnau · Alcantarilla (Murcia) 

    '- ¿Ratifica usted su denuncia? –pregunta el juez- ¿Reclama por los daños? - Sí señor, ratifico. Reclamo por un teclado destrozado, un globo de cristal, un cuadro sobre la vendimia, además del dinero. - También tiene usted derecho –dice el juez-

     
  • El consejo

    Diego José Garcia Garcia 

    Año 1970 en la vendimia. A mi padre le resbalaban las gotas de sudor por la frente. Las venas de sus brazos estaban hinchadas como un globo y su piel estaba cuarteada por el sol. Con la mirada cansada, me repetía incansablemente que me hiciera un hombre de leyes. Que trabajara delante de un teclado sentado en un mullido asiento de cuero. Sería respetado y hasta temido entre una denuncia aquí y un litigio allá. Y utilizando la palabra como única herramientas de labranza. Año 2009. Me sonrio recordando aquellas palabras mientras me confirman que los análisis realizados certifican que la tempranillo de la bodega “Quesada e hijo” será excelente este año. Y además, había cumplido el deseo de mi padre. La toga le quedaba perfecta al espantapájaros que se alzaba orgulloso entre los cuervos.

     
  • Poderoso vino

    Cristina Sánchez Martínez 

    Escribía en su teclado mientras tomaba un copa de vino, recordando lo fácil que había sido deshacerse de su mejor cliente, el poderosísimo Lucas Stein, dueño de la mayor industria vitivinícola del país, y poseedor de una inmensa fortuna. Pese a la denuncia interpuesta por un pariente lejano, y a la firme acusación mantenida durante todo el litigio por el Fiscal, finalmente no quedó probado que la causa directa de que el magnate se inflara como un globo para quedarse finalmente sin respiración, fuera la ingestión de un vino envenenado cosechado en su propia vendimia. Como abogado había sido tan astuto…. Se había encargado de todo: de la redacción del testamento del Sr. Stein, de su asesinato … Sin embargo, había cometido un error imperdonable, y ahora era él quién debía darse prisa en redactar su propio testamento. ¿Por qué no se le ocurrió marcar las botellas envenenadas?...

     
  • Globos de Helio

    Claudia Fernanda Zúñiga Trujillo · Madrid 

    Cientos de globos de colores flotaban en el aire gracias al helio y al gran esfuerzo que el hombre del teclado había hecho por conseguirlos; sólo para ella. Llevaba años yendo a tocar en las fiestas de la vendimia de aquel pueblo y siempre regresaba para ver a la chica morena que repartía panfletos verdes. Su irremediable timidez le había impedido acercarse, pero esa vez estaba dispuesto a hablarle y confesarle su amor. Se acercó por su espalda y la tocó en el hombro. Nunca olvidaría la mirada de furia que ella le dirigió mientras le asestaba un puñetazo en plena nariz. Perdió el equilibrio cayendo cerca de uno de los panfletos ecologistas de denuncia contra los globos de helio que, al desinflarse, eran ingeridos por animales causándoles ahogamiento. Su único consuelo era verla de nuevo durante el litigio que emprendió contra ella. Esta vez llevaría bombones.

     
  • La vendimia

    Natalia Merino Vega · La Cala del Moral (Málaga) 

    Mientras la mujer hablaba y hablaba, el abogado no podía evitar que su mente divagara pensando en el viaje que iba a hacer la próxima semana. En su cabeza, la voz de la cliente era un ronroneo monótono y aburrido. Casi por inercia iba tomando datos en el ordenador. Sus dedos apretaban el teclado con un tintineo rítmico. Ya sabía cómo iba a plantear la denuncia y más o menos suponía cómo se resolvería el litigio. Muchos años de experiencia le avalaban. Lo que nunca pudo imaginar era que aquel viaje cambiaría su vida para siempre, ni la manera como lo hizo. En aquella fiesta de la vendimia, mientras las uvas explotaban bajo sus pies como pequeños globos, apareció dentro del barril el cuerpo sin vida de la mujer que días antes había acudido a su despacho para requerir sus servicios profesionales.

     
  • Vida de abogado

    Ledi Shirley Cavalcante · Vigano (Italia) 

    Estimado señor Gutiérrez: Con placer le escribo para demostrarle la desmesurada satisfacción que siento hoy, llegando al final del extenuante litigio que nos vio combatir contra la denuncia de su mujer acerca de la apropiación indebida de la propiedad que ella defiende ser suya y cuyas ganancias, en plena vendimia , usted reclamaba como si fuese el mayor tesoro del entero globo. Antes del veredicto permítame decirle que los abogados somos seres humanos igual que usted, que las horas de una jornada suman también para nosotros veinticuatro y, además las que respectan a la noche las empleamos en dormir, tocar teclado si nos apetece o hacer lo que usted y su mujer probablemente no hicieron a menudo. En cuanto a los honorarios, aún es poco considerando que actué también como psicólogo y cura. Ella ganó y me complace porque como ella, hoy me libro de usted para siempre. Atentos saludos...

     
  • Su-Mario abierto

    Eduardo Bieger Vera · Madrid 

    La señorita Miranda había trabajado desde los dieciocho años como secretaria personal del juez Sotogrande. Por los pasillos del juzgado circulaba la chacota de que no conocía varón y de que el único aparato con el que había tenido contacto era el teclado de su ordenador: mecanografiaba, incluso de madrugada, las resoluciones de los litigios al dictado de Su Señoría. El día en el que este se jubiló, en su discurso de despedida ni siquiera la mencionó, como colofón al desprecio que comenzó cuando aquellas lozanas posaderas, con el transcurso del tiempo, fueron tornándose en algo similar a un globo aerostático. En su villa de la Toscana, el juez Mario Sotogrande contemplaba desde el porche la fiesta de la vendimia, cuando su blackberry y la de su esposa vibraron al unísono. El email entrante rezaba: “Nuestro hijo desea conocerle. Adjunto copia de la denuncia de paternidad. Atentamente. La señorita Miranda.”

     
  • La poética del remordimiento

    Francesc Pinto Oller · Calella (Barcelona) 

    Buscó el número en la agenda y pulsó el botón verde en el teclado de su móvil.

    —¿Manuel? Soy César, tu abogado.
    —No puedo creerlo. Qué demonios quieres.— no preguntó: exigió.
    —Quería decirte que siento haberte hecho perder el litigio con tu ex, esa denuncia por malos tratos. Los tres sabemos que era infundada.
    —¿Lo sientes? Claro, claro...— su sarcasmo era punzante— ¿Qué es ése ruido?
    —Nada. El viento. Oye, de verdad: lo mío con ella se nos fue de las manos y me dejé manipular. Nunca quise mandarte a la cárcel.
    —Pues ahora ya es un poco tarde, ¿no crees?
    —Y que lo digas...

    Y tras ochocientos noventa metros de caída libre desde el globo aerostático, ante el estupor de catorce campesinos en plena vendimia, su culpabilidad y él murieron aplastados contra la cabina de un camión estacionado.

     
  • La cosecha fallida

    María Celia Martínez Parra · Madrid 

    Carmen aporreaba indignada el teclado del ordenador, transcribiendo la sentencia que daba carpetazo al litigio emanado de una absurda denuncia, que las partes se habían encargado de inflar como un globo. Cerró la sesión y se sintió feliz. Tomo la cinta de embalar y precintó, una a una, las cajas repletas con la documentación de aquel absurdo caso. Su disposición, perfectamente alineadas, sembrando durante meses el suelo del atiborrado despacho, la recordaba un campo de vides. Y hoy, por fin, llegaba el momento de la vendimia. Apiló la última caja en un rincón y, exhausta pero satisfecha, descolgó el teléfono que sonaba implacable: -¿Si? -Hola Carmen, soy Ursula, lo he pensado mejor y voy a apelar. Ese mezquino no se va a quedar con la pareja de guerreros Zulúes que compré yo en la luna de miel...¡He encontrado la factura a mi nombre!

     
  • El parque

    Alejandro Conde Arias-Salgado · Valladolid 

    '- Papá, ¿qué es litigio?- Viene del latín litigare… - Cómpranos globos. El sol de otoño ilumina el parque. Tomás acaricia a su hijo pequeño y aprieta con fuerza el brazo de Rosario. Se conocieron en una vendimia, once años atrás, y desde enton

     
  • Muerte accidental

    Victoria Fernadez de Pinedo 

    Me impresionaron las huellas de sangre en el teclado. Mi cliente me juró mil veces que había sido un accidente y aunque tenía una denuncia anterior por agresión, yo como su abogado, preferí centrarme en su supuesta inocencia. Víctima y supuesto verdugo, mantenían un litigio por unos viñedos desde hacía una década. Cuando me reunía con él, no podía quitarme de la cabeza la foto de ese cráneo destrozado. Me costó deshacerme de mi instinto, y ateniéndome a las pruebas, pude preparar una buena defensa. Todo quedó en homicidio involuntario, vamos, que fue un accidente, un golpe fortuito en la cabeza, y nadie pudo demostrar lo contrario. Sabes... me dijo después de la sentencia; - Tenía la cabeza frágil, como las uvas en el lagar que estallan como globos bajo los pies, ¿sabes como te digo? … después de la vendimia… nadie puede culparme por eso.

     
  • Derecho Romano

    Enrique Javier de Lara Fernández · Alcalá de Henares 

    Compagino la carrera de derecho con el trabajo de segurata. Prefiero los turnos de noche. Empleo el tiempo aporreando el teclado del ordenador, copiando apuntes. Además, la soledad es una experiencia comparable a escribir un libro, tener un hijo, montar en globo... Cuando me propusieron aquel destino lo consideré ideal para preparar el Derecho Romano. Nos proporcionaron alguna información: que se trataba de muchísimas hectáreas, que nuestra contratación era consecuencia de un litigio familiar y, sobre todo, que paciencia, tras la vendimia tendríamos vacaciones. Me tocó la garita trece. ¡¨O eran doce y el encargado de servicios tuvo un lapsus¡€™Acabé mi turno y nadie me relevó. Así un día y otro y otro... Durante los cursos formativos inculcan que bajo ningún concepto abandonemos el puesto. Si algo no funciona como es debido se denuncia, pero luego, después del relevo. Las uvas son nutritivas, aunque de todo se cansa uno.

     
  • En el aire

    Jorge Alberto Baudés · Chubut (Argentina) 

    Descendió en la terraza del edificio. Se encaramó sobre la ventana del estudio del Dr. Santillán. Pudo ver sus manos nudosas deslizarse sobre el teclado, encaramadas en el abordaje de un nuevo litigio, como aquél que mantuviere en los estrados contra él. Aquél, cuyo fallo determinó su quiebra y la pérdida de los frutos obtenidos en la vendimia. Una gran desazón recorrió sus entrañas al verse mutilado por una argucia jurídica esgrimida como estilete, que volcare la disputa en su favor. Pero toda contienda ofrece revancha y ésta, sería la suya. Sutilmente adormeció a su rival, lo subió rápidamente y se alejó con él hasta la costa cercana. Una vez que tomó altura se desprendió del lastre. Poco después regresó al campo de globos donde había alquilado el mismo para un breve paseo. Regresó a su casa, sigiloso, con una suave sonrisa en sus labios...

     
  • Hacer amigos

    Ana Isabel Rodríguez Sánchez · Badajoz 

    Un furgón policial trajo dos hombres al Juzgado. Cuarentones, de clase media. Se habían peleado en plena Feria de la Vendimia. El objeto de su litigio; un globo de helio con forma de Rayo McQueen.
    Ante la funcionaria se erguían como podían, amoratados, con arañazos, con la ropa hecha jirones y destilando resentimiento en la mirada: la denuncia mutua estaba servida. Ella daba toquecitos al teclado con el lápiz. Esperaban al Juez. El asunto iba para largo.
    Salió a hacer tiempo al pasillo. Le sorprendió encontrar dos niños jugando con un camión de plástico. Eran hijos de los detenidos; aquellos que enloquecieron a sus padres, pidiendo simultáneamente que les compraran el último globo del famoso coche.
    Los críos llenaban el volquete del camión con piedras imaginarias, satisfechos; después de todo, habían hecho un amigo. Ella guardó la sonrisa que amenazaba escaparse y volvió a su silla.

     
  • Un buen caldo

    Sol Olba Boronat · Valencia 

    Fue providencial que Lorenzo perdiera aquel litigio, porque sirvió de cortina de humo para desviar la atención cuando desapareció. Y él aprovechó la ocasión lanzando los rumores adecuados en el pueblo. Nada funciona mejor que el chismorreo. Se le dió por desaparecido. Caso cerrado. Ya podía respirar tranquilo; aquel imbécil de Lorenzo no presentaría nunca la denuncia contra él por malversación de fondos. No podía permitir que hundiera su reputación, era el concejal más admirado y respetado del pueblo y quería seguir siéndolo. Recordaba la tarde que lo citó en sus bodegas. Le vino una visión fugaz de su enemigo, empapado en caldo e hinchado como un pez globo en el fondo de la gran cuba. Respiró hondo y se sentó al piano. Acarició el teclado y empezó a tocar una melodía. La llamaría "Vino con cuerpo". Y sería un éxito en las fiestas de la próxima vendimia.

     
  • Un mal comienzo

    Carmen Garrido Alves · Sevilla 

    Mi primer y gran juicio. Complejo pero muy preparado, con unas esperanzadoras conclusiones que, repletas de fechas, horarios y lugares, decantaría, claramente, el litigio a mi favor. Mis clientes admirados... qué joven y qué preparadita. Nervios. Repasé el interrogatorio, era pobre, pero mis conclusiones... Su Señoría iniciaba la sesión. Preparé mis folios, las precisiones para ahora, las peguntitas para después y... ¿mi escrito de conclusiones? Paso de precisiones, tengo que buscarlo. El juez llama al primer testigo... agarro de la manga a mi procurador, empiezo a encontrarme mal. No hay preguntas Señoría.. para ninguno. El aire me empieza a faltar... mi cara era un gran globo blanco, la fatiga me cerraba los ojos. Si me atreviera pediría la suspensión... Señoría, antes de que me dé la palabra, renuncio a las conclusiones. ¿Se me podrá denunciar por esto? ¿Seguirá haciendo falta gente para la vendimia? Llegué a casa, sobre el teclado...

     
  • La cuadrilla

    Manuel Merenciano Felipe 

    Cuando el portavoz de la cuadrilla amenazó con entablar un litigio, le hice ver a mi cliente que sólo le estaban lanzando un globo sonda, que, en realidad, nunca llegarían a atreverse. ¡Pero si ni siquiera sabían escribir y apenas balbucían cuatro palabras de nuestro idioma! Además, su situación ilegal acabaría volviéndose contra ellos… Sin embargo, no tardaron en presentar la denuncia. En plena jornada de vendimia, apareció la Guardia Civil reclamando papeles y contratos. Puse todo mi empeño en solventar favorablemente el caso. Aun así, la sentencia fue rotunda. Mi cliente acabó ensañándose conmigo y me tildó ante el juez de necio e inepto. Luego preguntó por mi título de abogado. Desde entonces compartimos celda. Mientras él talla figuritas de madera yo aporreo el teclado. A ver si logro aprobar de una puñetera vez el maldito Derecho del Trabajo.

     
  • Ella

    Fernando Claudio G¡idi · Buenos Aires (Argentina) 

    Todos los días, a la misma hora, ella viene a mi estudio. Con suma atención escucho su caso. Le explico que será un litigio largo y escabroso. Suspira, y sus ojos se clavan en mí como dos lágrimas; entonces, le tomo la denuncia, como siempre. Y como siempre, mientras aporreo el teclado, me pregunta por la foto de la vendimia —que aún luce en mi escritorio—, y por la mujer que me acompaña. Le ignoro la pregunta, invariablemente, con otra pregunta. Y vuelvo a pensar en Otelo, en su eterno merodear buscando cobijo, en mí…
    Terminada la entrevista, se despide, siempre, con un beso que desnuda su liviandad de globo, de aire. Y me quedo con la vista clavada en la puerta que nunca, nunca abre; rogándole a Dios que algún día, ella, pueda recordarme.

     
  • Antojos

    Víctor Salgado Ferreiro · Rivas Vaciamadrid (Madrid) 

    Aquello fue la gota que colmó el vaso. Al recibir la noticia, aún convaleciente del parto, la mujer abandonó el hospital para presentar la demanda de divorcio. Durante el embarazo, no tuvo más apoyo marital que las bromas sobre el nombre del futuro vástago. Ni una palabra cariñosa, ni un antojo concedido. Nueve extenuantes meses, pegada al teclado del ordenador, tramitando los expedientes y denuncias que llegaban al despacho de abogados de su consorte. Mientras su vientre se hinchaba como un globo y las vértebras lumbares chirriaban, el esposo, rodeado de colegas, alardeaba de la “Quinta Generación” de su ínclita familia de letrados. Doña Vendimia Parra Garnacha, hija de bodegueros ilustres, había padecido personalmente la crueldad de ciertas tradiciones familiares. Su hijo, recién nacido, correría la misma suerte al haber sido inscrito en el Registro Civil por su cónyuge, motu proprio, con el nombre de Litigio Togado de la Providencia.

     
  • Uva pecaminosa

    Carmen Francés Plas · Valencia 

    Era la tradicional fiesta de la vendimia. Competían desde antaño dos empresas de vino, una del sereno, y otra del alcalde. Aquél, aprovechando el barullo, entró al Ayuntamiento, subió al gran balcón consistorial, desplegando enorme pancarta con una foto del alcalde, aterrizando de noche en globo en los almacenes de vino del sereno. El Alcalde furioso, subió inmediatamente al balcón consistorial, cogió y tiró el teclado del ordenador sobre la cabeza del sereno, provocándole traumatismo que curó en un mes. El sereno interpuso denuncia contra el alcalde. Tras el juicio rapido, dictan sentencia in voce resolutoria del litigio cuyo fallo era: "Se absuelve al alcalde de la imputación de robo de vino de que venía siendo acusado por el sereno, pero se le condena por los daños producidos en su cabeza y por delito continuado de hurto de esposa de sereno, con las agravantes: nocturnidad, alevosia y premeditación"

     
  • Divorcios

    Juan Casas ¡µvila · Hidalgo (México) 

    Le sobra un kilo para ser delgada y le faltan tres centímetros para ser alta; pero de algún modo sutil es una mujer irresistible. Se llama Helen Cohen, suele llamar cada año en la época de la vendimia. Saluda y pregunta si puedo ocuparme del litigio de su divorcio en curso. Por su alcoba han pasado siete maridos distintos. Cada uno de ellos ha pedido la separación con una denuncia inverosímil. Cada año, mi trabajo consiste en simplemente mirar cómo el teclado de la antigua Olivetti convierte el aliento del juez en los duros caracteres que darán cuerpo a la sentencia. Cada año, abandonamos abatidos el juzgado y entramos en la misma heladería. Pedimos conos de fresa y desde una banca, miramos al mismo niño entretenido con el mismo globo azul o amarillo. Este año no llamará, lo sé. Imposible contratar a tu propio esposo para demandar a tu abogado.

     
  • En su memoria

    Teresa Arjona Calvo · Benidorm (Alicante) 

    Aquella noche de otoño (tiempo de vendimia con fatídico presagio)entró, una vez más, borracho de vino e ira. De un manotazo tiró por los aires el teclado, desapareciendo, en la súbita negrura de la pantalla, el globo del chat que mantenía conmigo, su abogada y amiga, y su último texto: "...sigo aterrorizada...sí, mañana le denunciaré...esta vez te prometo que..." Crujieron sus pateadas costillas. Sangraron sus oídos, sus ojos, sus labios... A su aprisionada garganta no le llegó el aire suficiente. Ya nunca podrá enfrentarse, con valor, al litigio que salvaría su dignidad y su vida. + + + Fue esa "una" que de cada cuatro mujeres retira, por miedo, su denuncia por malos tratos. Fue la angustiada voz de una de las 73.418 llamadas al 016 en 2.008. Fue... Ahora ya sólo es un dato en una fría Estadística.

     
  • La ruptura

    Xoán Xosé Piñeiro Cochón · Vilagarcía (Pontevedra) 

    Bien lo sabía después de una década como letrado ejerciente: Igual que la vendimia, las separaciones acontecían a finales del verano, cuando se hacía el balance de la cosecha. ¡l estaba decidido, y no quería que ella acabase por ponerle una denuncia por agobio doméstico, crueldad mental o quién sabe qué conducta impropia, y no estaba dispuesto a afrontar un litigio después de treinta años de convivencia, por muy colegiado que estuviese. A veces, ella interrumpía alguno de sus escritos sobre el teclado del ordenador, contemplaba su creciente calva y se aventuraba a especular con algún globo sonda: -Seguro que estás contactando con alguna jovencita de las que habitan en la red. El lo negaba, pero tomó la decisión. Echó mano de su maleta y se encaró con ella para afrontar el trauma de una vez por todas: -Mamá, me voy de casa.

     
  • Tarde de septiembre

    Anna Turró Casanovas · Pineda (Barcelona) 

    Recuerdo esa tarde de septiembre, íbamos a asistir a la vendimia de tu pueblo; tú llevabas un jersey rosa y yo trataba de reunir el valor suficiente para decirte que te amaba. No lo hice, y al día siguiente me fui a la universidad y te perdí. Respiro hondo. No sirve de nada. Golpeo el teclado. Tampoco. Esta mañana he vuelto a verte. Diez años. Quieres contratar a mi bufete para hacer frente a una denuncia que os han interpuesto. Sé que no esperabas encontrarme aquí, tus ojos nunca supieron mentir, pero has seguido adelante y has conseguido que mis jefes aceptaran el caso. Será el litigio del año, de la década tal vez, y yo sólo puedo pensar en esa tarde de septiembre, en tu jersey rosa y en el globo que se escapó de entre tus dedos cuando te di nuestro último beso.

     
  • Un futuro prometedor

    Ignacio Hormigo de la Puerta 

    Martilleando el teclado de mi vieja Underwood, ultimando los detalles para el alegato final en el juicio de mañana y fantaseando acerca de lo que será mi vida cuando todo esto acabe. Ganar este último juicio, coger el dinero, montones de dinero, cerrar el bufete y retirarme con mi mujer a Italia. Comprar un viñedo en la Toscana y dedicarme a contemplar como maduran las uvas, pasar días enteros sin otra preocupación que ver como esos pequeños globos rojos se hinchan orgullosos bajo el sol, esperando la vendimia. No más despertar en mitad de la noche para sacar a matones de la cárcel, no más defender escoria, no más litigios. Claro que, si pierdo, soy hombre muerto ¿Pero cómo podría perder? La denuncia del Gobierno Federal no se sostiene en pie. Juzgar a Alfonso Capone por evasión de impuestos; ellos sí que deben haber perdido el juicio.

     
  • La cuerniguía

    Pilar Castillero López · Villaverde del Río (Sevilla) 

    Aprendí algo del litigio que supuso mi divorcio: en este país ser cornudo e intentar mantener la dignidad son conceptos incompatibles, pero creé una guía que puede ayudar: Primero: Si encuentras a tu mujer en la cama con otro contente los arrebatos de orgullo y no salgas de su vida de un portazo… ya que esto suele derivar en denuncia por abandono de hogar con la pérdida de casa, coche y quince años de tu vida. Segundo: Para que se te quite la cara de gilipollas quedarse delante del teclado día tras día no ayuda; sal, vive experiencias nuevas, véase cosas que el resto del planeta tacharía de absurdas, por ejemplo un viaje en globo. Tercero: No renuncies al amor, aunque, si vuelve a ocurrir, sé práctico: súbeles el desayuno e invítales a la próxima fiesta de la vendimia, créeme, te saldrá más barato…

     
  • El viejo juez

    Benigno Rodolfo Palero Valdivia · Lima (Perú) 

    Apoltronado en la vetusta mecedora de su colonial terraza, el viejo y retirado juez don Gaspar Buendía, observaba esa tarde la fiesta de la vendimia en el Valle de Surco en Lima. Había abundante vino y algún artista del teclado que rememoraba valses de antaño. El anciano magistrado, harto de litigios y papeleos interminables; harto de sopesar las pasiones y dramas humanos, denuncias y pleitos de toda índole, cedía al sueño final conforme la hora vespertina se iba. A la misma hora, diríase, en el arrabal de la ciudad moría el “Tísico”, viejo y famoso delincuente sentenciado a prisión muchas veces por el juez Buendía. Al día siguiente en el obituario del diario El Globo se leía el q.e.p.d. para el magistrado, y en la de policiales: “Tísico” parte a la eternidad con su juez Buendía.

     
  • Asesino en serie

    María Elena García Alejandre · Villajoyosa (Alicante) 

    El detective Hamilton llegó a la escena del crimen. Lo que comenzó hace tiempo como un simple asesinato en los viñedos de California, acabó catapultando a su autor como el asesino en serie más mediático del planeta. No había litigio, escándalo o denuncia que eclipsara al “asesino de la vendimia”. Año tras año conseguía burlar a la justicia, haciéndose cada vez más popular. Con sesenta vendimiadores muertos en apenas una década, firmaba sus crímenes de manera singular: un globo rojo, hinchado y meticulosamente atado a las víctimas. Hamilton analizó la escena del crimen, apretó el teclado del móvil para llamar al fiscal del distrito y le puso al corriente. Éste escuchó los detalles con interés, e instigó al detective a que cogiesen a ese psicópata de una vez. Colgó el teléfono. Se sirvió un whisky. Abrió un cajón de su escritorio y sonrió al ver que aún quedaban bastantes globos.

     
  • Conciencia obrera

    Enrique Díaz Pascual · Barcelona 

    Marco introdujo un código con el teclado. La pantalla mostró el rostro de su abogado.
    - Hola Marco...
    - Déjate de formalidades. ¡¨Te has mirado la denuncia?, ¡es increíble!. Podrían cancelarme el plan de mantenimiento por condiciones laborales abusivas. ¡En plena vendimia!
    - Marco, estás violando el contrato del fabricante, la ley...
    - Vamos... ¡¨globo-robots tenticulados estresados?. Se fabricaron para eso, ¡¨no?.
    - Cierto, pero están equipados con módulos empáticos de nivel 1, eso los sitúa bajo la cobertura del estatuto de los trabajadores. Este litigio no se puede ganar.
    - Entonces... ¡¨no harás nada?
    - Nada.
    - Malditos abogadillos tintilleros, no tenéis sangre en las venas.
    - Afirmativo Marco, ni sangre, ni módulo empático.
    Marco cerró la comunicación maldiciendo los algoritmos emocionales , convencido de la necesidad de anular su chip empático de nivel 9. Emular a los antiguos humanos no le hacía ningún bien a su cerebro positrónico.

     
  • Fin del mundo

    Miguel ¡µngel Arques Antón 

    Cuando aquel esbirro divino apareció en el cielo anunciando el fin del mundo para dos meses más tarde, poca gente no creyó en él, era la hora de la vendimia de almas. Yo me resistía a morir tan joven, no pensaba perder mi vida por un simple fin del mundo. Me puse manos a la obra y me dediqué mes y medio a leer los textos sagrados de las religiones principales, no sabía en que campo se jugaría mi litigio.
    Las semanas siguientes mis manos no se separaron del teclado redactando el texto final en los términos adecuados. Hace dos días imprimí la denuncia por no anunciar el fin del mundo en la forma correcta, la até a un globo y la solté desde la azotea de mi casa. Hoy ha llegado a mi balcón una paloma con la respuesta. No me atrevo a abrirla.

     
  • Su última voluntad

    Juan Leante García · Madrid 

    Durante la larga enfermedad de mamá, mi hermana Laura nunca vino a visitarla. Aún estaba el cuerpo caliente cuando la sorprendí probándose un collar frente al espejo. Después del funeral, el notario leyó el testamento: los viñedos eran para Laura y las joyas para mí. Mi hermana, mujer de ciudad, quería las alhajas. Agarró un buen globo y me amenazó con una denuncia. Abrió su ordenador portátil, pulsó el teclado y envió un mensaje. Contrató a un apuesto abogado de traje blanco impecable en verano y gris marengo en invierno, que tras un interminable litigio dejó a Laura sin un céntimo. Entonces le ofrecí un intercambio al que ella accedió encantada. Ahora vivo confortablemente de los frutos que da la vendimia, con el letrado que la arruinó, mientras ella pasea con orgullo las quincallas de imitación que mandó hacer mamá poco antes de morir.

     
  • Terminator Salvation

    Amor Lago Menéndez · Valladolid 

    Se suspende el juicio. Un desajuste en el globo ocular derecho del magistrado impide que tenga una visión completa del acusado y la percepción con claridad de todos sus gestos y reacciones al ser interrogado. El protocolo contempla que el Comité de Evaluación tras examinar el correspondiente presupuesto decidirá reparar la pieza o conducir a SS¡¦ a un punto limpio, previo vacío del disco duro y descarga de datos al ordenador central. En la Sala, ningún humano. Solo el justiciable y quien ahora, teclado en mano, redacta a manera de denuncia estas líneas con la esperanza que las generaciones futuras tomen conciencia de la actual situación. Ni los más pesimistas pudieron aventurar que los litigios serían resueltos a través de programas informáticos. Mientras John Connor llega, leo en la prensa que hoy, 11 de Septiembre de 2009, ha comenzado, como cada año, la vendimia ...

     
  • Yo me absuelvo

    Jesús Daniel Fernández Mora · Madrid 

    Noche para olvidar. Apúntate esta cita para mañana: “Denuncia a Dioniso, Dios griego del vino, por seducirme con lo que en mis labios parecía un suave y afrutado elixir transmutado en dolor de cabeza infernal”. ¿Nadie ofrece un prospecto acompañado del tintorro? ¿Cómo podría yo adivinar los efectos secundarios de su ingesta? ¿Sabrán los viñaderos cuando cuidan con mimo las uvas hasta la vendimia que podrían tener que enfrentarse a embriagados consumidores en un juicio?. No tengo dudas, la causa estaría perdida para los incautos como yo. Es probable que el litigio se resolviera negociando. SE ACUERDA BEBER CON MODERACION. Es tan fácil cumplir el acuerdo como olvidarlo sucumbiendo a los placeres gustativos en una animosa cena. ¡Mecachis!, no tengo defensa para mi parloteo amonado en el restaurante. Aún drástica, solo me queda una salida. Cita para mañana: “Botella de agua cerca del teclado y suero para el globo ocular”.

     
  • In vino veritas

    María Victoria Gil Arregui · San Sebastián 

    El abogado del diablo se personó sin previo aviso, estaba claro que le constaba una denuncia por todos mis actos, impropios de un bien nacido. Mi litigio con la vida estaba a punto de expirar, y no diré que me fuera indiferente, pero lo vivido no había estado nada mal, además mi cerebro hinchado como un globo por el tumor que me estaba matando, me traía mis recuerdos mas heavies, ¡hummm!, Yvette y aquella gloriosa vendimia del 68, sí, aun la recuerdo después de la cata, envuelta en raso granate, desmayada sobre el piano del salon, Yvette cherie ¿cómo podré retener este momento?, susurré sobre su escote palabra de honor, aspirando su olor a buen vino y Chanel nº5, poseía el ingrediente especial para sublimar aquella añada, deslicé mis manos sobre su cuello. Antes de arrojarla a la cuba de maduración, destapé el teclado del Schimmel, fui incapaz de tocar.

     
  • El mimo

    Isidro Catela Marcos · Madrid 

    El mimo estaba siempre allí, travestido de abogado yupi, como un camaleónico hombre-denuncia. Frente a la puerta del Gran Banco, dispuesto a recoger los frutos de su particular vendimia. Los ejecutivos sonreían al verle pasmado sobre un altillo, con su teclado de ordenador falso, su chaqueta hinchada como un globo y sus hirientes ocurrencias. Cuando caían las monedas en el plato, sacaba un cartelón al azar, sin inmutarse: “Tú también vas disfrazado, yo también soy abogado”. “Soy especialista en litigios, pasa de largo”. “Si me contratas, seré el abogado del diablo”. Etcétera. Hoy no ha habido bromas. De madrugada, han robado en el Banco y la Policía ha acordonado la zona. Bajo la lluvia, queda la caja sobre la que se alzaba el mimo. Y bajo la caja, una galería subterránea que llega hasta la caja fuerte, construida con la habilidad del ilusionista y la paciencia del buen observador.

     
  • Amnesia

    Rafael García Martín · Algorta (Vizcaya) 

    ¿Qué hago yo aquí?-exclamó cuando se vio subido en un globo a 500 metros de altitud. Me pagó por un paseo, ¿no lo recuerda? -contestó el piloto. Se desmayó en cuanto comenzamos a subir. Ni siquiera recuerdo quien soy- susurró el hombre estremecido. Ni recordaba su nombre, ni podía explicar los desgarros en su ropa, ni las manchas de sangre. Se palpó los bolsillos, tratando de encontrar alguna pista sobre su identidad. En un sobre encontró una denuncia por el robo de cinco mil teclados inalámbricos y varios papeles con el membrete de Bernabé y Ríos, abogados de Sevilla. ¿Estamos en Sevilla?- preguntó desconcertado. Sobrevolamos Haro- contestó el piloto. Vea ahí abajo, como se afanan en la vendimia. Se encontraba desolado. ¿Quién sabe en qué oscuro litigio andaría metido? ¿Sería Bernabé ó Ríos? ¿Sería el ladrón o el denunciante? Se volvió al piloto suplicante y éste sonrió misteriosamente, como si ocultara algo.

     
  • Amor filial

    Kebi Jiménez Rodríguez · San Sebastián 

    Querido papá, cuando leas esto ya conocerás la sentencia. Seguro que nunca pensaste que aquella denuncia podía acabar en un juzgado, que el viejo litigio por las viñas del abuelo te iba a acarrear tanto quebranto. ¡Cómo aporreaste el teclado de aquel vetusto piano de pared al recibir la citación! Pero ya es tarde para rectificar y el globo de odio que has ido inflando durante todos estos años te va a explotar en la cara. Mañana el tío Fernando será el propietario de esas tierras que nunca debieron ser tuyas y la próxima vendimia solo verás de lejos las cepas de garnacha que un día poseíste. Seguro que tampoco pensaste nunca que yo defendería al tío, que tu hijo abogado iba a sacarle la cara a tu propio hermano. Pero papá, si yo he tenido alguna vez un padre ese ha sido el tío Fernando.

     
  • El imparcial

    Eduardo Arcodia · Buenos Aires (Argentina) 

    El juez usaba anteojos oscuros, hubiera sol o granizo. Se le ignoraban afectos; pocas lo visitaban. Su voz de ultratumba volvía en conjuros sus sentencias sabias: la audiencia vibraba, los taquígrafos se paralizaban frente a sus teclados. A todos hechizaba, hasta que los golpes de su martillo los despertaban: a ellas, dispuestas; a ellos, marciales. La ley de gravedad amenazaría su leyenda: una denuncia de su vecino por anegamiento de sótanos fraguó en litigio por desag¡es obturados. Los esbirros intervinieron y removieron su causa: una estopa de cadáveres -mujeres de ciudad, abogadas esfumadas-, todos con extrañas marcas. El forense no dudó; él, tampoco. A la luz tenue de un globo opalino, lacró su última condena con su propia sangre: de un golpe seco de martillo, clavó en su corazón una estaca de madera. La anomia de sus noches de vendimia ya no latiría más por esas tierras de Transilvania.

     
  • Soy yo

    Jesús Marco Blanco · Madrid 

    Hace mucho tiempo que soy yo quien resuelve este litigio, el que tramita aquella denuncia, quien acertó en el último juicio. ¡l piensa que todo el mérito es suyo, debido a su inteligencia, a su manera de enredar a la gente y a su, como se dice ahora, carisma. Pero yo le conozco bien y los últimos años su mente se pierde en fantasías , en anhelos estúpidos como ese capricho de montar en globo, o en volver ¡a sus cincuenta años ! a las fiestas de la vendimia de su pueblo... Soy, amigo lector, el ordenador personal del abogado Cabañas. Y es, a través del teclado, modificando y corrigiendo sus escritos, desde donde llevo a cabo su trabajo mientras él vive de las rentas.

     
  • Nevermore, nunca más

    Pedro Antonio Herreros Rull · Jaén 

    Era el tiempo de la vendimia. Se hallaba en su despacho neoyorquino -entre demandas, denuncias y otros papeles- intentando encontrar una solución ecuánime a un litigio. Concentrado en la pantalla de su ordenador, retrepado en su sillón y con las manos sobre el teclado, interiorizaba la jurisprudencia sobre casos similares. De pronto, un cuervo se posó sobre el libro de Allan Poe, comenzó a moverse la réplica del Gauguin de la Courtauld en el que una maorí yacía plácidamente y el globo terráqueo que posaba en su mesa se cayó. La deflagración fue tremenda. Se asustó. Aturdido salió corriendo. El caos era enorme, el ruido enloquecedor, los chillidos reverberaban por las paredes y el calor se hacía insoportable. El edificio estaba en llamas. Miró el calendario: era 11 de septiembre.

     
  • Tras las rejas

    Manuel de la Peña Garrido · Madrid 

    Cuando deseé verla entre rejas no me refería precisamente a esto. Me cogí un globo tremendo al enterarme de que también andaba liada con el fiscal. Tenía que tolerar sus escarceos con mi presidente de Sala. Qué remedio. Admitía que siguiera casada con el Catedrático, mi maestro. Pero su historia con ese idiota integral colmó el vaso. Despechado, encargué a dos rufianes que presentaran contra ella una denuncia falsa, perfectamente urdida (no en vano he escrito bajo seudónimo varios microrrelatos policíacos). ¡En qué hora! Mujer fatal, acostumbrada a manejar la tramoya, a hacernos bailar al son de su teclado, a darle la vuelta a los litigios, cambió el guion. Efecto boomerang. Solo soy otro racimo de su perpetua vendimia. Cuando la imaginé tras las rejas, era ella la que estaba a la sombra. Ahora soy yo, sin embargo, quien ocupa la celda. “Señoría, tiene visita. Su abogada”.

     
  • Justicia ciega

    Antonio Jesús Cruz · Santiago del Estero (Argentina) 

    Al salir de tribunales, el letrado pensó que la justicia era una quimera. Cansado de tanto litigio decidió que era mejor abandonar todo. Esta última denuncia había colmado su paciencia. Alguien lo acusaba de prevaricato. Acababa de leer el expediente y todo hacía presagiar que crecería hasta límites insospechados como un inmenso globo maloliente. Había interpuesto varios recursos pero sus impugnaciones no habían tenido éxito. Vacío de justicia llegó al estudio y durante toda la tarde, sentado frente al teclado de su computadora pensó cada palabra y escribió su apelación más elegante. Por la noche, en las calles de la ciudad todo era algarabía pues se festejaba el festival de la vendimia. Probablemente por ello nadie escuchó el disparo. También… en un lugar como éste ¿A quién se le ocurre divorciarse de la hija del Presidente de la Corte de Apelaciones?

     
  • El parque

    Alejandro Conde Arias-Salgado · Valladolid 

    '- Papá, ¿qué es litigio?- Viene del latín litigare… - Cómpranos globos. El sol de otoño ilumina el parque. Tomás acaricia a su hijo pequeño y aprieta con fuerza el brazo de Rosario. Se conocieron en una vendimia, once años atrás, y desde enton

     
  • Caldos agrios

    Amparo Chiachío Peláez · Granada 

    Delante del teclado del ordenador me devanaba los sesos intentando saber cómo iba a enfocar la argumentación final del litigio que mi cliente mantenía con la que había sido su mujer. Domingo Venado había interpuesto una denuncia contra Martirio Alba porque “a sabiendas -dijo él-” había echado a perder la cosecha del año. Tras la vendimia, el jugo se almacenó en las bodegas y Martirio había estropeado todos los caldos llevando a su amante hasta allí. Cuando me lo contó pensé que se estaba riendo de mí. Pero él, sin cambiar el tono de voz me dijo: “señor, no creería que me burlo de usted si supiera cuánto grita mi mujer y ella no ignoraba que cualquier variación, sobre todo brusca, puede dañar los vinos”.Y aquí sigo yo, desde el Alba, pensando en Venado mientras miro al último de mis peces globo que me observa con suma atención.

     
  • Asuntos pendientes

    Roberto ¡µlvarez Sastre · Barcelona 

    El teclado dejó de sonar, Pascual Fernández, abogado, estiró los brazos y bostezó. La denuncia ya estaba redactada. Eran las ocho de la tarde, miró el otro asunto que tenía encima la mesa y bostezó, no eran horas ya para empezar a plantearse aquel litigio. Pascual Fernández cada día a esa hora se dedicaba a meditar. Una vez más recordó aquel año en el que, todavía siendo estudiante, se fue a trabajar a la vendimia. Aquel verano conoció a Marta, su primera esposa. Los ojos se le humedecieron pensando en ella. Cuando se deshinchó el amor, como un globo, tan sólo se salvó en su recuerdo aquel mes de agosto. Empezaba a oscurecer. Dejó el ordenador apagado, el grueso expediente cerrado y un corazón dibujado con el nombre de Marta en el calendario de sobremesa y cerró una vez más la puerta del despacho.

     
  • Fondo de ojo

    ¡µngela Martínez Duce · Oviedo 

    Me levanté atropelladamente del teclado cuando mi secretaria irrumpió en el despacho y anunció a la señora de Elizondo. Me tendió su mano blanca y lánguida acompañada de una mueca que asemejaba una sonrisa. Se sentó en el sillón y cruzó las piernas de manera estudiada. Su mirada, atrincherada tras unas gafas de sol, recorrió mi mesa repleta de denuncias y litigios. Un gesto de dolor asomó a su rostro cuando contempló la foto de Charo y las niñas. Sumida en sus pensamientos jugueteó con el globo terráqueo que hacía de pisapapeles. Después comenzó con rodeos y circunloquios. Me pidió discreción. Habló de su juventud; había sido reina de las fiestas de la vendimia. En ese instante apareció el marido en el discurso. La voz se le quebró. Las lágrimas afloraron. Se retiró las gafas. No hubo más palabras. Sus ojos amoratados contaron el resto.

     
  • Sin ver

    Tomás González Picardo · Medina Sidonia (Cádiz) 

    El guardia se puso delante del teclado y formuló la denuncia. El ladronzuelo de Lavapiés había sido pillado y llevado al calabozo. Tantas carteras robadas y bolsos abiertos entre la multitud, tantas veces en el centro de todas las pesquisas sobre hurtos y ahora era un minúsculo punto en aquel cuarto oscuro. Su abogado defensor le explicó como presentaría el litigio para que la pena fuese minúscula. Juan asumía que la vendimia de todas aquellas sustracciones había terminado pero se resignaba a creer que sería juzgado y encarcelado por todos los robos realizados. La desesperación de verse en la cárcel con gentes a las que había robado le congestionó el alma. Entonces pensó: quizás no haya juicio, quizás no los vea. Cogió la cuchara de la comida, se la acercó a la cara y se sacó un globo ocular, luego el otro. Ahora ya no los vería.

     
  • Silencio

    Pedro Alonso-Basurto Castro 

    Ninguna de las dos partes en litigio se presentó. El denunciado había salido esa misma mañana rumbo a la vendimia francesa. Tenía negocios allí, en una bodega y no podían esperar por una “simple citación”. Francisco, el que había presentado la denuncia, estaba en un bar ahogando un churro en café. Mientras, intentaba escribir un mensaje con el minúsculo teclado de su teléfono móvil:- "Julián no iré al juicio. Te espero en el Supremo” – decía el texto. El abogado recibió el mensaje y acudió tan pronto como pudo. Cuando llegó le encontró nervioso, asustado. Tenía entre sus manos un globo de color blanco atado a un cordel. Alguien había dibujado en el una caricatura suya. En el dibujo se simulaban cortes en la cara y un mensaje escrito sobre la frente que decía: “Hoy no es un buen día para hablar con el Juez”.

     
  • Viaje de vértigo

    María del Socorro Velázquez García 

    Tuve que aceptar. Mi padre, un campesino jienense emigrado a Mallorca, llevaba años insistiendo: debía acompañarle en un paseo en globo aerostático sobre la Sierra de Cazorla. - ¡Pero papá, si necesito biodramina hasta para ir al estanco! –protesté. Fue inútil. Todavía siento escalofríos mientras aporreo este teclado. Las vistas de las montañas eran maravillosas, aunque no el estilo de navegación del piloto, que por lo visto se había adelantado a la vendimia y había catado vino de la tierra en exceso. Consiguió convertir aquel saco de gas en un vehículo infernal que describía parábolas mareantes como las de una montaña rusa de Las Vegas. Agradecí que acabásemos colisionando contra un cobertizo. La aventura terminó con una denuncia de altos vuelos. El litigio empezará mañana, y mis atributos se encogen a su mínima expresión al pensar que deberé revivir ante el juez todos los detalles de aquel viaje de vértigo.

     
  • Libertad condicionada

    Elena Ortiz Muñiz · México D.F. 

    Me miré al espejo. En unas cuantas semanas nacería el bebé, debía acostumbrarme a parecer un globo repleto de aire. Entró a la habitación. Me arrojó a la cama y comenzó a recorrer mi cuerpo como si se tratara de un teclado de juguete al que se puede aporrear. Alguien hizo la denuncia, me capturaron en plena vendimia de droga, pensé que pasaría muchos años en prisión después de un engorroso y desgastante litigio. Pero intervino el honorable Juez que imparte justicia y por eso es respetable. Manipuló las pruebas y compró testigos. Quedé libre de cargos, pero a su merced. De cuando en cuando viene y sin más hace uso de mi cuerpo y me posee sin recato. No pisé la cárcel nunca, pero soy prisionera igual. Me pregunto mientras él termina de hacer lo suyo ¿quién en esta vida puede presumir de no ser criminal?

     
  • Familia

    Lola Sánchez Lázaro-Carrasco · Pozuelo de Alarcón (Madrid) 

    '-Yo me quedé en el campo, ¿sabe, señoría? Mis hermanos prefirieron la ciudad, nunca les gustó la vendimia. Se convirtieron en brillantes abogados. Yo fui una vez a verles, ¡qué agobio! Rara vez venían ellos, excepto últimamente. Los fines de sema

     
  • Ana y Gabriel

    María Milagros Álvarez Rodríguez · Arganda del Rey 

    Gabriel era un buen abogado y él lo sabía. A lo largo de su carrera había resuelto con éxito numerosos litigios. Sin embargo, la denuncia que estaba redactando en ese momento era especialmente dolorosa. Apartó sus ojos cansados del teclado y dirigió su mirada al globo terráqueo que siempre le acompañaba. Como cuando era pequeño, cerró los ojos y lo hizo girar, situando su índice en un punto al azar. Abrió los ojos, Francia. Recordó su primera vendimia con Ana. Volvió a cerrar los ojos, el globo dio vueltas y esta vez su dedo se detuvo en Roma. Ana riendo en la Fontana de Trevi. Una vuelta más y Bali. De nuevo Ana, lanzándole besos desde el mar. Ana…se asustó al pensar en cómo sería su vida sin ella. Suspiró y, antes de llamarla, volvió al ordenador para enviar la demanda de divorcio a la papelera.

     
  • Apaños

    Manuel Pablo Pindado Puerta · Leganés (Madrid) 

    Cierto que la navaja de vendimia, con su hoja corta y curva, no es lo mejor para despachar a un hombre. Pero en el campo hay que apañarse. Así que Marcelino siguió pinchando mientras la vida escapaba del Alonso entre resoplidos y sacudidas, como el aire de un globo. El cabrón del Alonso, robando uvas de amanecida, como todos los años. Merecido lo tenía.
    Su hijo escuchó la confesión al otro lado de la línea, con el fondo de teléfonos y teclados del bufete. Ese hijo que sólo iba a verle para saquearle los reservas y que ahora le susurraba sobre denuncias, litigios, reputaciones estropeadas e influencias perdidas. Que por qué había tenido que contárselo. Que no le defendería, llegado el caso. Marcelino colgó sin dejarle terminar. En medio de la viña, el Alonso se consumía en una buena hoguera de sarmientos. Aquello era el campo, y había que apañarse.

     
  • El maleficio

    Marta Franco Alejos · Villamiel de Toledo (Toledo) 

    Días después de haber perdido aquel litigio, encontré una nota sobre el teclado de mi ordenador, que decía: "Tu vida será un infierno". Y así fue. Empecé a perder clientes. Mis ahorros se esfumaron. La loca de mi ex mujer presentó una denuncia falsa contra mi por malos tratos. Mi mejor amigo desapareció en extrañas circunstancias. Sufrí un atropello y acabé con varias contusiones y un pie hinchado como un globo. Me sentía asustado y consulté a una pitonisa. Así terminé en aquel pueblo, durante la fiesta de la vendimia. Pasé la noche en el cementerio, siguiendo las instrucciones de aquella pitonisa. Recuperé cierta normalidad en mi vida, pero lo que ocurrió en aquel cementerio, me atormenta por las noches.

     
  • Siempre se paga

    Francisco Manuel Reyes Lora · Mairena de Aljarafe (Sevilla) 

    Desde las alturas miró orgulloso hacia abajo y observó la extensión de sus tierras. Era la época de la vendimia y, por primera vez, aquellos ubérrimos viñedos le pertenecían a él sólo... No le importó que su hermano hubiera dedicado toda su vida a esas uvas desde que su padre murió, no le importó cuando se sentó frente al teclado y redactó aquella denuncia, cuya veracidad era lo de menos, pues sabía que su hermano era demasiado blando para soportar la presión de un litigio. Cuando se dictó sentencia los ojos de su cuñada y sus sobrinos despedían fuego de rabia, no se atrevió a mirarlos cuando un mes después supo que su hermano se había ahorcado. Todo aquello pertenecía ya al pasado, era abogado, no conocía el remordimiento. De repente se oyó un crujido, lo último que vio fue como se deshilachaban las irrompibles cuerdas de su globo?

     
  • Orden ascendente

    Miriam Malagrida Comas · Barcelona 

    Poco a poco me elevo. No sé qué me pasa, subo hacia arriba como abducido por una fuerza sobrenatural. El teclado, el despacho, el bufete, la ciudad, todo se va volviendo más y más pequeño hasta que desaparece. Ahora solo veo campos en época de vendimia a lo lejos. Subo y subo. Empiezo a olvidarme de las denuncias de mis clientes, de los litigios abiertos. También las preocupaciones se van achicando. Más arriba, más arriba. Abajo ya no encuentro tierra. A mi alrededor, solo distingo nubes. Grandes globos de algodón flotan en el aire y yo nado ágil entre ellos. Intento palpar mi carne, pero ni siquiera tengo cuerpo. ¿Estoy muerto? ¿Existo? Me siento relajado, libre. Esto debe de ser el cielo. Qué felicidad no tener que pensar en nada. Solo me gustaría notar, una vez más, sus cabellos contra mi cara al despertar.

     
  • Nostalgia

    Beatriz García Alba · Madrid 

    Hacía ya 30 años que había dejado la abogacía, para dedicarse a su gran pasión. Y ahora, por fin, una prestigiosa revista acaba de conceder una de las puntuaciones más altas a uno de sus caldos. Sin embargo, el éxito no tenía el gusto afrutado que siempre había imaginado y añoró el tiempo en que las salas de juicio le hacían hervir la sangre y le aceleraban el corazón. Ese engreído de Parker no había sido capaz de concederle un 100 el año con la vendimia más sublime que recordaba. Levantó el teléfono y respiró antes de lanzar el globo mediático, “he decidido interponer una denuncia contra Parker”. Saboreó el desconcierto del periodista, luego el teclado ardió bajo sus dedos ebrios de litigio, redactó el comunicado de prensa, escribió la denuncia, anticipó las alegaciones y contra-alegaciones... El mundo había perdido un viticultor pero había recuperado un abogado.

     
  • La carta

    Elena Lázaro Melero 

    Manolo aporreó el teclado, indignado. “Digno Señor”escribió. “Estamos hartos, se pasee usté en su aerostático globo, supervisando el trabajo. Los compañeros man encargao esta humilde denuncia a su Deidad, pues la rabadilla no da pa más. Bien sabemos la tierra es suya, creó su bondad al macho y la hembra pa ararle a usté los campos y to lo demás, pero en este pueblo somos doce y la vendimia no avanza. Hemos decidío entre tos que si usté no baja de su vehículo, le pinchamos el globo, nos le cargamos y nos hacemos agnóstiscos de esos, que luego encima el vino se lo bebe sólo el cura, no hay derecho.” Y así fue como Dios, compadecido,acabó con el litigio, agachó la espalda, sacando la uva adelante, les reunió en torno a una mesa, les dio vino y les enseñó a escribir para que contaran la historia.

     
  • Ebrio

    Rubén Gozalo Ledesma · Salamanca 

    Regresé ebrio de la vendimia. Con suma dificultad, alcancé la habitación y para mi sorpresa descubrí a mi santa esposa en la cama con otro. Me extrañó porque mi señora era tan desconfiada que no dejaba entrar por la puerta ni al Espíritu Santo. Ella empezó a excusarse: no es lo que parece, ni siquiera sé cómo ha llegado hasta el dormitorio. Como todo me daba vueltas, les dije que me hiciesen un hueco y luego, si querían, continuaran jugando a los médicos. Dormí durante horas. Al abrir los ojos, reparé en la total oscuridad y en el dolor que tenía en la nuca. Era como si me hubiesen golpeado con un teclado o con un globo terráqueo. —¿Has cerrado el ataúd? Pues cava—oí que decía mi mujer a su amante—. Así evito denuncias y litigios por la custodia de los niños. ¡Que se joda ese borracho!

     
  • Ojo por ojo

    José Javier Puerto Rodríguez 

    "Ay señorita, si es que ya son muchos años aguantando... Si yo se lo decía... poco a poco me estás perdiendo, como ese niño que deja escapar el globo que le compran sus padres en la feria... y entonces vuela... vuela libre... Una relación es como una vendimia, ¿sabe usted? recoges lo que has ido sembrando día a día... Y con él no podía ser. Sólo me quería en las madrugadas, cuando llegaba a mi cama oliendo a ron y a perfumes baratos... Muchas veces me planteé ponerle una denuncia, pero él me amenazaba, y me daba tanto miedo y tanta pena andar de litigio con la persona que quise tanto...". Mientras hablaba, la funcionaria daba golpes en el teclado registrando la declaración de la viuda. En otro lugar, el cadáver del marido todavía con el veneno caliente en sus venas era introducido en la cámara frigorífica...