El mimo

Isidro Catela Marcos · Madrid 

El mimo estaba siempre allí, travestido de abogado yupi, como un camaleónico hombre-denuncia. Frente a la puerta del Gran Banco, dispuesto a recoger los frutos de su particular vendimia. Los ejecutivos sonreían al verle pasmado sobre un altillo, con su teclado de ordenador falso, su chaqueta hinchada como un globo y sus hirientes ocurrencias. Cuando caían las monedas en el plato, sacaba un cartelón al azar, sin inmutarse: “Tú también vas disfrazado, yo también soy abogado”. “Soy especialista en litigios, pasa de largo”. “Si me contratas, seré el abogado del diablo”. Etcétera. Hoy no ha habido bromas. De madrugada, han robado en el Banco y la Policía ha acordonado la zona. Bajo la lluvia, queda la caja sobre la que se alzaba el mimo. Y bajo la caja, una galería subterránea que llega hasta la caja fuerte, construida con la habilidad del ilusionista y la paciencia del buen observador.

 

 

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