Apaños

Manuel Pablo Pindado Puerta · Leganés (Madrid) 

Cierto que la navaja de vendimia, con su hoja corta y curva, no es lo mejor para despachar a un hombre. Pero en el campo hay que apañarse. Así que Marcelino siguió pinchando mientras la vida escapaba del Alonso entre resoplidos y sacudidas, como el aire de un globo. El cabrón del Alonso, robando uvas de amanecida, como todos los años. Merecido lo tenía.
Su hijo escuchó la confesión al otro lado de la línea, con el fondo de teléfonos y teclados del bufete. Ese hijo que sólo iba a verle para saquearle los reservas y que ahora le susurraba sobre denuncias, litigios, reputaciones estropeadas e influencias perdidas. Que por qué había tenido que contárselo. Que no le defendería, llegado el caso. Marcelino colgó sin dejarle terminar. En medio de la viña, el Alonso se consumía en una buena hoguera de sarmientos. Aquello era el campo, y había que apañarse.

 

 

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